Los aventureros
Capítulo XV
quince
Sentado tras la mesa de su despacho, Marcelo levantó los ojos al entrar Schacter.
—¿Y bien?
Este negó con la cabeza.
—Abidijan dice que te vayas al infierno. No quiso oír nada de lo que yo quería decirle.
Marcelo palideció.
—¿Es eso todo?
—Añadió algunas cosas más.
—¿Cuáles?
—No venían al caso.
—Dímelas —ordenó con voz tensa y dura—; quiero saber todo lo que Amos haya dicho.
Al letrado le era desagradable decírselo, pero le obedeció.
—Dijo que estás loco y que no sabes lo que te haces. Aseguró que nada le satisfaría más que empezar un proceso contra ti por poderes. Y que la publicidad que has tenido con anterioridad no será nada comparada con la que él te prepara, y que no habrá ningún accionista que quiera saber nada contigo. También que si reclamas el voto de las acciones de tus hijos como depositario él te llevará a los tribunales para que te declaren incapacitado.
—Pero él seguramente no espera que seamos nosotros los que entablemos un proceso como accionistas en que él sea el demandado, ¿verdad?
—Sí, no lo espera.
—Pues eso es lo que haremos. Sabemos lo suficiente sobre sus manipulaciones para que el tribunal se vea obligado a nombrar un síndico para la compañía, o incluso meterle a él en la cárcel, como él hizo conmigo.
—¿Y qué conseguirías con eso? Tampoco la compañía iba a ser para ti.
—No importa —respondió Marcelo—. Lo principal es que Amos no la obtenga.
—¿Pero has pensado en tus hijos? —argüyó el abogado—. La compañía es casi toda de Abidijan. Si lo arruinas, piensa que tus hijos pierden la herencia. Tú mismo paquete de acciones probablemente perdería todo su valor.
—¡No importa! —gritó Marcelo—. Yo me cuidaré de mis hijos. Tú procésale.
El abogado lo miró fijamente y movió la cabeza en un gesto negativo.
—No, Marcelo; no lo haré. Te secundé en muchas cosas, pero no esperes que lo haga en esta. No tiene ningún sentido, y solo tiende a destruir.
—¿Que no quieres? ¿Has dicho que no quieres? —estalló Marcelo levantándose furioso y dirigiéndose a Schacter, quien creyó que iba a agredirle. Pero se detuvo al llegar a un paso, y con los ojos saliéndosele de las órbitas rugió—: ¡Te has vendido! ¡Te has vendido a ellos!
El abogado lo miró con una mueca de desdén.
—Es tan absurdo lo que dices que ni te quiero contestar.
—Es tu última oportunidad. ¡O lo procesas o me busco otro abogado!
Schacter se levantó lentamente.
—Estás en tu derecho.
Marcelo siguió rugiendo:
—Te haré expulsar del colegio de abogados. Tú no puedes dejarme así. No tienes derecho a abandonarme aunque te hayan ofrecido más dinero.
—Nadie me ha ofrecido dinero —contestó Schacter desde la puerta—. No tienen por qué hacerlo. Cualquiera te dirá que es una locura lo que quieres hacer. Echarlo todo a rodar solo para poder vengarte de un hombre.
Marcelo lo miró con expresión salvaje y lo abofeteó con esta injuria:
—¡Vosotros los judíos sois todos iguales! ¡Os vendéis al mejor postor!
Por primera vez en muchos años, desde que era joven, Schacter perdió el dominio de sí mismo, y a pesar que siempre había rechazado el empleo de la fuerza como medio decisivo, cogió a Marcelo por las solapas y, dominándolo con su corpulencia, pareció que lo iba a estrellar contra la pared. Sin embargo, al instante frenó sus nervios y lo soltó mirándolo como si fuese un guiñapo. Seguidamente le volvió la espalda y se dirigió a la puerta.
—¿Por qué me has mirado así?
—Porque he debido estar ciego —respondió Schacter lentamente—. Ahora comprendo que tu suegro tiene razón. ¡Estás loco!
A la mañana siguiente Marcelo le telefoneó como si nada hubiera sucedido.
—He pensado en lo que me dijiste ayer, y tienes razón. No lo llevaremos a los tribunales. Amos ya es viejo y no tardará en morirse. Después de todo, soy el segundo de los accionistas.
—¿De verdad no quieres procesarle?
—Naturalmente que no.
—Pero ayer dijiste…
—Esto fue ayer —le interrumpió con viveza Marcelo—. ¿No sigues enfadado por lo que dije en un momento de exaltación? Eres demasiado noble para eso, Schacter. Sabes la terrible tensión que estoy sufriendo.
Schacter siguió siendo el abogado de Marcelo. Sin embargo, nunca más volvió a mediar entre los dos la cordialidad ni la confianza de antes.
Schacter notaba el ambiente tenso en la habitación. Se sintió incapaz de poner atención en los montones de documentos que había en la mesa y se dedicó a mirar desde la ventana la ciudad de Dallas, oyendo, mientras, el continuo teclear de las máquinas de sumar.
De repente calló todo, incluso las máquinas, y el abogado se volvió desde la ventana y no necesitó preguntar quién había ganado. El pálido rostro de Horgan, a pesar de su tono bronceado, lo demostraba.
Lentamente el secretario de la Caribtex leyó los totales con voz temblorosa, sabiendo que su empleo, lo mismo que el de los demás, cesaba aquel día. Según la ley que regía los votos de la corporación, estos debían dar el triunfo a un grupo o al otro, sin un término medio. Por la dirección 1.100.021; por la oposición: 1.600.422.
