Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 4 de 150

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Los aventureros

Capítulo III

tres

 

Diógenes Alejandro Xenos. Un nombre demasiado largo para un niño. Mi madre, al principio, empezó a llamarme Dio (Dios), pero mi padre protestó diciendo que parecía sacrílego. Alguien, creo que la Perla, para cuya lengua india resultaba demasiado difícil el nombre griego de Diógenes, me llamó cierta vez «Dax», y ya siempre fui Dax.

Mi padre nació en la ciudad costera de Curatu, hijo de un marinero griego y de una mujer negra que tenía un pequeño restaurante cerca de los muelles, al que los marineros acostumbraban ir a comer cuando bajaban a tierra. Recuerdo haber visto un daguerrotipo de mis abuelos que mi padre me enseñó una vez. Aun estando sentada, se veía que mi abuela era más alta que mi abuelo, y la expresión de su negrísimo rostro ante la cámara tenía tal aplomo que denotaba una gran fortaleza y una seguridad interior; sin embargo, los ojos de mi abuelo, que permanecía detrás de ella, apoyado ligeramente en el respaldo de la silla, denunciaban lo que había sido antes de hacerse marinero: un soñador y un poeta.

Mi padre, Jaime Xenos, como su propio abuelo paterno, poseía la complexión de su madre y los dulces ojos de su padre. Los quiso mucho. Orgullosamente me contaba que su madre descendía de los príncipes bantúes, que fueron llevados allí y vendidos como esclavos, y como el padre de ella había firmado un contrato de por vida, después de la liberación de los esclavos, para proporcionarle la poca instrucción que luego le fue de tanto provecho. Cuando quedó embarazada y no pudo seguir al frente del restaurante debido a lo avanzado de la gestación, mi abuelo se encargó del negocio, pero aquel trabajo no era para él, y antes de que mi padre hubiera cumplido un mes, el negocio iba a la deriva. Lo que a mi abuela le había costado tanto trabajo y ahorro, hubo que venderlo.

Sin embargo, como mi abuelo tenía una hermosa letra, consiguió emplearse como escribiente del alcalde del distrito de los muelles, y entonces se trasladaron a una casita que distaba un par de kilómetros del puerto, donde criaron unas gallinas y desde la que se veía el azul mar Caribe y los barcos que salían y entraban del puerto.

No tenían mucho dinero, pero eran felices, y trazaban los mejores planes respecto a mi padre, que era su único hijo. Mi abuelo le enseñó a leer y a escribir cuando tenía seis años, y gracias al apoyo del alcalde logró que ingresase en el colegio de los jesuitas, que solo frecuentaban los hijos de la oficialidad y de la aristocracia.

Para pagar ese honor, mi padre empezaba el día a las cuatro y media de la mañana, vaciando los vasos de noche y limpiando las habitaciones antes de que empezaran las clases, y finalizaba sus tareas a las seis, pero a veces se alargaban hasta tres horas más tarde, impuestas abusivamente por los profesores o el personal.

Cuando cumplió dieciséis años ya había aprendido todo lo que el colegio le podía enseñar. Él, que había heredado la elevada estatura de la familia de su madre y la mente inquisitiva de su padre, no solo era el estudiante más alto, pues lo era de verdad, sino el más adelantado de los colegiales.

Entonces, los padres jesuitas que regían el colegio y mi abuelo tuvieron una larga conferencia, llegando a la decisión de enviar a mi padre a la Universidad para que estudiase leyes. Como el sueldo de mi abuelo no alcanzaba para pagar los estudios, los jesuitas acordaron concederle una de las restringidas becas de la escuela. Sin embargo, tampoco fue suficiente, y entonces el alcalde que tenía empleado a mi abuelo aportó lo que faltaba, pero con la condición de que mi padre trabajaría para él durante cinco años después de terminar sus estudios.

