Los aventureros
Capítulo III
tres
En el suntuoso despacho con paneles de roble y amueblado con sillones de cuero, el barón escuchaba atentamente lo que Marcelo, desde el otro lado de una mesa, le contaba. A pesar del ruido que llegaba de la plaza de Vendôme, apenas podía creer lo que le había sucedido durante la semana que llevaba trabajando otra vez en el consulado. Pero la voz del barón lo trajo de nuevo a la realidad.
—¿Cuál es el total de las deudas que Ramírez dejó?
—Casi diez millones de francos —respondió Marcelo—. Unos ochenta millones de sus pesos.
Como tenía por costumbre, el barón sacó en seguida la cuenta en dólares y en libras: ciento sesenta mil dólares; cuarenta mil libras esterlinas. Sacudió la cabeza.
—¿Y todo lo pagó el señor Xenos con su propio capital?
Marcelo afirmó, diciendo:
—Consideró que era su deber, puesto que se nombró a Ramírez por recomendación suya, y porque su gobierno es demasiado pobre para soportar una sangría tan grande.
—¿Cómo consiguió el dinero?
—De los cambistas. Pagó unos intereses del veinte por ciento.
—¿Y fue después de esto que el cónsul decidió ir a Ventimiglia para ver si Ramírez restituía algo de lo robado?
Marcelo afirmó de nuevo.
—Sí, pero ya era tarde. Los cinco días de trabajo en aquella húmeda y destartalada casa, durmiendo en el suelo con solo una ligera manta, habían traído sus consecuencias. El señor Xenos se despertó aquella mañana con una fiebre muy alta; por la tarde llamé al doctor, y este recomendó que se internase al cónsul; el señor Xenos protestó, pero mientras hablaba cayó desvanecido. Lo metimos en el coche del médico y lo llevamos al hospital.
El barón movió ambiguamente la cabeza.
—El honor de un hombre es su mayor riqueza, pero también es el lujo más caro.
—Yo comprendo muy bien al cónsul —dijo Marcelo en el acto—. Es el hombre más honrado e idealista que he conocido, pero quien me desconcierta es su hijo. No tiene nada del padre. Lo que hay en el padre de reflexivo, hay en el hijo de instintivo; cuando el padre se deja llevar por las emociones, su hijo muestra una frialdad que le permite ser dueño de la situación. Es como un animal joven que aún sigue en la selva, al que solo impulsan las sensaciones físicas, merced a las cuales se mueve y actúa. No tiene más que una lealtad: su padre.
—¿Y, entonces, fueron a Ventimiglia, el chico y el ayudante?
Marcelo asintió. Recordó cómo al volver del hospital y entrar en el frío consulado, en el rostro de Dax había una expresión inescrutable mientras cerraba la puerta. Marcelo refirió la escena de aquel día.
—Creo —había dicho él— que podríamos devolver los billetes para Ventimiglia que habíamos tomado para el señor cónsul y para mí.
—No.
La voz de Dax fue tajante. Echando una ojeada a Gato Gordo, Marcelo comprobó una vez más el invisible lazo que los unía, pues Gato afirmaba con la cabeza casi antes de que el muchacho hablara.
—Sacaremos otro billete e iremos los tres a hacerle una visita a Ramírez. Hace tiempo que se la debemos.
Horas después, hacia el atardecer, estaban sentadas en una colina de la Riviera, desde donde se dominaba la villa, en cuyo patio había una mesa y tres hombres con una botella de vino. En el silencio de la tarde, sus voces llegaban claramente a los que les observaban.
—¿Cuál de ellos es Ramírez?
—El más delgado y de aspecto nervioso que está en el centro —respondió Marcelo.
—¿Quiénes son los otros dos?
—Sus guardaespaldas. No va a ningún sitio sin ellos.
Gato Gordo gruñó:
—Al más corpulento le conozco: es Sánchez. Era de la guardia personal del Presidente —y añadió escupiendo al suelo—: ¡Siempre pensé que era un traidor!
Algunas mujeres aparecieron con la cena. Ramírez soltó una carcajada y dio una palmada en la cadera de una de ellas al pasar por su lado.
—¿Quiénes son? —preguntó Dax.
Marcelo se encogió de hombros.
