Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 115 de 150

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Los aventureros

Capítulo II

dos

 

Beatriz Isabel Guayanos. Este era su nombre. La conocí en el aeropuerto de Miami cuando yo esperaba el avión que me llevaría a mi patria y ella hacía cola en el despacho de billetes. Fue la altivez con que erguía su cabeza lo que primero me llamó la atención. Era alta, más de lo normal entre las mujeres sudamericanas, y recogía su espesa mata de pelo negro en un moño sobre la nuca. A pesar de su esbeltez tenía mucho busto y la redondez Je sus caderas quizá no hubiera casado con el gusto americano, pero pertenecía al tipo de belleza que habíamos preferido durante años. Llevaba un fino traje de gasa, negro, que acentuaba su distinción. Sin embargo, fueron sus ojos lo que me cautivó. Resaltando entre las espesas y curvadas pestañas, asomaban los ojos más verdes que había visto en mi vida.

Terminó notando mi inspección y se volvió con una expresión de suave desdén. Sonreí. Hacía mucho tiempo que no me replicaban con aquel gesto.

La muchacha le dijo algo al empleado del mostrador, y él me miró, reconociéndome inmediatamente. Me sonreí mientras el hombre le hablaba informándola. Ahora le tocaba a ella el turno de curiosear. ¿Será cierto lo que todas las mujeres dicen de él?, se preguntaría. ¿Por qué se creerá tan gallito? No es tan guapo ni tan buen mozo como todo eso. Pero…

Vi cómo me miraba y le sonreí abiertamente, sintiendo que se apoderaba de mí aquella fiebre tan conocida que me llevaba a querer demostrar a cada mujer que yo era un hombre superior a todos los demás.

Ves a una mujer. La deseas. Nada importa sino poseerla, y no comes ni duermes hasta que lo has conseguido. Este era mi estado de ánimo.

Me dirigí lentamente hacia ella y su expresión cambió, asomando una especie de temor. De pronto, alguien me detuvo cogiéndome del brazo.

Hoyos y Prieto estaban a mi lado.

—Buenos días, señores —los saludé cortésmente.

—Qué suerte, señor —exclamó Hoyos—. Vuelvo en el mismo avión que usted.

—Verdaderamente —respondí sarcástico.

No había ninguna necesidad de que el Presidente se tomara la molestia de hacerme acompañar. Le había dado mi palabra y la mantendría. Además, estaba impaciente por ligar con la joven.

Esta vez fue Prieto, el más joven de los dos, quien habló.

—Y yo voy a Nueva York a preparar al personal del consulado para cuando usted llegue, después de sus consultas con el Presidente. Estoy seguro de que se alegrarán mucho de verle.

—Gracias.

En aquel momento se acercaron un reportero gráfico de prensa y un periodista, preguntándome este mientras el fotógrafo me disparaba el flash:

—Señor Xenos, ¿qué planes tiene ahora que miss Daley ha solicitado el divorcio?

—Vuelvo a mi país para tomarme unas cortas vacaciones.

—¿Y después?

—¿Después? —y sonreí con tristeza—. No lo he pensado todavía, pero supongo que volveré a trabajar.

El periodista sonrió, diciendo:

—Una vida penosa.

Yo me eché a reír advirtiéndole:

—No crea que es tan fácil como parece.

—¿Volverá a Miami?

—Supongo que sí. Miami es una ciudad encantadora.

—Gracias, señor Xenos.

El periodista y el fotógrafo se fueron y yo me volví buscando a la mujer aquella, pero ya se había ido.

Prieto me tocó el brazo otra vez.

—Tiene usted que excusarme, señor —exclamó como si llevase prisa—, pero tengo algunos asuntos urgentes que me esperan en Miami.

Asentí con un gesto.

—Vaya con Dios —dijo, ya camino de la salida.

—Adiós —le grité.

Por el altavoz anunciaron nuestro vuelo, y haciendo una seña a Gato Gordo, que estaba un poco apartado, nos dirigimos hacia la zona de embarque. Cuando estaba cerca de la escalera la vi abajo, en la cola de la clase turística.

Ella alzó la vista, y al verme apartó la mirada con altivez, y yo no pude por menos de sonreír. Esto, también, era natural.

