Los aventureros
Capítulo XX
Eran más de las tres de la madrugada cuando el taxi se detuvo ante su apartamiento en la Avenida Kléber. Me miró con una curiosa expresión.
—¿Te gustaría subir?
—Oh, sí; gracias —dije casi ceremoniosamente.
Pagué al taxista. Sin hablar cruzamos la arbolada avenida pisando la hojarasca otoñal que había en la acera, brillante de la lluvia caída poco antes. Frente a su casa había una fila de coches aparcados.
Al llegar al portal, Marlene sacó del bolso la llave y me la dio. Abrí y subimos en el ascensor al tercer piso. Con la misma llave abrí la puerta del apartamiento.
—¿Quieres beber algo? —me preguntó al entrar.
Tras mi afirmación me señaló un bar portátil.
—Sírvete lo que quieras. Vuelvo en seguida.
Me serví un brandy y empecé a beber y a pensar. La noche había sido un fracaso y yo una desdicha. Irritado conmigo, me pregunté qué demonios me pasaba.
Marlene volvió. Se había puesto un pijama de terciopelo negro de dos piezas, muy liberal la chaqueta, de tal suerte que no había confusión posible entre lo que era tela y lo que era carne. La negrura del pijama hacía que resaltase más la rubia y nórdica belleza de ojos azules.
—Très jolie.
Marlene no contestó. Se sirvió un brandy y se sentó enfrente de mí. Alzó la copa.
—Salud.
—Salud.
Ambos bebimos un sorbo. Marlene bajó la copa y sus ojos se encontraron con los míos.
—No me he enfadado, pero dime por qué me llamaste.
La miré sin contestarle. Una vez más me reproché por la estúpida idea de llamarla.
—No era lo que dijiste por teléfono. Ya no soy una niña —prosiguió—, y sé si un hombre está interesado de veras.
Tenía razón. Quizá yo ingenuamente esperé encontrar a la misma muchacha atemorizada que estuvo siete años antes en mi casa de Saint-Tropez. Sin embargo, los años no pasan en balde. Ahora era una mujer segura de sí misma, y en muchos aspectos muy diferente de lo que yo había esperado. Sabía tanto como yo. Si no más que yo.
—Lo siento —me disculpé torpemente—. Tengo muchas preocupaciones y no me he portado como debía.
—Ya lo sé, pues he leído los periódicos. ¿Pero no hay nada más? Has estado toda la noche como sobre ascuas.
—Posiblemente.
—Conozco los síntomas porque también me ha tocado lo mío. Y tú pensaste que lo mejor para curarte de una mujer era otra mujer, y me llamaste a mí. Y no te ha servido de nada, ¿verdad?
En sus ojos había simpatía.
—No.
—Me ocurrió igual cuando Jeremy me dejó. No sabía qué hacer ni adónde dirigirme. Estaba enamorada de él, ya lo sabes. Y, sin embargo, siempre tuve la impresión de que lo nuestro era imposible. Nos separaban demasiadas cosas; la política, su familia… Yo soy alemana, y para mucha gente la guerra no ha terminado aún.
Parecía que hablase para ella misma.
—Cuando me casé era una niña; solo tenía dieciocho años, y en Fritz veía mi ideal: alto, guapo y rico. Pero yo no advertía que su «realidad» era sus «muchachos» y su desequilibrio mental le llevaba a aquellas aberraciones de sadismo antes de experimentar un orgasmo. Así, cuando encontré a Jeremy, no tuvo nada de extraño que me enamorase de él. Era sencillo, franco y sin complicaciones. Por primera vez me di cuenta de lo qué era ser mujer.
Me miró sonriendo tristemente.
—¿No te parece raro que hasta entonces no me supiese dar cuenta? Me creía incapaz de amar, y Fritz me repetía a todas horas que solo yo tenía la culpa del fracaso de nuestro matrimonio.
Nos envolvió un largo silencio. Marlene llenó de nuevo las copas. Del exterior llegaba hasta nosotros el ruido del tránsito del cercano Arco de Triunfo.
—¿Te sucedió a ti también algo parecido?
—No. Pero el final es el mismo.
—¿Te quiere?
—Creo que sí.
—¡Entonces es tonta! —aseguró con vehemencia Marlene—. ¿Y qué razón le impide ir a ti?
—Ya leíste la prensa. Es la hija de Guayanos.
—¡Ah…!
—Y aquí tienes la razón de por qué te he llamado. Las armas que entran en mi país proceden de la antigua fábrica Von Kuppen, de la Alemania Oriental. Y si no logramos cortar esos continuos alijos, morirán muchos inocentes. Busco un medio de ponerles coto. Trato de averiguar quién paga las armas y entonces quizá pueda ponerle remedio a la situación. Tenía la esperanza de que conocieras alguna persona que me pudiera proporcionar alguna información.
—No sé… —dijo indecisa—. Hace tanto tiempo…
—Te quedaría muy agradecido aunque fuesen pocos los datos que me proporcionases. Ya he sufrido demasiada guerra.
—También yo —respondió en voz baja—. Era una niña cuando empezaron a caer las bombas sobre Berlín.
No contesté.
Su expresión y su voz eran otras.
—Había un hombre…, un suizo llamado Braunschweiger. Vivía en Zurich y recuerdo que muchas veces se entrevistaba con Fritz. Oficialmente no teníamos relación alguna con las fábricas del Este, pero él sabía lo qué hacían, y periódicamente le llevaba informes a Fritz.
Una esperanza excitada se apoderó de mí.
—¿Tú crees que querría hablar conmigo?
—No lo sé. Ni siquiera sé si vive.
—Podemos probar. ¿Dónde vivía?
—No recuerdo, Dax. Todo era muy secreto. Estoy segura de que no figura su nombre en ninguna guía telefónica de la ciudad, pero recuerdo muy bien la casa. Es muy extraña, y con una especie de alerillos sobre las ventanas. Si la viese la reconocería en seguida.
—Después de lo de esta noche no tengo derecho a pedírtelo, pero ¿tendrías inconveniente en que fuésemos juntos a Zurich y buscar la casa?
—Ninguno. Si no hubiese sido por ti, quizá nunca me habría podido librar de Fritz.
—Gracias —le dije reconocido—. Te llamaré mañana así que tenga las reservas para el avión.
Marlene se levantó del sillón y se me acercó.
—Hoy ya es mañana, a pesar de que todavía está lejos. Y nosotros estamos juntos, desilusionados, vacíos y solos.
Quizá fue el tono, quizá fueran las palabras, pero vi en Marlene lo que yo sentí muchas veces: soledad, dolor y necesidad de compenetrarse con otro ser humano, temor a la noche… O quizá me bastó ver en ella a la hembra, la cálida promesa de su cuerpo, o el brillo de su carne, que el pijama no llegaba a encubrir. Dejé la copa, y la estreché en mis brazos.
Era fuerte, más fuerte de lo que yo imaginaba. Pero utilicé su fuerza y ella la mía, hasta que acabamos rendidos uno en brazos del otro. Nos sentíamos tan seguros en nuestro mutuo afecto como dos animales dormidos en la noche.