Los aventureros
Capítulo XXXIII
treinta y tres
Bajé del jeep delante de la casa de Beatriz, y al ver las persianas bajadas y las puertas cerradas pensé que la había abandonado.
—Vayan a la parte de atrás —ordené a dos soldados.
—Sí, excelencia.
—Ven conmigo —le dije a Gato Gordo.
Fuimos a la puerta principal y di unos recios aldabonazos. Tenía el presentimiento de que si Mendoza estaba escondido en alguna parte, solo podía ser allí.
Gato Gordo se adelantó mirando la fachada de la casa y me dijo:
—Aquí no hay nadie. Incluso los postigos de las ventanas están ferrados.
Efectivamente, todas tenían los postigos cerrados por dentro, menos una, en el segundo piso, que al parecer daba a un cuarto de baño. Llegamos hasta donde estaban los soldados.
—¿Han visto algo?
Dijeron que no, y Gato Gordo y yo dimos dos o tres vueltas alrededor de la casa. Nos detuvimos otra vez frente a la ventana sospechosa. Seguro que no me equivocaba, Gato Gordo siguió mi mirada y propuso:
—Me subiré a ese árbol y creo que conseguiré abrirla y entrar.
Le miré sonriendo.
—Con esa barriga tan oronda no podrás pasar.
—Podemos enviar a uno de los soldados.
—No. Si Beatriz está en la casa, no quiero aventurarme a que le suceda algo. Entraré yo.
Me cogí a la rama más baja y tras un esfuerzo llegué a la axila del árbol, y fui trepando, pero ya no con la facilidad de cuando era un chiquillo. Y llegué a la altura de la ventana.
Parecía cerrada, pero no vi que tuviese pestillo. Con el puño golpeé ligeramente el marco y se movió un poco; repetí el golpe, algo más fuerte, y la ventana cedió. No me había equivocado: era el cuarto de baño.
—¡Ten cuidado! —gritó Gato Gordo desde abajo.
Me senté en el alféizar, con una pierna dentro y la otra fuera. Luego entré, y con el mayor sigilo abrí la puerta, escudriñando el pasillo. Cautelosamente fui avanzando, viendo que había cuatro puertas, tres de las cuales eran de los dormitorios, y la última, delante mismo de la escalera, era la de un gran armario ropero.
Entré en el primer dormitorio y por el perfume que aún quedaba comprendí que era el de Beatriz. Su ropa estaba guardada con el mayor esmero en los armarios y en los cajones, y unas maletas dentro de uno de los armarios. Dondequiera que hubiese ido, tenía que ser por poco tiempo.
La segunda habitación, al parecer de su tío, tampoco presentaba señales de que la hubiese registrado ningún intruso, y finalmente, entré en la tercera, la más pequeña, probablemente la de la criada. Sin embargo, aquí sí había mucho desorden; la cama estaba sin hacer y con huellas que parecían recientes, y mi mayor sorpresa fue encontrar vacíos los cajones.
Salí perplejo al pasillo. Todo en la habitación hacía creer que ya no había criada, pero la cama demostraba que alguien dormía allí.
Más por previsión que por creer hallar algo, abrí la puerta del armario ropero. Mi presentimiento no fue infundado, pero por poco me cuesta la vida.
Mendoza salió del interior echándose sobre mí como un jabato. Enzarzados como gatos, llegamos al primer peldaño, y rodamos por la escalera. Al llegar abajo, Mendoza quedó sobre mí, sin casi fuerzas para que yo me defendiera, pues en uno de los escalones me di de cabeza y respiraba con dificultad. Sin embargo, pude ver el brillo de una hoja de acero, y conseguí trincarle de la muñeca, forcejeando los dos desesperadamente.
—¡Gato Gordo! ¡Gato Gordo! —llamé.
Para evitar que me oyesen me tapó la boca con la mano, sujetándome solo con la otra, lo que hizo que su presión cediese un poco, consiguiendo entonces desprenderme de él, hasta que pude levantarme.
Él también se levantó, y con el cuchillo me lanzó una estocada que yo esquivé. En el mismo instante, en la puerta que había a mi espalda se oyeron unos golpes que detuvieron por unos momentos el ataque de Mendoza.
—¡No me importas tú, Mendoza! —le dije ahogándome casi—. ¿Dónde está Beatriz?
—¡Como si no lo supieras! —me respondió, dirigiéndome otra estocada.
Le esquivé de nuevo con un salto y repetí:
—¿Dónde está Beatriz?
En aquel momento pareció que Mendoza se hubiese vuelto loco; empezó a dar vueltas a mi alrededor, esgrimiendo el cuchillo y riendo histéricamente.
—¡No nos venceréis! Os cogeremos a todos, y a ti el primero. No nos venceréis.
Preocupado en esquivar el cuchillo no advertí su intención. Se echó con toda su corpulencia sobre mí, pero aunque me cogió desprevenido, fui más rápido que él y quedé encima. Entonces recordé un viejo truco bandolero, con una rodilla le inmovilicé el brazo que sostenía el cuchillo y con la otra le sujeté el cuerpo, a la vez que doblando el codo le puse el antebrazo en el cuello, debajo de la nuez, apretando hacia abajo con todas mis fuerzas y presionando con el peso del cuerpo. Con su mano libre intentó meterme los dedos en los ojos, pero desvié la cabeza y seguí apretando todo lo que pude. Poco después oí el crujido de su tráquea al romperse y vi su inmovilidad; los ojos le salían de las órbitas y la lengua, sin color casi, le colgaba. Mendoza había muerto.
