Los aventureros
Capítulo XXXI
treinta y uno
Sin embargo, en el norte no estaba acabada. Los bandoleros no eran como los militares, que luchaban bajo determinadas reglas. Para ellos la guerra representaba la vida o la muerte, y lucharon hasta morir. Y murieron a centenares. Sin embargo, en su lucha sin cuartel, mataban no solo a los soldados, sino también a todos cuantos encontraban a su paso, destruyendo todo lo que se les ponía delante. En su paso por la región fueron como una peste que pronto contagió a nuestros propios soldados, quienes les igualaron en crueldad y ensañamiento, destruyendo también todo lo que podían, solo porque había pertenecido al enemigo. Pronto no fueron mejores que los mismos bandoleros.
Las carreteras estaban llenas de campesinos, de mujeres y de niños, huyendo de la violencia. Muchas veces no sabían adónde dirigirse por ignorar quién era el amigo o el enemigo. Las historias que llegaban a Curatu a través de los refugiados eran espantosas y difíciles de creer.
El asesinato y la violación eran ya un acontecimiento normal y la muerte y la tortura se repetían con una asiduidad que estremecía. En nombre de la guerra, bandoleros y soldados asolaban pueblos y haciendas. Los bandoleros, por el temor de que los campesinos denunciaran más tarde sus escondites, y los soldados porque habían colaborado con los bandoleros. Los campesinos, cogidos en medio, no tenían opción; si no morían en manos de unos, les esperaban los rifles de los otros.
Aunque muchos bandoleros morían, otros escapaban, la tropa salía en su persecución, y la guerra era cada día más innoble y cruel. Ya no se trataba meramente de una lucha, sino de un ansia de exterminio.
Cinco días después de mi vuelta del sur, el Presidente me dijo que quería volar sobre los campos de batalla, pues quería ver por sí mismo los avances de la guerra. Volamos, bajo un sol brillante y acariciador, sobre la tierra más devastada que nadie pudiese imaginar. En algunos sitios aún podían verse las cosechas invernales ardiendo y, en otros, los restos putrefactos de animales. Pueblos enteros que humeaban calcinados hasta sus cimientos, y la mayoría de las casas que aún quedaban en pie, aparecían silenciosas y carentes de vida.
Solo en una carretera vimos un camión del ejército cargado de soldados y algunas caravanas de refugiados que encorvados por el peso de sus fardos se dirigían al refugio seguro que representaba Curatu. No fue hasta que llegamos a las montañas, no lejos de mi hacienda, cuando nos enfrentamos con la verdadera guerra.
Vimos a un regimiento atacando un aldeorro con fuego de mortero y cañones. Al terminar la destrucción, los soldados avanzaron cautelosamente, y yo me pregunté qué temerían. No era posible que después del cañoneo quedase nadie con vida esperándolos. Miré de reojo al Presidente para ver su reacción.
Impasible, contemplaba el espectáculo, y en el acto vimos salir corriendo de una casa a dos hombres armados con rifles y a pocos pasos una mujer que llevaba una criatura de la mano; probablemente trataban de emprender la huida. Casi habían dado la vuelta al pueblo cuando los dos hombres cayeron abatidos por un fuego cruzado. La mujer llegó hasta el último edificio y se dejó caer pesadamente al suelo, el niño detrás de ella.
Fui dando breves y bajos vuelos en redondo sobre el pueblo, tratando de ver lo que ocurría. La mujer se había refugiado en un portal con la criatura, y pronto la rodeó un grupo de hombres; ella alzó la vista aterrorizada y se levantó sacudiéndose con ligereza la ropa. Uno de los soldados la empujó con la culata hacia la puerta de la casa, y ella se quedó quieta en el umbral; el soldado levantó el rifle, amenazándola, y entonces ella, después de apartar al niño a un lado, entró en la casa. Varios soldados entraron detrás de ella.
Miré al Presidente.
El Presidente tenía los dientes apretados y los ojos le brillaban, pero se dio cuenta de que yo le miraba y recobró su gesto de indiferencia.
—Esto les valdrá de lección —dijo secamente—. Todos esos campesinos ayudaron a los bandoleros, ahora escarmentarán unos y otros y tardarán años en volver a las andadas.
—Pero si ese pequeño vive, odiará al gobierno toda su vida —repuse—. Y cuando sea mayor emprenderá el camino de las montañas.
El Presidente sabía muy bien a qué me refería. Todos aquellos chiquillos quedaban marcados con las cicatrices del rencor, siendo la causa de que cuando fuesen mayores se inclinasen por el camino de la violencia.
—Es la guerra —me contestó el Presidente sin emoción—, y no se puede remediar.
—Pero son soldados, no bestias. ¿Dónde están los oficiales que se supone que los mandan? ¿Quiere usted que sean iguales que los bandoleros?
El Presidente me miró unos segundos.
—Sí, son soldados, pero también son hombres. Se emborrachan con la victoria pero no ignoran que les acecha la muerte.
Siguió un silencio y luego me dijo que regresásemos.
Por un impulso repentino decidí, sin decirle nada, pasar por encima de mi hacienda, que estaba a unos diez minutos de distancia. Llegamos pronto y con el mayor dolor vi que de la vieja casa solo quedaban unos muros ennegrecidos. Solo seguía intacto el cementerio, con sus losas blancas brillando al sol en medio de la tierra devastada. Miré al Presidente y vi que seguía mirando abajo con la impasibilidad de siempre. Creo que no se dio cuenta de donde estábamos.
Cogimos la dirección de Curatu. Yo sentía una opresión extraña en el pecho. Por primera vez durante aquellos días tan agitados pensé en Beatriz, y me alegré de habérmela llevado de allí antes de que fuera demasiado tarde, y sentí una honda gratitud hacia ella por haber librado mi casa de los fantasmas de mi familia, evitándoles el dolor de verla quemada.
Aterrizamos cerca del coche del Presidente, el cual habíamos dejado a unos metros de la pista.
—Repasa el avión —me dijo—, pues mañana tendrás que ir a Nueva York. Esta noche quiero verte. Tenemos muchas cosas de que hablar, y una de ellas es la posibilidad del préstamo de los americanos. Ven a las once, que yo ya dejaré aviso para que te dejen entrar. Si cuando llegues no estoy, espérame.
—Sí, excelencia.
—Me olvidaba de otra cosa. No eres solamente nuestro embajador. Te he nombrado vicepresidente de Corteguay. La radio ha dado la noticia este mediodía, cuando volábamos sobre tu hacienda.
Me quedé tan asombrado que no acerté a decir nada.
El Presidente sonrió y se despidió levantando la mano. Yo seguí un rato en el mismo sitio, viéndole salir del campo de aterrizaje y desaparecer… Subí al avión y lo llevé al hangar.
Nueva York… Sería agradable volver otra vez. Ya no me retenía nada en Corteguay, aunque allí estaba Beatriz. Pero ahora no me iría solo. Me acompañaría ella. Ella… mi mujer.