Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 57 de 150

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Los aventureros

Capítulo X

diez

 

Las oficinas que en Nueva York tenía la Compañía Naviera Hadley se hallaban situadas en un extremo del distrito financiero, frente a Battery Park, en el piso diecinueve de un antiguo edificio, cuyo ático había sido transformado en aposento y oficina personal de mister Hadley. Consistía en una serie de cinco amplias habitaciones, una de ellas, circundada de cristales y orientada al oeste, permitía contemplar una vista panorámica de la ciudad. Al sur se hallaba la estatua de la Libertad y el puerto; al norte y este los dorados chapiteles del Empire Building, el complejo Rockefeller Center, y la aguja del recién terminado edificio Chrysler.

Las otras habitaciones consistían en un comedor que hacía las veces de sala de juntas, una cocina, un amplio dormitorio y un cuarto de baño.

Marcelo dejó de contemplar el paisaje al entrar mister Hadley.

—Siento haberle hecho esperar tanto tiempo —se disculpó Hadley—, pero la reunión del consejo de directores ha durado más de lo que pensaba.

—No importa, mister Hadley. Así he tenido la oportunidad de contemplar ese magnífico panorama.

—Sí, es bonito —respondió Hadley mientras se sentaba a su mesa.

El tono indiferente con que lo dijo le demostró a Marcelo que el financiero nunca se había entretenido en contemplarlo. Sin añadir una palabra se sentó en el sillón que había delante de la mesa.

Hadley fue directamente al grano.

—Me informan de Europa que la guerra solo es cuestión de meses, probablemente de semanas. Esto complicará la representación americana en Europa. En especial desde que el Presidente se ha manifestado abiertamente en pro de Francia y de Inglaterra y ha prometido su ayuda, menos la guerra. Igualmente afectará a muchos intereses europeos en América.

Marcelo presintió lo que seguiría.

—¿Cuántos barcos tiene dedicados al azúcar? —le preguntó de sopetón.

Marcelo calculó unos segundos. Tenía nueve navegando, pero cuatro transportaban mercancía con destino a sus propios almacenes de Brooklyn.

—Cinco; estarán todos en Nueva York a finales de mes.

—Bien. Tan pronto hayan descargado deberán dirigirse a Corteguay. Si estalla la guerra, cualquier barco que vaya a Europa será una presa fácil para los submarinos alemanes Cogió un papel de la mesa y le miró.

—¿Sabe algo de Dax?

—El Presidente me informó que todavía está en España. Los acuerdos con este país están casi terminados.

—Debe apremiarlo para que los concluya lo antes posible. He decidido que sea nuestro representante en Europa cuando empiece la guerra.

Marcelo le miró con asombro.

—¿Pero qué le hace creer que Dax aceptará? Después de todo, no trabaja para nosotros.

El rostro de Hadley expresó fastidio.

—Ya lo sé… Esto es lo que hace las cosas más fáciles. Como representante de un país neutral gozará de completa libertad, cualquiera que sea el curso de la guerra.

Marcelo no dijo nada. Empezaba a comprender que para los americanos, con guerra o no, todo lo que se interpusiera en los negocios debía apartarse. Ahora comprendía cómo se habían amasado tan grandes fortunas.

—¿Ya se lo ha dicho al Presidente?

—Todavía no. Lo hará usted. No olvidemos que es su socio, no el mío.

Cuando Marcelo salió de las oficinas Hadley miró el reloj y vio que era temprano. Aún tenía tiempo de ir a Brooklyn antes del almuerzo. Se detuvo un rato, y luego llamó a un taxi.

—A la Bush Terminal de Brooklyn —ordenó.

Con indolencia contempló el panorama mientras se dirigía al puente de Brooklyn. ¡Qué diferentes eran los americanos de los europeos! Vivían tranquilos amparados por la barrera del océano. Si la guerra estallaba, a ellos no les afectaría.

Se enterarían de los acontecimientos por los periódicos, como una simple novedad, o escucharían la radio entre las emisiones de Amos y Andy y La Hora de las Variedades, o verían los noticiarios antes de la última película de Clark Gable. Las amenazas, las fanfarronadas y delirios de Hitler nunca les alcanzarían. Europa estaba al otro lado del mundo.

El húmedo calor del mes de agosto entraba por las ventanillas del taxi, y ni la leve brisa que se levantaba con la marcha del vehículo bastaba para atenuar el ardor del pavimento. Lentamente el coche salió del puente, enfiló la Flatbush Avenue, atravesó Fulton Street, con su hormiguero de compradores y sus trenes elevados, y entrando por la Fourth Avenue se dirigió a Bay Ridge. El chófer no frenó hasta que estaban a unos metros de la bahía.

Marcelo le dijo al taxista que esperase, y aunque le oyó que se quejaba por el dinero que perdería con la espera no le hizo caso. El portero estaba sentado detrás de una vieja mesa leyendo el periódico, y al ver quién era, le saludó.

—Buenos días, mister Campion.

—Buenos días, Frank. ¿Va todo bien?

—Bien, como la lluvia, mister Campion.

El portero se levantó y, como de costumbre, acompañó a Marcelo al almacén. Las visitas eran habituales, aunque nunca a la misma hora. En alguna ocasión se presentó a medianoche, pero el vigilante ya estaba acostumbrado.

Marcelo, de pie en el umbral, contempló el almacén con satisfacción. Abarcaba toda una manzana de la ciudad, y estaba lleno casi hasta los topes de sacos de azúcar.

