Nostalgia sin ti
59 LILIA Pasado
59
LILIA
Pasado
Aquel verano antes del Mundial supuso una mancha en mi carrera deportiva.
Era capaz de sobreponerme a los obstáculos físicos y competir con una pierna maltrecha, pero el aspecto psicológico me superaba. El mínimo fallo me hacía sentir insegura, y mi carácter perfeccionista me condenaba justo a lo opuesto.
Durante los entrenamientos lo tenía todo bajo control y, en un pestañeo, anunciaban mi nombre, escuchaba los vítores del público y mi alrededor se nublaba. Llegué a experimentar ataques de pánico mientras ejecutaba los ejercicios. «Tu cerebro trata de bloquear experiencias traumáticas para evitar situaciones de estrés», dijeron los psicólogos. Yo no lo asimilaba, tampoco me importaba, lo más alarmante era que salía al practicable e improvisaba.
Representar a un país conlleva una responsabilidad inmensa. Un gran número de personas se fijan en ti y optan por formar parte de ese ejército de fans acérrimos que te defenderá a capa y espada o, por el contrario, deciden que tu técnica, manejos, el estilo de tus ejercicios o incluso tu maquillaje no les convence. Los gustos son subjetivos y no hay nada que puedas hacer. Aun así, lo quieras o no, lucir una bandera cosida al maillot te sitúa en el ojo del huracán.
Era injusto, o así lo veía yo en su momento. Todos tenían la libertad de opinar; que si estaba descentrada, que si no merecía mi plaza en la selección… Hubo especulaciones acerca de cómo había entrado y algunos se aventuraron a teorizar con la cifra que mi madre había pagado para que Golkova me admitiera en Laurden. Otros buscaron imágenes de Troye y achacaron mis fallos a la falta de motivación, tildándome de niña indecisa y malcriada que solo perseguía una fama efímera con la que vivir eternamente. «No tardará en retirarse, los contratos con marcas y el dinero fácil de los patrocinadores atraen más que entrenar tantas horas diarias».
Al principio no comprendía el porqué de tal ensañamiento conmigo. Quizá se debía a que procedía de un seno humilde, a que no poseía contactos ni el Didier era un club puntero. Más tarde, me atribuí toda la culpa. Seguramente no era tan buena como Gianna me había reiterado a lo largo de los años, no era buena en absoluto y Golkova solo me invitó a Dublín porque no había ninguna otra gimnasta disponible por aquel entonces. Mi cabeza albergaba más sombras que luces y cada hilo de confianza se rompía hasta dejarme indefensa y desbaratada.
«Los cargos vienen con sus cargas», solía decir papá. No obstante, aquel acoso y derribo me desestabilizaba todavía más. Comencé a fijarme en el número de likes de cada foto que subía a Instagram, escrutaba la sección de comentarios aguantando la respiración y mi pulso estallaba si detectaba el más mínimo ápice de acritud.
¿Qué podía hacer al respecto? Nada. Nada en absoluto, excepto callar. Morderme las uñas cuando leía mentiras, respirar hondo para sosegarme antes de que la curiosidad me empujase a la siguiente página de un foro en el que usuarios anónimos se creían con el derecho de vender una historia que no conocían, mezclando datos verídicos con tintes de ficción, transformándome en una caricatura de la cual mofarse. «El dinero de su beca sale de mis impuestos, tengo derecho a quejarme si su rendimiento no es el adecuado», era el discurso en el que se amparaba la mayoría. Y si alguien me defendía apelando a la falta de humanidad en publicaciones que solo pretendían generar debate sin una pizca de sensibilidad, los más avispados contestaban: «Si Lilia no quiere ver esto, que no entre en internet».
Pero lo hacía; no porque quisiera, sino porque una parte de mí se guiaba por la necesidad de reafirmar mi valía con el criterio de alguien externo que no fueran mis entrenadoras o mi familia. Y no lo conseguía. Las críticas me destrozaban hasta tal punto que asumía las palabras de la pantalla y mi cerebro me sugestionaba para que sonasen reales. Por la noche, acostada en la cama sin poder conciliar el sueño, mis ecos mentales las repetían.
No merecía estar en Laurden.
Iba a pasar a la historia como la gimnasta individual que más había fallado representando a Irlanda.
Si no competía bien en la siguiente cita, era probable que no volviesen a sacarme internacionalmente.
Perdería mi oportunidad de luchar por unos Juegos.
Defraudaría a las generaciones que me tenían como ejemplo.
Regresaría a Kinsale como una perdedora.
Estaba volviéndome loca.
A menudo sentía que mi deber era dejar de disfrutar de lo que más amaba para convertirme en lo que la gente exigía. Una máquina sin sentimientos programada para ganar. A cualquier precio. Lilia Girard había desaparecido; de ella solo quedaban su palmarés y ese corazón pisoteado que debía arrancarse si deseaba perseguir la estela del olimpismo.
Supongo que, debido a las críticas, en ese momento de mi carrera comprendí la diferencia entre devoción y obligación. Los eventos sacaban lo peor de mí y de nada servían las horas extras entrenando de sol a sol; al entrar en el practicable de cualquier competición, creía desfallecer. Eso se traducía en extremidades agarrotadas, un puño estrujándome el estómago y ataques de ansiedad que me envolvían en una neblina opaca. Cada aplauso iniciaba un terremoto bajo mis pies hasta provocarme un zumbido en los oídos. Los focos me ocasionaban fatiga. Y el escrutinio de los aficionados se me antojaba aterrador. Sus ojos pasaron de admirarme a juzgarme, diseccionando cada nimiedad que justificaba mis notas discretas o el hecho de que, aunque aumentara la dificultad o innovase con las coreografías, jamás alcanzaría a rozar un metal con la punta de los dedos.
Mirar a la grada me causaba verdadero pavor, más que clavar la vista en los jueces para transmitirles entereza o expresar las emociones de mis ejercicios. El público era soez, obstinado y bramaba una y otra vez la retahíla de improperios que los anónimos habían escrito sobre mí. Ya no distinguía mi silueta en el espejo, tampoco mi sonrisa ingenua o el brillo de la ambición en mis pupilas.
Me buscaba rumbo a la perfección, pero solo hallaba hilos de humo donde tiempo atrás brillaban constelaciones de sueños.
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