Los aventureros
Capítulo XI
once
Eran casi las tres de la tarde y los rayos ardientes del sol calcinaban la tierra, por lo que el sudor nos empapaba el cuerpo y teníamos la boca reseca.
A pesar del calor, un estremecimiento me recorrió de arriba abajo y un temblor que no pude dominar, cuando vi que bajaban al abuelo.
—Llévalo al carro —ordenó el coronel.
Mi abuelo se soltó del soldado.
—Puedo andar —dijo con altivez.
El soldado miró al coronel, quien asintió con un gesto, y todos seguimos a mi abuelo hasta el centro del caluroso patio. Cuando llegó al carro se encaró con todos. En el rostro tenía grabada la fatiga, pero su mirada era serena. Esperó sin decir nada.
—Desnudadlo —ordenó el coronel.
Los soldados se aprestaron rápidamente a cumplir la orden, a la vez que mi abuelo levantó una mano como si quisiera atajarlos, pero ellos ya estaban quitándole la ropa. Enjuto el cuerpo, casi tan blanco como el traje que le quitaron, de sus costados sobresalían las costillas y la carne de las nalgas y los muslos pendía fláccida a causa de la edad.
—¡Atadlo a la rueda!
Dos soldados lo empujaron violentamente contra la rueda y lo ataron a los rayos con los brazos y las piernas abiertos, pero como el cubo de la rueda le oprimía la espalda, quedó con el cuerpo doblado hacia delante, en una postura grotescamente obscena. Su rostro se contrajo por el dolor, como si todas sus articulaciones se resintieran; tenía cerrados los ojos, heridos por el ardiente sol.
El coronel levantó un brazo; no hubo necesidad de que dijese nada. Todos los soldados sabían cuál era su deber, y uno de ellos ciñó un trozo de cuero en la frente de mi abuelo y le ató la cabeza contra la llanta, para que no pudiese moverla.
—Don Rafael… —la voz del coronel fue tan baja que de momento no me di cuenta de que había hablado—. Don Rafael.
Mi abuelo lo miró fijamente.
—No hay necesidad de esto, don Rafael —dijo el coronel casi respetuosamente.
Mi abuelo no respondió.
—Usted sabe dónde escondieron al chico.
—Ya le he dicho que no lo sé, que se lo llevó Diablo Rojo —dijo sin parpadear.
—Esto es muy difícil de creer, don Rafael —replicó sin dureza el coronel.
—Es la verdad.
El coronel movió la cabeza demostrando pesadumbre.
—Su yerno Jaime Xenos se alió con los bandoleros, los asesinos de su hija. Sabemos que tiene ambiciones políticas. ¿Quién nos asegura que usted no simpatiza con él?
—Si eso fuera verdad —respondió mi abuelo—, ¿cree que estaría tan loco como para seguir en mi hacienda hasta que ustedes me apresaran?
—Pudo pensar que su edad lo ampararía.
Mi abuelo respondió con altiva dignidad.
—Jamás he sido un traidor.
El coronel lo contempló unos momentos y luego se dirigió a mí.
—¿Dónde vives?
—En las montañas, señor.
—¿Por qué bajasteis al valle?
Miré a mi abuelo, y vi sus ojos fijos en mí.
—A trabajar, señor.
—¿No tenéis trabajo en casa?
Gato Gordo respondió en el acto:
—No, excelencia; la sequía…
—¡Estoy preguntando al chico! —rugió el coronel.
—No tenemos nada para comer —respondí yo, sin alejarme mucho de la verdad.
El militar se quedó pensativo. Miró al abuelo y luego a mí.
—¿Conoces a este hombre? —preguntó.
—Sí, señor —respondí—. Es don Rafael, el hacendado.
—¡Es don Rafael, el traidor!
Yo no contesté.
De repente me cogió la muñeca y me retorció el brazo hacia arriba, violentamente. Grité de dolor, conteniendo la ira que se apoderaba de mí…
—Es tu abuelo —exclamó rabioso—. ¿Te atreves a negarlo?
Acentuó más la presión, arrancándome otros gritos de dolor, hasta que sentí que me desvanecía; entonces me dio un golpe en la cabeza y caí al suelo, sollozando sobre el polvo y sintiéndome demasiado débil para moverme.
Entonces mi abuelo habló, y su voz pareció llegarme de muy lejos, en un tono frío, vago.
—Esto solo ya tendría que convencerle, coronel. Nadie que lleve mi sangre le daría la satisfacción de dejarle oír un sollozo. Llorar va contra nuestra dignidad.
