Los aventureros
Capítulo XIX
diecinueve
La multitud empezó a lanzar vítores al aparecer el largo sedán que lentamente se acercaba a la plataforma. Un capitán bajó apresuradamente del asiento delantero y abrió la puerta de atrás haciendo una reverencia. Primero la gente vio una pierna con medias de seda y en seguida la rubia cabellera de Amparo.
—¡La princesa! ¡La princesa! —gritó la muchedumbre.
Amparo se quedó inmóvil unos instantes, con gesto casi tímido, inmediatamente sonrió. Una niña atravesó el cordón de oficiales que la rodeaban y le ofreció un ramo de flores. Ella la besó y pronunció unas palabras se quedaron ahogadas por los gritos.
—Mil gracias.
Escoltada por los militares, subió a la plataforma y se acercó a los micrófonos esperando pacientemente que los fotógrafos cumpliesen con su misión, siguiendo un flash a otro flash, y que la gente cediese en su entusiasmo. Después habló, con su voz suave y cálida, pareciendo que se dirigiese a cada uno de sus oyentes.
—Hijos míos, campesinos…
De nuevo la multitud reincidió en su entusiasmo. ¿Acaso no era una de ellos? ¿No había bajado su padre de las montañas conquistando su elevada posición? ¿No era ella quien había conseguido la construcción de tantas escuelas para sus hijos, hospitales para los enfermos y comida para los hambrientos? ¿Y no era ella la que continuamente se preocupaba de los ancianos?
Y aquel hotel blanco y reluciente, La Princesa, cuya construcción había proporcionado trabajo a tantos hombres. Y la tierra donde lo habían levantado, ¿no era de ella? ¿Y no había regalado el hotel al pueblo, cuyos ingresos irían en beneficio de todos?
Amparo levantó la mano y la gente enmudeció. Y sin pestañear ante el ardiente sol que le daba en la cara, continuó con su voz acariciadora ampliada por los micrófonos:
—Este es un día en el que hemos de sentirnos orgullosos, nosotros y Corteguay, porque marca el principio de un nuevo bienestar para nuestro amado país.
Los vítores se reanudaron, pero los atajó con un ademán.
—Estoy aquí solo como un símbolo. El símbolo de la humildad y la modestia de mi querido padre, cuyo pesado trabajo no le ha permitido asistir a este acto.
Ahora se detuvo a propósito para que las gentes se explayaran. «¡El Presidente! ¡El Presidente! ¡El Presidente!» Cuando los gritos se apaciguaron continuó:
—Mañana se abrirá este hotel y tres grandes aeroplanos procedentes de Estados Unidos aterrizarán en nuestro aeropuerto y un gran transatlántico llegará a nuestras costas. Cada avión vendrá lleno de visitantes del norte, que además de divertirse se maravillarán ante las bellezas de nuestro país. Es una obligación de cada uno de nosotros darles la bienvenida. Estos mismos turistas son los que llevaron el bienestar y la abundancia a nuestros vecinos de Cuba y de Panamá. Ahora vienen hasta nosotros, y debemos esforzarnos para conseguir que se hallen a gusto, que se lleven a su país el recuerdo de nuestras bellezas y de nuestra amabilidad. Hemos de demostrarles que nuestra amada patria, nuestro Corteguay, es una tierra que merece ocupar un sitio en la comunidad de las naciones.
La multitud estalló en nuevos vítores y aplausos. Amparo sonrió, volvió a levantar la mano y prosiguió:
—Mañana, el hotel será para ellos, pero hoy os pertenece a vosotros y cada uno puede recorrerlo y ver las maravillas que encierra gracias a vuestros esfuerzos y a la fe y la confianza que mi padre puso en vosotros.
Al terminar su discurso se volvió hacia la cinta que simbólicamente cerraba el paso. Le dieron unas tijeras que brillaban al sol y la cortó. Entonces se permitió a la gente que entrara a ver el edificio, recorriéndolo entre la doble fila de soldados que mantenían el orden.
Dax permaneció silencioso en la plataforma hasta que los oficiales y los dignatarios se despidieron y Amparo se quedó con solo su escolta. Entonces se le acercó, murmurándole:
—Estuvo muy bien, muy bien.
Ella se volvió con una sonrisa cortés, que se transformó en cálida y luminosa al ver quién era el que le hablaba.
—¡Dax! No sabía que estuvieses aquí.
Dax le besó la mano y le dijo:
—Llegué anoche. Has estado muy bien.
—Tengo mucha práctica.
—¿Vas a entrar en el hotel? —preguntó Dax.
—¿Con ese gentío? No estoy loca. No puedo sufrirlos. Si no fuera por los soldados no dejarían piedra sobre piedra. Esa gente no aprecia nada.
—Veo que no has cambiado. Por lo menos eres sincera.
—¿Por qué había de cambiar? ¿Has cambiado tú?
—Creo que sí. He madurado y tengo más experiencia.
—No hay nada que cambie —aseguró ella—. Somos los mismos que vinimos de las montañas. Son los demás los que creen que cambiamos.
—Pareces un poco amargada.
—No. Solo soy realista. Las mujeres somos más prácticas que los hombres. Los nuevos edificios, los aeropuertos y las carreteras no nos impresionan.
—¿Qué es lo que te impresiona?
—Tú.
—¿Yo? —exclamó él, sorprendido.
