Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 130 de 150

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Los aventureros

Capítulo XVII

 

—Dax, este es mi padre.

El caballero de rostro pálido, enfundado en un desvaído jersey gris, se levantó de detrás de su mesa y me tendió la mano. Era una mano fina y delgada pero firme.

—Doctor Guayanos…

—Señor Xenos…

Había cierta rigidez en su expresión; dirigió una mirada a los hombres que había en la habitación y que nos observaban en silencio.

—Ya conoce usted a mi hermano —dijo—. El otro caballero es un amigo de toda mi confianza.

Incliné la cabeza a manera de saludo. Comprendía por qué razón no daba su nombre. Sin embargo, no era necesario, pues le reconocí inmediatamente: Alberto Mendoza. Un antiguo militar que conocí en una recepción. Me pregunté si comprendía que lo había reconocido.

Estuvimos unos instantes como desconcertados, hasta que Guayanos se dirigió a ellos.

—¿Quieren excusarnos? Desearía hablar a solas con el señor Xenos.

Mendoza nos miró como si vacilase.

—No se preocupe —añadió sonriendo Guayanos—. Estoy seguro de que el señor Xenos no pretende agredirme.

—Quizá no —respondió Mendoza en tono hosco—. Pero pueden haber seguido el coche. No me fío de Prieto…

El hermano de Guayanos contestó en el acto:

—Estoy seguro de que no nos han seguido.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Mendoza—. Usted conducía.

Yo no dije nada. Realmente era el menos indicado. Acepté sonriendo la sugerencia de Beatriz para que se me vendasen los ojos; ni siquiera sabía dónde estaba.

—No nos han seguido —aseguró ella fríamente—. He venido todo el camino mirando hacia atrás.

Mendoza, después de dirigirme una mirada hostil, salió con los demás de la habitación. Al quedar solos, el doctor Guayanos me pidió que me sentase.

Me acomodé en una silla, frente a él.

—Conocí a su padre. Fue un gran hombre y un gran patriota.

—Gracias.

—Como él, al principio yo también me puse de parte del Presidente, pero pronto me desilusioné.

Mirándose sus blancas manos, añadió:

—Nunca he podido comprender cómo un hombre como su padre siguió siéndole fiel.

Mirándole a los ojos le contesté:

—Porque creía que ya se había derramado demasiada sangre, y no quería que se vertiese una gota más. Entendía que primero debía reconstruirse y fortalecerse Corteguay, y a este fin dedicó todas sus fuerzas.

—Lo mismo hicimos todos nosotros —dijo Guayanos—. Pero hasta el más estúpido de nosotros, no tardó en comprender que lo único que hacíamos era perpetuar al Presidente en el poder. Él se atribuyó el mérito de todo lo realizado.

—Yo no veo qué hay en eso de reprochable —le repliqué—. He observado que todos los jefes de Estado del mundo hacen exactamente lo mismo. Pero dígame usted, doctor, ¿qué se habría conseguido de no estar el Presidente en el mando?

Guayanos me miró sin contestarme.

—Hoy todos nuestros niños van a la escuela hasta los catorce años. Antes del Presidente, solo los hijos de los ricos podían ir al colegio. El cuarenta por ciento de nuestra población sabe leer y escribir, y antes solo el tres por ciento…

Guayanos me interrumpió con un ademán.

—Conozco las estadísticas. Pero no justifican la corrupción y la riqueza personal del Presidente, acumulada a expensas del pueblo.

—De acuerdo. Pero aún así, las mejoras respecto al pasado son tan considerables…

Me metí una mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y vi que se ponía rígido.

—¿Puedo fumar? —pregunté.

—Desde luego —respondió visiblemente tranquilizado.

—Sin embargo, toda discusión sobre el pasado no solucionará nada. Es el futuro lo que debe preocuparnos, y creo que el Presidente ha llegado a la misma conclusión.

—¿Y por qué ahora y no antes? —preguntó Guayanos—. Lo único que le ha preocupado siempre ha sido conservar el poder.

—No puedo responderle a eso. Para hacerlo tendría que meterme en el cerebro del Presidente y saber qué piensa. Pero creo que empieza a darse cuenta de que no va a durar siempre, que se hace viejo, y le gustaría que se lo recuerde como el gran benefactor de su país.

Guayanos reflexionó unos instantes.

—No lo creo —declaró fríamente—. Entiendo que tiene miedo al ver que el pueblo se le resiste y que no disimula sus simpatías por los guerrilleros, sabe que le amenaza una revolución preparada concienzudamente.