Hacía poco más de un año que se dedicaba a esta nueva actividad. El tres de septiembre, cuando los cuatro barcos que esperaba atracasen en los muelles, acabaría de llenar los almacenes, y ya solo tendría que esperar que estallase la próxima guerra.

Se acordó de que cuando era niño, durante la primera gran guerra, la escasez de azúcar hizo que su padre se doliese de que unos pocos cientos de gramos le hubiesen costado veinte francos. Y era un azúcar moreno y malísimo, pero lo escatimaron tanto que les duró una semana. Del recuerdo nació la idea de empezar el negocio.

Azúcar. Todo en América era dulce: la gaseosa, los bombones, los bollos, los pasteles…; incluso el pan. Todo el mundo tomaba azúcar en grandes cantidades, y nunca parecía que les bastase. Con guerra o sin guerra seguirían consumiéndolo, y entonces llegaría la oportunidad de imponer sus precios.

Tenía cuatro almacenes llenos, y quizás era el único hombre que lo consiguió, ya que al controlar los barcos le fue fácil falsificar el registro de carga y engañar a la aduana, la cual fiscalizaba los buques que entraban en el puerto.

Sin embargo, para llevar a cabo su empresa, necesitó mucho dinero, más del que él tenía, aparte de que tuvo que repartir dólares por todas partes. Los cosecheros se dieron cuenta de su maniobra y le cargaron veinte centavos más por cada cien libras; a los oficiales de los barcos, enterados de la verdadera naturaleza de la carga, también tuvo que pagarles extras, y para conseguir el arriendo de los locales se vio obligado a pagar varios miles de dólares sobre el precio normal.

Fue una zarabanda de cifras lo que pasó por el cerebro de Marcelo. Llevaba gastados casi ocho millones, y la mayor parte prestados. Esa cantidad nunca habría llegado a tenerla en tan poco tiempo si no hubiese sido por Amos Abidijan.

Marcelo no se hacía ilusiones respecto a la benevolencia de Amos al prestarle el dinero. Sabía muy bien que no se debía ni a la parte que llevaba en los barcos, puesto que él tenía más de los que necesitaba, ni al probable beneficio que obtendría con las mercancías, pues, cuando le prestó la cantidad que necesitaba, ni siquiera le preguntó para qué la quería. Lo único que le interesaba a Abidijan era casar a su hija mayor.

Tenía cinco hijas, pero según su especial manera de pensar no dejaba que se casase ninguna mientras no casara a la mayor. Sin embargo, a pesar de la cuantiosa dote que aportaba esa bija, nadie aspiraba a su mano. De todas las chicas, era la que tenía la desgracia de parecerse más a su padre.

Baja y de piel oscura, con un bozo que más bien parecía el bigote de un adolescente, que ningún tratamiento de electrolisis corrigió, y no hubo modista, por cara que fuera, que disimulase las cuadradas formas campesinas de su figura. Parecía que reuniese ella sola todos los aspectos feos de la familia. Sus hermanas, más delgadas y más altas, casi podían pasar por chicas americanas, y solo la infeliz Ana era y se portaba como su padre. Convencida de que los hombres no eran para ella, empezó a interesarse por los negocios de su padre y a trabajar en su despacho, que fue donde Marcelo la conoció un día que acudió a una cita que tenía con el magnate, pero como no estaba tuvo que esperar en una salita donde poco después entró Ana diciéndole con una voz casi masculina:

—Lo siento, señor Campion, pero mi padre vendrá un poco tarde.

Antes de que Marcelo hubiera captado la palabra «padre» y la tradujera al francés mon père, ella había ocupado ya su sitio detrás del escritorio. Marcelo se apresuró a ponerse de pie. Ahora era el momento oportuno para hacer gala de la típica galantería francesa.

Pero para la pobre Ana, sin experiencia alguna en el trato con el sexo opuesto, aquella cortesía gala que hasta entonces nadie le había dedicado, la impresionó como si estuviese bordeando un idilio, y paso a paso Marcelo se encontró sin saber cómo zafarse. Comidas, cenas, veladas en casa de Amos…, y luego los fines de semana en la casa de campo de la familia. Desde el día que conoció a Ana habían transcurrido ya dos años y se le consideraba como un novio en potencia, aunque él nunca había dicho nada que diese pie para ello.

Y fue un año antes cuando Marcelo acudió a él para el préstamo. Al principio pensó pedírselo a Hadley, pero no se decidió. El financiero tenía una moralidad muy peculiar en lo que a negocios se refería, pues aun cuando prácticamente no hacía ascos a nada, esto era otra costa. Los sucios términos «mercado negro» o «acaparamiento» eran, para él, equivalentes a anatema. Cualquier negocio que Hadley emprendía debía entrañar alguna finalidad que redundara en beneficio del público. Si se daba el caso que él, personalmente, sacaba tajada, tanto mejor. Y solía ocurrirle.

—Necesito cuatro millones. Yo tengo dos… —le dijo Marcelo a Amos.

—No digas nada más —le contestó Amos al mismo tiempo que sacaba el talonario de cheques. Marcelo se quedó confuso.

—¿Pero no quiere saber para qué los quiero?

Amos le miró sonriendo:

—¿Por qué? ¿No queda todo en la familia?

Marcelo se quedó con la boca abierta, pero reaccionó y dijo:

—Es que dentro de poco quizá necesitaré más.

—Cuando necesites más, vienes y lo dices.

Volvió dos veces más, y Amos extendió el cheque sin dudar y sin hacerle preguntas. Y ahora Marcelo tenía la operación casi terminada. Un poco más y podría pagar todas las deudas, y en seguida aclararía su posición respecto a la familia Amos. Solo era cuestión de tiempo.