Los aventureros
Capítulo XVII
—Lo primero que tenemos que hacer es comprarle unas cuantas muchachas chinas. La voz que decía estas palabras hablaba en francés, pero con un acento griego fuerte y gutural.
El sobrino de Christopoulos estaba muy lejos de la idea que Marcelo se había formado. Era muy bajo y delgado, moreno y bien parecido. El traje que llevaba era del mejor corte, como él no había visto en Europa.
—Aléjese de las refugiadas —le aconsejó Eli—. Las mujeres blancas solo le traerán complicaciones. O le contagiarán una blenorrea o se verá envuelto en algún conflicto con la policía. Ellas siempre andan mezcladas en algún complot.
Marcelo consiguió hablar.
—¿Y para qué quiero mujeres? Sé pasarme sin ellas.
Los ojos oscuros de Eli lo miraron con recelo.
—Esto es lo que usted cree. No ha visto la clase de mujeres que tenemos aquí. Si se lo proponen, lo volverán loco. Además, los chinos son una raza extraña. Si ven que usted se retrae de ellos, no lo aceptarán.
—¿Y comprar muchachas chinas es un medio?
Eli afirmó.
—Esto les demostrará que usted desea permanecer aquí. Que lo haga o no es indiferente. Así que usted compra una chica se convierte en responsable de ella. Y si se fuera del país, continuaría viviendo aquí. ¿Me comprende?
Marcelo asintió, aunque todo le resultaba bastante extraño.
—Luego tiene que proveerse de trajes decentes.
—¿Qué pasa con mis trajes? Precisamente me los hice poco antes de dejar París.
—Son demasiado europeos —replicó Eli—. Solo los refugiados llevan trajes europeos. Además, los franceses son los peores sastres del mundo. En Hong Kong los hay muy buenos.
—¡Ah, no! —exclamó Marcelo.
La noche anterior, tuvo que tomar un viejo cascarón que hacía la travesía de Hong Kong a Macao, y fue la peor de su vida.
—Yo no vuelvo allí —decidió.
Eli soltó una risita.
—No tendrá que ir. Mi sastre vendrá a tomarle las medidas.
—Pero ¿qué hago con los que tengo?
—Regálelos —le aconsejó Eli sin darle importancia—. Posiblemente alguna chica los acepte a cambio de algún favor, pero no conseguirá mucho por ellos. Venga a mi apartamento; está detrás del casino —añadió levantándose.
—Si no le molesta, preferiría ir a echar un vistazo por ahí…
—No, por lo menos hasta que vista la ropa adecuada —replicó Eli con firmeza—. Solo Dios sabe el prestigio que ha perdido ya al atravesar el vestíbulo llevando usted mismo su equipaje.
Eli dio unas palmadas y apareció un criado que cogió las maletas de Marcelo.
—Ni siquiera podemos ir a comprar chicas hasta que lleve un vestido apropiado. Ningún chino respetable le vendería una de sus hijas con un traje así.
Se llamaba Jade Lotus, tenía catorce años y estaba delicadamente formada. Su piel era del color del marfil rosa, y sus ojos, grandes y oscuros, brillaban en su rostro ligeramente ovalado, diferenciándose de la mayoría de las chinas, que lo tenían redondo, y pisaba con una gracia suavemente alada. Desde el primer momento que la vio, Marcelo estuvo seguro de que no era como las otras.
Miró al padre de ella, quien, sentado tranquilamente, bebía té, y luego a Eli, el cual, absorto también con su taza, no decía una palabra.
Al fin Eli habló en dialecto cantonés, del que Marcelo no tenía la menor noción.
—Tu té tiene la fragancia de mil flores, honorable Tao.
—No es más que un pobre intento para halagar el paladar de mis honorables invitados —contestó el chino plácidamente.
—¿Puedo pedir tu permiso para hablar en francés? Es la lengua de mi amigo.
—Desde luego —admitió Tao inclinándose graciosamente y mirando a Marcelo —. El francés es el idioma del que soy más apasionado. La música de su pronunciación se parece mucho a la del mío.
Marcelo no pudo contener una leve expresión de sorpresa, pero respondió cortésmente:
—Le agradezco su benevolencia para con mi ignorancia.
