Los aventureros
Capítulo XVII
diecisiete
Gato Gordo le estaba esperando cuando entró en el edificio del consulado.
—Hay unos alemanes esperándote en el despacho.
—¿Quiénes son?
—No lo sé. Son dos oficiales.
—Voy a ver.
Gato Gordo lo acompañó hasta la puerta, diciéndole:
—Esperaré aquí, por si pasa algo.
—¿Qué quieres que pase? —preguntó con cierto sarcasmo—. Son nuestros amigos.
—No son amigos de nadie.
Dax abrió la puerta y entró. Inmediatamente los dos oficiales se levantaron y, chocando los talones, alzaron la mano.
—Heil Hitler!
—Caballeros… —saludó Dax.
Sentándose a la mesa de su despacho añadió:
—No tengo el gusto de conocerles.
El de más edad de los dos se irguió.
—Permítame, excelencia —y chocó de nuevo los talones—. Soy el teniente coronel Reiss; mi ayudante, el teniente Kron.
Dax hizo una inclinación de cabeza y cogiendo un puro de la tabaquera lo encendió, sin ofrecer ninguno a ellos.
—Es tarde y estoy cansado. Por favor, díganme el motivo de su visita.
Los alemanes se miraron asombrados. Era evidente que no estaban acostumbrados a que les recibieran con aquella sobriedad. Habituados a sembrar el terror gracias al emblema de las SS pegado al uniforme, creían poderlo todo. Dax se sonrió interiormente. ¡Que se fueran al infierno! Lo necesitaban más ellos a él que él a ellos.
No se había llegado aún a ningún acuerdo con los alemanes respecto al suministro de carne procedente de Corteguay, si bien las negociaciones en curso continuaban. Precisamente, tenía que asistir a una la mañana siguiente. No ignoraba que España proporcionaba a los alemanes una buena parte de las entregas que recibía de Corteguay. Era uno de tantos precios que Franco tenía que satisfacer a cambio de la ayuda prestada en la contienda civil.
El coronel extrajo un papel del bolsillo de la guerrera y le preguntó en un rasposo francés:
—¿Tiene tratos con un tal Roberto de Coyne?
—Fuimos juntos al colegio. Es amigo mío.
—Usted, claro está, sabrá que es judío —la voz del coronel rezumaba desdén.
Dax le respondió en el mismo tono.
—También tengo otros amigos que son alemanes.
El coronel ignoró el sarcasmo.
—¿Lo ha visto recientemente?
—No.
—¿Dónde estuvo usted esta noche? —preguntó de improviso el ayudante.
—¡No es asunto de su incumbencia!
—Le recuerdo, señor —agregó el teniente coronel en tono duro—, que estamos aquí en representación del Tercer Reich.
—Y yo les recuerdo —replicó Dax enojado— que están en la embajada de Corteguay. —Y levantándose añadió—: ¡Y ahora, váyanse!
Como por un resorte mágico, la puerta se abrió inmediatamente, mientras los alemanes vacilaban confusos.
—¡Váyanse, caballeros!
—Al general Foelder no le gustará esto —exclamó el oficial joven.
Dax replicó fríamente:
—Hará el favor de informar a su superior que cuando quiera entrevistarse conmigo, lo haga a través de los usuales conductos diplomáticos, es decir, a través de su Ministerio de Asuntos Exteriores.
Abandonaron la estancia sin decir una palabra más. Poco más tarde entró Gato Gordo.
—¿Qué querían?
Dax sonrió.
—Si ya lo sabes, ¿por qué me lo preguntas? ¿O es que has perdido tu afición por el agujero de las cerraduras? ¿O estás tan gordo que ya no puedes agacharte?
—¿Tienes noticias de Roberto?
—No —la inquietud asomó al rostro de Dax—. Y no sé nada de su hermana desde hace semanas.
Se enojó consigo mismo por no haberlo pensado antes. Acostumbraban llamarse él y Carolina al menos una vez por semana. La había visto algunas veces en su casa, pero desde que los alemanes invadieron Francia supuso que se marcharía a América con su padre. Sin embargo, no fue así, pues en ese aspecto se parecía a su hermano: no creía en la huida.
—Voy a llamar.
Y cogiendo el teléfono marcó el número, sin que contestase nadie. Se quedó extremadamente preocupado. Tenía que haber contestado alguien, pues aunque Carolina no estuviera en casa, siempre había un criado o dos.
—¿No contestan?
Dax hizo un gesto negativo.
—¿Qué crees que habrá pasado?
—Me temo que nuestros amigos están en peligro.
Carolina, sentada en el borde de la silla, oía cómo llamaba el teléfono, mientras un alemán embutido en un traje gris y acomodado en un sillón, la observaba.
—¿Por qué no contesta? Puede ser su hermano; quizás haya salido mal de una empresa muy peligrosa.