—Si realmente cree lo que acaba de decir, doctor Guayanos, permítame que le diga que sufre una grave equivocación. El Presidente es uno de los pocos hombres que conozco que no sabe qué es el miedo. Además, es inteligente y listo, y piensa, y no ignora que esos a quienes usted llama guerrilleros son los mismos que antaño eran llamados bandoleros, hombres cuya existencia se cifraba en el pillaje, la violencia y el asesinato. Pero también ve la utilidad política que de ellos sacan los comunistas. Sin embargo, la situación es mudable y pueden morir muchos innecesariamente por algo que se conseguiría por medios pacíficos.

Guayanos me miró con atención.

—Habla usted casi igual que su padre.

—No sería su hijo si no lo hiciera —le dije sonriendo.

—Entonces, ¿usted cree que el Presidente es sincero al ofrecer unas elecciones y decretar una amnistía?

—Creo que sí. ¿Por qué iba a desear otra orgía de sangre? Sabe que una situación tan inestable retrasa el progreso del país. Si no fuera por los bandoleros, solo la afluencia turística aportaría cincuenta millones anuales a la reserva nacional.

—¿Se ha señalado una fecha para las elecciones?

—¿Para qué? Nadie se ha presentado para oponérsele. Si no hay más que un candidato, las elecciones son una farsa.

—¿Qué garantías se nos ofrecerían a la oposición?

—¿Qué garantías exigen ustedes?

—Libertad absoluta para movernos por todo el país. Acceso a los periódicos y a la radio, pero sin censura; derecho a protegerme con hombres de mi elección, aunque algunos de ellos fuesen extranjeros, y fiscalización de la legalidad y la honradez de las elecciones por un observador de las Naciones Unidas, o de la Organización de los Estados Americanos.

—Me parece razonable. Haré llegar al Presidente sus sugerencias. Ahora, ¿puedo yo preguntar una cosa?

Afirmo con gesto cauteloso.

—¿Puede usted garantizarnos que cesará la oposición ilegal al gobierno?

—No puedo darle una garantía de esa clase, y usted lo sabe. Mis contactos con los otros grupos son solo superficiales en el mejor de los casos. Pero le digo a usted eso. No habrá oposición por parte de mi grupo, y emplearé toda mi influencia con los demás.

—Gracias. Esto era lo que esperaba oír.

—Yo tampoco quiero que prosiga el derramamiento de sangre.

—Por el bien de nuestra patria, esperemos que no lo haya.

Nos levantamos y Guayanos me acompañó hasta la puerta. Antes de abrir me dijo:

—Todavía no le he dado las gracias por lo que hizo por mi hermano. Tiene mucho temperamento y a veces llega al arrebato.

—Me lo dijo también Beatriz, pero solo hice lo que creí justo.

Pareció como si Guayanos fuese a añadir algo más, pero rectificó, y abriendo la puerta llamó:

—Entren. El señor Xenos y yo hemos terminado.

Me preguntó en tono de disculpa:

—¿Espero que no le molestará si le vendamos de nuevo los ojos?

—De ninguna manera.

Beatriz se acercó con el pañuelo negro y yo bajé la cabeza para que le fuera más fácil, y en el mismo instante recogí la mirada rencorosa de Mendoza y la expresión con que observaba a Beatriz. Las razones de su antipatía no solo eran políticas; también él estaba enamorado de la joven.

Cuando me quitaron la venda estábamos otra vez frente al Reuben. Parpadeé un rato, y luego le propuse a Beatriz:

—¿Quieres tomar un café conmigo?

Me miró en silencio e hizo un signo negativo con la cabeza. Seguidamente dijo:

—No. Es mejor que vuelva.

Le cogí una mano y no hizo acción de retirarla, pero no correspondió a mi cariñosa presión.

—Quiero verte —le dije—, pero solos. No en esa forma.

No me contestó.

—Beatriz, sentía lo que te dije aquella noche. No fue ningún juego.

Las lágrimas asomaron a sus ojos.

—Yo… no te comprendo.

Me soltó la mano y miró a otro lado, añadiendo:

—Vete ya.

Silenciosamente bajé del coche.

—Dax, ¿mi padre estará seguro? ¿Has sido sincero?

—Sí, Beatriz. He sido sincero.

—Si…, si algo le sucediera, nunca me lo perdonaría.

—No le sucederá nada.

Mientras veía que el coche se alejaba por Madison Square, me sentí por primera vez deprimido y descorazonado, invadiéndome una extraña sensación de impotencia. ¿A qué obedecía mi desaliento?

Me acerqué a la barra del Reuben. El whisky me remontó el ánimo. Pero no iba a durar. Estaba próximo el momento en que recordaría mis propias palabras y me reprocharía el haber hecho la única promesa que no estaba en mi poder cumplir.