Tao hizo otra inclinación y cogiendo un martillito golpeó un pequeño gong. Antes de que el eco se apagase ya habían retirado el servicio de té y traído una larga pipa. Puso la cazoleta sobre la llama de una vela que había en un vaso en el centro de la mesa, y al cabo de unos instantes la invirtió para que la llama lamiera el interior.
Luego se llevó la pipa a la boca y voluptuosamente empezó a fumar.
Marcelo lo observaba fascinado. Nunca había visto un hombre como Tao. Comparándolos a él, los dos sujetos a quienes les había comprado dos muchachas resultaban ordinarios y vulgares.
—Lo que usted necesita es una chica de clase alta —le había dicho Eli—. Una que esté bien educada para poder actuar de anfitriona. La esposa número uno, que recibirá a sus amigos y le llevará la casa. Ella será la que mantendrá su prestigio.
—Pues vamos a buscar una —decidió Marcelo, que ya estaba cansado de tantas demoras.
Primero los trajes, ahora las muchachas… Empezaba a cansarse y tenía la impresión de que nunca lograría regentar el casino.
—No es tan fácil —objetó Eli—. Las muchachas así no abundan. Los chinos ricos las quieren para ellos.
—¿Qué he de hacer, entonces? ¿Esperar hasta que encuentre una?
—Cálmese, amigo mío; esto es Oriente, no Francia. Las cosas no se hacen con tanta rapidez como allá. Pero no desespere. Me han hablado de una que reúne todas las condiciones, pero…
—Pero ¿qué? —interrumpió Marcelo impaciente—. ¡Vamos ya a buscarla y acabemos con tantas vueltas!
—No tan de prisa. Hay algo en ella poco agradable. Ya es vieja, y aún no la han solicitado. Tendré que preguntar a mis agentes para que investiguen.
—¿Vieja? ¿Cuántos años tiene?
—Habrá cumplido catorce.
Marcelo lo miró sorprendido.
—¿Usted llama a eso ser vieja?
—Lo es para este viejo país donde las muchachas se casan a los ocho o diez años.
Finalmente los agentes trajeron una respuesta satisfactoria. Jade Lotus era hermosa y muy bien educada. Tenía una voz musical y sabía tocar varios instrumentos, incluso la pequeña lira, de la que los chinos estaban tan orgullosos. Le costó a Eli un sinnúmero de preguntas averiguar por qué a la chica no la habían pedido, pero al fin consiguió enterarse.
Jade Lotus andaba igual que las mujeres occidentales, como si nunca le hubieran vendado los pies. Su padre llamó a un especialista tras otro, pero nada pudieron hacer, y el hombre ya se había resignado a tenerla para siempre en casa.
Por eso estaban tomando el té en casa de la muchacha, y oyendo al padre, quien en aquel momento decía, dirigiéndose con benevolencia a Marcelo:
—Después del té, la fragancia de la adormidera es muy relajante.
Marcelo se preguntó qué clase de civilización era aquella que permitía fumar una pipa de opio después del té, y, en cambio, vendaba los pies a las mujeres, no obstante estar prohibido.
Eli creyó que había llegado el momento de tratar de negocios, y dijo:
—Mi amigo ha venido a establecerse aquí.
El viejo asintió con un gesto, añadiendo:
—Que los dioses de la fortuna le favorezcan.
—Se trata de un hombre muy importante en el mundo occidental.
—Es un gran honor para mi casa recibir su visita.
—Busca una esposa número uno —continuó Eli—. Alguien con quien compartir la vejez y las bendiciones.
—Muchos occidentales han dicho lo mismo —objetó el chino—, pero después se han ido a su país dejando aquí casas vacías y corazones destrozados.
Marcelo sintió que el corazón le latía violentamente. El hombre no se engañaba; desconcertado, miró a Eli, el cual, sin inmutarse, respondió rápidamente:
—Mi amigo desea prevenir esta contingencia, aunque está seguro de que nunca ocurrirá.
Tao dio una chupada a la pipa y asintió.
—Jade Lotus es mi preferida. Es la más hermosa y capacitada de todas mis hijas.
