Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 77 de 150

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Los aventureros

Capítulo X

diez

 

—¿De modo que todo ha terminado entre los dos? Giselle miró a Sergei con expresión de seguridad.

—Oui —y agregó—: Es extraño, pero después de tantos años una se da cuenta de que lo que amábamos ya no pertenece a la persona que nos enamoró —y cogiendo un cigarrillo añadió—: Dax ha cambiado.

Sergei se inclinó sobre la mesa encendiéndole el cigarrillo mientras hacía una seña con los ojos al camarero para que les trajera otras copas.

—Todo el mundo cambia. No hay nada ni nadie que permanezca inmutable.

—Le dejé en Texas —continuó Giselle, como sí no le hubiera oído—. Comprendí que ya no podía seguir allí más tiempo, y que lo que más deseaba era volverme a casa, a París. Ya he visto bastante en América y no pienso volver.

—¿A Hollywood tampoco?

—No. Aquí soy una actriz; allí no me consideran más que como un símbolo del sexo. Algo así como las postales que se llevan de recuerdo de Pigalle.

—¿Qué dijo Dax?

—Nada. ¿Qué podía decir? —sus negros y expresivos ojos se clavaron en él—. C’était la fin. Sin embargo, me dio la impresión de que ni siquiera le importaba. Esto fue quizá lo más duro: admitir que no le importaba.

Bebió un sorbo del combinado, y agregó:

—Estaba con aquellos hombres tan desagradables, que solo hablaban de dinero, de petróleo y de barcos. Una tarde entré en la sala donde discutían, y Dax ni siquiera levantó la cabeza. Me pareció que le veía por primera vez. Y entonces pensé en los hijos que hubiéramos podido tener y no tuvimos, y en lo que habríamos podido hacer y no hicimos, y sentí un inmenso deseo de tener un hijo y vivir la vida que ya no podía vivir.

Las lágrimas asomaron a sus ojos y, sin mirar a Sergei, continuó en voz baja:

—Una vez, cuando conocí a Dax, pensé que lo lograría después de la guerra, cuando las cosas se hubieran normalizado, y creí que él pensaba como yo. Sin embargo, aquella noche me di cuenta de que me había equivocado. Que todo lo que ansiaba de mí, ya lo tenía, y que todo lo que era capaz de darme, ya me lo había dado.

Guardó silencio unos instantes y murmuró:

—No es demasiado tarde para mí, ¿verdad, Sergei? Soy todavía joven y capaz de amar a un hombre y de tener hijos.

Después Sergei la acompañó hasta un taxi. Luego, viendo que no quedaba ninguno más en la parada decidió caminar hasta su domicilio, a unos quince minutos de distancia, a pie.

El sofocante calor de agosto subía del asfalto y abrumaba a los escasos transeúntes que se veían en la calle. Todos los franceses, desde el personaje más encumbrado al empleado más modesto, estaban de vacaciones, en el campo, en la playa, o, simplemente, en su casa los más humildes, con las persianas bajadas para protegerse un poco del riguroso calor. En las tiendas campeaba el elocuente rotulito: Fermeture armuelle.

Perezosamente se preguntó qué estaba haciendo él en París. Sin embargo, sabía muy bien la respuesta: como siempre, carecía de dinero.

Bernstein, el banquero suizo, se lo había dicho de una forma escueta:

—Usted no tiene cabeza para los negocios, joven amigo. Aunque tuviera un ingreso de cincuenta mil libras en vez de cincuenta mil dólares, siempre andaría escaso de dinero.

De esto hacía dos semanas, cuando acudió a Bernstein, a pesar de que ya llevaba gastada la asignación de Sue Ann de los próximos dos años.

—¿Qué voy a hacer, entonces? —preguntó.

El banquero le respondió con voz agria:

—Lo primero anular sus locas inversiones. El couturier, por ejemplo. Además de invertir en su negocio le ha estado entregando veinte mil dólares cada año… ¡para salvarle de la ruina!