—No lo sé. Ramírez siempre tuvo algunas queridas.
Dax sonrió, y Marcelo notó que su sonrisa era fría.
—Al menos sabemos que no duerme con los guardaespaldas —se levantó diciendo—: Hemos de averiguar cuál es su habitación antes de que vayamos allí esta noche.
—¿Y cómo entraremos? —preguntó Marcelo—. La verja estará cerrada.
Gato Gordo rio entre dientes.
—Esto no es problema. Escalaremos la pared.
—¡Pero esto es un delito! —protestó Marcelo—. Nos pueden meter en la cárcel.
—¿Y Ramírez puede robar el dinero legalmente? —preguntó Dax con desdén.
Marcelo no supo qué contestar.
Apoyado en un árbol, Gato Gordo se echó a reír mientras despeinaba cariñosamente a Dax.
—Parece que volvemos a los viejos días, allá en casa, ¿verdad, jefecito?
—Probablemente debe ser la de la esquina, la que tiene balcón —calculó Dax.
Mientras hablaba, las puertas del balcón a que se refería se abrieron, y apareció Ramírez, fumando un cigarrillo y apoyándose en la barandilla y mirando al mar. Al cabo de unos instantes se le acercó una mujer; él tiró el cigarrillo por encima del balcón, a la vez que se la oyó reír a ella, y en seguida entraron en la habitación, dejando la puerta abierta.
—Muy hospitalario el traidor —comentó Gato Gordo—. Esto nos evita el tener que ir buscándolo por la casa.
Las luces se apagaron y la vivienda quedó a oscuras. Gato dio unos pasos para iniciar la marcha, pero Dax lo detuvo con la mano.
—Dales diez minutos y entonces él estará tan ocupado que no oiría ni las pisadas de mil caballos.
Dax fue el primero en subirse a la valla; Gato Gordo lo siguió en el acto, y, sentados a horcajadas, se inclinaron para ayudar a Marcelo, quien trepó sin la habilidad de ellos. Dax y Gato saltaron al otro lado, y Marcelo hizo lo mismo, aunque el impulso le hizo caer de rodillas. Pero se levantó rápidamente y corrió detrás de los otros al ver que ya llegaban a la casa. Aún no los había alcanzado cuando Dax y Gato se hallaban ya en el techo de la galería. Marcelo se cogió a los adornos de piedra de la balaustrada, hasta que tras un poderoso esfuerzo consiguió trepar al techo. Dax había pasado ya del techo al balcón.
Gato Gordo, que le seguía silenciosamente, se volvió y ayudó a subir a Marcelo. Este sentía como si el corazón se le escapase, y se preguntaba cómo era posible que los de dentro de la casa no los oyeran.
Dax le dijo al oído.
—Espere aquí hasta que oiga nuestra señal. Si ve a alguien nos avisa.
Marcelo movió la cabeza afirmativamente, pero seguía con una angustia que le atenazaba el estómago. Vio que los otros dos estaban pegados y quietos a los lados de la puerta del balcón y con los ojos cerrados. Asombrado, Marcelo pensó que estaban rezando, pero inmediatamente se dio cuenta de lo que pretendían: acostumbrar a los ojos a la oscuridad que encontrarían dentro de la habitación. De repente, casi sin que les viera mover las manos, vio que empuñaba cada uno un cuchillo.
Marcelo cerró los ojos, sintiendo como si se marease. ¿Iría a ponerse enfermo?
Cuando los abrió ya habían desaparecido, a pesar de no haber oído nada. Se puso a escuchar atentamente, y el corazón le latía con violencia. Oyó un leve ruido dentro, y en el acto un chillido, y en seguida un golpe sordo, como de algo que caía al suelo. Y nada más.
Notó que tenía la frente empapada de sudor, y estuvo tentado de huir, pero el miedo por lo que podía sucederle le impidió moverse.
La voz ronca de Dax le llegó desde la habitación.
—¡Marcelo!
Se detuvo horrorizado en la puerta. Los cuerpos desnudos de Ramírez y la mujer yacían en el suelo.
—¿Están muertos? —preguntó con un ahogado gemido.
