Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 15 de 150

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Los aventureros

Capítulo XIV

catorce

 

Acababa de vaciar el último saco de sal dentro del barril cuando me di cuenta de que las dos niñas me estaban contemplando desde la puerta del granero. Cogí la tapa y empecé a clavarla. Pasados unos momentos, Marta me preguntó:

—¿Es verdad que te vas a casa mañana?

Afirmé con un gesto. Habíamos pasado casi una semana en la hacienda del señor Moncada, pues no quiso hacer el resto del viaje solo, y Gato Gordo se prestó a acompañarles a Estanza, precisamente después de que el buen hombre le dijo que tenía ganado y de ofrecerle en recompensa cuatro barriles de buey fresco salado y un carro para transportarlos. Esto significaba que Gato Gordo tendría que separarse temporalmente del negro garañón, pero solo hasta que estuviera de vuelta con el carro.

Nos tocó trabajar día y noche salando el buey y preparándolo para el viaje; en aquellos instantes clavaba el último clavo. La carne estaba lista.

—Sí —respondí—. Nos vamos mañana.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó Vera.

—Trece —mentí porque sabía que ella tenía doce.

—No es verdad —replicó con desdén—. Yo oí cómo tu padre le decía al mío que solo tienes diez.

—¿Mi padre?

De momento me desconcerté. Casi había olvidado a Gato Gordo quien, como de costumbre, estaría cocinando en la barraca que nos cedieron y llenándose, de paso, la barriga.

—¿No tienes hermanos ni hermanas? —preguntó Vera.

Negué con la cabeza. Sentí frío al permanecer quieto en la sombreada cerca y me puse la camisa.

—¡Qué flaco estás! —exclamó Vera—. Te salen todos los huesos —y empezó de nuevo con sus risitas.

La miré enojado, pues siempre hablaba de lo delgado que era yo.

—No le hagas caso —me consoló Marta—. Siempre está procurando ver la cosa de los chicos.

—¡Tú también! Fuiste tú quien siguió a Diego cuando iba a hacer pipí.

—Porque tú me dijiste dónde iba. —Se estremeció delicadamente—. ¡Qué hombre tan horrible!

—Entonces no opinabas así. Dijiste que su cosa era mayor que la de papá.

Entonces comprendí.

La voz de Marta tomó un tono confidencial.

—Nos vio observándole. ¿Sabes lo que hizo?

Ante mi gesto de negación, prosiguió:

—Vino hasta donde estábamos escondidas. Tenía su cosa todavía en la mano. Nosotras nos asustamos, pero él se rio y empezó a masajearla. En un momento se le puso tres veces más grande. La punta estaba toda roja. Se parecía al garañón negro.

—¿El garañón negro? —pregunté sin ver la relación.

Marta se impacientó.

—Papá dice que el garañón habrá montado a seis yeguas antes de que tu padre vuelva con el carro.

«Vaya —me dije—, el bueno del señor Moncada no es tonto. Un potro vale más que cuatro barriles de buey.»

—Él continuó jugando con ella y cada vez crecía más y más —continuó Vera en voz baja.

—¿Quién? —pregunté, pues me había olvidado de lo que hablábamos.

—Diego —respondió Marta algo enojada—. Se quedó enfrente de nosotras con una expresión extraña en el rostro, sin dejar de jugar con su cosa.

Empecé a interesarme.

—¿Y qué sucedió?

Marta respondió con un timbre de desencanto en la voz:

—Nada. Oímos a papá que venía y corrimos hacia el carro.

Yo también me quedé decepcionado. Me intrigaba saber lo que podía haber sucedido.

—A mí no me gustó Diego en ningún momento —añadió Vera—. Nos habría matado a nosotras y a papá.

—Pero primero os habría violado —aseguré yo muy decidido.

Mi seguridad las impresionó.

—¿Cómo lo sabes?

—Siempre se viola a las mujeres antes de matarlas.

—¿Por qué? —preguntó Marta.

Me encogí de hombros.

—¿Qué sé yo? Porque se hace así.

Vera me miró con curiosidad.

—Tú sabes mucho de eso, ¿verdad?

—Bastante —respondí dándome tono.

—¿Puedes hacer que tu cosa se ponga dura como la de Diego?

—¡Claro que sí! —repuse impetuosamente—. Es fácil. Cualquier hombre lo puede hacer.

—Me parece que no. Eres demasiado pequeño —objetó Marta.

—¡No lo soy! —repliqué irritado.

Las hermanas se miraron con una extraña excitación retratada en sus semblantes.

