Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 3 de 150

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Los aventureros

Capítulo II

dos

 

Fue el penetrante grito de mi hermana lo que detuvo mis lágrimas: se evaporaron hacia el interior de mi cuerpo y una oleada de odio intenso lo atravesó. Hice una profunda aspiración y, conteniéndola, me levanté despacio, asomando la cabeza por encima de las cajas.

Mi hermana me daba la espalda y sus desnudas nalgas se agitaban violentamente mientras el bandolero la arrastraba hacia una caja; clavó las uñas en la cara del hombre, dejándole surcos sangrientos, pero él la abofeteó gozándose en el castigo y la tumbó sobre la caja; noté que abría la boca gritando espasmódicamente, pero de ella no salió ningún sonido. Me miraba sin verme, con los ojos abiertos de par en par. Sus pequeñas tetas apenas se destacaban en su flaco pecho y el vientre no era sino una profunda concavidad.

Mi hermana gritó, se retorció e intentó zafarse, pero él acentuó la presión contra su pecho.

De repente me di cuenta de lo que iba a suceder. Había presenciado muchas veces cómo actuaban los toros cuando les llevaban las vacas. Miré al bandolero en el instante en que dejaba resbalar sus pantalones piernas abajo. Su vientre aparecía como una espesa alfombra velluda, de la que su hinchada verga emergía erecta como el mango de la escoba que utilizábamos para barrer la galería.

Mi hermana gritó, se retorció e intentó huir, pero él, apoyando su peludo codo sobre el estómago de su presa mientras con la mano le oprimía la garganta hasta casi ahogarla, la retenía sujeta contra la caja. Ella gritó nuevamente, se arqueó con fuerza hasta lograr apartarse algo hacia un lado. Su esfuerzo resultó inútil, pues él, sujetándola, incrementó la presión que ejercía en su garganta. Colérico, viendo que a pesar de todo ella seguía revolviéndose, levantó una mano y le cruzó la cara. La potencia del golpe hizo que la cabeza de ella rebotara contra un canto de la caja.

Por espacio de un segundo él se mantuvo quieto, como medio suspendido en el aire, encima de la joven. Seguidamente resonó un alarido y mi hermana se estremeció, mientras él, lentamente, la invadía.

Por tres veces repitió el asalto lacerándola brutalmente, hasta que de improviso pareció ser él mismo presa de un peculiar tormento que le hizo estremecer y lanzar un grito de bestia.

Al cabo de un momento el bandolero levantó el rostro y pude contemplar todos sus rasgos. Tenía los ojos turbios y la boca abierta, como buscando aire. Repentinamente mi hermana gritó de nuevo y vi cómo la sangre manaba de ella. Un odio intenso me invadía. Empecé a temblar. Quería matarle.

De pronto se oyó un ruido metálico en el pavimento y miré. Era que el cuchillo se le había caído del cinturón. Sin pensarlo dos veces salté de las cajas para cogerlo y lentamente, como haciendo un gran esfuerzo, él se volvió hacia mí.

—¡Bastardo! —grité, saltando al mismo tiempo contra su pecho con las dos manos tendidas.

Él levantó el brazo y el cuchillo cayó al suelo entre los dos, a la vez que yo me arrojaba furioso contra él en un vano intento de pegarle con los puños cerrados. Fastidiado y casi perezosamente alargó la mano abierta contra mí, lanzándome contra los cajones. No sentí ningún dolor; eran el odio y el ansia de matarle lo único que me dominaba, un ansia como yo no había conocido. No estoy seguro de si me daba cuenta de la realidad; lo único que sabía era que quería despedazarle. Mi hermana, con la cabeza ladeada, me estaba mirando, y en el acto se dio cuenta de lo que pasaba.

—¡Dax! —gritó.

Y al mismo tiempo se agarró a la mano del bandolero, quien ahora esgrimía el cuchillo.

Violentamente, intentó desembarazarse de ella, empujándola.

—¡Dax! ¡Corre, por Dios! —gritó de nuevo—. ¡Corre!

Yo estaba de pie, helado. El bandolero arremetió contra mí.

