Los aventureros

Harold Robbins · Capítulo 141 de 150

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Los aventureros

Capítulo XXVIII

veintiocho

 

Salí sin que nadie me viese por una puertecilla trasera del consulado y por el callejón llegué a la puerta del apartamiento vecino. Desde allí solo era cuestión de un corto paseo para trasladarme a la casa de la hermana del senador. De modo que anduve unos metros hasta Madison Avenue y allí cogí un taxi. Durante la noche había hablado dos veces con el Presidente. Las noticias no eran halagüeñas. Los bandoleros del norte habían avanzado más de cincuenta kilómetros hacia Curatu, apoderándose de una ciudad clave en la carretera del sur. El Presidente envió tropas de reserva a Santa Clara con la orden de resistir o morir. Santa Clara estaba a unos treinta kilómetros de Curatu, cerca ya del aeropuerto.

Lo único alentador era que entre las tropas del sur que se habían unido a los rebeldes las disidencias estaban a la orden del día. Ya varios coroneles habían disputado entre sí, a pesar de que las tropas gubernamentales no les habían infligido mayores daños, y su carencia de una dirección única y capaz evitaba que consiguiesen unirse a los rebeldes del norte y cercar Curatu, en cuyo caso la guerra habría terminado victoriosa para ellos.

La hermana del senador me hizo entrar en seguida, pues lo mismo que su hermano no gastaba el tiempo en cumplidos.

—Le esperan en el comedor.

El senador estaba sentado a la cabecera de la mesa, y entre los que le acompañaban me encontré con un personaje inesperado: George Baldwin, del consulado americano en Curatu. No comprendía su presencia allí, pero él me decía poco después que hacía una semana que había llegado para informar a su gobierno de la situación de Corteguay.

—Hacía tiempo —dijo— que esperábamos que encendiesen la mecha, pero no sabíamos cuándo lo harían.

Después de tomarme el café que me ofreció el senador dije:

—Bien, caballeros. ¿No dijeron que deseaban verme? Pues aquí me tienen.

—Todos —afirmó el senador sin vacilar— hemos sido tremendamente injustos con usted, y debido a ello quizás hemos cometido un error catastrófico.

Los miré a todos, asombrado.

—¿Y a qué obedece su rectificación?

El senador miró a Baldwin y luego a mí.

—Todos creímos que usted estaba envuelto en la muerte de Guayanos, pero cuando Baldwin volvió la semana pasada nos sacó del error.

—Es verdad —intervino Baldwin—. Tenemos pruebas convincentes de que fue obra de Mendoza.

—¿Mendoza?

—Sí. Al parecer, Mendoza comprendió que si el profesor aceptaba la oferta del Presidente, significaba el fin de su influencia y poder, aparte de que podía salir a la luz que era él, Mendoza, el comunista que se ocultaba detrás del contrabando de armas. Y tramó el asesinato de Guayanos de manera que pareciera obra de usted o del Presidente. El hecho de que resultase herido se debió a que tras haberse tirado al suelo, una bala rebotada le dio en un brazo.

—¿Cómo sabe usted todo eso? —le pregunté.

—Tenemos nuestras fuentes de información y, en Nueva York, las nuestras son mejores que las suyas.

No había por qué discutir. Lo sarcástico era que Beatriz pudiese creerme culpable sin sospechar que fue ella quien había ayudado a escapar al asesino de su padre. Me dirigí al senador.

—Me alegro de saber que han cambiado de actitud.

Sin embargo, todos se daban cuenta que lo que no dije era más importante que lo que había dicho. Lo realmente importante era: ¿qué estaban dispuestos a hacer?

—Todos nosotros, incluido Baldwin —dijo el senador—, tenemos la intención de presionar para que se conceda el préstamo a Corteguay.

—Gracias. No estoy en condiciones de rechazar su oferta, pero creo que, como siempre, su gobierno ha llegado tarde para que su ayuda sea eficaz.

El senador preguntó:

—¿Qué podría ser una ayuda efectiva para ustedes?

—Pidan a su gobierno que envíe tropas inmediatamente para imponer el orden. No se trata de asegurar la continuidad del gobierno del Presidente, sino de garantizar unas elecciones que sean la expresión popular.

El senador exclamó casi escandalizado:

—¡Pero usted sabe que no podemos hacerlo! El mundo entero nos acusaría de intervencionistas.

—Háganse una pregunta sincera, caballeros. ¿Qué han estado haciendo todos estos años sino intervenir? No hacer nada, no reconocer nuestro gobierno hasta que les fue imposible ignorarlo, y ofrecer el préstamo si yo usurpaba el poder…, ¿es intervenir o es lo que ustedes llaman buena política?

Sin esperar que contestasen me levanté y añadí:

—Según entiendo, caballeros, las grandes potencias del mundo, sin necesidad de precisar que pienso en Estados Unidos, en Rusia y en China, no hacen otra cosa que intervenir continuamente en los asuntos de sus vecinos más pequeños. A despecho de la nobleza de sus razones, que yo no niego, la realidad se concreta en una palabra cuyo significado es terminante: intervención.