—¡Demuéstralo! —exclamó Marta en voz baja.

—¿Por qué? A lo mejor no tengo ganas.

—Eres demasiado pequeño —insistió Marta—. Tienes miedo de no poder hacerlo.

—¡Puedo! —dije—. Voy a demostrarlo.

Percibí cómo sus ojos no se apartaban de mi mano al desabrocharme la bragueta. Saqué la polla y me dediqué a las mismas manipulaciones que había visto hacer a Roberto. Pero al cabo de un rato no había sucedido nada aún.

—Quizá lo haces demasiado aprisa —susurró Marta—. Diego iba más despacio.

La miré perplejo, preguntándome si cabía la posibilidad de que Marta supiera más de aquello que yo mismo.

Ella se dio cuenta de mi vacilación.

—¡Ea! Deja que te enseñe cómo se hace —dijo tendiendo la mano.

Estaba húmeda y ardorosa. Al sentir su calor empecé a notar una presión creciente en mi abdomen. Miré a ambas, pero se hallaban observándome, absortas, y no levantaron la vista. Vera se pasaba la lengua por sus labios resecos y, al menos por una vez, no dejaba oír su risilla tonta.

Casi al momento sentí una crispación en los testículos. Miré hacia abajo. De pronto, el orgullo surgió en mí como el sol a través de la bruma matinal. Mi polla estaba erecta y dura, aunque no tan grande como había supuesto.

—Ya te dije que podría hacerlo. Si no paras, me obligarás a violarte.

—No te atreverías —murmuró Marta.

—¿No? Por si acaso, más vale que me sueltes y te vayas pronto.

No se movieron. Me miraban fascinadas. El miembro me latía. Di un paso hacia ellas.

—Será mejor que os vayáis.

—¿A cuál violarías primero? —preguntó Marta en voz baja.

—No importa cuál fuese la primera —respondí—. Os digo que os vayáis. Esto es todo.

Se miraron la una a la otra.

—Tú eres la mayor —dijo Vera.

Las miré estupefacto. No sabía qué hacer. Nunca me hubiera esperado una cosa semejante.

—¿Os vais ya? —pregunté con voz agresiva.

Marta se sinceró conmigo:

—De acuerdo. A mí me toca la primera.

—No te gustaría. Mejor será que os marchéis.

Marta se levantó la falda.

—¿Vas a hacerlo o no? —inquirió impacientándose.

Clavé la vista en la fina pelusa de su bajo vientre. La niña me miraba con expresión provocadora y expectante.

—De acuerdo —dije—. Pero recuerda que tú lo has querido.

La emprendí con ella imitando lo que recordaba había hecho.

Roberto con las putas, allá en el bosque. Nos tumbamos de espaldas al suelo. Le aparté las piernas y me coloqué entre ellas, sacudiendo las caderas en un movimiento espasmódico que parecía surgir naturalmente de lo más hondo de mi ser. Me daba cuenta de que no acertaba con el punto que me interesaba, cuando ella, cogiéndome el pene, lo guio al lugar que pretendía. Allí, el vello pinchaba como alfilerazos.

—No te menees más —musitó coléricamente—. ¡Empuja!

No pude. Un dolor, a la par que terrible, excitante, en las partes, me lo impedía. Hiciera lo que hiciese, no podía atravesar los bordes de su carne. La oí gruñir bajo el esfuerzo realizado en su tentativa de que la penetrase.

—¿Qué pasa?

Me volví rápidamente. Gato Gordo estaba contemplándonos con una expresión de incrédula sorpresa pintada en el rostro. Vera había desaparecido. Se acercó iracundo hasta nosotros y cogiéndome de un brazo me levantó abofeteándome una y otra vez.

—¿Así pagas la hospitalidad del señor Moncada?

Me faltaba la respiración para poder contestar, mientras Marta salía corriendo por la puerta. No bien hubo desaparecido, el enfado se esfumó del rostro de Gato Gordo y lo reemplazó una ancha sonrisa. Luego me acarició la cabeza.

—Mejor que te abroches la bragueta.

Me miré. Azorado, me apresuré a obedecerle.

—Me estaba preguntando cuánto tardarían estos dos pequeños en conquistarte — dijo soltando una carcajada—. Vamos a preparar el carro para irnos pronto.

Se dirigió a la puerta del granero y yo le seguí. En el umbral se detuvo y comprendió la pregunta que le hacía con los ojos.

—No te sorprendas. Ya te dije que no tardarías mucho en ser un hombre.