—¡Pero no podía abandonarlo! —protestó Sergei asombrado.

—¿Por qué no? ¿Acaso está enamorado de ese pequeño afeminado?

—¡Naturalmente que no! Pero es un hombre de mucho talento. Algún día causará sensación. Ya lo verá. El único inconveniente es que resulta demasiado avanzado.

—Pero entonces usted ya estará en la más completa ruina.

—Lo único que necesita es alguien que lo lance.

—Eso ya lo dijo hace un año, cuando convenció a Giselle d’Arcy para que se hiciera todos los vestidos en su casa. Y no le sirvió de nada.

—Quiero decir que alguien que sea americano. Son ellos los que lanzan los estilos. Lo que aceptan, triunfa, y lo que rechazan, no.

—¿Por qué no se lo pide a su ex esposa? —preguntó el banquero.

Sergei se quedó asombrado, pues nunca había creído que Bernstein tuviera sentido del humor; sin embargo, parecía que lo dijese en serio.

—¿Sue Ann, creadora de un estilo? No. Tiene que ser otra persona. Alguien a quien los americanos hayan aceptado como prototipo de la moda.

—Entonces, abandone la empresa —arguyó el banquero—. No existe tal persona, y si existe, la viste Dior, Balmain, Balenciaga, Chanel o Magy Rouff. Además, que ninguna se prestaría a ayudar a un desconocido como usted, joven. No da prestigio comprar los vestidos en casa de un don nadie.

Sergei se puso en pie espoleado por una súbita idea.

—¡Mi título de príncipe Nikovitch! Esto las atraería.

—¿Usted cree?

—Las americanas se perecen por los títulos, y como no todas pueden casarse con uno, al menos las halagará saberse vestidas por un miembro de la nobleza.

—Ridículo —afirmó Bernstein.

—No lo crea. Todo lo que hay que hacer es lograr la aceptación de mujeres francesas importantes. Las americanas se agregarían en seguida.

—¿Pero cómo va a atraerse a una francesa importante?

—Conozco a Carolina de Coyne…, madame Xenos. Carolina lo hará por mí.

—Pero está en América.

—Se la puede convencer para que vuelva.

—¿Pero cómo? Estamos en julio y todas las colecciones se han pasado ya. No vendrá nadie.

—Si Carolina viene de América, las demás vendrán aunque solo sea para ver lo que la trae aquí. Presentaremos nuestra primera colección en setiembre.

—Puede que dé resultado —dijo el banquero—. Pero ¿de dónde van a sacar el dinero?

—Me lo va a dar usted —le contestó Sergei sonriendo.

—¿Está loco? ¡Ya le he dicho que está al borde de la quiebra!

—Madame Bernstein se ofenderá mucho si no se la invita al primer desfile de modas de la temporada por culpa de la tacañería de su marido.

Bernstein lo miró sin poder evitar una ligera sonrisa, no obstante su habitual seriedad.

—¡Es usted un sinvergüenza sin escrúpulos!

—Exagera un poco.

—De acuerdo; le prestaré el dinero, pero con dos condiciones.

—¿Cuáles?

—La primera, que me demuestre que madame Xenos ha aceptado, y la otra que usted se quede en París, en su maison de couture, hasta después del desfile.

—Acepto —afirmó Sergei a la vez que cogía el teléfono.

—¿Qué hace? —preguntó el banquero sorprendido.

—El medio más rápido para entenderse con madame Xenos es el teléfono. ¿O cree usted que le voy a dar tiempo para que se arrepienta?

 

A mitad de camino de su casa rectificó y se dirigió a la maison de couture. Al llegar, se fijó en las placas de metal que había a cada lado de la entrada, mientras el portero se apresuraba a abrirle la puerta inclinándose.

—Alteza…

—Esas placas brillan demasiado. Trate de ensuciarlas, para que no parezcan tan nuevas.