Así, fue el primero en practicar las leyes gratuitamente, trabajando en la húmeda y oscura sala exterior del despacho del alcalde, donde preparaba a su patrón todos los memoriales y los sumarios. Al tercer año de pagar la deuda, él tenía veintitrés, la peste asoló Curatu.

La trajo un barco de limpias y blancas velas que se deslizaba con agilidad entre las olas que cubrían de espuma la proa. Sin embargo, llevaban enfermos en las bodegas, pero cuidándolos en secreto, y a los tres días la mayoría de los habitantes de la ciudad, unos tres mil, agonizaban o habían muerto.

En la mañana del primer día, el alcalde entró en la habitación en cuyo extremo más alejado, sentado ante su pupitre, trabajaba mi padre. Era evidente que el hombre estaba agitado, pero mi padre no le preguntó nada, pues a su excelencia no se le hacían preguntas. Inclinó la cabeza sobre los libros de leyes e hizo como si no lo viese.

El alcalde se colocó detrás de él, y después de contemplar unos momentos lo que hacía, le dijo:

—¿Jaime?

Mi padre levantó la cabeza.

—¿Sí, excelencia?

—¿Ha estado usted en Bandaya?

—No, excelencia.

—Hay un asunto allí… —explicó el alcalde—; una cuestión de derechos de tierras. Mi buen amigo Rafael Campos tiene contra él a las autoridades locales.

Mi padre esperó pacientemente.

—Tendría que ir yo —continuó su superior—, pero aquí hay asuntos urgentes…

Calló como si dudase. Mi padre no respondió. Conocía todos los asuntos del despacho y sabía que no había ninguno importante. Pero Bandaya estaba a seiscientos kilómetros en lo alto de la montaña, y el viaje resultaba muy pesado; además, corrían rumores de que grupos de bandoleros que tenían su guarida en los montes asaltaban a los viajeros.

—Es un caso muy importante —siguió explicando el alcalde—. Y el señor Campos es un viejo amigo mío. Desearía ayudarle en la parte legal —hizo una pausa y miró a mi padre—. Creo que lo mejor sería que usted fuera para allá esta misma mañana. Ya he ordenado que le ensillen un caballo mío.

—Sí, excelencia —respondió mi padre levantándose—. Iré a casa a buscar algunas cosas y estaré listo dentro de una hora.

—¿Sabe de qué trata el asunto?

—Seguro, excelencia. Yo escribí su instancia de petición, hace dos meses.

El alcalde respiró aliviado.

—Oh, sí, sí… Lo había olvidado.

No era cierto. Él sabía que desde hacía dos años todas las instancias y las peticiones habían salido de la pluma de mi padre.

—Bien, ¿le dirá al señor Campos cuánto siento no poder ayudarle personalmente?

—Seguro, excelencia —lo tranquilizó mi padre.

Entonces entró en el despacho exterior, donde su padre, mi abuelo, estaba copiando una ejecutoria.

—¿Qué pasa? —le preguntó.

—Me voy a Bandaya, papá.

Mi abuelo sonrió.

—… tá bien. Es una gran oportunidad. El señor Campos es un gran hombre. Estoy orgulloso de ti.

—Gracias, papá. Me voy. Adiós, papá.

—Ve con Dios, Jaime —le despidió su padre a la vez que reanudaba su trabajo.

Mi padre cogió el caballo del establo del alcalde y se dirigió a su casa. Esta vez no tuvo que hacer a pie los dos kilómetros de distancia.

Su madre, que estaba tendiendo la colada en el patio delantero, volvió la cabeza al oír las pisadas del caballo; rápidamente le explicó que tenía que partir, y ella, lo mismo que su padre, se congratuló de la gran oportunidad. Le ayudó a escoger las dos mejores camisas y el traje menos usado, además de otras prendas necesarias, y metieron toda la ropa en una vieja maleta.

Salieron al patio en el mismo momento en que un barco, con las blancas velas desplegadas, pasaba por delante del rompeolas y entraba en el puerto. Ella se detuvo mirando al mar.

