Los aventureros
Libro Quinto. Moda y Política
Libro Quinto
MODA Y POLÍTICA
uno
Cuando Dax salió del cuartel del Mando Supremo de las Fuerzas Americanas en Tokio, los dos soldados de la puerta lo saludaron cuadrándose. Devolvió el saludo con negligencia y siguió adelante. A los pocos pasos vio a un muchacho que voceaba el último número de Stars and Stripes, cuyos titulares anunciaban que otra gran batalla se había librado en Corea. Dax se detuvo en la acera, mirando hacia el palacio del emperador mientras esperaba a Gato Gordo.
—¿Nos vamos a casa? —le preguntó Gato.
Dax asintió con expresión ausente, sin apartar la mirada del palacio.
—Sí, vamos a casa. Ya no nos necesitan.
—Nunca nos necesitaron, ni querían que viniésemos.
—El Presidente les prometió un batallón. Quizá si hubiera cumplido su promesa…
—El Presidente promete mucho. Ahora la guerra de Corea está casi terminada y el nuevo Presidente americano firmará la paz sin que nosotros hayamos luchado.
—¿Aún no tienes bastantes guerras?
Gato Gordo se encogió de hombros.
—¿Qué otra cosa puede hacer un hombre? O luchar o joder. Cada una te hace más capaz para la otra.
Dax volvió a mirar el palacio.
—Me pregunto lo que él debe pensar. Le debe parecer más una prisión que un palacio.
—Tiene suerte, le conservaron la vida; pero tengo la seguridad, si es que piensa, de que lamenta una cosa: que no ganaran.
Sacó un paquete de tabaco y empezó a liar un cigarrillo, añadiendo:
—Ahora solo es un dios para sus flores y mariposas.
—Vamos al hotel; me quiero quitar el uniforme. Estoy cansado de jugar a soldado de un ejército que nunca ha existido.
Sin embargo, el ejército existí^. Dax se dio cuenta el día de su matrimonio con Amparo, pero también vio que el Presidente lo destinaba para otros menesteres distintos que el de ir a guerrear en un país extranjero. Los soldados formaron un grueso cordón a lo largo de la calle que iba desde su casa a la catedral, donde se celebró la ceremonia, y desde la catedral al palacio, adonde les llevó el coche negro y blindado del Presidente. También cubrían la nueva carretera que iba desde el palacio, en el que se celebró una gran recepción, hasta el aeropuerto, donde les esperaba un avión americano fletado especialmente para llevarlos al sitio elegido para su luna de miel.
Habían convertido lo que fue la primera clase en un regio salón, con grandes sillones y dos camas turcas junto al tabique que lo separaba de la segunda clase; una mesita de juego y otra de café, y un bar cerca de la popa del avión. En el lado opuesto, una pequeña habitación lograda con cortinajes, una mesita y un sofá, y en el fondo una puertecilla que daba al lavabo.
Cuando alcanzaron los quince mil pies de altura y se habían quitado los cinturones de seguridad, la azafata de elegante traje azul entró en el salón.
—Llegaremos a Ciudad de México dentro de unas cuatro horas. Si desean algo de mí, toquen, por favor, ese timbre.
—¿Puede decirle a mi doncella que venga?
—Desde luego.
Amparo le dijo a Dax:
—Me voy a cambiar de vestido. Tengo tanto calor que se me ha pegado al cuerpo.
—Voy a saludar al capitán mientras te cambias.
Cuando media hora después volvió, el compartimiento estaba en la penumbra, corridas las cortinas. Amparo, envuelta en una bata de seda, yacía con los ojos cerrados en una de las camas turcas. Cerca de ella, emergiendo de un cubo lleno de hielo, aparecía una botella de champaña medio vacía.
Dax permaneció un momento contemplándola. La bata de seda se le había adherido al cuerpo y saltaba a la vista que debajo de ella no llevaba más ropa. Silenciosamente se despojó de la chaqueta y tras dejarla sobre un sillón, tiró de la corbata. Empezaba ya a desabrocharse la camisa cuando observó que ella había abierto los ojos y le estaba mirando.
—Me estaba preguntando si ya no te vería más el pelo y tendría que volar yo sola a Ciudad de México.
Fue entonces cuando Dax notó que la mano de ella se movía bajo la bata, en la entrepierna.
—¿Qué haces?
Amparo sonrió, moviéndose voluptuosamente.
—Me estoy poniendo a tono para ti.
Enfadado Dax le apartó la mano con la suya y le hundió dos de sus fuertes dedos en el cuerpo.
—¿Todavía no has aprendido que cuando desee tenerte me encargaré yo de ponerte a tono?
Ella dejó escapar un grito ahogado de dolor al tiempo que se proyectaba violentamente hacia adelante, como trepando. Con la otra mano Dax la mantuvo apartada hasta que ella abrió de nuevo los ojos y los clavó en los suyos.
—Conmigo no eres ya la princesa —le dijo ásperamente—, sino mi mujer.
—Sí, sí —se apresuró a decir Amparo echándole los brazos al cuello—. Tú eres mi marido y yo soy tu esclava. Sin ti no soy nada. Ni siquiera una mujer.