Subió de dos en dos peldaños la amplia escalera y entró en el salón. Los pintores y los decoradores habían trabajado duro y todo quedaba muy bien. Luego pasó al taller, donde también se trabajaba a destajo. Las pequeñas midinettes se afanaban cosiendo y ordenando colecciones de vestidos mientras las modelos iban y venían, petulantillas ellas, probándose blusas algunas, y otras a medio vestir, enseñando sin el menor recato sus pequeños senos. Pero lo que más se destacaba era la agresiva voz de Jean-Jacques llegando del despacho de al lado. Por los gritos se diría que Jean Jacques se hallaba al borde de la histeria.

Sergei salió del taller y entró en una salita donde en un estrado había una modelo en manos de dos oficialas y un cortador, y, sentado a su mesa, Jean-Jacques, el modista, quien al ver a Sergei se dirigió a él lloriqueando.

—¿Qué voy a hacer? ¡Todos son unos zotes, unos estúpidos! ¡No hay manera de que hagan lo que pido! No tienen ni idea. —Dramáticamente se llevó las manos a la cabeza—. Es para volverse loco, te lo aseguro. ¡Va a darme un ataque! —Cogiendo a Sergei del brazo le señaló a la modelo—. Regardez! ¡Mira lo que han hecho con mi modelo! ¡Arruinarlo!

—Cálmate, Jean-Jacques —le dijo Sergei—. Explícame qué es lo que quieres. Quizá yo pueda ayudarte.

El modista se plantó ante la modelo, explicándole a Sergei:

—Regardez. Se trata de una idea completamente nueva para la hora del cóctel. Una serie de triángulos suspendidos de los hombros de la señorita, para dar una idea de libertad en todos los puntos importantes: el busto, la cadera, la rodilla.

Sergei se fijó en la modelo y vio que su vestido respondía a la idea de Jean-Jacques, de acuerdo con el diseño preliminar. Pero podía comprender la frustración de su amigo. El modelo, tal cual aparecía, no daría nunca la línea que Jean-Jacques había imaginado. Sergei clavó una mirada al diseño y luego a la modelo.

En la salita el silencio era absoluto. Todos estaban pendientes de Sergei. Pasado un momento este movió la cabeza como asintiendo, y se volvió hacia el diseñador.

—¡Jean-Jacques, eres un genio! Comprendo el problema y estoy seguro de que tú también te has dado cuenta del defecto.

—¿Tú crees? —preguntó el modista con una mezcla de orgullo y de confusión.

—Estoy seguro —afirmó Sergei convencido—. ¡Es esto! —Y señaló, como si acusase, las caderas de la modelo—. Aquí, donde el triángulo, según lo que tú imaginaste, debería aparecer de base, está de vértice, y resulta muy pequeño.

El modista seguía sumido en sus dudas.

—¿Tú crees?

De nuevo Sergei afirmó enérgicamente.

—Fue la palabra «libertad» lo que me lo reveló. El vestido debe tener amplio vuelo en la falda al objeto de que la dama pueda sentir, al moverse, el aire en el coño, lo que le hará recordar su femineidad—. Y sin darle tiempo al modista para que le contestase, añadió—: Y ahora he de irme corriendo al despacho, pues tengo una cita. Muchas gracias, Jean-Jacques, por haberme dado la oportunidad de admirar tu talento. —Ya cerca de la puerta agregó, mirando a las oficialas y al cortador—: Estoy seguro de que ahora todos saben exactamente lo que deseas.

Así que desapareció, Jean-Jacques dijo que tenía que hablar con Su Alteza, y salió corriendo. Las dos modistas se miraron al quedar solas.

—¿Entendiste algo de lo que dijo Su Alteza?

—Yo no; —se dirigió a la modelo—. ¿Y tú?

—¿Quién demonios comprende a quién en este oficio? —gruñó esta—. Están como cabras. —Y bajando del estrado con gesto de fastidio, añadió—: Como se me ventile un poco más mi coño, agarraré una pulmonía.