—También es la mayor y casi ha pasado ya de la edad de contraer un matrimonio ventajoso.
—Solo porque yo he sido muy escrupuloso en la selección de un marido para ella. Cuanto más delicada es la flor, más precisa de un jardín especial.
—La excesiva precaución ha llevado a muchas muchachas a los jardines del otro lado de la colina —replicó Eli.
Todos sabían lo que significaban sus palabras. A las chicas que no habían podido casarse, las vendían a los lupanares del otro extremo del puerto. Sin embargo, la expresión de Tao permaneció inmutable mientras preguntaba, dirigiéndose a Marcelo:
—¿Cómo puede uno juzgar de la sinceridad de los sentimientos de otro?
—Mi amigo está dispuesto a pagar mil dólares de Hong Kong como garantía de su sinceridad.
El chino hizo un gesto desdeñoso con la pipa.
—Una bagatela comparada con la estima en que tengo a mi hija.
Marcelo se sorprendió al ver que Eli se ponía bruscamente en pie.
—Agradecemos al honorable Tao su gentil hospitalidad y le pedimos mil perdones por haberle hecho perder su precioso tiempo.
Tao se desconcertó ante la repentina terminación de las negociaciones. A despecho de sí mismo, murmuró:
—Un momento, un momento. ¿Por qué los occidentales tienen siempre tanta prisa?
Jade, que espiaba desde detrás de un gran biombo, dibujó una sonrisa cuando Eli se sentó de nuevo y reanudó el regateo. Ella se dio cuenta de que el extranjero no se levantó cuando lo hizo su amigo.
Al día siguiente un corpulento policía portugués estaba sentado en un sillón del despacho de Eli. Después de secarse el rostro con un pañuelo, dijo:
—Nos ha llamado la atención que su amigo haya comprado varias esposas — miró de reojo a Marcelo—. ¿Sabe usted que estas prácticas van contra la ley?
A Eli se le escapó una risita.
—¿Va contra la ley que un hombre busque servidumbre para su casa?
El policía sonrió mirando a Marcelo.
—No, desde luego que no. Pero he pensado que sería una buena ocasión para que me presente a su amigo.
Eli hizo un ademán.
—El detective teniente Goa, el cual vela para que no nos suceda nada. dieciocho
Los dos hombres se estrecharon las manos.
—Cada mes recibe un sobre de diez mil dólares de Hong Kong, y nadie sabe de dónde proceden.
El policía se rio discretamente.
—Siempre tengo dos hombres de guardia fuera todas las noches.
Marcelo miró a Eli, preguntando:
—¿Acaso ha habido dificultades?
Eli hizo un signo negativo.
—Desde que yo estoy aquí, no.
Marcelo se volvió hacia el policía.
—Quizá con un policía fuera habría suficiente —dijo, acompañando sus palabras con una sonrisa—. Así sus gastos generales quedarían reducidos a la mitad.
Las más fuertes carcajadas acogieron sus palabras.
—Me parece que su amigo y yo nos vamos a entender. Se dice por ahí que su amigo ha contratado a la hija mayor de Tao para regentarle la casa, el muy pillo. Yo le tenía el ojo echado a la chica, pero esperaba a que el precio bajase al nivel de mis posibilidades.
Los hombres que jugaban al Fan-tan en la amplia mesa del casino levantaron la cabeza al ver entrar a Marcelo y a Eli.
—El nuevo propietario —comentó uno.
Otro hizo un gesto de asentimiento.
—En el traje se le nota su riqueza y condición. Además, se le ve muy británico.
Al hablar así se referían al pelo y a la piel de Marcelo, muy claros si se les comparaba con el color de Eli.
—Solo un hombre de mucha riqueza puede conseguir cuatro esposas para su casa en el intervalo de una semana —añadió otro jugador.
—Sí —convino el que habló primero—, y la número uno es Jade Lotus, la hija del viejo Tao. Ya le conocéis; seguro que le habrá sacado un buen precio, aunque no tenga los pies como es debido.
—¿Jugáis o no? —preguntó impaciente otro—. Todos sabemos que los occidentales son estúpidos cuando se trata de estas adquisiciones.