Los aventureros
Capítulo X
diez
Gato Gordo se quitó el sombrero sonriendo humildemente.
—Mi hijo y yo somos unos pobres campesinos que vamos a Bandaya en busca de trabajo, excelencia.
El joven teniente nos miró con desconfianza.
—¿Qué estáis haciendo en esta finca particular?
—Vimos el humo —respondió Gato— y pensamos…
—Pensasteis que podríais robar algo.
—¡No, excelencia! —protestó Gato Gordo en tono ofendido—. Pensamos que podríamos ayudar a alguien. No sabíamos que fuera un sitio militar.
El teniente se fijó en mí.
—¿Qué edad tiene este chico?
—Mi hijo Juan pronto cumplirá doce años, excelencia.
—Estamos buscando a un chiquillo de unos ocho años —dijo el sargento—; el hijo del bandolero Xenos.
—No lo conocemos —respondió Gato rápidamente.
El teniente seguía sin quitarme ojo de encima.
—Se supone que es moreno como tu hijo.
—¡Ponte derecho, Juan! —Gato se dirigió de nuevo al teniente—. Vea lo alto que es mi hijo. ¿Qué chico de ocho años ha crecido así?
El teniente seguía inspeccionándome.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó de repente.
—Tengo once años, señor.
—¿Por qué tienes la piel tan oscura?
Miré a Gato, sin saber qué decir.
—Su madre es…
El teniente interrumpió a Gordo.
—¡Le pregunto al chico!
Respondí en el acto:
—Mi mamá es negrita.
Recogí un imperceptible gesto de alivio de Gato Gordo. El militar me hizo otra pregunta.
—¿Dónde vives?
Señalé hacia las montañas.
—Allá arriba, señor.
—Este chico habla muy bien para ser un campesino —observó el teniente dirigiéndose a Gato.
—Gracias a la iglesia, excelencia —respondió Gato vivamente—. Su madre va mucho a la iglesia y él estudia en el colegio de los Padres, en las montañas.
El teniente contempló a Gato un momento y decidió:
—Venid con nosotros.
—¿Por qué, excelencia? —protestó Gato Gordo—. Seguramente no podremos decirle nada más, y lo que queremos es volver a casa.
—Podréis ir a casa más tarde —prometió el teniente—. El coronel quiere interrogar a todo sospechoso. ¡En marcha!
Los soldados formaron en seguida alrededor de nosotros.
—¿A dónde nos llevan? —preguntó Gato Gordo.
El teniente respondió secamente:
—A la hacienda de don Rafael Campos. ¡Venga, rápido!
Se dirigió hacia el camino y nosotros le seguimos con los soldados detrás. Gato Gordo, que tenía una mano sobre mi hombro, susurró:
—¡No reconozcas a tu abuelo!
—¿Y si él me reconoce a mí?
—Ya veremos qué dice cuando te vea. Ha pasado mucho tiempo y has crecido bastante. A lo mejor no te reconoce.
—¿Qué estás murmurando? —preguntó el teniente.
—Nada, excelencia —respondió Gato con rapidez—. Solo que estamos cansados y tenemos hambre. Una escuadra de caballería apareció detrás de nosotros y todos nos apartamos para que pasase. El teniente le preguntó a uno de los oficiales:
—¿Han descubierto algo?
El jinete movió la cabeza negativamente.
—Nada.
El teniente se quedó contemplándolos mientras se alejaban carretera adelante, hacia el campamento.
Alrededor de la casa de mi abuelo había una multitud de hombres, mujeres y niños que nos miraron sin curiosidad, pues ya tenían demasiado con sus penas.
Gato Gordo me atrajo hacia él.
—¿Conoces a alguien?
Negué con la cabeza.
—No, no veo a nadie conocido.
—Bueno. —Miró a su alrededor—. Quisiera que nos diesen algo de comer. Me roncan las tripas.
El sol caía fuerte y yo estaba cansado y me moría de sed.
—Hay un pozo detrás de la casa.
—Olvídalo. Lo descubrirían todo al ver que sabes que hay un pozo. Entonces estaríamos perdidos. —Al notar mi expresión suavizó el tono y me rodeó el hombro con un brazo—. Vamos, buscaremos un sitio con sombra para que te eches un rato.
Lo encontramos cerca de un carro, en el patio, y Gato se recostó contra una de las ruedas y yo me tendí debajo, quedándome dormido a los pocos instantes.
No sé cuánto llevaría durmiendo cuando Gato me sacudió.
—Despierta, pequeño.
Miré al cielo y el sol todavía seguía igual de fuerte. Calculé que no habría pasado más de media hora.
Los soldados empujaban a la gente y la reunían en la galería, e igual hicieron con nosotros.
Un soldado subió los escalones y se encaró con todos, ordenando:
—Colocaos en fila de a dos.
Me fijé en los que éramos, y vi que seríamos unos cincuenta; había algunos niños de mi edad, pero la mayoría era gente adulta. Me iba a dirigir a la cabeza de la fila, pero Gato Gordo me obligó a quedarme en el centro, detrás de una mujer muy obesa.
La puerta principal se abrió y dos soldados salieron del interior llevando casi a rastras a un hombre ya viejo. Se me cortó la respiración y quise correr hacia él, pero la garra de acero de Gato Gordo me lo impidió.
Era mi abuelo. Pero no era el abuelo que yo recordaba. Su camisa y su traje, antes tan limpios y blancos, estaban sucios y manchados, y tenía rastros de sangre en las comisuras de la boca, en la barbilla y en el cuello de la camisa. En sus ojos se reflejaba un gran dolor y la barbilla le temblaba por el esfuerzo de mantenerse derecho.
Se pararon en la barandilla de la galería, y detrás de ellos apareció un oficial de fino bigotito y charreteras de coronel. Bastó mirarle para comprender cómo nos despreciaba.