—¡Corre, Dax!

El otro intentó abalanzarse de nuevo, pero ella pareció cruzar las piernas juntando las rodillas. El hombre lanzó un grito de dolor.

—¡Dax! ¡Corre a papá!

Entonces comprendí. Eché a correr escaleras arriba, y oí otro grito que quedó cortado, mientras él rugía rabioso:

—¡El niño!

Corrí hacia arriba y atravesé la casa. Salí al exterior, donde me detuve un momento cegado por el ardiente sol, pero me recobré y atravesé corriendo los campos de caña por donde Perro desapareció.

—¡Papá! ¡Papá!

Por la carretera venían algunos hombres; no sabía quiénes eran, pero corrí hacia ellos; cuando el primero de los bandoleros salió de la casa yo había atravesado la cerca y estaba en la carretera llorando desesperadamente. Entonces oí una voz en lo alto de la carretera. Era la voz de mi padre.

—¡Dax! ¡Dax! ¡Gracias a Dios!

—¡Papá! —grité.

Me eché en sus brazos llorando:

—¡Papá, papá! ¡Tengo miedo! No dejes que me hagan daño.

La morena cara de mi padre brillaba al sol del mediodía. Me abrazó fuerte.

—No tengas miedo —murmuró—. Nadie te hará nada.

—¡Ellos hirieron a mamá! —grité enloquecido—. ¡Y a mi hermana! Perla está muerta y mi hermana echa sangre…

—¿Este es su ejército, general? —su voz era salvajemente sarcástica—. ¿Hacen la guerra a las mujeres y a los niños?

El hombre delgado que estaba al lado de mi padre lo miró, y luego fijó sobre mí sus grises ojos. Respondió apretando los dientes:

—Si mis hombres han cometido algún atropello, pagarán con su vida, señor.

Emprendieron el camino hacia la casa, y los bandoleros, que venían detrás de mí, se pararon cuando lo vieron.

—¡El jefe!

Se arrimaron a la pared cuando nosotros pasamos. El general se detuvo en la puerta, dirigiéndose a nosotros.

—¿Dónde están?

—En la bodega —respondí.

Mi padre echó a correr. Llevándome en brazos se adelantó al general, atravesó la cocina y bajó las escaleras de la bodega. Se quedó un momento parado, contemplando la destrucción; me depositó en el suelo lentamente.

—¡Dios mío! —gritó como si se ahogase y cayendo de rodillas al lado de mi madre, cogiendo tiernamente su cabeza.

—¡Dios mío!

El rostro de mi madre estaba blanco y se le veía tranquilo, y tenía la cabeza ladeada, formando un curioso ángulo. Miré por toda la habitación buscando a mi hermana, y al fin la vi; aún yacía sobre la caja con la cabeza doblada hacia atrás. Corrí hacia ella gritando:

—¡Ya está arreglado! ¡Papá está aquí!

Pero no me oyó. Nunca me volvería a oír. Todavía tenía el cuchillo clavado en la garganta. No comprendía lo que veía, y entonces me puse a gritar.

Por primera vez me di cuenta de lo que había sucedido. Estaban muertas. Todas muertas. Mamá, mi hermana, la Perla. Todas. Me puse a llorar a gritos, desesperadamente, desconsoladamente.

Más tarde, después que mi padre me cogió en brazos y me sacó de aquel lugar de sangre, todos nos reunimos en el patio. Era a última hora, de la tarde y habían llegado unos cien hombres del general, quienes estaban de pie y mirando en silencio.

Once de ellos estaban separados, atados uno a otro con cuerdas y contra la pared; aguantaban el brillante sol y clavaban la mirada en sus compatriotas.

El general, sentado en una de las sillas de la galería miró detenidamente a cada uno de ellos y luego a los otros bandoleros y les habló en tono contenido, pero que llegó a todos.

—Miren y recuerden. Porque su castigo será el de los demás si olvidan que son libertadores y no bandoleros. Ustedes luchan por la libertad y por sus compatriotas, no para su propia ganancia y provecho. Son soldados al servicio de la patria, no saqueadores y violadores.