—Aquí nos separamos, señor —me dijo Hoyos al llegar junto al avión.

—Creí que volvíamos a Corteguay en el mismo vuelo.

—Sí, excelencia —dijo Hoyos sonriendo—, pero un don nadie como yo viaja en clase turística.

—Entonces nos encontraremos en Corteguay.

—Si Dios quiere.

Gato Gordo y yo pasamos a la primera clase y entregamos nuestros pasajes al encargado. Una vez se nos devolvieron, mientras esperaba para ocupar mi sitio, miré hacia la clase turística y allí la vi a ella, al parecer muy embebida en la lectura de una revista, pero yo estaba seguro de que sabía que la miraba.

Me fijé en que el hombre que estaba detrás de ella era Hoyos, y, decidiendo repentinamente cambiar nuestros billetes, le hice una seña para que se acercara.

Un poco desconcertado, se levantó y vino hasta la barandilla que dividía las dos clases.

—¿Sería tan amable que quisiera cambiar nuestros asientos, señor?

—¿Cómo, excelencia? La clase turística no es ni la mitad de confortable.

Yo le sonreí y miré a la muchacha. Él siguió la dirección de mis ojos y me miró con elocuencia, cediendo a mi ruego.

—Desde luego, excelencia. No tiene más que mandarme.

Cambiarnos los billetes y mientras él se dirigía a mi asiento, el encargado me atajó.

—No puede pasar, señor. Esto es la clase turística.

—Ha habido una equivocación.

Sonriendo le mostré el billete de Hoyos.

Lo examinó cuidadosamente y asintió. Seguí adelante y me senté detrás de ella, y ella se quedó mirándome.

—¿Va a Curatu? —le pregunté.

No me respondió.

—Vous parlez français?

—No.

—Capite italiano?

—No.

—Sprechen Sie Deutsch?

De nuevo hizo un signo negativo, pero ahora vi una levísima sonrisa en sus labios.

—Bien… —dije finalmente en español y en un cómico tono de desespero—. Si usted no habla español es que probablemente me he equivocado de avión.

Ella se echó a reír.

—No se ha equivocado de avión, señor Xenos —respondió en un inglés sin acento alguno—. Lo que ocurre es que no se encuentra en su clase. Su sitio no está entre la gente vulgar.

—Esto es muy injusto por su parte. Usted me conoce a mí y yo no la conozco a usted.

—Me llamo Guayanos. Beatriz Isabel Guayanos.

La miré con ojos curiosos. Parecía que ella esperase algo.

—¿Y supone que la conozco? ¿Dónde nos presentaron? —pregunté.

Movió la cabeza en un gesto negativo.

—Usted conoció a mi padre. El doctor José Guayanos.

—Ah!

Entonces me acordé de su padre. Había sido ministro de Educación y el más reciente hombre de confianza del Presidente. Pero se mezcló en el último atentado contra él y fue el único que logró escapar. Todos los demás murieron ante el pelotón de ejecución.

Se rumoreaba que el doctor Guayanos estaba escondido en algún lugar de Nueva York y que preparaba otro atentado para derribar al gobierno de Corteguay.

—Sí; conocí a su padre —corroboré—. Era un hombre muy agradable.

—¿Quizá ahora preferiría usted volver a la primera clase?

Yo sonreí preguntándole:

—¿Por qué?

Ella señaló hacia la primera clase.

—El viejo zorro.

—¿El Viejo Zorro? —pregunté sin comprenderla.

Pero al seguir la dirección de la mirada de ella, vi a Hoyos leyendo un periódico.

—¿Se refiere a Hoyos? —pregunté.

—Así es como le llamamos. Es el jefe de la policía secreta del Presidente. A poco de llegar ya sabrá que usted y yo hemos estado hablando.

—Eso carece de importancia para mí —le dije—. La política doméstica no es asunto mío; y aun cuando lo fuera no importaría. Seguiría junto a usted.

El esmeralda de sus ojos se oscureció hasta convertirse en dos brillantes puntitos verdes.

—¿Por qué? —preguntó.

—Para saber si su perfume es tan maravilloso como usted. Y lo es.