Los aventureros
Capítulo XVIII
El tufo característico de la vieja ciudad agredió el olfato de Marcelo al entrar en la callejuela, y era casi imposible salir debido a lo angosta que era, pues apenas permitía el paso de un ricksha, y menos el de un automóvil; y la misma estrechez hacía que incluso escasease la claridad. Marcelo tendió la mirada a lo largo de la calleja, y allá al fondo, como por el agujero de un embudo, vio y oyó a los vendedores de pescado, sufriendo el hedor del género no vendido y tirado por el suelo, el cual llegó a producirle náuseas. Los mendigos agrupados alrededor de los puestos esperaban pacientemente a que el comerciante se distrajera para meterle mano a la mercancía.
Un chicuelo tiró de la manga de Marcelo. No parecía que tuviese más de ocho años, pero sus ojos eran ya viejos.
—¿Poontang, missuh? (¿Mujeres, mister?)
Marcelo hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Ser muy limpias. Estilo occidental. Jovencitas, si quiere.
Marcelo repitió el gesto.
Pero el rapaz no se descorazonaba con facilidad.
—¿De ocho años? ¿Cinco? —hizo una pausa—. ¿Chicos? ¿Gustarle los chicos? ¡Muy bonitos!
Marcelo ya no se molestó en contestarle; llegó pronto a la casa que buscaba, empujó la puerta y entró. Flotaba un pesado olor de incienso que disimulaba el del opio. Resistió el deseo de estornudar, un joven chino salió a su encuentro. A través de la cerrada puerta, le llegó desde la calle la voz del rapaz.
—¡Cochino!
El joven chino que lo recibió hizo una mueca.
—No sé qué sucede con los chicos de hoy día. Pierden el respeto a sus mayores. Le pido mil perdones.
Marcelo sonrió.
—No importa, Kuo Minh. El árbol ya no es responsable una vez la fruta ha caído.
Kuo Minh se inclinó profundamente.
—Es usted comprensivo en extremo. Mi padre, y mis tíos le están esperando arriba.
Subieron por las desvencijadas escaleras que llevaban al piso superior, y a pesar de que había estado ya varias veces, Marcelo siempre se asombraba de la diferencia entre esta planta y las demás. Los pasillos estaban revestidos de madera de teca tallada y las puertas del mejor ébano estaban adornadas con incrustaciones de marfil. Kuo Minh abrió y se apartó cortésmente para que pasara.
Una encantadora jovencita vestida a la usanza tradicional se arrodilló a sus pies para quitarle los zapatos y ponerle unas cómodas zapatillas chinas. Así que la niña salió, Marcelo siguió a Kuo Minh a la habitación vecina.
Los cuatro hombres sentados ante la mesita se levantaron e hicieron unas inclinaciones profundas. Marcelo devolvió el saludo, y aceptando la invitación del padre del joven, se sentó. Inmediatamente otra muchacha trajo el té.
Todos esperaron cortésmente a que el huésped apagara su sed, y acto seguido, como de costumbre, habló primero el padre del joven Kuo Minh, preguntando por la salud de Marcelo y por la de sus esposas, y Marcelo le respondió con preguntas parecidas acerca de su bienestar y del de sus mujeres; seguidamente entraron en el tema de sus negocios.
—¿Ha tratado ya de las armas que deben suministrarnos?
—En efecto —respondió Marcelo.
El anciano miró a sus compañeros, y fijó de nuevo su atención en Marcelo.
—Bien. Tenemos una buena cantidad de droga preparada para pagarle.
Marcelo adoptó una estudiada expresión de congoja.
—Lamento mucho informarle que mi cliente no desea droga, sino barcos.
Al padre de Kuo Minh se le cortó la respiración.
—Pero ustedes siempre han tratado en drogas.
—Ya le dije que el mercado del opio ha bajado mucho. Lo único que ahora quiere mi cliente son barcos.
Todos los presentes empezaron a hablar muy agitados. Marcelo no trató de escucharlos, pues, además de que sus escasos conocimientos del chino le hacían imposible comprender su rápida conversación, tampoco le importaba. Sabía muy bien lo que quería.
