Los aventureros
Capítulo XIV
catorce
La señora Harvey Lakow tenía dos niños internos en una es cuela, cuatro millones de dólares heredados de sus padres, y un marido que estaba convencido de que si abandonaba el país aquel verano, Roosevelt hallaría un medio para arruinarle el negocio.
—No puedo acompañarte este verano —le había dicho a su esposa—. Nadie sabe qué próxima locura se le ocurrirá al hombre de la Casa Blanca.
—¿Pero qué puede hacer? Y aunque fuese lo peor, no nos arruinaría.
—No te das cuenta de que viene un desequilibrio económico —respondió irritado el marido—. Lo único que quiere es que todo se lo lleven los malditos sindicatos.
—¿Y tú vas a evitarlo?
Él se levantó iracundo.
—¡Por Dios que sí! Por lo menos no lo logrará con «mis» negocios.
Ella no le contestó. Realmente no eran de él los negocios. Su padre fundó la compañía hacía ya años y asoció a Harvey cuando se casaron. Al morir el padre, la hija heredó las acciones y su marido pasó automáticamente a ser el presidente de la compañía. Pero al parecer lo había olvidado.
—Me voy al despacho.
—Pues si no vienes conmigo, me iré sola a París —advirtió ella.
—Te aburrirás. En París no conoces a nadie.
Ella esperó, creyendo que él terminaría por acompañarla, pero él no lo hizo, y después de una semana en París, tal como su marido había anunciado, no se divertía. Estaba en una ciudad donde una mujer que fuese sola no era nada.
Se contempló en el espejo del cuarto de baño. Tenía treinta y ocho años y aunque su figura había perdido la esbeltez de su juventud, todavía tenía, afortunadamente, el pecho firme. Nunca fue una mujer gorda y aún seguía sin tener vientre. Evidentemente parecía que tuviese menos de sus casi cuarenta años.
Sin embargo, lo más bonito de ella eran sus ojos. Grandes y de un azul oscuro, revelaban un fuego interior que los años no habían apagado. De repente, y sin motivo, se le llenaron de lágrimas.
Enojada consigo misma, decidió vestirse y salir. Poco después oyó una suave llamada a la puerta.
—Entrez —contestó mientras cogía un cigarrillo.
Era el jefe de botones del hotel.
—Sus papeles, madame.
Viendo que no conseguía encender el cigarrillo, le acercó prestamente su mechero.
—Merci —agradeció ella, secándose las lágrimas con rapidez.
Pero él ya había notado su trastorno.
—¿Necesita el coche para esta noche, madame?
Vaciló un momento, y en el acto denegó con un gesto. No había ningún lugar adonde pudiera ir sola. Cenaría otra vez en sus habitaciones, sin humor siquiera para bajar al comedor del hotel. El encargado la miró con expresión astuta.
—¿Quizás a la señora le interesaría una escolta para esta noche?
Ella lo miró. Avergonzada de sus propios pensamientos, preguntó:
—¿Un gigoló?
Él recogió su reprimida expresión de disgusto.
—¡Oh, no, señora!
Ella recordó las mujeres que había visto acompañadas de tales sujetos. Había algo en ellos que denotaba su profesión. Nunca soportaría que la gente la mirase con desdén.
—No me atrevería a proponerle nada parecido. Pero hay un joven en el hotel que ha visto a la señora, y parece interesado en conocerla.
—¿Un joven? —a despecho de sí misma, se sintió halagada—. ¿No es un gigoló? —preguntó de nuevo.
—No, señora —respondió, y añadió confidencialmente bajando la voz—: Es de sangre real.
—Ah…; no sé, no sé —murmuró ella indecisa.
El hombre habló en tono persuasivo, tratando de vencer sus escrúpulos.
—Si la señora se encontrase por casualidad en el vestíbulo, yo me las arreglaría para estar en conversación con ese joven… Entonces, siempre que la señora dé su aprobación, podría presentárselo. Y si no —añadió, encogiéndose de hombros—, él respetará los deseos de la señora y no la molestará en absoluto.
A pesar de que estaba decidida a no bajar al vestíbulo, puso más cuidado del habitual en arreglarse. Se miró al espejo; en sus ojos azules había una luz que hacía mucho tiempo que no brillaba. Se sintió joven y optimista. Solo iría para ver cómo era, se dijo mientras cerraba la puerta de su habitación. Lo vería y luego se marcharía. Seguramente que no había ningún mal en ello.
Sentada en el vestíbulo, empezó a sentirse en ridículo. Estaba convencida de que todo el mundo sabía por qué estaba allí. Miró el reloj y decidió esperar diez minutos más, y estaba a punto de levantarse para irse cuando entraron los dos.
«Es joven», fue su primera impresión. Entonces recordó haber leído en alguna parte que a los franceses les gustaban las mujeres mayores que ellos. La segunda impresión fue su estatura. Al lado del jefe de botones, bajo y rechoncho, el joven parecía rebasar el metro ochenta y siete de talla, y sus anchos hombros y el pelo, oscuro y rebelde, le daban una prestancia verdaderamente regia. Calculó que tendría unos veinticuatro años. Sin embargo, era la conciencia que tenía de sus propios años lo que le hacía aumentar los años de Sergei, quien no llegaba a los veinte.