Carolina apartó los ojos del teléfono.
—Hace meses que no sé nada de mi hermano. ¿Por qué había de llamar por teléfono?
—Ya le dije —repitió el alemán— que se cometió un acto de sabotaje en los muelles. Fracasó, desde luego; los matamos a todos menos a uno que escapó herido. Creemos que es su hermano.
—¿Qué prueba tienen ustedes? —replicó Carolina.
El teléfono dejó de llamar y ella respiró aliviada.
—Además, según tengo entendido, estaba en el campo de concentración adonde ustedes lo enviaron después de capturarlo en la línea Maginot.
—Escapó. Ya le dije que escapó —exclamó el alemán ya impaciente—. Además, uno de los saboteadores confesó antes de morir que el hombre que huyó era el hermano de usted.
Carolina respondió desdeñosamente:
—Ya he oído hablar de esas confesiones.
La voz del alemán se endureció.
—Sin embargo, es su hermano. Y ahora está herido en alguna parte de París, o quizá moribundo, y probablemente no lejos de aquí. Si lo descubrimos, puede tener una oportunidad de salvar la vida.
—¿Por quién? —preguntó Carolina irónicamente—. ¿Y para qué? ¿Para qué lo torturen y lo lleven al paredón?
—No somos tan malos como se dice. No debe creer en todo lo que propalan nuestros enemigos.
Carolina sacó un cigarrillo y el alemán se apresuró a encendérselo.
—¿Por qué no es un poco razonable? Al fin y al cabo ustedes proceden de familia alemana.
Carolina aspiró lentamente el humo, y mirándole fijamente respondió:
—Pero eso fue hace cien años, y nuestros antepasados tuvieron que huir de Alemania precisamente por ser judíos. Las cosas no han cambiado tanto como para olvidarlo.
El SS se retrepó en su asiento.
—A pesar de lo que haya oído decir, el Tercer Reich no es tan intransigente. Un alemán es siempre un alemán. Incluso se podría olvidar que ustedes son de origen judío.
—Ustedes quizá podrían olvidarlo. ¿Pero, y nosotros?
Conteniendo la ira, el alemán apretó los labios. Se inclinó hacia ella y le arrancó con violencia el cigarrillo de la boca, renunciando abiertamente al tono que hasta entonces había empleado.
—¡Perra judía! Cuando vuelva a llamar el teléfono contestarás.
—¿Y si no lo hago?
Con un movimiento rápido la abofeteó violentamente, haciéndola caer de la silla. Mirándola con ojos fríos de odio le dijo lentamente:
—Si 110 lo haces te arrepentirás.
Roberto se arrimó a la pared de la calle mientras con la mano sana se oprimía la herida del hombro, sintiendo cómo la sangre se filtraba por entre sus dedos. Miró hacia la casa, y a pesar de que ya casi era de día, un resquicio de luz se escapaba a través de los cortinones de la biblioteca. Al cabo de un instante se fijó en el coche alemán que estaba parado delante de su casa con dos soldados dentro.
De repente la puerta se abrió, y los dos soldados saltaron del coche y se colocaron a ambos lados de la portezuela en posición de firmes; aparecieron su hermana Carolina y un hombre vestido de paisano. Uno de los soldados abrió la puerta, y Carolina entró en el coche mientras el sujeto decía unas palabras al soldado.
Desde donde se encontraba, Roberto oyó el enérgico jawohl de este. Seguidamente el hombre subió al coche y cerró la portezuela. El coche arrancó. El otro soldado, tras observar cómo el coche se alejaba, entró en el edificio.
Roberto esperó a que la puerta se cerrara, y salió de su escondite, quedando indeciso en medio de la calle. Que los alemanes se hubieran llevado a Carolina era más desconsolador que su herida. Sabía muy bien cómo trataban los nazis a sus prisioneros, y al imaginarlo sintió el mayor espanto de su vida. Tenía que hacer algo inmediatamente.
Por un momento pensó en entregarse, pero la lógica se lo impidió. No ganaba nada con hacerlo; simplemente, los alemanes tendrían un prisionero más. El movimiento que había hecho al andar aquellos pocos pasos le repercutió en la herida, y sintió un dolor nuevo y más agudo. En el mismo instante oyó pasos que se le acercaban.
No esperó a ver de quién eran, pues sabía a qué clase de pareja obedecía la reciedumbre de sus pisadas. Corrió a través de la calleja y se escondió en un portal, no atreviéndose a asomar la cabeza hasta que la pareja desapareció.
Después empezó a recorrer las calles casi por inercia, sin saber adónde iba. No tenía un lugar para esconderse, pues todos los demás habían muerto. Se sintió a cada instante más débil a causa de la pérdida de sangre. Si no encontraba agua pronto, los alemanes no tendrían necesidad de buscar su escondrijo. Lo encontrarían inerte en medio de la calle.