—No —respondió Dax desdeñoso—. El traidor se ha desmayado y a ella hemos tenido que dejarla sin sentido. Deme algo con que atarlos.
—No sé con qué.
—¡Vaya a la cómoda! —le gritó Gato Gordo—. Seguramente habrá medias de seda.
Abrió los cajones con rapidez y en un segundo encontró lo que buscaba. Cuando se volvió vio que Gato Gordo le quitaba un calcetín a Ramírez y que le taponaba la boca.
—Dejemos que huela su propio hedor —gruñó satisfecho.
Marcelo le tendió las medias sin decir nada, y Gato los ató a los dos con la mayor habilidad.
—Esperaremos un rato —dijo Dax tranquilamente—. Cuando ese traidor vuelva en sí nos dirá dónde está el dinero. Seguramente que no lo llevó lejos.
Y añadió dirigiéndose a Marcelo:
—¿Cuánto dijo mi padre que se había llevado?
—Seis millones de francos, en los dos últimos años.
Dax miró de nuevo a Ramírez.
—La mayor parte debe tenerla todavía aquí; ha tenido poco tiempo para gastarlo.
Ramírez fue el primero en recobrarse, y se aterró al ver a Dax inclinado sobre él y con el cuchillo apuntándole a la garganta. Pareció que iba a desvanecerse otra vez, pero se recuperó y miró fijamente a Dax.
—Óyeme, traidor; ¿me escuchas?
Un gemido ahogado salió del calcetín que hacía de mordaza.
—Pues óyeme bien. Hemos venido por el dinero. Si nos lo das, no te haremos ningún daño a ti ni a esa mujer. ¿Lo has entendido? Pero si no quieres comprender, tu agonía será larga.
Otro gemido apagado demostró que Ramírez le había comprendido.
Dax le acercó el cuchillo a la cara para que lo viese bien.
—Voy a desatarte, pero un solo movimiento tuyo bastará para que te desangres por el agujero que te abriré entre las piernas, donde tenías los genitales.
Marcelo contuvo la respiración mientras Dax aflojaba la mordaza.
Afortunadamente, Ramírez no era un héroe.
—¡Venga el dinero! —exigió Dax.
—Lo he perdido —farfulló Ramírez tras un esfuerzo—. Lo perdí en el juego.
Dax se rio en silencio. Ágilmente, y como si no se fijase en lo que hacía, trazó con el cuchillo una raya en el vientre de Ramírez, el cual contempló con horror su propia sangre, desvaneciéndose otra vez.
—El cobarde se ha vuelto a desmayar —observó Gato Gordo—. ¿Vamos a estar así toda la noche?
Dax fue al lavabo y cogiendo la jarra vació el agua sobre el rostro de Ramírez, quien volvió en sí a la vez que escupía el agua que le entró en la boca.
Al mismo tiempo la mujer empezaba a revolverse en el suelo.
—Sujétala —ordenó Dax—, o llamará la atención del resto de la casa.
Gato Gordo se acercó a ella, le pegó una bofetada, y ella trató de defenderse a coces.
—Por lo menos tiene el coraje que le falta a ese traidor.
Se sentó encima de ella y apretándole la garganta la sujetó contra el suelo.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó de nuevo Dax.
Ramírez no respondió. Su mirada estaba clavada en Gato Gordo y en la mujer. Tuvo que volver la cabeza hacia Dax cuando este lo golpeó con el mango del cuchillo.
—Lo perdí; ya lo he dicho.
Gato Gordo dijo mirándolo:
—Tu amiga parece un buen bocado, a pesar de que tenga las tetas tan pequeñas.
Ramírez no contestó.
Gato añadió, dirigiéndose a Dax:
—Desde hace tres días «estoy en ayunas». Para mí es demasiado tiempo.
Dax, que no quitaba ojo del rostro de Ramírez, respondió tranquilamente:
—Adelante. Jódela cuanto quieras, y cuando estés satisfecho dejaremos que Marcelo te sustituya.
Las protestas de este no salieron de su garganta. Dax tenía el brillo de la selva en su mirada. La mujer empezó a revolverse al sentir que Gato Gordo se tendía sobre ella y le separaba las piernas con la rodilla. Se desabrochó la bragueta.