Entonces rodé sobre un costado y me quedé boca arriba, jadeando. Los golpes en la puerta cesaron y oí que giraba una llave en la cerradura y me incorporé.
Gato Gordo entró el primero, y al ver el cadáver de Mendoza me preguntó:
—¿Estás bien?
Afirmé silenciosamente, mirando a los que entraban. Hoyos tenía la llave todavía en la mano, y detrás de él, con los ojos abiertos de par en par por el espanto, Beatriz. Las marcas rojas de sus muñecas me indicaron dónde había estado hasta entonces: en la cárcel. El Presidente no me mintió al decirme que estaba segura.
Beatriz, sentada al borde del sofá, lloraba con el mayor desconsuelo. Miré atrás y vi que Hoyos nos estaba mirando desde el pasillo, después de haber ordenado que retirasen el cuerpo de Mendoza. Me levanté de la silla, cerré la puerta y exclamé ásperamente:
—¡Basta!
Beatriz me miró sorprendida por mi rudeza, y yo miré sus ojos, cuyas lágrimas daban un brillo singular a sus pupilas.
—Has llorado ya lo suficiente, Beatriz. Te digo que basta.
—Le mataste tú… Ahora que mi tío también ha muerto en la lucha no queda nadie. Estoy sola.
—Estabas ya sola, antes de que yo lo matara —expliqué pacientemente—. Te repito que fue él quien hizo matar a tu padre.
—¡No te creo!
Volvió a sus desesperados sollozos, pero ahora se agotó mi paciencia y la abofeteé gritándole:
—¡Deja ya de llorar!
Las lágrimas cesaron como por ensalmo y solo vi odio y furia en su rostro. Se levantó del sofá y se echó contra mí con las manos en alto, para arañarme, y gritando:
—¡Te odio! ¡Te odio!
La sujeté, le torcí los brazos hacia la espalda, y la estreché contra mí. Sentí el calor de su cuerpo y la instantánea respuesta del mío. Reí en voz alta, feliz, y, mirándola a los ojos, vi que su ira cedía, pero su duro ceño me descubría que estaba irritada consigo misma al comprender algo que ya sabía de antemano.
—Eres una bestia —murmuró—. Supongo que ahora vas a violarme.
—Eso debiera hacer —afirmé—. Probablemente es lo que necesitas con más urgencia.
Se deshizo de mi abrazo y me miró; su respiración era agitada.
—Quiero marcharme —dijo tratando de serenarse—. Quiero dejar Corteguay. Es un país maldito y sus habitantes también lo están.
Me volvió la espalda y se fue a la ventana.
—Le he dado demasiado a esta tierra, y ya no me queda nada más. Mi padre murió por el país, y mi tío…
—Ya te dije que tu tío era un loco. ¿Quién le dijo de unirse a los rebeldes? ¿Mendoza?
Beatriz se revolvió airada.
—Estás muy orgulloso de ti, ¿verdad? Ahora ya se les ha enseñado su lección a las pobres gentes; todo el mundo volverá a su sitio y tú seguirás persiguiendo mujeres fáciles. Ya no tienes por qué preocuparte de nosotros. El Presidente se ocupará de todo, el Presidente proveerá… —y añadió en tono sarcástico—: Efectivamente, provee… con la cárcel y el exterminio.
—Ya no —le rogué sintiéndome súbitamente cansado.
—¿Qué no? ¿Y puedes estar tan tranquilo con la sangre de un inocente en tus manos? Un hombre que no deseaba más que la libertad de su pueblo.
—No es verdad. Era un hombre que mentía siempre. Os mintió a todos, a tu padre, a ti, a todo el mundo. Envenenaba todo lo que tocaba. Era responsable de la muerte de tu padre y de muchos más que han caído en las luchas de esta semana. Este era el hombre que defiendes, y yo… ¡me alegro de haberlo matado!
—¡Y aún te enorgulleces! —exclamó con desprecio—. ¡Me das asco!
Estábamos mirándonos con expresión casi dura, y en seco, débil la voz, gimió:
—¡Dios mío, voy a vomitar!
Corriendo entró en la cocina y salió por la puerta trasera. Oí que vomitaba y, cuando salí a mi vez, la vi muy pálida y apoyando la frente en la delgada madera de la puerta.
—Beatriz…
Le tendí los brazos, pero ella me rechazó con voz sombría:
—No, Dax. Déjame en paz.
Por primera vez me di cuenta de lo desmejorada que estaba. Tenía unas ojeras violáceas como no le había visto nunca. Se encaró conmigo, mirándome a los ojos, y dijo:
—Deja que me marche. Ayúdame a salir de Corteguay. Es lo único que te pido.
Me callé un instante, y cuando pude dominar la ira que sentía le respondí:
—Haz una maleta, si es eso lo que quieres, y trataré de que te puedas ir en el primer avión o barco que salga.
Volví al interior de la casa, y poco a poco mi enfado se trocó en júbilo. Me pregunté qué diría Beatriz cuando descubriera que el primer avión que salía era el mío.