Entonces oí una ahogada maldición y un golpe sordo. Levanté la cabeza y vi que el coronel se alejaba llevando la pistola en la mano; del rostro de mi abuelo brotaba sangre, tiñéndole la barba. Sin embargo, apretó los labios, sin una sola queja.
El coronel ordenó a uno de los soldados:
—Humedécele la correa de la cabeza. Veremos si el sol le convence de que debe decir la verdad.
Se fue hacia la galería mientras Gato Gordo me ayudaba a levantarme. Yo no podía mover el brazo a causa del dolor que me repercutía en el hombro, y tuve que permanecer unos momentos respirando hondo para recobrar el aliento.
El abuelo me estaba contemplando en silencio, y cerró luego los ojos. Yo comprendí el inmenso dolor que soportaba. Instintivamente alargué un brazo hacia él, pero Gato Gordo me sujetó en el acto, pues sabía que el coronel nos estaba observando desde la galería.
Un soldado llegó con un cubo de agua, y tomando impulso lo volcó sobre el rostro de mi abuelo, quien medio ahogado y escupiendo intentó apartar la cabeza, pero la ligadura se lo impidió. El sol empezó a abrasarle, y su blanco cuerpo empezaba a enrojecer; me imaginé la fuerte presión de la tira de cuero en su frente, apretando más a medida que se iría secando. El sol quemaba tanto que se adivinaba lo que se contraía la correa. Abrió la boca anhelante, ahogándose.
Se oyeron unas pisadas detrás de nosotros. Era el coronel que se acercaba con un vaso en la mano, en el cual había unos pedazos de hielo que chocaban entre sí mientras él andaba. Se detuvo delante del abuelo, levantó el vaso y bebió un sorbo.
—¿Qué, don Rafael? —dijo—. ¿No le gustaría tomar conmigo un ponche frío de ron?
Mi abuelo no respondió, pero se humedeció los resecos labios con la lengua mientras sus ojos no se apartaban del vaso.
—Una palabra —insistió el coronel—. No le costaría más que una palabra.
Con un esfuerzo apartó la mirada del vaso, y, clavando los ojos en los de su enemigo, exclamó en el tono más despreciativo que yo había oído:
—¡Y pensar que yo le habría defendido! Usted es peor que los bandoleros. Ellos tienen la excusa de su ignorancia. Pero, ante Dios, ¿qué excusa tiene usted?
Furioso, el coronel estrelló el vaso contra la llanta del carro, y, apuntando con el trozo de vidrio que le quedó en la mano al vientre del prisionero, bramó:
—¡Hablarás, viejo! ¡Hablarás!
Mi abuelo aspiró hondo, y con la poca fuerza que le quedaba escupió con toda su alma al rostro del coronel. De repente emitió un terrible grito de agonía que sofocó inmediatamente mientras sus ojos se abrían de horror. El coronel se apartó y comprendimos la causa de aquel grito: tenía el vaso clavado en el bajo vientre, alcanzando parte de sus genitales.
Yo grité aterrado, y Gato Gordo me apretó el rostro sobre su pecho.
—¡Deja que el chico mire! —gritó canallescamente el coronel.
Gato me soltó despacio, pero dejó una mano previsora en mi hombro.
Miré al coronel, cuyos ojos tenían la frialdad del hielo, y seguidamente miré a mi abuelo; pendía débilmente de sus ligaduras, y la sangre, goteando lentamente, caía del vaso al suelo.
Hice los mayores esfuerzos para contener las lágrimas, pues sabía ya que el abuelo no quería que el coronel me viera llorar; entonces me miró con intensa dulzura, dándome a entender que había comprendido. Después cerró lentamente los ojos, y sus piernas cedieron.
—¡Ha muerto! —exclamó uno de los soldados.
Rápidamente el coronel se acercó al carro y le levantó un párpado con brutalidad.
—Todavía no —comprobó satisfecho—. No mueren tan fácilmente, aunque sean viejos como él. La fuerza para vivir 110 les abandona nunca. Llamadme cuando vuelva en sí; voy a comer —dijo alejándose.
Le vimos subir a la galería y desaparecer hacia el interior de la casa.
—Nosotros también estamos hambrientos —dijo Gato Gordo dirigiéndose a los soldados.
—Ya podéis estar contentos de no veros como él —respondió uno refiriéndose a mi abuelo.
Gato Gordo insistió señalándome a mí:
—No es más que un niño. Por lo menos dejadme que lo lleve a la sombra.
Los dos soldados se miraron dudando, y uno de ellos gruñó:
—Está bien, pero sin alejaros, ¿eh?
