Los aventureros
Capítulo III
tres
Llamaron a la puerta y Denisonde abrió.
—Monsieur le barón!
El barón De Coyne la miró indeciso.
—¿Está mi hijo aquí?
—Pero está dormido, m’sieur.
El barón parecía algo confuso, de pie en el rellano de la escalera.
—Perdone mi descortesía. ¿Quiere usted pasar?
—Gracias.
Ella cerró y observó al barón. Había envejecido; tenía el rostro lleno de arrugas y el pelo gris.
—Usted no me recuerda, ¿verdad, m’sieur?
El barón hizo un gesto negativo.
—Nos vimos una vez antes de la guerra, en casa de madame Blanchette.
—Ah, sí… —admitió, pero viéndosele que no la recordaba—. Usted sería una niña entonces.
Denisonde le miró sonriendo.
—Permítame que le sirva una taza de café; luego iré a ver si Roberto se ha despertado.
Al traerle el café, el barón le dijo:
—No lo despierte. Puedo esperar.
—Oui, m’sieur.
Roberto estaba despierto y sentado en el borde de la cama.
—¿Quién está ahí? —preguntó con tono de sospecha—. Ya te dije que no quiero citas mientras yo esté aquí.
—Es tu padre.
Roberto tardó en contestar, mirándola fijamente.
—Dile que se vaya. No quiero verlo.
Viendo que ella no se movía, le gritó airado:
—¿No me has oído?
Denisonde siguió igual. Roberto vio que tendría que salir él.
—Está bien —gruñó levantándose—; lo veré. Ayudante a vestirme.
Al quedar solo, el barón encendió un cigarrillo. Mientras sorbía delicadamente el café miró en derredor, fijándose en los pocos muebles que había en la habitación. Después de la guerra, nada era tomo antes. Todo, las costumbres singularmente, había cambiado. Se acordó de que cuando de joven entró en la oficina de su padre vio con ilusión el tener que pasar unos años de aprendizaje para lograr la confianza de sus mayores. Sin embargo, la juventud de ahora tenía mucha prisa. Lo notaba cuando recorría sus propias oficinas y los despachos del banco. Los jóvenes miraban con insolencia y parecía que supiesen siempre lo que tenían que contestar, aún antes de que les preguntasen nada. Más de una vez se había dado cuenta de la expresión escéptica de sus rostros cuando les daba órdenes. «¿Qué es lo que te hace creer que eres infalible? ¿Por qué estás convencido de saber tanto?», parecía que le preguntasen con sus miradas. Y lo vio también en la expresión de sus hijos cuando se negaron a ir a América al estallar la guerra. No tenían ni siquiera conciencia de la elevada posición que ocupaban en la sociedad, que los situaba por encima de la vulgaridad del conflicto.
No se trataba más que de la malaise de la societé. Liberté, égalité, fraternité. Incluso los revolucionarios reconocían las diferencias que existían dentro del seno de su sociedad, y que estas divisiones debían aplicarse según aconsejase cada nivel.
Cuando oyó unas voces abiertamente bruscas en la habitación vecina estrujó nerviosamente el cigarrillo, sin saber adónde tirarlo, hasta que lo dejó en la misma taza de café. Se levantó y se fue a la ventana. La angosta calle que salía de Pigalle parecía más sórdida aún que por la noche, pues los letreros luminosos de los cabarets, tan brillantes y alegres en la oscuridad, destacaban ahora por su lobreguez y abandono.
Mientras miraba afuera, una pareja salió de la casa de enfrente. Ella sonrió al besarle a él y darle algunos billetes que llevaba en el bolso… El individuo cogió el dinero y se fue en dirección contraria a la de ella, y la muchacha siguió calle abajo, con el inconfundible andar de las de su ramo.
El barón no pudo evitar un sentimiento de vergüenza. Aquel rufián podía haber sido su hijo, quien a fin de cuentas hacía lo mismo. ¿Qué especie de maleficio se había apoderado de él para descender tan bajo? Si había tenido la soberbia de marcharse de casa, ¿cómo podía resignarse a vivir como vivía? Recordó todo lo que había sabido de él aquellos últimos tiempos.
Empezó con una llamada telefónica de madame Blanchette.
—Monsieur, su hijo se ha ido con una de mis chicas.
El barón se había echado a reír.
—¡Ah, la sangre le bulle en las venas! No se preocupe, madame; le pagaré las pérdidas que le ocasione durante el tiempo que ella esté fuera.
—No, m’sieur, usted no comprende. Es ella quien se ha ido con él; han tomado un apartamiento en Pigalle, y la muchacha trabaja por su cuenta.
Sin acabar de comprender, preguntó el barón:
—Pero Roberto, ¿qué hará?
Madame Blanchette no respondió, y el barón se enfureció.
—¡Pero qué se ha creído esta chica! ¡Que no espere nada, porque no verá un céntimo mío!
—Eso ya lo sabe, m’sieur.
—Entonces, ¿qué va a hacer con él? —preguntó desconcertado.
—Creo que está enamorada de su hijo.
—Las putas no se enamoran.
Madame Blanchette arguyó, con un sutil cambio de voz:
—También es mujer, m’sieur, y las mujeres se enamoran.
Ella colgó el teléfono y él se quedó con el auricular en la mano, sin saber qué hacer. Después lo colgó violentamente y meditó. Evidentemente, Roberto no estaría mucho tiempo con ella, y en cuanto se cansara o necesitase dinero, volvería. Pero las semanas pasaron y Roberto no dio señales de vida, hasta que un día la secretaria del barón entró en el despacho con expresión alarmada.
—Un policía desea verle. Es el inspector Leboq.
—¿Qué desea?