Siguió un silencio sepulcral mientras Schacter se dirigía a la cabecera de la mesa y el secretario le dejaba el sitio. El abogado miró a unos y a otros y dijo:
—Gracias, caballeros.
Los contadores empezaron a recoger las papeletas y a amontonarlas dentro de unas cajas. Schacter los observaba, diciéndose que la mejor idea de Marcelo fue la de contratar los servicios especiales de una compañía de contadores, para comprobar el número de los votos. Sabía muy bien que de haberla llevado a cabo los contadores de la Caribtex, habría podido haber fraude.
—Habrá una reunión especial de la nueva junta de directores para nombrar los nuevos consejeros; la celebraremos mañana por la mañana, a las nueve.
Se dirigió a la puerta para ir a telefonear a Marcelo, quien estaría esperando su llamada. Horgan lo detuvo diciéndole:
—Dígale a su viscoso amiguito que nunca se le ocurra asomarse por aquí, porque de hacerlo alguien le va a mandar al infierno con unas onzas de plomo en la barriga.
Marcelo babeaba alcohol. Había estado bebiendo desde primera hora de la tarde, esperando la llamada de Dallas, y ahora que ya estaba todo terminado, le parecía que cuanto había bebido le corría por todo el cuerpo. Sentía como si flotase y de un momento a otro fuese a dar de cabeza contra el techo. Se dirigió con paso vacilante hasta el sofá donde estaba la opulenta rubia, y parándose ante ella, le preguntó:
—¿Sabes quién soy?
Ella lo contempló en silencio, sin responder.
—No lo sabes —tartajeó.
Y cogiendo la copa que había dejado sobre la mesa la vació de un solo trago, sin ver que la mitad de la bebida le caía encima. Luego echó la copa al aire, rompiéndose en mil pedazos.
—No lo sabes —repitió—. Nadie lo sabe.
Bajó la voz y añadió en tono confidencial:
—Pero pronto se enterarán, porque ya nada me detendrá. Ahora sabrán que soy el hombre más grande que hayan visto.
—¡Anda, si estás como una cuba! —le dijo ella.
Marcelo no la escuchó. De repente sintió la necesidad de quitarse la ropa para librarse de su ahogo. Desnudo completamente se subió al diván, y desde allí miró a la chica.
—¿No soy el hombre más grande que viste nunca?
—Será mejor que te bajes, no vayas a caerte y te mates.
Y adelantó una mano para sujetarle.
Marcelo se la apartó de un manotazo.
—¡Responde a mi pregunta!
Ella bajó la cabeza, como si afirmase.
Una expresión perversa asomó al rostro de Marcelo cuando le preguntó:
—¿Tan grande como Joe Karlo?
Ella se quedó aterrada, sin casi poder hablar.
—¿Tú… tú sabes lo de Joe…?
Él estalló en una risa salvaje.
—¡Estúpida jodida! —gritó—. Sé todo lo tuyo. Y lo de todo el mundo. Te podría decir todo lo que dijisteis anoche en la cama.
—¿Cómo… cómo lo sabes?
—Lo sé. Es lo único que importa, no el cómo. Y sé algo más que tú ignoras.
Saltó del diván y se fue a un armario, volviendo con varias fotografías que agitó ante los ojos de ella.
—Creíste que se casaría contigo y que el dinero que le dabas lo ahorraba para marcharos algún día, ¿eh? ¡Qué estúpida! ¿Quieres saber lo que ha hecho con tu dinero? ¡Mira!
Ella miró las fotos. En ellas aparecía un hombre que sonreía ante la cámara rodeando con el brazo a una mujer joven y atractiva, y con el otro a tres sonrientes niños.
—Ignorabas que estuviera casado, ¿verdad? ¿No sabías que el dinero que le has dado últimamente ha servido para que se compre una «rubia»?
Ella se levantó deshecha, sintiéndose enferma.
—Me voy. No me encuentro bien.
Marcelo la abofeteó bestialmente y la tiró sobre el diván.
—¡Aún no te he dado permiso para irte!
Inclinándose, extendió los brazos y de un tirón le rasgó el delante del vestido. Seguidamente introdujo las manos en el interior del sostén y le sacó los pechos fuera. Los ojos de la joven reflejaban el profundo terror que sentía al verle nuevamente de pie por encima de ella. Lentamente Marcelo fue descendiendo hasta quedarse sentado sobre sus pechos.
Mirándola, el hombre lanzó una carcajada.
—Ahora obsérvame bien y dime si no soy el hombre más grande que has visto en tu vida.
A pesar de su peso, ella logró asentir con la cabeza.
—¡Soy el hombre más grande del mundo! —gritó brillándole la demencia en los ojos—. Pronto seré el dueño…
Pero no pudo continuar. Cayó pesadamente de través, encima de ella. La joven se quedó unos instantes inmóvil, temiendo moverse. Luego poco a poco trató de escurrirse, hasta conseguir liberarse. Lentamente, como un peso muerto, él se deslizó al suelo tendido de espaldas. Segundos después Marcelo roncaba ruidosamente.
Ella se sentó en el diván.
—¡Maldito hijo de puta!
Se interrumpió al ver en el suelo las fotografías que le enseñara Marcelo, e inesperadamente las lágrimas acudieron a sus ojos.
—¡Todos sois unos hijos de puta! —sollozó, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.