Gato Gordo me llevó hasta la galería, a cuya sombra nos tendimos, pero dando la espalda a los soldados.
—¿Te duele el hombro? —me preguntó Gato.
—No —respondí, a pesar de que aún me dolía.
Miró atentamente al cielo.
—El sol se pondrá dentro de pocas horas, y Manuel y los otros se irán sin nosotros.
—¿Qué nos va a hacer el coronel?
Gato Gordo se encogió de hombros.
—Nos matará o nos soltará —respondió sin inmutarse—. Todo depende del anciano. Si habla, nos matarán; si no habla, nos queda todavía una oportunidad.
De repente recordé el frío del hierro que sentí en mi espalda cuando el coronel nos mandó salir de la fila.
—¡Ellos no habrían podido matarme! —exclamé—. ¡Tú lo habrías hecho!
—Sí.
—Pero entonces te habrían matado a ti.
Afirmó con la cabeza.
Entonces le comprendí, y no sentí rencor.
—Para salvarte —me dijo, y señaló con el dedo hacia el carro—. ¿O habrías preferido eso?
No respondí.
—Te hubieran obligado a traicionar a tu padre diciéndoles dónde se oculta. No habrías resistido y al final te hubieran matado igual.
Lo comprendí claramente. Era el camino que había que seguir; nuestras vidas era lo único que importaba. Miré por encima de su hombro y vi que mi abuelo pendía de las ligaduras, quieto bajo el sol que le abrasaba las carnes. Susurré:
—Ojalá pudiéramos matarle.
Gato Gordo me miró como si aprobase.
—Pronto morirá —dijo con acento seguro—. Roguemos para que muera en silencio.
Unos pasos apresurados se oyeron a nuestra espalda.
—¡En pie! El viejo ha vuelto en sí. Voy a llamar al coronel.
De pronto oí la voz del coronel detrás de mí. Me volví y le vi secándose el rostro con una servilleta.
—Don Rafael…
Mi abuelo no le miró.
—¡Don Rafael! —gritó de nuevo—. ¿No me conoce?
Los ojos del anciano miraron con fiereza.
—¡Dadme un caballo! —gritó de repente—. Yo mismo iré a las montañas a matar a los bastardos.
El coronel le volvió la espalda con expresión de asco.
—Desatadlo y pegadle un tiro. Ya no nos sirve para nada.
Se dirigió hacia la casa y se detuvo fijándose en mí.
—Un momento; ¿dices que no es tu abuelo?
No respondí. Sacó el revólver de la pistolera y abrió el cilindro, dejando caer cinco balas, que recogió con la mano. Me tendió el arma diciendo:
—Queda una bala; tú lo matarás.
Miré aterrado a Gato Gordo, quien seguía sombrío e impasible. Yo miré al coronel, temblándome los ojos.
—¡Te digo que lo matarás! —gritó, obligándome a coger el revólver.
Vi el arma en mi mano. Era pesada, más que la de Gato Gordo.
Miré al coronel, cuyos ojos parecía que ardiesen. No me costaría más que la bala que ya tenía la pistola, pero luego los otros me matarían, y matarían a Gato. Me decidí.
Mi abuelo vio en silencio cómo me acercaba a él; la sangre le manaba todavía de la boca, pero su mirada era serena.
—¿Qué pasa, muchacho?
No contestó.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó de nuevo.
Un nudo me apretaba el estómago, pero levanté el arma.
Entonces se dio cuenta y se quedó inmóvil. Un segundo antes de apretar el gatillo, una ligera sonrisa se le grabó en los ojos.
El retroceso del arma me hizo dar media vuelta y casi perdí el equilibrio, cayendo el revólver a unos pasos de distancia. Cuando pude mirar a mi abuelo le vi torcido contra la rueda, contemplándonos con sus ojos sin vida.
Oí la voz del coronel detrás de mí.
—Muy bien —y se dirigió a la casa.
Seguí con los ojos fijos en mi abuelo, luchando por tragarme las lágrimas. Vivo o muerto, él no quería que yo llorase. Gato Gordo me cogió del brazo y casi a rastras me llevó al camino, bajo la mirada indiferente de los soldados. Al fin, cuando estuvimos lejos de ellos, empecé a llorar desesperadamente.
—¡Tuve que matarle! —sollocé—. ¡No quería hacerlo, y tuve que matarle!
Gato Gordo no aflojó el paso, y respondió sin mirarme:
—¿Qué importa? El anciano está mejor muerto, y lo único que ahora importa es que nosotros estamos vivos.