Los aventureros
Capítulo III
tres
James Hadley se apoyó contra el respaldo de la silla.
—¿Has hablado ya a Jeremy acerca de esto, Dax?
—Me dijo que me ayudaría en todo lo que pudiera, pero me advirtió que usted podría ayudarme más eficazmente; por eso he venido a verle.
Hadley miró a través de la ventana la lluvia que caía, y en seguida le dijo a Dax:
—Quizá pueda. ¿Te ha dicho Jeremy que piensa dejar la política?
—No; no me dijo nada.
—Pues sí. Al menos la política de elecciones. Le interesa más el Departamento de Estado. Dice que las luchas entre candidatos no le atraen.
—¿Seguro que es la única razón?
Hadley rio entre dientes, sarcástico.
—No; Jeremy se ha empeñado en casarse con esa chica alemana. Y sabe que los electores de la católica Boston no votarán al marido de una extranjera, y divorciada por añadidura.
Dax no respondió y, aprovechando su silencio, Hadley continuó:
—Jeremy ha ofrecido todo su apoyo a Jack Kennedy. Este irá al Senado en el cincuenta y dos, a la vicepresidencia en el cincuenta y seis, y a la Presidencia en el sesenta. Jeremy le ha prometido ayudarlo desde bastidores.
Dax sintió piedad por Hadley, pues sabía que debía de haber sido la píldora más amarga para él. El programa era el mismo que él había trazado para su hijo, y tenía que ser muy duro ver que otro lo llevaba a cabo.
—¿Fue eso lo que Jeremy quiso darme a entender cuando me dijo que usted me ayudaría más eficazmente? ¿Conoce a los Kennedy?
—Tienen una casa no lejos de la nuestra, en Palm Beach. Son una familia numerosa.
Dax sonrió, pues la familia Hadley no era precisamente pequeña.
—¿Cree que me ayudarán?
—Lo harán —aseguró Hadley—. Estoy seguro de que Jeremy le hablará a Jack, y yo veré lo que puedo hacer con el padre. Están muy interesados en llevar a la ONU el mayor número posible de naciones sudamericanas.
De pronto cambió de tema.
—¿Viste a Marcelo cuando estuviste en Nueva York?
—Cenamos juntos una noche —contestó Dax cogiendo un cigarrillo—. Está muy preocupado con lo de su alistamiento.
—Marcelo es tonto. ¿Qué busca pavoneándose de ese modo? La gente le ha cogido antipatía. Yo le aconsejé que se mantuviera alejado de los clubs nocturnos y de los periódicos, y que hiciera las cosas con disimulo. Pero no me escuchó. Le recomendé que se presentase a la callada. Después de todo, a sus años acabará destinado a un puesto administrativo. Una vez dentro, se podría arreglar para que lo licenciaran. Pero te lo repito, no quiso escucharme.
—¿Qué le sucederá?
—Si sigue como hasta ahora se destruirá a sí mismo. Lo único que en este país no se puede vencer es a la opinión pública. Y él, para mucha gente, no es más que un indecente emboscado.
Dax se puso en pie.
—Debe de estar usted muy ocupado y presumo que no le sobra el tiempo.
Hadley lo llamó cuando ya casi estaba en la puerta.
—¿Dax?
—Dígame.
—Eres un hombre raro, Dax. Hemos hablado de negocios, pero no me has ni nombrado a Carolina.
Dax se encogió de hombros.
—¿Qué podía decirle?
Hadley lo miró fijamente.
—Sabes que a mi manera yo la quise.
—También yo —respondió Dax suavemente—. A mi modo, también la quise.
—No era para ti, ni evidentemente para mí. ¿La has visto de nuevo o sabes algo de ella?
—No. Mis últimas noticias son que vive en París con su padre.
—Yo tampoco he vuelto a verla —y agregó Hadley con acento triste—: Ya es demasiado tarde para pedir disculpas, ¿verdad?
Antes de responder, Dax le miró un instante.
—No hay razón alguna para que pida disculpas. O quizá deberíamos disculparnos los dos ante Carolina.
James Hadley se quedó mirando hacia la puerta al irse Dax y cogió el teléfono. Cuestión de perspectivas, se dijo. Todo dependía de los respectivos puntos de vista. La decisión de Jeremy de abandonar la política, la de Marcelo luchando para que no le alistaran, la opinión de Dax acerca de Carolina…
La voz de la secretaria sonando en su oído le interrumpió.
—Diga, mister Hadley.
¿Para qué la había llamado?
—Ah, sí —contestó en voz alta, recordándolo—. Póngame con Joe Kennedy.
Al regresar Dax del aeropuerto encontró en su apartamento del consulado a Sue Ann y Dania. Enarcó las cejas en un gesto de sorpresa.
—¿Qué hacéis aquí las dos?
—Vinimos para llevarte a cenar —respondió Sue Ann.
—A mí no. —Dax cruzó el cuarto de estar en dirección a la puerta de su dormitorio—. Esta noche me quedo en casa y me acuesto temprano. Mañana salgo para el Japón.
Sue Ann sonrió.
—Entonces nos quedamos y cenamos contigo. ¿No creerás que vamos a dejar que pases la última noche solo antes de ir a la guerra, verdad?
—Tengo muchas cosas que hacer. Firmar papeles y un montón de cosas por el estilo.
—Adelante —convino rápidamente Sue Ann—. No te preocupes. Nosotras nos instalaremos cómodamente, y yo me ocuparé de que nos envíen del restaurante una estupenda cena.
