Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 74 de 150

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Los aventureros

Capítulo VII

siete

 

—Ya tengo suficientes barcos —exclamó Abidijan en tono enérgico—. Si crees que es una buena inversión, cómpralos, y paga el almacenaje también. Yo no veo el negocio.

Marcelo observó a su suegro, quien le miró agresivamente.

—Puede que lo haga.

—Pues si lo vas a hacer, dime una cosa: ¿con qué vas a pagar?

Marcelo no respondió.

—Bien, pero no acudas a mí para eso. Conozco de sobra tus grandes proyectos. Ya tuve suficiente con el negocio del azúcar.

Marcelo se levantó airado y le replicó:

—Usted sabe que no perdió ni un centavo.

Y era cierto. No solo no habían perdido el dinero, sino que los dos obtuvieron más tarde un considerable beneficio.

—¿Pero cuánto tardó? —gruñó Abidijan—. Tengo otros sitios mejores donde colocar mi dinero, en vez de invertirlo en unos problemáticos barcos que aún no sé para qué van a servir.

—De acuerdo. Pero recuerde que vine primero a usted.

—Lo recordaré —respondió Abidijan, añadiendo irónicamente—: ¿Por qué no se lo pides a tu buen amigo Hadley? Podría prestártelo de los beneficios que obtuvo gracias al monopolio que le conseguiste de los productos de Corteguay. No me dolería demasiado que por tu culpa perdiera algún dinerito.

A despecho de la ira que le dominaba, Marcelo no pudo menos que sonreír. De todos era bien conocida la aversión que se tenían los dos financieros. Hadley era el gran competidor de Abidijan, quien se le adelantó en un acuerdo con los griegos, pero Hadley le pisó otro negocio, y así sucesivamente, fastidiándose el uno al otro continuamente.

Abidijan, que captó la sonrisa de Marcelo, perdió la suya, y levantándose de la mesa se le acercó.

—Te estoy hablando como un padre. ¿Para qué necesitas más dinero? Ya tienes bastante. Y tienes una mujer y tres hermosos hijos, y algún día, cuando yo falte, tendrás todo esto —dijo extendiendo la mano en derredor.

«Seguro, pensó sarcástico Marcelo; a quien pertenecerá será a Ana y a sus hermanas; incluso a mis hijos, pero no a mí.» Sin embargo, trató de emplear un tono amable cuando respondió.

—Ya lo sé, padre. Pero usted ha sido joven también y me comprende.

—Es verdad —admitió su suegro pasándole una mano afectuosa por la espalda—. Pero aún eres joven. No tengas tanta prisa, te queda mucha vida por delante.

Marcelo salió del despacho de Abidijan y volvió al suyo. Al entrar, su secretaria le informó:

—Mister Rainey llamó cuando usted estaba fuera. Tengo el número de la centralita de Dallas.

—Llámele.

Marcelo se sentó a su mesa y miró pensativo los papeles. Cogió uno y lo estudió. Era una hoja mimeografiada en papel de mala calidad, cuyo encabezamiento rezaba: Excedentes del Gobierno, y a continuación seguía una lista de partidas de material de guerra que el gobierno deseaba vender. Hacia la mitad de la lista, una de las partidas aparecía encerrada en un círculo azul. Veinte petroleros de clase Victory II.

Dejó esta hoja y cogió otra cuyos apartados eran iguales; lo único que variaba era el número de petroleros, que ahora eran cinco, y el lugar de la venta. Dejó los dos folios junto con los otros y se quedó pensativo. En total, había ciento treinta a la venta, y ya era la tercera vez que el gobierno los sacaba a subasta; si no se vendían los convertiría en chatarra, puesto que tenía todos los puertos llenos de restos de guerra.

Marcelo contempló irritado el montón de informes. Su suegro era tonto. También los griegos. Preferían buques de carga. Ahora que la guerra había terminado, ya no habría tanta demanda de petróleo como antes, y ahora se dedicaban a cargas mucho más provechosas.

Se oyó el teléfono y Marcelo descolgó.

—Campion al habla.

—Cay Rainey —respondió el otro con una especie de excitación a pesar de su perezoso acento tejano—. Estaba usted en lo cierto. Me he podido enterar de los resultados de las prospecciones geológicas y es seguro que hay un enorme yacimiento de petróleo frente a Venezuela, y según parece se extiende a lo largo de todo el continente.

—¿De Corteguay también?

—Hay muchas posibilidades de que sí.

—¿Y de lo otro?

—Están interesados, pero no quieren comprometerse hasta que no les aseguremos el transporte. Abidijan y todos los griegos encontraron los costos muy altos.

—Ya veo.