Siguió un breve silencio que interrumpió Baldwin.

—¿Cuál era la situación esta mañana?

—No muy buena —respondí a la vez que me dirigía a la puerta—. Las tropas del gobierno se mantienen firmes en Santa Clara, cerca del aeropuerto, unos treinta kilómetros al sur de Curatu. Gracias, caballeros, por su atención.

Ya en la puerta, el senador me dijo:

—Lo siento, Dax. Pero lo que pretende es imposible, y usted lo sabe. No podemos enviar tropas a su país aunque lo pida su Presidente. El mundo entero nos acusaría de imperialistas.

—Algún día lo harán —respondí clavando mis ojos en los suyos—. Tendrán que enfrentarse con su propia responsabilidad por lo que ocurra en su esfera de influencia. No lo hacen esta vez y quizá no lo hagan la próxima, pero cuando un país caiga en manos de los comunistas, se verán obligados a hacerlo.

—Espero que no —dijo el senador en tono preocupado—. No me gustaría tomar una decisión de esta clase.

—Una de las responsabilidades del poder es la obligación de tomar decisiones.

—Personalmente cometí una equivocación, Dax. Lo siento de veras.

—Mi padre me dijo una vez que las equivocaciones eran el principio de la experiencia, y la experiencia el principio de la sabiduría.

Nos estrechamos la mano y volví al consulado. Encontré en mi mesa unas líneas diciéndome que el avión había llegado felizmente a Florida.

 

Después de mi discurso se oyeron algunos aplausos corteses, que más bien parecían llegar de la galería que de la sala de los delegados. Bajando del pódium me dirigí lentamente a mi sitio. Detrás de mí oí el golpe de mazo con que el presidente daba por terminada la sesión.

En la sala reinó un extraño silencio en vez del habitual guirigay de cuando los delegados abandonaban la sala. No miré en ninguna dirección para evitar que nadie tuviese que rehuir mi mirada. Algunos se me acercaron con unas frases de simpatía, pero la mayoría desfilaron por mi lado sin un comentario. Me senté desalentado. Había fracasado otra vez.

¿Qué se les podía decir a unos hombres que conocían muy bien la situación pero que habían tomado sus decisiones de antemano? Yo no era un orador de frases brillantes ni de palabra fluida. La mitad del tiempo me pareció que mis afirmaciones sonaban a falso. Lentamente empecé a recoger mis papeles y a guardarlos en la cartera.

Las noticias que tuve de la situación en. Corteguay, unos instantes antes de entrar en la asamblea, no eran nada halagüeñas. La mayoría procedían de los boletines y de la televisión americana. Me había sido imposible durante todo el día conseguir comunicación con el Presidente, y las noticias de última hora radiofónicas, cuando salí del consulado, afirmaban que se estaba luchando duramente en los alrededores de Santa Clara y que las tropas del gobierno empezaban a retroceder.

—Ha sido un magnífico discurso —oí que alguien me decía.

Miré y vi que era Jeremy Hadley. Subrayó sus palabras con un gesto de aprobación.

—¿Lo escuchaste?

—Desde el principio. Estaba en la galería. Ha sido muy bueno.

—Pero no lo suficiente —y señalando a los delegados que salían de la sala añadí —: No parece que les haya impresionado.

—Te equivocas. Es la primera vez que los veo abandonar esta sala tan calladitos. Estoy seguro de que ninguno de ellos deja de sentir cierta vergüenza.

Me reí amargamente.

—¿Y de qué nos va a servir? Mañana lo habrán olvidado todo y mis palabras no servirán más que para engrosar la ingente cantidad de las que ya hay sepultadas en los archivos.

—Te equivocas —repuso Jeremy—. Algún día alguien se acordará de lo que has dicho hoy.

—Triste consuelo, porque lo que Corteguay necesita son hechos actuales y no sentimientos futuros. Y acaso se deberá a eso si mi pobre país no llega a tener futuro.

Terminé de meter los papeles en la cartera y cerrándola con decisión me levanté y nos dirigimos a la salida.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Volver a casa.

—¿A Corteguay? ¿De qué les servirá que vayas? Aquello ya está casi terminado.

—No lo sé. Lo cierto es que yo no puedo quedarme aquí, al margen de los acontecimientos. No podría vivir sabiendo que esta vez, esta única vez, no he hecho todo lo posible.

Me miró con una expresión de respeto:

—Lo mejor que yo puedo decir es que te conozco.

Sin responder me volví y contemplé la gran sala vacía, donde tantas esperanzas humanas habían nacido y tantas habían muerto.

Jeremy debió de adivinar mis pensamientos, pues cuando le miré vi tristeza en sus ojos. Cuando nos estrechamos la mano despidiéndonos, noté emoción en su voz.

—Con tu propia expresión, Dax: ve con Dios.