—Sí. Tú supiste huir de aquí. Ya eres del mundo más que de Corteguay. — Amparo cambió bruscamente de tono y le dijo—: Vámonos, Dax; tengo un terrible dolor de cabeza por estar tanto tiempo al sol. Vamos a tomar algo.
—El bar de los bajos del hotel está abierto.
—No; ven al palacio conmigo. Estaremos más cómodos…, si no tienes ningún compromiso.
—Ninguno, princesa.
El coche estaba que ardía, y Dax hizo acción de bajar los cristales para que se airease.
—No —le dijo Amparo—. Todavía hay indeseables por ahí.
Dax la miró pensativo. Quizá tuviese razón y fuese cierto que la gente no había cambiado.
El rostro del muchacho siguió inexpresivo mientras miraba cómo el coche se alejaba. Después, andando despacio, volvió a mezclarse con la gente.
«Podía haberlos matado —se dijo— cuando los tuve tan cerca y estaban distraídos. Como mataron a mi padre, sin tenerle lástima y a traición.»
Se metió la mano en el interior de la chaqueta para asegurarse de que la pistola seguía en el mismo sitio, e inmediatamente sacó la mano fuera para que nadie creyese que escondía un arma. La gente le estaba empujando y terminó por entrar en el hotel.
«¿Qué beneficio me habría traído matarlos? Ninguno. Los soldados me habrían matado y el Presidente estaría en el mismo sitio. No fue para tan triste resultado por lo que me marché tan lejos a estudiar.»
Se detuvo unos momentos en el umbral, mirando hacia las montañas.
«Mañana empezaré mi obra. En la tierra de mi padre y en el pueblo de mi padre. Todos oirán mi mensaje y sabrán que no están solos, “que no estamos solos”, y creerán en mí. Cuando lleguen las armas será el momento de matar a los asesinos de mi padre, y sabrán que el hijo del Cóndor es su verdugo.»
Embebido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que dos hombres seguían cada paso suyo, y cuando quiso zafarse de ellos ya era tarde. Se lo llevaron preso.
—¡Los comunistas! —estalló el Presidente escupiendo en el suelo de mármol—. Son los que están detrás de esas bandas que han aparecido en las montañas, y son los que envían armas, dinero y guerrilleros. No hay noche sin que alguno de ellos no pase una de nuestras fronteras.
—Si hace años hubiésemos solventado el problema de los bandoleros, ahora no tendríamos que preocuparnos.
—¡Eres muy estúpido, Dax! ¿Crees que se trata solo de eso? ¡Ojalá fuera así! Ahora es una plaga que se ha extendido por todo el mundo. No es en nuestro país solamente. La sufren Brasil, Argentina, Cuba…, y en Asia, el Vietnam, Corea…
—En Corea se pactó una tregua para casi un año —repuso Dax—. Rusia y Estados Unidos han retirado sus tropas.
—Yo no sé tanto como sabes tú de los países —respondió en tono sarcástico el Presidente—, pero sí tengo la suficiente experiencia política para sospechar que el pacto de Corea no llegará más allá del verano. ¿Cuánto tiempo crees que los coreanos del norte resistirán viendo que los del sur se enriquecen y engordan en los valles del paralelo 38, mientras ellos pasan hambre en las montañas y no le encuentran salida a su miseria?
Ante el silencio de Dax prosiguió el Presidente:
—Precisamente mis hombres han descubierto esta tarde a un muchacho que ha estado todo el tiempo muy cerca de Amparo mientras ella pronunciaba el discurso, y le han encontrado un arma. Después han averiguado que hace poco llegó de Rusia, donde ha estudiado. ¡Estaba allí para matar a Amparo!
—Sin embargo, no disparó —advirtió Dax—. ¿Por qué?
—¿Quién sabe? Quizá no se ha atrevido a disparar, quizás ha tenido miedo de que después lo matasen a él. ¿Quién sabe?
—¿Qué le sucederá?
—Se le juzgará —contestó el presidente con firmeza—. Si coopera como debe y proporciona informes, vivirá. Si no…
El Presidente se interrumpió y dio unos pasos hacia su mesa, añadiendo:
—Dentro de tres semanas se presentará de nuevo nuestra demanda para entrar en las Naciones Unidas. Esta vez será aprobada. Las potencias occidentales ya no pueden seguir sosteniendo el argumento de que nos mantuvimos neutrales durante la guerra. Ahora nos enfrentamos todos con el enemigo común.
—No se conseguirá si Rusia ejerce su derecho al veto.
—Una vez haya terminado la tregua en Corea, no lo hará —afirmó el Presidente —. No se atreverá por temor a la opinión pública. Entonces será nuestro momento. Comunicarás a las Naciones Unidas que tenemos tres batallones de hombres a su servicio.
Cogió una hoja de papel y se la tendió a Dax, agregando:
—Aquí está tu nombramiento como coronel del ejército.
Dax miró asombrado el papel.
—¿Coronel yo? ¿Por qué?
El Presidente sonrió al decirle:
—Voy a enviar a Amparo a Estados Unidos, en… ¿cómo diríais vosotros…? En misión de buena voluntad. Tú la acompañarás.
—Sigo sin ver la razón de mi nombramiento.
Una mueca traviesa se grabó en el rostro astuto del viejo gobernante.
—No hay nada como un uniforme para que la mujer a quien acompañe parezca más femenina y más frágil.