Dax se quedó mirándola.
—Dime con exactitud lo que tienes en tu cochina mente.
—¿Qué otra cosa sino obscenidades? —La expresión de Sue Ann se trocó al instante en una mueca de horror simulado—: ¿Sabes qué descubrí anoche?
—No.
—Dania solo tiene veintisiete años, se ha acostado con más de una docena de hombres y nunca ha experimentado un orgasmo. ¿No es horrible?
—Eso depende. —Dax miró directamente a Dania—. ¿Qué opina ella?
Dania le sostuvo la mirada, impasible el rostro.
—Bueno, pienso que es horrible. Cuando me enteré, supe en seguida lo que yo debía hacer. Aunque sea por una sola vez Dania tiene que saber lo que es un hombre de verdad.
—Quizás es de las rarillas —repuso Dax sin dejar de mirar a la griega.
—¡Qué va! He estado con demasiadas lesbianas para no saberlo.
Dax se volvió hacia Sue Ann.
—¿Y dónde piensas estar tú mientras dure la cosa?
—Aquí mismo, cariño. —Sonrió—. No me lo perdería por nada del mundo. Y no soy egoísta; hay más que suficiente para las dos.
—Dania se ha quedado roque —dijo Dax volviéndose sobre un costado y mirando a Sue Ann.
—También yo si hubiera tenido que esperar veintisiete años para saber qué es un orgasmo. —Hizo una mueca—. No entiendo cómo pudo tardar tanto. Le has estado dando más de una hora. Yo me corrí tres veces solo con contemplaros. Empezaba a creer que no lo conseguirías.
Bajó la mano y de pronto su cara cambió como por ensalmo, adquiriendo una expresión de avidez.
—¡Todavía estás duro! —exclamó.
De repente, el teléfono privado de Dax empezó a sonar.
—¿Quién diablos llamará a esa hora? —inquirió Sue Ann con voz enojada.
Dax descolgó el receptor.
—Veremos.
—¿Quién es? —susurró ella.
Dax cubrió el micrófono con la mano y murmuró:
—Marcelo. —Retiró la mano—. ¿Diga?
—¿Está Dania con usted?
—No.
—¡Sí está! —chilló Marcelo en tono acusador—. La he buscado por todas partes. Tiene que estar ahí con usted. La he oído susurrar.
En el rostro de Sue Ann se reflejó una expresión desdeñosa mientras arrancaba el receptor de la mano de Dax.
—Marcelo, soy Sue Ann. No sea idiota, y por favor deje de molestarnos. Estamos en la cama.
Y tranquilamente cortó la comunicación.
—Eso ha de bastar para contenerle —dijo en tono satisfecho. Echó una mirada a la dormida Dania—. No sé lo que ve en ese codicioso bastardo. —De nuevo buscó su virilidad—. Eres asombroso; nada te perturba ¿eh?
Dax negó con la cabeza.
Ella se recostó cómodamente sobre las almohadas.
—En cierto modo ¿sabes?, me alegra de que estemos… digamos, solos. Pensé que los tres juntos sería emocionante y divertido; pero al rato me di cuenta de que me sentía celosa.
—Fue idea tuya —dijo Dax disponiéndose a tenderse encima de ella.
—Todavía no —se apresuró a objetar Sue Ann empujándole hacia abajo con las manos—. Antes cómeme un poco. Ya sabes cómo me gusta que me comas.
De mil distintas maneras pudo morir Dax en Corea, pero no guerreando. Lo más cerca que estuvo del frente fue en la sala del club de oficiales de Seúl, donde una vez por semana se reunían para tener noticias del curso de la guerra a través de los noticiarios que les enviaban desde Tokio. Durante quince meses se sentó en un despacho oficial de la GHQ, encargado del enlace con las fuerzas sudamericanas, pero sin que tuviese el menor trabajo, pues tales fuerzas no existían.
Al principio se presentaba a las ocho en punto y se pasaba el día sentado a su mesa garabateando cuartillas. A las cinco ponía con mucho orden las hojas en el cajón de su escritorio y se iba al club a tomar una copa y a oír los últimos chismes; a las siete cenaba y a las diez se metía en la cama.
Una vez por semana se presentaba al ayudante del jefe del Estado Mayor e inquiría si había noticias de la disponibilidad de las tropas, y cada semana la respuesta era la misma. Al cabo de un tiempo se cansó de ir cada día al despacho, y se limitó a hacer acto de presencia una vez por semana, y si no iba, tampoco nadie lo notaba.
Abandonó el alojamiento que los oficiales tenían en el cuartel y alquiló una casita cerca del club de golf. Jugaba mañana y tarde. En tres meses consiguió llegar a los setenta agujeros.
Seis meses después, una tarde llegó a casa más pronto que de costumbre y le sorprendieron unas voces que llegaban de detrás de la casa. Fue a ver qué ocurría, y se encontró con Gato Gordo muy desconcertado y rodeado de un grupo de mujeres que chillaban todas a la vez.
—¿Qué pasa aquí?
Al oírle, Gato Gordo dio un respingo y ellas callaron inmediatamente, escondiéndose detrás de Gato.
Dax miró a las mujeres y luego a Gato.
—¿Qué quieren? ¿Qué están haciendo aquí?
Gato Gordo adoptó una inocente expresión y respondió en el tono zalamero que empleaba siempre que no quería que Dax se enterara de algo que había hecho:
—¿No las conoce, excelencia?
—No. ¿Quiénes son?
—Nuestras sirvientas.
—¿Nuestras sirvientas?