Hacía algo más de un año que había llegado a Macao y en este espacio de tiempo se había enriquecido más allá de lo que pudo ambicionar, gracias a su tráfico con armas y con opio. Todos los señores de la guerra chinos deseaban armas, y el único modo de obtenerlas era pasándolas de contrabando desde Macao, utilizando los barquichuelos de pesca que cada día salían al mar. Y la única forma de pagarlas era con opio.
Pero los japoneses habían demostrado que eran mucho más sagaces de lo que Marcelo se figuraba. El dinero ahorrado que a él le parecía una buena cantidad, representó una bagatela comparado con lo que le pidieron por los barcos. Y fue al meditar en cómo podía incrementar su capital cuando se le presentó la oportunidad de meterse en el tráfico de armas.
Un día apareció el cadáver de un hombre flotando en las aguas del puerto. El teniente Goa estaba sentado en el despacho de Marcelo en el casino cuando uno de sus hombres le trajo la noticia. Al enterarse, se levantó, y después de un gruñido de desaliento, dijo:
—Nunca sabremos lo sucedido. Era un agente de Vorilov.
—¿Sir Peter Vorilov?
—Justo. Tiene grandes negocios aquí.
Casi antes de que el teniente hubiera llegado a su despacho, Marcelo alcanzó el último vaporcito que iba a Hong Kong. No se atrevía a enviar un cable desde Macao, pues tenía la certeza de que la policía obtenía una copia de todos los que él cursaba.
El que mandó a sir Peter Vorilov a Montecarlo decía:
«Su agente en Macao muerto. Ofrezco mis servicios sujetos a la aprobación de Christopoulos. Espero su respuesta a las veinticuatro horas. En Hong Kong. Hotel Península. Kowloon.»
Menos de doce horas después tenía la respuesta en sus manos. Decía:
«Servicios aceptados», firmaba Vorilov.
Dos días más tarde, Kuo Minh aparecía en su despacho, y desde entonces suministró armas a cambio de opio. En seguida se dio cuenta de que las armas de Vorilov eran anticuadas y no encontraban salida en ningún otro mercado, y, en cambio, el opio se vendía cinco veces más alto del precio de origen. Naturalmente, él tenía participación por las dos partes, y, según el último estado de cuentas del Banco suizo donde tenía su capital, en un año había ganado, siendo él mismo el primer sorprendido, cerca de tres millones de dólares oro.
Fue entonces cuando Marcelo decidió llevar a cabo su primer propósito: comprar barcos. Pero si él trataba directamente con los japoneses, estos se darían cuenta del gran interés que tenía en adquirirlos. La única forma de conseguirlo era conseguir que los chinos le ayudaran a obtenerlos.
En aquel instante el anciano hablaba rápidamente a su hijo, el cual se dirigió a Marcelo.
—Dicen que no tienen dinero para los barcos. Solo opio y los monos (1) no quieren drogas.
Marcelo fingió reflexionar sobre lo que le habían dicho.
—¿Y no saben de alguno que esté a la venta?
Volvieron a conferenciar unos con otros, y al fin el anciano respondió:
—Habrá unos diez, pero son caros. Incluso pueden ser más caros.
El rostro de Marcelo permaneció impasible.
—¿Cuánto? —preguntó.
—No importa —respondió el chino—. No tenemos el dinero.
Marcelo fingió otra vez que reflexionaba.
—¿Les serviría de ayuda si procurase encontrar otro mercado para su ocio?
El anciano asintió.
—Sería una gran ayuda.
—Se necesitará algún tiempo, pero dudo que pueda conseguirlo a los precios antiguos. Son muy altos.
—Si lo consigue seremos sus eternos deudores.
—Bon —dijo Marcelo levantándose—. Me pondré en comunicación con ustedes tan pronto como haya conseguido algo.
Ellos se inclinaron ceremoniosamente, y una vez los pasos de Marcelo dejaron de oírse, hablaron casi atropellándose.
—Todos son iguales. Tarde o temprano ambicionan más.
—Sí —replicó otro—. No está satisfecho con robarnos a nosotros y al ruso, y quiere más; va a exprimirnos para comprar sus malditos barcos.
