Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 103 de 150

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Los aventureros

Capítulo XIV

catorce

 

Ya era tarde y la fiesta estaba acabando cuando Dax miró aire Jedor. Solo quedaban él, Marcelo y unas chicas. Se encontró con la mirada de Marcelo, quien dejando a la rubia con la que hablaba, se dirigió a su encuentro.

—¿Todo va bien?

—Todo —respondió Dax—. Pero ya es tarde para mí, pues prometí que mañana temprano estaría en el yate de Jacobsen. Será mejor que me vaya.

—¿Para qué? —preguntó Marcelo—. Además, todavía es temprano, y ahora viene lo mejor.

—¿Lo mejor? Pero si todos se han ido.

Marcelo sonrió misteriosamente, diciendo:

—Quedan las chicas.

Dax miró alrededor de la estancia. Quedaban cinco chicas. En varias ocasiones Dax había sorprendido a una de ellas mirándole especulativamente.

—Figuran en mi nómina.

—¿Trabajan en su despacho? —preguntó Dax con acento incrédulo.

—Claro que no —contestó en tono de triunfo Marcelo—, pero trabajan para mí. Las leyes de impuestos sobre ingresos se están poniendo imposibles, y gracias a ellas las puedo eludir… El sueldo que les doy me sale barato.

—Ah…

—Un hombre debe ver bien dónde pisa. Siempre están al acecho para cogerte. Y ahora que se han ido los demás —continuó Marcelo—, vamos a subir a mis habitaciones. Le prometo que no se aburrirá.

Se volvió hacia las chicas y añadió:

—Allons, mes enfants.

Sin decir nada Dax lo siguió hasta el segundo piso, donde Marcelo abrió una puerta cuya llave solo tenía él. En el acto se oyó un sordo zumbido arriba.

—El único medio de llegar a mis habitaciones es por el ascensor, pues hice derribar la escalera. Primero subiremos nosotros y dos de las chicas, y después las otras.

—¿Y los criados? ¿Cómo vuelven a sus aposentos?

—Hay una escalera privada detrás, pero he hecho tapiar la entrada que da a mi piso.

Salieron del ascensor y Marcelo oprimió un botón de la pared, añadiendo:

—Tengo un botón así en cada habitación. Si no lo pulso, el ascensor no puede subir.

Poco después llegaron las otras muchachas y entraron en un amplio salón. Había una mesa con entremeses, caviar y paté y varias botellas de champaña en cubos con hielo; en un rincón un bar con toda clase de bebidas.

Las chicas, que por lo visto sabían lo que tenían que hacer, desaparecieron por una puerta lateral.

—Esa es la habitación de los invitados —explicó Marcelo—. La mía está al otro lado. ¿Quiere una copa?

—No: ya he bebido bastante.

—Debe tomarla —le urgió Marcelo con una extraña sonrisa, cogiéndolo del brazo —. Venga.

Marcelo oprimió algo detrás del bar, y un panel se juntó con otro, apareciendo en el sitio del panel un televisor que conectó automáticamente. La escena que salió en la pantalla era de la habitación vecina, en la que estaban las muchachas. Una de ellas se quitaba el vestido mientras exclamaba, en tono asqueado:

—¡Vaya una lata!

—Lo más reciente en televisión de circuito cerrado —dijo sonriendo Marcelo—. Ellas ignoran que se las ve. Pienso instalar uno en cada habitación. Así sabré todo lo que pasa.

Siguió contemplando absorto a las muchachas, las cuales estaban casi todas desvestidas. Una de ellas se fue a un guardarropa e hizo deslizar la puerta corredera.

—Bueno, nenas, ¿qué haremos esta noche? —preguntó.

—No sé —contestó otra—. ¿Qué diantre nos pusimos la vez anterior?

—El vestido nupcial.

—¿Qué os parece el conjunto de ropa interior negra? Hace tiempo que no lo sacamos.

Una de las muchachas se acercó al guardarropa. Se había quitado el sostén y exhibía unos opulentos pechazos. Marcelo le dijo a Dax:

—Esta tiene un truquito fantástico. Te coge los testículos entre sus mamas y con el hocico te acaricia mientras con un dedo te masajea la próstata. Pero miente mucho. Sé que tiene un amigo y que lo recibe en su apartamiento. A veces me dan ganas de echarla, pero todas son iguales. No puedes confiar en ninguna.

—¿Cómo sabe que tiene un amigo?

—Yo lo sé todo. Tengo el teléfono de cada una conectado con cintas magnetofónicas; incluso he hecho poner micrófonos en los muelles de sus camas.

Se echó a reír, y mientras volvía a mirar a la pantalla, añadió:

—¡Tendría que oír algunas de las cintas!

Dax miró también, viendo que casi todas ellas estaban vestidas ya, todas igual. Era un conjunto de ropa interior con lazos negros y unas largas medias de malla sujetas, con ligas, a la faja. Una de las muchachas se adelantó hacia la pantalla, y esta inmediatamente se apagó, volviendo el panel a su sitio.

—Hay un resorte debajo de la alfombra, cerca de la puerta, que cierra el televisor cuando una de ellas va a salir de la habitación para venir aquí.

Dax miró a Marcelo.

—Me parece que sí, que voy a beber algo.