—Alégrate, pequeña —murmuró—. Ahora vas a saber lo que es un hombre de verdad. La mía dista mucho de ser esa especie de gusano que tiene ese.
Atropelladamente, al ver lo que Gato Gordo pretendía, dijo Ramírez:
—El dinero está detrás de la cama, en una cajita empotrada en la pared.
—Esto ya está mejor —contestó Dax—. ¿Y cómo se abre?
—La llave está en un bolsillo de mis pantalones.
Dax registró un bolsillo del pantalón que vio en una silla y sacó un llavero.
—¿Es esta?
—Sí, está detrás del cuadro de la pared.
Dax fue rápidamente a la pared y, apartando el cuadro, trató de meter la llave en la cerradura.
—¡Esta no es! —rugió volviendo al lado de Ramírez, quien dejó de mirar a Gato Gordo y a la mujer.
—Esta es la llave del coche. Hay otra.
Marcelo no podía dejar de mirar al grupo del suelo. Hasta ahora una violación solo había sido una palabra leída en los periódicos. Se sentía mareado y presa de una extraña sensación. Aquello no se parecía en nada a la experiencia que él tenía del acto de fornicar. Esto resultaba mucho más frío, salvaje y brutal. Gato Gordo había penetrado a la mujer, y Marcelo vio cómo todo su cuerpo se estremecía a consecuencia de la embestida.
—¡Marcelo!
Dejó de mirar y avanzó hacia Dax. La caja estaba llena de fajos de billetes muy bien atados.
—¡Dios mío! —murmuró.
—No se quede ahí parado. Tráigame una funda de almohada y ayúdeme a meter dentro todo ese dinero.
Marcelo no pudo evitar echar una ojeada por encima del hombro mientras iba en busca de la prenda pedida por Dax.
Ramírez estaba contemplando a Gato Gordo y a la mujer. Cuando el primero se pasó la lengua ávidamente por los labios, Marcelo se dio cuenta de que Ramírez había olvidado completamente el dinero.
Mientras iba por la funda, Marcelo pensó que el mundo debía haberse vuelto loco, que nada tenía sentido. Dax, después de una indiferente mirada a la pareja, prosiguió su tarea sin prestarles atención, como si lo que estaba ocurriendo fuese la cosa más normal. Sin embargo, Marcelo se sentía desconcertado, presa de una excitación que le aflojaba las piernas. Le parecía como si nunca hubiese estado con una mujer.
De repente se oyó a Dax, abiertamente satisfecho. La funda de almohada estaba casi llena y la ató con una media, sentado en el borde de la cama.
—No estés ahí toda la noche —le dijo a Gato—, aún tenemos que salir de aquí.
Luego se fijó en la otra llave.
—¿Sabe usted conducir, Marcelo? —preguntó.
Marcelo movió la cabeza afirmativamente.
—Bueno. Nada hay más agradable que un paseo en coche en las horas frescas de la noche.
El barón se inclinó sobre la mesa.
—¿Cuánto dinero recobraron?
—Casi cuatro millones y medio —respondió Marcelo.
—Me alegro —exclamó el barón—; el muchacho es todo un tipo. ¿Se ha hablado de a qué escuela piensan mandarlo?
—Oí que el cónsul habló de la escuela pública, pero eso fue antes de encontrar el dinero.
—Sí, claro; pero tampoco les servirá de mucha ayuda —arguyó el barón—. Apenas bastará para cubrir los préstamos personales que solicitó el cónsul para pagar las deudas.
Dio unos golpecitos en la mesa con el lápiz, y añadió:
—Quiero que les sugiera que deben enviar al chico a De Rouqueville.
—¡Pero si es el colegio más caro de París!
—También es el mejor. Mi hijo estudia en él. Yo pagaré los gastos y me ocuparé de los trámites necesarios. Al chico le ofrecerán una beca.
Marcelo abandonó el despacho con una tranquilidad que provenía del cheque de diez mil francos que el barón le metió en el bolsillo, pues no solo fue al tendero a quien benefició el ajuste de cuentas.
Lo que tenía intrigado a Marcelo y aún no había logrado averiguar, era por qué razón el barón de Coyne tenía tanto interés por el cónsul y su hijo desde aquella mañana que le llamó por teléfono.