Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 113 de 150

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Los aventureros

Capítulo XXIV

veinticuatro

 

Dax estaba solo en la barra del bar cuando se le acercó Harry Owens, medio bebido como de costumbre.

—Dax, viejo amigo. —Y dándole unos golpecitos en la espalda le preguntó sonriendo—: ¿Qué haces aquí?

Dax sonrió. Harry le era simpático. Era un borrachín amable y placentero.

—Sue Ann está en Atlanta y pensé que podría venir a cenar al club.

—¡Estupendo! Nos acompañarás, Nuestro cocinero se marchó y por eso hemos venido. Sam estará con nosotros en seguida. Se detuvo ya sabes dónde.

Alargó la mano y cogió el martini que el camarero le había puesto delante.

—Hace mucho tiempo que no te vemos, Dax.

—He estado descansando.

—¡Descansar! Eso es bueno.

Y vaciando de un trago la copa, alargó de nuevo la mano sin mirar, y cogió la segunda copa que el encargado de la barra, conociéndole, se apresuró a servirle.

Simple Sam llegó, cayéndole su magnífica cabellera pelirroja sobre los hombros.

—Hola, Dax. ¿Dónde está Sue Ann?

Harry no le dio tiempo para responder.

—Está en Atlanta, y Dax cenará con nosotros.

—¡Oh, magnífico! Justamente acabo de invitar a Mary Jane para que cene también con nosotros. Ralph está de nuevo en Washington.

Ralph era el marido de Mary Jane. Un abogado del fisco que se pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.

Simple Sam se dirigió alborozada a Mary Jane cuando la vio llegar.

—Hemos arreglado las cosas para que tengas una cena estupenda, querida.

Mary Jane miró a Dax sarcástica.

—Vaya una sorpresa… ¿Dónde está Sue Ann?

—En Atlanta —respondió Dax.

Ya empezaba a cansarse de la pregunta. Parecía que era lo único que sabían preguntarle desde que entró en el club.

—¿Vamos a cenar? Estoy hambriento —dijo para huir del tema A los postres, Harry apenas se tenía en pie. Dax, que ya había bailado con Simple Sam, invitó a bailar a Mary Jane. Cuando se dirigían a la pista la orquesta empezó una samba. Mary Jane se maravilló de la agilidad con que Dax bailaba.

—Bailas muy bien la samba.

—¿Por qué te sorprende? El baile de mi país es muy parecido. También tú te defiendes muy bien.

Mary Jane lo miró fijamente.

—Es una casualidad que vinieras precisamente esta noche, cuando Sue Ann no está.

—¿Qué quieres decir?

—Sabes muy bien lo que quiero decir —respondió desdeñosamente—. He visto cómo mirabas a Simple Sam.

Dax se sintió íntimamente enojado, y sabiendo como irritarla a ella, repuso:

—Hay mucho que mirar en ella.

—Tú mirarías a cualquier mujer que lleve un escote hasta el ombligo —replicó Mary Jane fríamente.

Dax bajó la vista, fijándose en los pequeños pechos de ella, y respondió:

—No sé. Dependería todo…

Notó que Mary Jane se envaraba y perdía el ritmo.

—Estoy segura de que planeasteis intencionadamente esta reunión. Verás qué cara pondrá Sue Ann cuando se lo diga.

—Es inútil que te tomes esa molestia. Te creerá como cuando le fuiste con un embuste el otro día.

Iracunda, Mary Jane se soltó de sus brazos y volvió a la mesa.

—Es tarde; me voy a casa.

—¿Tan pronto? —preguntó Simple Sam, rápida en captar el enfado de la otra—. Pensé que podríamos estar un rato aquí, bebiendo unas copas.

—No, gracias.

—Te llevaré a casa —se brindó Dax por pura fórmula.

—No te molestes —replicó ella despreciativa—. Tengo mi coche.

—¿Qué mosca le habrá picado? —preguntó Simple Sam al verla irse.

—Creo que…

—No me digas nada ahora —le interrumpió Simple Sam cruzándole los labios con un dedo—. Llévame a bailar. Ya sabes lo que me gusta la rumba.

Una vez en la pista se apretó a él, siguiendo voluptuosamente el ritmo de la música. Dax, que nunca había bailado la rumba tan cerca de la pareja, sintió el calor de su cuerpo a través de la delgada tela del vestido, y después de unos instantes, percibiendo el roce de sus caderas contra las suyas automáticamente reaccionó.

Simple Sam levantó la vista sonriendo.

—Hace rato que me estaba preguntando si todas las historias que se contaban de ti eran mentira.

Él la oprimió de modo que apenas pudiera moverse y le respondió:

—Y yo estoy empezando a creer que las que se cuentan de ti son ciertas.

Sam clavó sus ojos en los de él.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Charlar, simplemente?

Dax miró por encima de la cabeza de ella a Harry. Este estaba sirviéndose otra copa.

—Dentro de pocos minutos estará inconsciente —dijo ella con indiferencia.

—Entonces os llevaré a los dos a casa.

—No. Tengo una idea mejor. Dentro de media hora nos podemos ver en la caseta donde guardáis la motora.