 

Eran casi las cuatro de la mañana cuando Dax se levantó para irse. Marcelo, sentado en un sofá entre dos de las chicas, tenía los ojos turbios. Evidentemente había bebido más de la cuenta. Como la mayoría de los franceses no resistía las bebidas fuertes, y toda la noche tomó un whisky tras otro. Se levantó torpemente diciéndole a Dax:

—Iré abajo con usted. Tengo algo que decirle.

Ya en el ascensor le preguntó sonriendo:

—¿Qué le han parecido mis empleadas?

—Muy experimentadas; pero me parece que le deben salir un poco caras, ¿verdad?

—Un poco, sí; pero la experiencia se paga. No me importa, pues puedo hacerlo.

Al llegar a la planta baja, Marcelo le rogó:

—Entremos un momento en mi despacho.

Marcelo cerró la puerta y le preguntó mientras se sentaban:

—¿Se estará preguntando por qué le pedí que viniera a verme?

Dax no contestó.

—Fue una idiotez por parte del Presidente tratarle como lo hizo.

Algún día se arrepentirá.

Dax se encogió de hombros, indiferente.

—Bueno, eso no me importa —admitió Marcelo—, pero… Se aburre mucho, ¿verdad?

—Pues no. Además, ¿cómo quiere que me aburra con amigos como usted?

Marcelo sonrió halagado, pero en seguida recobró su seriedad.

—Sin embargo, ¿cuántas mujeres puede uno joder? Llegará un momento en que deseará pensar en otras cosas.

—No lo sé, pero tengo la sensación de que he pasado la mayor parte de mi vida preocupándome por las cosas de otros y muy poco de las mías, y ¿qué he conseguido?

—Pero debe haber algo que le gustaría hacer —insistió Marcelo.

—Sí, quizá; pero todavía no he pensado qué.

—¿No ha considerado que podría dedicarse a los negocios? Indirectamente ha hecho ganar mucho dinero a otros; pues ahora podría hacer lo mismo en beneficio propio.

—No lo necesito.

—Se parece usted mucho a su padre —dijo Marcelo—. Nunca pensó en sí mismo y siempre puso las cosas de los demás en primer término. Recuerdo lo que me desconcerté al principio de trabajar con él. Jamás había encontrado un hombre igual.

—Ni lo encontrará.

—Sí, pero por eso murió pobre.

—Quizá. Pero a los muertos no les sirve ser ricos.

—Eso está muy bien para decirlo, aunque nadie piensa así. Lo que más importa es el dinero y el poder.

—Entonces debo ser muy afortunado —respondió sonriendo Dax—, porque he hallado la forma de vivir sin lo uno ni lo otro.

Marcelo lo contempló unos instantes en silencio, diciendo luego:

—Pues es una lástima, porque me interesaba que viniera a trabajar conmigo. Los dos juntos sacaríamos grandes beneficios. Ya conoce mi situación. Tengo enemigos por todas partes. Y con usted dando la cara y yo en la sombra, se irían olvidando de mí, y los beneficios serían importantes. Es la única persona a quien le he hecho esta oferta, pues a nadie más me atrevería a confiarle nada.

Por una rara intuición, Dax sabía que Marcelo era sincero. Su sistema de televisión privada, los teléfonos interceptados y los micrófonos debajo de las camas lo demostraban. ¿Cuánto tiempo tardaría Marcelo en emplear los mismos métodos para asegurarse de su lealtad? Mucho o poco, demostraba ya su desconfianza en los demás.

Dax, negó con un movimiento de cabeza.

—Gracias, pero no. Si creyera que podría serle útil, pensaría en su ofrecimiento. Pero sé muy bien que no sirvo para hombre de negocios. Con el tiempo le sería un estorbo. De todos modos me ha halagado su confianza.

Marcelo bajó la cabeza apesadumbrado y murmuró:

—Todo el mundo se pone contra mí.

—No yo. Si quisiera perjudicarle aceptaría su proposición. Podría hacerle más daño desde dentro que estando fuera.

Marcelo alzó la vista, pensando en lo que Dax acababa de decirle.

—Es verdad —y sonriendo de repente, como si fuese otro el tema que ahora le interesaba, dijo—: Le conozco, picaruelo. Ha encontrado un medio más fácil de hacer fortuna.

—¿Sí?

—He oído hablar de usted y de Sue Ann. No crea que se lo reprocho. Es más fácil conseguirlo casándose que trabajando.

Dax se sonrió. No le sorprendía el criterio de Marcelo, y no iba a ser él quien le discutiese nada. Se puso en pie.

—Le abriré la puerta.

Marcelo desconectó el sistema de alarma y le abrió el portal. Como de costumbre no había ni un taxi a aquella hora de la mañana.

—Llamaré al chófer para que le lleve.

Dax vio que el cielo se estaba poniendo gris hacia el este de Park Avenue y dijo:

—No lo llame. Es un paseo corto y el aire fresco de la mañana me conviene.

Viniendo de la Quinta Avenida, Marcelo vio que se acercaba un coche negro muy grande, lo miró con aprensión y exclamó:

—Me voy adentro. Siento frío.

—Buenas noches, Marcelo.

—Buenas noches, amigo mío. Llámeme cada vez que venga a la ciudad. Siempre estoy aquí.

Dax se fijó en la puerta al cerrarse, y oyó un leve chasquido en el interior, comprendiendo que el aparato de alarma se había conectado otra vez. Empezó a andar calle abajo.

Si aquel era el precio que había que pagar por el dinero y el poder, ni el poder ni el dinero le interesaban.