—Dice que se trata de un asunto personal. Después de una breve duda, decidió: —Dígale que entre.
El detective era un hombre bajito, con traje gris y modales serviles.
—¿Usted deseaba verme?
El barón adoptó un tono brusco para frenar las posibles pretensiones del funcionario.
—Oui, monsieur —respondió como si quisiera disculparse—. En una redada de la noche pasada hemos detenido a varias mujeres de la calle y a sus chulos. Uno de ellos se ha identificado como hijo de usted. Es este.
Y le tendió una fotografía. El barón miró asombrado el rostro desafiante de Roberto, que desde la cartulina parecía que lo mirase fijamente. Estaba bastante delgado y parecía desnutrido. El policía le preguntó:
—¿Es su hijo?
—Sí —afirmó el barón mirando de nuevo la cartulina—. ¿Qué cargos hay contra él?
El policía contestó con embarazo:
—Vivir de la prostitución.
El barón se quedó como si le hubiesen aplastado, y se sintió viejo. Después preguntó:
—¿Qué le sucederá?
—Irá a la cárcel hasta pagar la multa. Dice que no tiene dinero.
—¿Le mandó él?
El policía hizo un gesto negativo.
—No, monsieur, no lo nombró para nada. Yo solo vine a verificar su identidad.
Se puso en pie y recogió la foto de sobre la mesa.
—Gracias por su ayuda, monsieur.
El barón levantó la vista.
—¿A cuánto asciende la multa? Yo la pagaré.
El inspector negó con la cabeza.
—No estoy facultado para intervenir en estas cuestiones, monsieur.
Observó al barón con mirada ladina y añadió:
—Mi hermano es detective privado y abogado, muy discreto. Estoy seguro de que podría solucionarle el caso, si usted lo desea, sin peligro de publicidad.
—Si es tan amable de encargarle de este asunto se lo agradeceré.
—También será necesario pagar la multa de ella. Están inculpados los dos.
—Está bien.
Aquella misma tarde el hermano del policía llegó al despacho del barón. Era casi un calco del inspector. Se encargó de solucionar el asunto, con el acuerdo de que en adelante a la pareja no se la molestaría de nuevo, ya que su hermano era el encargado de la vigilancia del arrondissement.
Habían pasado casi dos años, y desde aquel día todas las semanas el detective le llevó un informe completo de las actividades de su hijo, obteniendo a cambio una considerable paga. Tres semanas atrás le informó que estaba enfermo y que lo habían llevado al hospital, pero antes de que él pudiera intervenir, Roberto abandonó el establecimiento por propia voluntad. Cuando le remitieron el informe médico vio que el muchacho se estaba destruyendo, y fue entonces cuando resolvió ir al apartamento de Denisonde.
Oyó que abrían la puerta del dormitorio, y sintió un nudo en el estómago.
Roberto, silencioso, estaba de pie en el umbral. El barón lo miró con desconsolado asombro. Estaba flaco, chupadas las mejillas y unas ojeras profundas y violáceas. ¿Era posible que aquel fuese su hijo?
—¡Roberto!
—¿No te dieron mi encargo? ¿No te dijeron que no quería verte?
—Pero yo sí quiero verte.
—¿Por qué? —preguntó con desdén—. ¿Acaso hay más nazis a los que quieres que ayude a salvar?
—Roberto, quiero que vuelvas a casa.
Roberto trató de sonreír, no consiguiendo más que un rictus amargo.
—Ya estoy en casa.
—Quería decir… —el barón vaciló emocionado—. Estás enfermo, Roberto; necesitas cuidados. Morirás si sigues así.
—Mi vida es mía, ¿no? Pues hago lo que quiero de ella —replicó—. ¡Ojalá hubiera muerto durante la guerra!
El barón no pudo reprimir su indignación.
—¡Pero no te ocurrió! Y esta especie de suicidio lento es una estupidez, una infantilidad. ¿Es así como imaginas castigarme? ¿Viéndome llorando sobre tu tumba?
Roberto abrió la boca para hablar, pero el barón no le dejó.
—Lloraré, pero no por ti, sino por mi hijo. Por lo que él pudo ser. Con tantísimas cosas por hacer en este mundo, con todos tus principios, con todo lo que aún podrías hacer si realmente te importase ¿prefieres sacrificar inútilmente tu vida? No, tú eres simplemente un niño mal criado que no quiere comer porque su papaíto no juega como él quiere.
Y clavando sus ojos en los de su hijo, añadió con energía:
—Podemos no estar de acuerdo en esto o en lo otro, pero yo, al menos, creo en lo que hago. No huyo ni me escondo cuando las cosas no van como yo quisiera. En vez de huir, ¡trabajo!
Se dirigió a la puerta y agregó fríamente:
—Estaba preocupado por mi hijo, pero ya no lo estoy. No tengo hijo. Mi hijo no podía ser un cobarde.
Al ir a cerrar la puerta un grito lo detuvo.
—¡Papá!
Entró de nuevo en la habitación.
—Cierra —dijo Roberto—. Hay algo que quiero decirte.
El barón se apoyó en el marco de la puerta sintiendo que las piernas le flaqueaban. Miró a Roberto en silencio.
—Quisiera irme a Israel, papá. Allí podría hallar todavía un objetivo a mi vida y ser útil en algo.
Su padre asintió sin hablar.
—Pero primero quiero hacer otra cosa —continuó Roberto—. Denisonde, ¿quieres casarte conmigo?
Ella le miró con los ojos abiertos de par en par. Luego de unos instantes, dijo con voz clara y firme:
—No.
Fue entonces cuando el barón sonrió. Su hijo volvía a ser su hijo.
—Tonterías —exclamó sintiendo como si recobrase la vida. Se casará contigo, hijo mío.