Habló con una vocecita áspera y aguda:
—Don Rafael, esta gente dice que son campesinos del valle; aseguran que usted los conoce y que responderá de ellos. Mírelos uno por uno y diga si los reconoce o no. ¿Comprende usted?
—Sí, le comprendo —dijo con dificultad—. He dicho todo lo que sé.
El coronel exclamó impaciente:
—Ahora lo veremos —y dirigiéndose al soldado añadió—: Hazlos desfilar despacio.
La doble fila empezó a moverse hacia la galería donde el abuelo los miraba sin ver. Gato Gordo y yo estábamos casi llegando cuando el coronel habló.
—Tú, muchacho, ponte delante, donde pueda verte.
No supe lo que quería decir y me quedé quieto, indeciso. Entonces Gato me empujó y me colocó delante. Permanecí de pie y mirando hacia la galería, sintiendo que un escalofrío me recorría la espalda. Me pregunté qué iba a suceder.
Miré fijamente a los ojos de mi abuelo, quien los abrió un instante y vi que le brillaba un chispazo de reconocimiento; luego bajó los párpados, y cuando volvió a mirar tenía la misma expresión mortecina de antes.
El coronel, que nos había estado observando atentamente, exclamó:
—Está bien —y al cabo de un momento añadió—: ¡Muévanse!
La fila se movió de nuevo, y yo sentí que se me aliviaba aquel frío que sentí en la espalda, cuando vi que a mi lado estaba Gato Gordo. Entonces me di cuenta de que el teniente que nos había detenido decía algo al oído del coronel.
—¡Alto! —gritó.
La fila se paró.
—Tú —dijo apuntándome con el dedo—, sube.
Pálido y con expresión impasible, Gato Gordo, cuyos ojos eran lo único de su rostro que parecía tener vida, me cogió del brazo y subimos los escalones. Gato se inclinó profundamente.
—Sí, excelencia.
El coronel le hablaba a mi abuelo.
—El teniente me dice que apresó a estos dos cerca de la hacienda de su yerno. Ellos dicen que vienen de las montañas a buscar trabajo. ¿Los conoce?
El abuelo nos miró. En sus ojos había una rara e imprecisa expresión.
—Los he visto antes de ahora —dijo con voz monótona.
Gato Gordo se acercó hasta pegarse a mi espalda. Yo sentí cómo el frío me subía de nuevo por el espinazo, y quise huir, pero la mano firme de Gato me sujetó.
—¿Quiénes son? —preguntó el coronel.
Mi abuelo estuvo un buen rato pensando, y luego entreabrió los labios, diciendo:
—Soy ya viejo… —y añadió con voz temblona—: y no puedo recordar los nombres, pero los he visto muchas veces en el valle buscando trabajo.
El coronel se encaró conmigo y me miró detenidamente.
—El muchacho es moreno. Su yerno también lo es.
—Entre nosotros son muchos los que tienen sangre negra —respondió tranquilamente—. Y nunca se ha considerado un crimen.
El coronel se calló un instante, mirándole pensativo. De pronto sacó la pistola y me apuntó.
—¿Entonces no le importará que viva o muera?
Un hondo gesto de dolor apareció en los ojos de mi abuelo, pero lo venció en el acto, diciéndole al coronel:
—No me importa.
Lentamente, el coronel amartilló la pistola sin mirarme, fijándose en mi abuelo.
De repente, Gato Gordo me empujó a un lado y suplicó:
—Excelencia, yo se lo ruego. ¡Tenga piedad! No me quite a mi único hijo. Misericordia, excelencia; misericordia, ¡por Dios Santo!
El coronel desvió la pistola de mí y apuntó a Gato.
—¿Qué? ¿Quieres morir tú en su lugar?
Gato cayó de rodillas, gimiendo:
—¡Misericordia, excelencia! ¡Misericordia, por Dios!
Mi abuelo se encaró con Gato y le escupió.
—¡Mátelos a los dos y habrá acabado de una vez! —dijo con el mayor desprecio —, y ya no sufriremos sus lamentos miserables y cobardes. ¡Me asquea oírles!
El coronel lo miró fijamente; bajó el arma y la enfundó lentamente.
Gato Gordo se puso rápidamente en pie exclamando:
—Mil gracias… ¡Bendito sea mil veces!
El coronel levantó la mano.
—¡Circulad!
Gato me unió de nuevo a la fila, y empezamos a andar, callados todos, pero yo levanté la cabeza y le dije en voz baja:
—No me reconoció.
—¡Sí te reconoció!
—Pero…
Gato me oprimió el hombro al ver que el coronel se dirigía hacia nosotros.
—¿Cómo se llama? —preguntó refiriéndose a mí.
—Juan —respondí.
—Ven conmigo.
Yo le seguí hacia la galería, con Gato Gordo detrás, pisándome los talones.
El coronel llamó a uno de los soldados.
—Trae al viejo y despide a los otros.
El soldado rodeó con un brazo la cintura de mi abuelo y lo bajó de la galería, y en el mismo instante oí un rumor detrás de nosotros. Miré atrás y vi que de la gente apiñada en el camino salía un agrio murmullo al ver que sacaban a mi abuelo de su casa.
—¡Diles que despejen! —rugió el coronel—. Dispara sobre ellos si es necesario.
—¡Venga, venga! —gritó el teniente sacando la pistola—. ¡Venga!
La muchedumbre lo miró fijamente, y él disparó al aire; todos empezaron a moverse con lentitud.
Cuando no quedó nadie, el coronel se dirigió a mí.
—El viejo dice que no le importa que vivas o que mueras —dijo con voz muy tranquila—. ¡Ahora veremos si tú piensas lo mismo respecto a él!