—Estaré allí.

Dax la siguió a la mesa donde ella cogió el abrigo y el bolso, y le dijo a Harry:

—Vamos, querido; ya es hora de que nos vayamos a acostar.

 

Hubo un momento en que a Dax le pareció que alguien merodeaba alrededor de la caseta, de la motora. Salió y no vio a nadie. Entró de nuevo y miró el reloj: había pasado casi una hora ya. Quizá Sam no podía ir. Salió afuera y se sentó en el pretil del pequeño muelle, contemplando cómo la luna de Florida se miraba en las quietas aguas. Encendía un cigarrillo cuando oyó la voz de Sam detrás de él:

—Enciéndeme uno también.

Silenciosamente le dio el suyo y encendió otro.

—Pensé que no venías.

Ella sonrió a la luz de la cerilla.

—Tuve que meter en cama al maridito y a veces no es fácil.

Al entrar en la caseta, Dax oyó el ruido metálico de una cremallera y cuando se acercó Simple Sam se hallaba ya completamente desnuda.

—¿Todos los amantes latinos habláis tanto?

Fue casi una hora más tarde cuando la puerta se abrió. Dax se levantó rápidamente mientras Simple Sam trataba de taparse con algo a la vez que la luz de una linterna los enfocaba.

Dax se protegió los ojos con el brazo tratando de ver quién era que los iluminaba. Reconoció a Mary Jane, al oír su voz.

—¿También ahora me vas a decir que os encontrasteis por casualidad?

—No seas loca, Mary Jane —exclamó él con acritud—. Apaga la luz o se va a enterar toda la vecindad.

—Os estaría muy bien empleado a los dos —le contestó riendo, y agregó en seguida—: ¡Veremos si Sue Ann lo cree!

—Apaga la luz —repitió Dax yendo hacia ella.

Mary Jane retrocedió lentamente bajando la linterna.

—¡Caramba, caramba! —rio, burlona—. No parece tan grande ahora, ¿verdad?

Su voz se apagó mientras seguía retrocediendo, pero al llegar a la pared, Dax la alcanzó y le quitó la linterna, tirándola a un rincón.

Seguidamente la cogió de las muñecas y le dijo con enfado:

—Solo una cosa te calmaría, ¿verdad?

Mary Jane vio su expresión y empezó a retorcerse intentando soltarse y abofetearlo.

—¡Déjame ir! —gritó.

Dax le sujetó las manos con una de las suyas y con la otra le rasgó el vestido, dejándole los pequeños y blancos pechos al descubierto.

—Sujétale las manos —le ordenó a Simple Sam con voz dura—. Sé lo que necesita para tranquilizarse.

La derribó al suelo y la montó, abriéndole las piernas con sus rodillas.

 

Dos días después, mientras se desayunaban, llegó otro sobre, pero iba dirigido a Sue Ann. Lo abrió y salieron varias fotografías.

Después de examinarlas, se las tendió indignada y exclamando:

—¿Esto es lo que haces en cuanto vuelvo la espalda?

Dax las repasó. Probablemente estaban tomadas con la misma cámara que usaron para Sue Ann. Era él con Simple Sam y Mary Jane. El Presidente no había desperdiciado la ocasión.

—Antes de que te indignes demasiado, quizá te gustará ver una cosa.

Fue al cajón donde guardó las primeras fotografías, lo abrió con la llave que llevaba siempre en el bolsillo, las sacó y se las dio. Sue Ann las miró detenidamente, luego le miró a él fijamente, y dijo después sin ira alguna:

—Touchée. ¿Cuándo las obtuviste?

—El día que fuiste a Atlanta y no volviste. El día antes de que fueran tomadas estas.

—Creo que no estoy tan controlada como me gustaba pensar. ¿Quién las tomó?

—El Presidente. No le importa lo que haga con mi vida o con la de cualquiera mientras consiga lo que quiere.

—Ya veo… —dijo ella, pensativa—. Cuando comprendió que las primeras no daban resultado, hizo tomar las segundas.

—Eso.

Sue Ann estuvo unos instantes sin decir nada.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó al fin.

—Me voy para allá, desde luego.

—¿Después de todo lo que te ha hecho?

—No. No voy por él o a causa de él. Sino por mi país; mi padre, mi hermana, mi madre… Así ellos no habrán muerto sin razón.

—¿Quieres pedir el divorcio?

—Lo pedirás tú. Yo no tendré tiempo.

—Mis abogados te otorgarán las compensaciones de costumbre.

—No quiero ni necesito nada.

—¿Quieres conservar todo lo que te he regalado? Me gustaría.

—Como quieras.

Se miraron en silencio.

—Bien; me parece que no tenemos nada más que decirnos.

—Creo que no —respondió Dax. Dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

La voz de ella le hizo detenerse, y se giró para mirarla.

—¿Sí, Sue Ann?

Esta sostenía con su mano dos de las fotos. Levantó la vista de ellas y la fijó en Dax.

—¿Sabes? —le dijo—. ¡Soy más fotogénica que ninguna de las dos!