—¡Mira!

Jaime sonrió. Su madre le había contado repetidas veces que el padre de ella acostumbraba a subirla a una colina para que viese los barcos, y le aseguraba que un día llegaría un barco de velas blancas y los llevaría a otro hogar, a un hogar donde los hombres no tendrían que mendigar de rodillas el pan de cada día.

Su padre hacía mucho tiempo que había muerto, pero ella seguía con su sueño, y ahora era el hijo el depositario, y sería él quien los llevaría a la libertad con su energía y sus conocimientos.

—Al abuelo le hubiera gustado este barco —comentó Jaime mientras se acercaban al caballo, el cual estaba paciendo la tierna hierba que crecía junto a la valla. Ella rio:

—Tú eres mi barco de velas blancas.

Mi padre la besó y montó, dirigiendo al animal hacia el camino que pasaba por detrás de la casa. Desde el regazo de la montaña miró hacia atrás, y vio que su madre aún seguía de pie en el patio, contemplándole. Agitó el brazo y ella le respondió, adivinando, sin verla, la sonrisa de ella y su blanca dentadura. Se despidió de nuevo con un ademán y el caballo reemprendió el camino.

Mientras avanzaba vio que el barco se dirigía hacia los muelles, y los marineros, como hormigas afanosas, trepaban por los mástiles, arriando el juanete, que cayó a la vez que el viento lo azotaba, pareciendo una ola de tela; cuando vio sobre la cubierta el trinquete, volvió la espalda al navío, que atracó de costado, al mismo tiempo que arriaban todas las velas, viéndose solo los mástiles.

Cuando, dos meses más tarde, volvió a Curatu, el barco todavía estaba en los muelles, pero ya no era más que una masa de astillas, de madera quemada; era lo que quedaba de aquel buque que había surcado los mares más lejanos y había llevado la muerte a la ciudad. De su padre y su madre no halló ni rastro.

 

Cuando un criado le vino a notificar que un extraño bajaba de la montaña a caballo y se dirigía a la hacienda, el señor Rafael Campos cogió unos gemelos y salió a la galería. Vio a un hombre de tez oscura, polvoriento el traje y montado en un caballo negro, que sorteaba el intrincado y espinoso camino del monte. Movió la cabeza con satisfacción, pero los criados estaban alerta, pues nunca se era lo bastante precavido con los bandoleros que merodeaban por aquella comarca.

Volvió a mirar al forastero. El jinete cabalgaba con mucho cuidado. El señor Campos dejó los gemelos y se sacó el reloj de oro del bolsillo. Eran las diez y media de la mañana; pasaría su buena hora y media antes de que el hombre llegase a la hacienda, casi a la hora de comer. Dio unas palmadas.

—Pon otro plato en la mesa —le ordenó al criado.

Seguidamente entró en la casa para cambiarse de ropa.

Habían pasado casi dos horas cuando mi padre llegó a la hacienda. Don Rafael estaba sentado en la galería, debajo de un toldo y con un impecable traje blanco del mejor corte; la rizada pechera de su blanca camisa de seda y la corbata de lazo negro acentuaban su distinguido y delicado rostro. Llevaba un bigote recortado a la última moda española, y el cabello y las cejas tenían un leve tinte gris.

Don Rafael se puso de pie al tiempo que mi padre desmontaba. Notó con satisfacción que el traje de este estaba limpio y cepillado y sus botas relucían. Mi padre se dio cuenta de la rápida inspección y se congratuló de haberse parado para ponerse presentable.

El señor Campos se adelantó hasta las escaleras mientras mi padre subía.

—Bienvenido, señor. —Fue saludado cortésmente, según costumbre de la montaña.

—Mil gracias, señor —respondió mi padre—. ¿Tengo el honor de dirigirme a su excelencia don Rafael Campos?

Ante el gesto afirmativo, mi padre se inclinó.