Se giró hacia su ayudante, el cual le puso en las manos una pistola. Entonces se dirigió a mi padre y le tendió el arma.

—¿Señor?

Este miró fijamente el arma un momento, después al general; suspiró profundamente y contempló a los hombres que estaban de pie contra la pared.

—No, general —denegó suavemente—. Soy un hombre de leyes, no un guerrero. El dolor es mío, pero no la venganza.

El general asintió y, bajando los escalones de la galería, salió al patio, cuya dura tierra estaba batida por el sol. Con el arma en la mano anduvo lentamente hasta llegar cerca de los once hombres, y se paró delante del primero de la línea, el que había violado y matado a mi hermana.

—Tú, García —dijo con tranquilidad—, yo te nombré sargento. Tenías que haberte portado mejor.

El hombre no respondió. Miraba fijamente los ojos de su general. Sabía que no obtendría misericordia y tampoco la esperaba.

En la mano del general centelleó un cuchillo; luego recorrió la fila. Todos veíamos lo que hacía; cortaba las cuerdas con que se sujetaban los pantalones los condenados. Les cayeron al suelo dejando al desnudo la blanca parte inferior de su vientre y las piernas. El general retrocedió entonces diez pasos y levantó el arma con lentitud.

Yo miraba a García. El recuerdo de su cuerpo encima de mi hermana me estalló en la mente como una explosión y gritando bajé corriendo las escaleras.

—¡Déjeme, general! ¡Déjeme matarle!

El general se volvió sorprendido.

—¡Dax! ¡Dax! ¡Vuelve aquí! —gritó mi padre.

Pero no se oía. Corrí hacia el general.

—¡Déjeme! —grité.

—¡Dax! —repitió mi padre.

El general miró hacia la galería.

—Es la justicia —dijo.

—¡Pero es un niño! —replicó mi padre—. ¿Qué puede saber él de justicia?

—Después del día de hoy sabe de la muerte —contestó el general—. Ha aprendido a odiar y a temer. Déjele aprender a matar, o lo de hoy le corroerá el alma eternamente, como un cáncer.

Mi padre no contestó. Se alejó despacio, con el rostro sombrío.

—Lo lleva en la sangre —dijo con amargura—. Es la crueldad de los conquistadores.

Yo sabía lo que quería decir; incluso entonces, a mi edad, ya lo sabía. Se refería a la sangre heredada de mi madre, la cual descendía en línea directa de los españoles que llegaron con Cortés.

El general se agachó.

—Ven, chico.

Fui hasta él. Apoyó el arma en el antebrazo y me guio la mano hasta que me puso el dedo en el gatillo, sosteniendo la culata en el hueco del codo.

—Ahora —me explicó— miras el extremo del cañón: cuando lo veas apuntando a los cojones aprietas el gatillo. Yo haré el resto.

Bizqueé mirando el extremo del cañón de azulado metal y apunté a García. Cuando vi que aquel dedo de hierro señalaba su bajo vientre peludo, apreté el gatillo.

El estampido resonó en mis oídos mientras el cuerpo caía destrozado en mil pingajos sanguinolentos. Vi cómo el general movía el arma de nuevo siguiendo la fila de condenados. Yo seguí apuntando y disparando y cada vez se repitió lo mismo: un cuerpo que se desplomaba y un chorro de sangre que surgía. Noté que el gatillo se calentaba, pero se había apoderado de mí una especie de exaltación que me impedía abandonar la empresa aunque me hubiera quemado el dedo.

De repente se agotó el cargador y el arma enmudeció. Miré desolado al general.

—Ya está, niño.

Contemplé a los once hombres. Los cuerpos yacían tendidos por el suelo con la tortura de la última agonía retratada en sus helados rostros y los ojos, sin ver, abiertos de par en par al brillante sol. Empecé a temblar.

—¿Están muertos? —pregunté.

—Sí —afirmó el general.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo como si me envolviese un viento gélido. Me eché a llorar y dando media vuelta corrí hacia mi padre.

—¡Papá, papá…! —grité—. Están muertos. Ahora mamá y la hermanita volverán a vivir, ¿verdad, papá?