Nostalgia sin ti
6 TROYE Pasado
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TROYE
Pasado
Oí cómo Declan se daba la vuelta en la cama hasta que, pasadas las siete, optó por levantarse y desaparecer. Yo había estado en vela hasta la madrugada, así que decidí quedarme un rato más tumbado, lo justo para que los Adler desayunasen sin mí.
Una semana con ellos había sido suficiente para advertir que eran una familia de costumbres. Desayunaban huevos revueltos con beicon y café antes de que Dustin se marchase a trabajar al restaurante, del cual no regresaba hasta las siete. Las horas libres del almuerzo las pasaba junto a Jacqueline y su hijo, aprovechando las vacaciones de verano de Declan para improvisar cestas de pícnic que desplegaban en las explanadas frente al río.
La vida en el entrañable pueblo de Kinsale se desarrollaba con sencillez: las tiendas del centro eran el punto de encuentro de los más jóvenes, los bares promocionaban sus ofertas durante los días en los que los eventos deportivos reunían a los vecinos, y la piscina municipal o el cine de cuatro salas marcaban el inicio del fin de semana. Yo, que huía de Declan y tampoco conocía a nadie aparte de los Adler, metía mi cuaderno, lápices y algún snack en la mochila, y recorría las afueras sin tregua hasta que los rayos de sol se consumían.
—¿Vienes con nosotros al mediodía? —me preguntó Jacqueline, sirviéndome un cuenco de cereales cuando bajé a la cocina.
Tomé asiento y rumié su oferta.
—Claro —asentí, aunque fuera el plan que menos me apetecía en el mundo.
Me había acostumbrado a la independencia, a estar solo y respetar el silencio. No me importaba perderme por los rincones más remotos de la zona, al contrario, disfrutaba en el acto masoquista de deambular entre mis propios pensamientos. Pero me sentía mal. Por no desayunar lo mismo que ellos, por sufrir insomnio bajo un techo en el que me ofrecían todo tipo de comodidades, por gastar agua templada al ducharme, por querer repetir de cada delicioso plato casero y robarle intimidad a Declan al ocupar su dormitorio.
Guiado por la gratitud, acepté inmiscuirme en la comida familiar de aquel domingo. Así fue como lo inevitable sucedió.
Cada habitante del pueblo clavó su mirada en mí durante los dos kilómetros a pie desde el hogar de los Adler hasta el Adler’s Place, el restaurante que Dustin dirigía. No les culpo, en los sitios pequeños la curiosidad funciona como único incentivo para proporcionar novedades a una cotidianidad anodina. Sé que no tenían malas intenciones, sé que aquella era su peculiar forma de darme la bienvenida, pero también sé que me hicieron sentir cohibido, un chico acobardado al que le colgaron la etiqueta de forastero.
No soy bueno fingiendo y mi rostro se convirtió en un libro abierto que destilaba pánico. Quizá por eso las preguntas no fueron dirigidas a mí, sino a Jacqueline, y decidí tomármelo a modo de ofensa. «Nadie me ve, necesito una intérprete, dan por hecho que soy estúpido por no tener padres».
—¿Cuándo ha llegado?
—¿Qué edad tiene?
—¿Irá al instituto?
—¿No es muy mayor para ir de familia en familia?
Cada interrogante se clavó en mi piel hasta producir una herida. Corte a corte, el dolor se propagó por mis extremidades hasta privarme de aire. Di un paso atrás, bajé la vista a los adoquines y eché a correr. Mejor eso que clamar la verdad para disipar las dudas de quienes solo pretendían juzgarme. En las anteriores casas de acogida había aprendido que el silencio abogaba más a mi favor que las palabras. Los chicos problemáticos, mordaces y honestos no duran mucho en la vida real; los que no se muerden la lengua y se niegan a interpretar un papel sumiso vagan de un lado a otro como una pelota pinchada con la que nadie, excepto el viento, desea jugar.
Me largué sin vacilar para proteger ese presente que simbolizaba una nueva oportunidad junto a los Adler. No sabía qué dirección tomar, pero deduje que cualquier opción sería mejor que quedarme plantado frente a extraños que me observaban como a un animal encerrado en una jaula.
Atravesé la avenida principal para internarme en un laberinto de callejuelas estrechas y empinadas, las más solitarias. Sin dudar, avancé hacia las afueras, donde el camino se bifurcaba en una plaza sin salida y la entrada a la carretera. Me decanté por la segunda opción y seguí por el arcén hasta que el cansancio hizo mella en mí. Con las manos apoyadas en las rodillas y el pulso bombeando en mis oídos, me detuve a recuperar el aliento.
La brisa veraniega me activó y entonces lo vi: un faro abandonado se esbozaba ante mí, de un blanco roto que quiso contarme miles de historias en pretérito imperfecto. Discreto pero imponente. Aislado. En pie pese a las grietas. Su silueta se alzaba con intención de hacerle cosquillas al cielo mientras su sombra se alargaba entre la explanada de maleza salpicada por flores coral y escarlata. Con la intriga bailando por mis venas, subí de dos en dos los escalones hasta alcanzar el punto más elevado y avistar el vaivén de las olas a través de la ventana sin cristales. Permanecí allí durante horas, embelesado por las esquirlas del firmamento que se mecían sobre la superficie del agua, hasta que mis latidos se acompasaron al rumor del mar y discerní nuevas tonalidades en la línea del horizonte.
Dicen que los faros simbolizan una promesa, ese lugar seguro al que regresar, la luz que te guía, algo certero. Para mí los faros —o ese faro que solo Lilia y yo visitamos y en ocasiones dudo si no lo llegamos a inventar— son sinónimo de libertad, amor, saborear una pizca de felicidad.
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