Él continuó de pie sin moverse, escudriñándole el rostro con la mirada.
—Recuérdalo.
—¡Sí, lo recordaré! —gritó frenéticamente—. ¡Lo recordaré! ¡Ahora dame tu polla, de lo contrario la distancia entre ambos va a matarme!
Ciudad de México, Miami, Nueva York, Roma, Londres, París, Lisboa…, y a casa. Durante tres meses fueron la pareja en luna de miel más popular del año. Allá donde iban, los reporteros y los fotógrafos los asediaban. No había ningún diario ni revista que no prodigase reportajes e información gráfica. Desde Roma recorrió el mundo entero la famosa fotografía de Amparo arrodillada y besando el anillo del Papa, el rubio cabello emergiendo de la mantilla negra y los ojos recogiendo la paternal sonrisa del Pontífice.
Más tarde, en su suite del Hassler, Dax le dijo:
—No sabía que fueras tan religiosa.
—Y no lo soy.
Él le puso el periódico de la noche ante los ojos. La foto aparecía en primera página.
—Parece como si estuvieras en éxtasis.
Amparo se echó a reír diciéndole:
—Y lo estaba.
—Era tan puro, que fue lo más sugestivo que he sentido en mi vida.
—Nunca comprenderé a las mujeres.
Ella se le acercó y rodeándolo con los brazos lo besó en la mejilla.
—Ni lo intentes. Es lo mejor.
—No has cambiado mucho desde que eras una niña.
Besándole suavemente los labios, le dijo jubilosa:
—Esto es maravilloso. No quisiera volver a casa.
Fue en París, sin embargo, donde Amparo se sintió a gusto. Las otras ciudades, por muy fascinantes que fueran, eran ciudades masculinas, tolerantes con las mujeres, y vio en París la ciudad para ellas. El mismo aire parecía esparcir el perfume de mujer que flotaba por todas partes y que los tubos de escape de los coches no lograban apagar. La gracia, el estilo, la belleza…; todo era femenino.
Amparo descubrió París, y París la descubrió a ella. Era la mujer que correspondía a aquel ambiente. Orgullosa e imperiosa, con sus grandes y cálidos ojos de una jeune fille y la boca sensual de una femme de monde. Era el punto de atracción allá donde iban. En los restaurantes y en el teatro, incluso los más antiguos y orgullosos couturiers se esforzaban en complacerla.
Por una vez a Dax le complacía verse en un discreto segundo plano, mientras ella brillaba y era el centro de la atención. En una recepción oyó una voz familiar detrás de él.
—Es muy hermosa.
Se volvió sonriendo. Era Giselle que le tendía las manos. Cogiéndoselas con afecto, la besó en cada mejilla, a la francesa.
—Gracias. Y tu belleza es única.
Giselle hizo una graciosa mueca.
—No como ella. Tengo ya algunas arrugas; mírame los ojos y la boca.
—Tonterías. Estás tan hermosa como siempre.
—No me mientras, Dax. Soy una profesional, y mi rostro es mi negocio.
—Entonces serás tú sola la que ve esas arrugas. El resto del mundo debe de ser ciego.
Giselle miró a Amparo y le preguntó a Dax:
—¿Eres feliz con ella? ¿Es lo que buscabas?
—Soy feliz.
—No has respondido a toda la pregunta.
Él la miró sin contestar.
—Está bien —dijo Giselle después de unos segundos—. Sé que no tengo derecho a preguntar.
Se les acercó un camarero con una bandeja con copas de champaña. Dax cogió una y ofreció otra a Giselle y alzó la suya en un brindis.
—Por los que amamos.
Ella se bebió el champaña rápidamente y dejó la copa.
—Tengo que irme.
—Pero si acabas de llegar.
—Olvidé que tenía otra cita.
Cuando ya estaba en la puerta, Giselle retrocedió y acercándose a él le dijo mientras trataba de contener unas lágrimas.
—Antes de que dejes París… me gustaría verte.
Dax iba a responder, y ella le interrumpió:
—No en un sitio así, sino en mi apartamiento. Ya sé que ahora no puedes disponer de las noches, pero todavía vivo en el mismo sitio y tú sabías cómo llegar hasta mí por las mañanas.
Salió con paso rápido y Dax se quedó contemplándola con la copa en la mano.
Al cabo de un rato Amparo dejó el grupo en que estaba y se acercó a él.
—¿Quién es esa mujer que hablaba contigo?
—Giselle d’Arcy, la actriz de cine.
—Lo sé, lo sé —replicó ella en tono impaciente—. Lo que te pregunto es qué fue para ti.
Dax la miró fijamente y le respondió:
—Durante la guerra fue mi amante.
—No pensarás verla de nuevo, ¿verdad?
—Puesto que lo dices, no sería mala idea —le contestó sonriendo.
—Si lo haces, te mataré —le amenazó furiosa—. Todavía está enamorada de ti; se le nota.
Él se echó a reír… Pero se fueron de París sin que la volviese a ver.
Tres días después regresaban a Corteguay y los norte coreanos pasaban el paralelo 38.