—Creo que ya es hora de que le enviemos a reunirse con su antecesor, en las aguas del puerto —propuso un tercero.
Kuo Minh entró en la habitación a tiempo de oír que su padre decía levantando la mano:
—No, mis buenos hermanos. Todavía no es tiempo. No podemos permitirnos estar cruzados de brazos mientras el ruso busca a otro para sustituirle.
—¿Y permitiremos que nos robe todavía más?
—No nos robará —aseguró el padre de Kuo Minh con calma—. Contaremos lo que nos pague de menos por el opio, y esa cantidad la doblaremos sobre el coste de los barcos que quiere.
—Se ha hecho rico —vociferó Christopoulos—. En menos de un año ha amasado tres millones que tiene depositados en un Banco suizo. Ahora descubrimos que es el dueño de los veinte barcos que se suponía debía comprar para nosotros, y todavía tiene el tupé de decirnos que nos los puede arrendar.
Sir Peter lo miró con fijeza.
—¿Y qué quiere que haga?
—El dinero tiene que venir de alguna parte. Desde el momento que los libros del casino están en regla, tiene que robarle a usted.
Sir Peter sonrió.
—A mí no. Sus cuentas son muy minuciosas, y me ha hecho llegar el beneficio debido de cada transacción.
—Entonces lo carga encima de los consumidores.
—Esto es cosa suya —exclamó sir Peter encogiéndose de hombros—. Los beneficios que consigo con mis precios me bastan. Si los otros pagan más, allá ellos.
—¿Entonces no hará nada para evitar sus propósitos?
—No tengo motivo para hacerlo —repuso sir Peter—. Es usted quien los tiene y quien lo puede hacer.
—¿Cómo?
—No tome en arriendo los barcos. ¿Qué va a hacer él con veinte navíos y sin carga? En un mes irá a la bancarrota.
—Los japoneses se los comprarán de nuevo y nosotros estaremos tan mal como al principio.
—Esto es asunto suyo —opinó sir Peter después de mirar el reloj—. Lo siento, pero tengo que irme porque es la hora de que se acueste mi hijo, y me gusta estar con él antes de que se duerma. A mi edad hay que aprovechar todos los momentos. diecinueve
Acompañó al tailleur a la puerta añadiendo:
—Óigame, Christopoulos: siga mi consejo y no sea tan ambicioso. Hace mucho tiempo que aprendí a no dispersarme en negocios ajenos al mío. Si quiere creerme, haga lo que conoce mejor: barajar las cartas.
Eli le preguntó a su tío cuando subió al coche:
—¿Qué te dijo el viejo?
Por toda respuesta, Christopoulos empezó a maldecir.
—¿No quiere hacer nada?
—No. Dice que sus cuentas casan —respondió en tono amargo—. Me ha dado la impresión de que se está riendo de mí.
Estuvieron unos instantes callados.
—¿Qué vas a hacer?
—¡Maldito sea! —exclamó el otro furioso—. Ya le dije al barón que no me fiaba de él. Si lo tuviera a mi alcance lo ahogaría con mis propias manos.
—¿Por qué te preocupas? —le preguntó su sobrino—. En Macao hay quien lo haría muy a gusto.
El tío lo miró ya más calmado.
—Si no te ha robado a ti ni tampoco a sir Peter —continuó el primero—, es señal de que trabaja con los chinos y les roba a ellos.
—¿Los conoces?
—Todo el mundo los conoce en Macao. Lo único que se necesitaría es una carta mía dirigida a ellos.
—Pero seguro que no son tan estúpidos. Deben ya saber que les roba sin necesidad de que tú se lo digas. ¿Por qué no lo han matado ya?
Eli miró a su tío antes de contestar.
—Los chinos no son como nosotros. En Oriente hay lo que ellos llaman «cara». Mientras no lo sepa nadie más que él y ellos, se las arreglarán como puedan para recuperar lo perdido, pero cuando el caso llega a conocimiento general, si no lo matan pierden mucho de su prestigio.
El rostro de Christopoulos se contrajo de ira.
—Dame solo un mes para arreglarme con los japoneses, y entonces escribirás a tu amigo.