—Jaime Xenos, de la oficina del alcalde, a su servicio.

Don Rafael sonrió.

—Entre —le dijo extendiéndole la mano—. Es un honor para mi casa.

—El honor es mío, señor.

Don Rafael dio unas palmadas y un criado acudió corriendo.

—Un refresco para nuestro huésped, y cuiden de su caballo.

Se llevó a mi padre a la sombra de la galería y le rogó que se sentase, y al hacerlo vio el rifle y las dos pistolas que había en el suelo, cerca de la silla del señor Campos, quien se dio cuenta de su mirada.

—En las montañas nunca se es demasiado precavido.

—Comprendo —dijo mi padre.

El criado llegó con las bebidas, y mientras bebían mi padre le presentó las excusas del alcalde, que el señor Campos consideró innecesarias, diciendo estaba más que satisfecho con mi padre, y que tenía la seguridad de que llevaría el asunto a su completa satisfacción. Seguidamente entraron a comer, y más tarde don Rafael rogó a mi padre que fuera a su habitación a descansar, opinando que quedaba tiempo al día siguiente para discutir de negocios, y añadió que su huésped debía hacerse a la idea de que estaba en su casa. De ahí que hasta la noche, cuando la cena, mi padre no conoció a mi madre.

Sin embargo, desde la ventana de encima de la galería, ella ya había visto al jinete que llegaba, y con el silencio de la tarde oyó claramente la conversación que tuvieron.

—Es alto y atractivo, ¿verdad? —dijo una voz detrás de ella.

María Isabel se volvió. Doña Margarita, la hermana de su madre, que le hacía de dueña y llevaba la casa desde que la madre murió, estaba allí.

María Isabel se ruborizó.

—Pero es muy moreno.

—Tiene sangre negra —informó la tía—. Pero eso no importa. Se dice que son estupendos como maridos y como amantes. —Se colocó delante de su sobrina y miró por la ventana abierta—. Muy hombre.

La voz de don Rafael invitando a su huésped a que descansase hasta la hora de cenar llegó hasta ellas.

Doña Margarita, al retirarse de la ventana, aconsejó a su sobrina:

—Vete a la cama y descansa durante la tarde. No dejes que nuestro huésped te vea sofocada y cansada por el calor del día.

María Isabel protestó, pero hizo lo que le había aconsejado. También a ella la había impresionado el alto y moreno forastero, y quería que la viese con el mejor aspecto posible. Entró en su dormitorio y se quitó el vestido, acostándose en seguida y disfrutando de la fresca penumbra. Sin embargo, no dormía. Sabiendo que él era abogado, se dijo que tendría instrucción y modales. No como los hijos de los granjeros y plantadores que vivían cerca de la hacienda, ásperos y vulgares, solo interesados por las armas y los caballos, y sin posible conversación con ellos. Sabía que debía darse prisa en escoger, pues tenía ya diecisiete años y su padre empezaba a apremiarla. Un año más y se vería clasificada de solterona, condenada a una vida como la de doña Margarita. Pero su caso era peor, porque ella era hija única y no tenía hermanos ni hermanas que pudiesen darle sobrinos a quienes cuidar. Sería agradable casarse con un abogado, pensaba mientras se adormilaba, y vivir en la ciudad, donde una encuentra gentes distintas e interesantes.

No menos intrigado se sintió mi padre cuando vio a la esbelta jovencita que bajó a cenar, con un vaporoso vestido blanco que realzaba sus ojos oscuros y el carmesí de los labios. Sintió un estremecimiento al contemplar el grácil cuerpo y el contorno de los senos bajo el corpiño.

María Isabel casi no habló durante la cena. La pasó oyendo a medias la voz familiar de su padre, y deleitándose con el cálido y ligero tono sureño de su huésped. El modo de hablar de la costa era mucho más suave que el de la región montañosa.