De nuevo volvió a vacilar, como en el asunto de Macao. Con dos cartas que le representaban cada una una fortuna, y sin saber si la próxima que saldría lo llevaría a la ruina. Sin embargo, eran estos peligros, la incertidumbre y la aventura lo que le atraía como un imán irresistible.

Quizá su suegro tuviera razón y realmente ya tuviese suficiente dinero acumulado, aunque a despecho de estos pensamientos, respondió:

—Dígales que les garantizo el transporte.

—Pero querrán comprobar en qué consiste esta garantía.

—Le llevaré una lista de los barcos que vamos a emplear cuando vaya pasado mañana.

Colgó el teléfono y después de reflexionar unos instantes llamó a su secretaria. Cuando entró le tendió el montón de papeles.

—Busque el número de todos los agentes de estos excedentes del gobierno — ordenó.

—Sí, mister Campion.

—Espere un momento. Antes póngame con el consulado de Corteguay. Deseo hablar con mister Xenos.

La secretaria salió y al cabo de unos instantes le dijo por el teléfono interior.

—Mister Xenos no está en Nueva York; no saben dónde está.

Marcelo se quedó unos instantes pensativo. Dax no podía estar muy lejos, pues la noche anterior había visto a Carolina en el Morocco con un grupo en el que estaba James Hadley. Aunque su intención era ir a saludarla, algo ajeno a su voluntad lo impidió. Ahora, cambiando de teléfono, llamó a casa de De Coyne, donde Dax tenía su apartamiento. Contestó un mayordomo.

—¿Está mister Xenos en casa? Soy mister Campion.

—No, señor.

—¿Y madame Xenos?

—Madame Xenos salió anoche para Boston, señor.

—¿Fue mister Xenos con ella?

—No; él está en Hollywood. Puede llamar a madame Xenos al Ritz de Boston.

Marcó el número del Ritz una vez se lo dio la secretaria.

—La señora Xenos, por favor.

—¿Quién llama? —preguntó una voz de hombre.

—Campion.

Oyó como dejaban el auricular. Pese a la distancia, captó el eco de dos voces, una de hombre y la otra de mujer.

—¿Alló, Marcelo? —En la voz de Carolina había una nota tensa.

Marcelo le habló en francés.

—Lamento molestarla, pero necesito ponerme al habla con Dax. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

—Está en casa de monsieur Spiedel, en Beverly Hills. ¿Ocurre algo malo? — preguntó en el mismo tono de antes.

—No; se trata solo de negocios. Pero necesito hablar con él.

Después de unas frases corteses colgaron. No fue hasta más tarde, hablando con el agente de los excedentes de Filadelfia, cuando recordó lo que le había sorprendido, olvidándolo al hablar con Carolina. Se quedó tan asombrado que perdió el hilo de la conversación con el agente. La voz que oyó hablando con Carolina antes de que ella le contestase, era inconfundible. No había otra con aquel acanto mezcla de irlandés y de bostoniano. Era la voz característica de James Hadley.

Cuando terminó de hablar con Filadelfia había cerrado el trato de compra de cinco buques cisterna. Encargó a su secretaria que le aplazara unos minutos la conferencia siguiente. En el intervalo telefoneó a un detective privado que tiempo atrás le hizo un trabajo muy especial… Y a las seis de la tarde Marcelo tenía ya en sus manos toda la historia.

Habían sido muy imprudentes. Casi no se cuidaron de disimular sus relaciones. Hadley incluso la instaló en la suite que su oficina tenía reservada en el mismo hotel para uso privado de la Compañía.

Sin embargo, no era solo este informe lo que tenía a aquella hora de la tarde, sino los ciento treinta petroleros tipo Liberty 2, y a pesar de haberlos comprado a un precio muy ventajoso, tenía que abonar el cincuenta por ciento de su coste, seis millones y medio de dólares, la tarde del día siguiente.

Al otro día, en Boston, Marcelo estaba de pie en el despacho de Hadley, quien entró y le dijo en seguida:

—Casi le esperaba.

Esto era lo que más admiraba Marcelo de aquel hombre. La sangre fría con que sabía afrontar toda clase de situaciones. En cierto modo, tenía algo de jugador, como él.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—Madame Xenos volvió a Nueva York anoche.

—Querrá decir esta mañana —corrigió, viendo la trampa.

No hubiera sido un buen francés si no conociera a la perfección la técnica de las aventuras. No hay nada que pueda impedirnos pasar la noche con alguien que nos interese.

Hadley se sentó a la mesa con una rara palidez en su bronceado semblante.

—Ella está todavía en el hotel.

—Esto es asunto suyo —respondió Marcelo tranquilamente—. Yo he venido para discutir el mío.