Sergei recorrió el vestíbulo con la mirada, y al encontrarse de repente con la de ella, su semblante se tiñó de rubor. El jefe de botones no había mentido, pensó ella sorprendida. Solo un hombre que estuviera realmente interesado por conocerla podía ruborizarse de aquella manera.
Cuando Sergei miró a otro lado, ella, casi sin pensar, hizo un gesto de asentimiento al encargado, y, avergonzada de su audacia, se levantó dirigiéndose al ascensor.
La señora Harvey Lakow no había tenido relación alguna con ningún hombre fuera de su matrimonio, y la situación de ahora le producía una aguda impresión de irrealidad. El tiempo parecía haberse suspendido, y si no podía hablarse de amor, sí podía confesarse que vivía un romance. Tres semanas después de conocerse, cuando Sergei llegó, ella tenía una carta en la mano.
Presintiendo que todo se había acabado, Sergei sintió una honda pesadumbre, porque se había acostumbrado a querer a esta serena e inteligente mujer.
—¿Tienes que irte ya? —le preguntó mientras ella le servía una copa e inclinaba la cabeza, afirmando.
—Mañana.
—Entonces esta noche vamos a visitar el París que aún no has visto. Estaremos toda la noche fuera.
Ella permaneció un momento silenciosa.
—Ya he visto bastante París.
Sergei dejó el vaso sobre una mesa y abrió los brazos. Cuando ella se refugió melancólicamente en su abrazo, él notó que tenía las mejillas húmedas de lágrimas. Sentados y sin hablar, contemplaron cómo avanzaba la noche y las luces de París se encendían una tras otra.
Al cabo de unos momentos ella rebulló.
—Voy a encargar algo para comer. Debes de tener hambre.
—No.
Silenciosamente se apoyó de nuevo en él y se quedaron mirando las centelleantes luces de la calle.
—De noche, París es encantador.
Sergei no respondió.
Ella se movió entre sus brazos.
—Nunca fui joven. Ahora me doy cuenta.
—Tú siempre serás joven.
—Ahora lo soy gracias a ti.
—Te acompañaré al barco —dijo él de repente.
—No —contestó ella—. Es mejor que me acostumbre a estar sola ya desde el tren.
—Te echaré de menos.
—Yo también —contestó ella mirándole tristemente.
—Pero tú vuelves al lado de los tuyos, de los que quieres.
—Y tú, ¿qué harás tú?
—No sé. Mi padre quiere que vaya con él a Alemania. Yo no quiero ir, pero…
—¡No debes ir!
Él se encogió de hombros.
—Pero es algo que me ocupará. Es mejor que deambular por París sin hacer nada.
—Te repito que no debes ir. Lo que los nazis están haciendo es espantoso, y tú no puedes colaborar con ellos. El Presidente Roosevelt dice…
—El Presidente Roosevelt —la interrumpió— es judío. Mi padre me escribió que su verdadero nombre es Rosenfeld y que está aliado con los comunistas.
Ella empezó a reír a carcajadas mientras una expresión de desconcierto asomaba al rostro de Sergei.
—Me recuerdas a mi marido. Siempre repite estupideces como la tuya.
Dejó de reír al ver la expresión de dolor de Sergei, y añadió apesadumbrada:
—Lo siento, pero tú sabes que no es verdad. Me refiero a lo de que el Presidente Roosevelt sea judío.
Él no respondió, y ella le sugirió:
—Tienes que encontrar trabajo.
—¿Dónde? ¿Quién me empleará? No sé hacer nada.
Viendo el desespero que había en sus palabras, lo atrajo hacia sí. El ardor masculino la envolvió y cedió a su atracción. Más tarde, mucho más tarde, ella le preguntó tímidamente, en un susurro:
—¿Era a mí precisamente a quien querías conocer aquel día? ¿No a otra mujer cualquiera?
Él percibió su ansia.
—Solo a ti. Desde el primer momento que te vi.
Eran las cinco de la mañana, pero el encargado aún esperaba a Sergei a la salida del hotel.
—¿Bien? ¿Cuánto te ha dado?
Sergei lo miró sin hablar, y, con indolencia, como si no tuviese importancia, se sacó un cheque del bolsillo y se lo dio. El otro emitió un leve silbido de asombro.
—¿Sabes cuánto hay aquí?
Sergei hizo un gesto negativo con la cabeza. Ni siquiera lo había mirado. Pensaba en la mujer que había dejado en la habitación.
—¡Cinco mil dólares! Debes tener una polla de hierro —comentó groseramente —. La has vuelto loca.
Sergei lo miró desdeñosamente. No se trataba de eso. Sabía que si ella le había dado aquella increíble cantidad fue para que no tuviese que ir a Alemania con su padre.
El jefe de botones le preguntó, invitándole a las confidencias:
—¿Qué tal es? Algunas americanas parecen haber nacido para eso.
Sergei le miró fríamente.
—Bien, no importa. Mañana se irá, pero hay otra mujer en el hotel que te ha visto, y yo ya le dije que desde mañana estarás libre. Quiere que empieces a trabajar mañana por la noche, yendo a cenar con ella.
Sergei se fue bruscamente, y el otro se quedó con el cheque en la mano y diciéndole mientras le seguía:
—Quiere que vayas de etiqueta porque después la tendrás que acompañar a la fiesta que un amigo suyo dará en su casa.