Después de la cena los hombres se retiraron a la biblioteca para fumar y beber una copa de coñac, y más tarde se reunieron con ellas en el salón de música, donde María Isabel tocó algunas melodías populares al piano. Al cabo de media hora, notando el desasosiego de su invitado, empezó a interpretar a Chopin.

De pronto, mi padre escuchó con atención. En él latía una honda pasión por la música, y se puso a contemplar a la muchachita, la cual parecía más pequeña ante el gran piano. Cuando terminó la aplaudió entusiasmado.

Don Rafael aplaudió también, pero más por cortesía que por gusto. Consideraba a Chopin bastante frívolo y casi inmoral, y él prefería la música grave. Los salvajes ritmos del pueblo no los tomaba en cuenta. Su hija se levantó del piano ruborizada y hermosa.

—Hace mucho calor aquí —exclamó abriendo su pequeño abanico de encaje—. Voy a salir al jardín.

Mi padre se levantó en el acto y se inclinó ante don Rafael.

—¿Con su permiso, excelencia?

Don Rafael asintió cortésmente.

Mi padre ofreció el brazo a la muchacha, y ella lo aceptó sonriendo. Doña Margarita los siguió discretamente, a unos tres pasos de distancia.

—Toca el piano muy bien —le dijo mi padre.

—De ninguna manera; no tengo mucho tiempo para practicar, y nadie con quien aprender.

—Pues a mí me parece que sabe mucho.

—En música siempre se sabe poco —respondió ella a la vez que se quedó mirándole—. He oído decir que es como la ley. Siempre se tiene que estudiar y aprender.

—Es verdad —admitió mi padre—. La ley es un dueño inflexible. Constantemente cambia. Nuevas interpretaciones, nuevas revisiones, incluso nuevas leyes.

María Isabel hizo un gracioso gesto de admiración.

—No comprendo cómo se puede meter tantas cosas en la cabeza.

Él bajó la vista, preso en la maravilla de aquellos ojos. Como ha venido sucediendo desde el principio de los siglos, y aunque no lo sabía, estaba perdido.

Se casaron casi un año después, cuando mi padre volvió de Curatu con la noticia del fallecimiento de sus padres. Fue mi abuelo, don Rafael, quien primero sugirió que se quedara en Bandaya a ejercer su profesión. Había ya dos abogados, pero uno era muy viejo y estaba a punto de retirarse. Casi al año justo nació mi hermana.

Nacieron otros dos hijos entre mi hermana y yo, pero los dos nacieron muertos.

Por aquel tiempo mi padre se interesó por el estudio del griego. Mi abuelo dejó una buena biblioteca que su hijo se llevó de Curatu.

Fue doña Margarita quien primero me contó la historia de mi nacimiento y mi bautizo. Cuando las comadres y el médico bajaron a darle la feliz noticia, mi padre hincó una rodilla dando las gracias a Dios. Primero, por el hecho de ser un chico (los otros partos fueron niñas), y segundo, porque se me veía fuerte y rebosaba salud, y por lo tanto viviría.

Casi inmediatamente empezaron las discusiones acerca del nombre que había que ponerme. Don Rafael no quería oír hablar del asunto, pues insistía en que tenía que llamarme como su padre, y el mío no daba el brazo a torcer, y quería que me llamase como el suyo. No había manera de que se entendiesen.

Fue mi madre quien calmó la tormenta.

—Le pondremos un nombre de cara al futuro y no al pasado —propuso—. Un nombre que englobe nuestras esperanzas en su porvenir y signifique algo para todo el que lo oiga.

Esto aguzó el romanticismo y la formación cultural de mi padre y los impulsos dinásticos de mi abuelo, y así fue como mi padre redondeó el nombre: Diógenes Alejandro Xenos.

Diógenes por el personaje que, según la fábula, buscaba la verdad, y Alejandro por el conquistador del mundo. La explicación era simple, y así lo hizo constar mi padre cuando me tenía en sus brazos ante la pila bautismal:

—Con la verdad, conquistará el mundo…