Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 53 de 94

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Nostalgia sin ti

49 TROYE Pasado

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TROYE

Pasado

 

A cada competición a la que acudía Lilia, yo la acompañaba en la distancia. Ponía el despertador para desearle un buen viaje antes de despegar y buscaba imágenes de la ciudad en Google, cruzando los dedos al otro lado de la pantalla mientras sufría al verla competir. Sentía que visitaba cada lugar del globo terráqueo porque, si ella era algo así como mi alma gemela, un pedacito mío siempre la acompañaría.

—¡Mierda! —exclamó Declan al escuchar el pitido de la alarma de madrugada—. ¿Ha empezado ya? Si todavía es de noche…

—En Kiev son dos horas más —puntualicé, bostezando.

—¿Seguro que no retransmiten en diferido? —refunfuñó él.

—Da gracias si llegamos a verlo en directo.

Con los ojos entrecerrados, encendí el portátil y nos acomodamos en mi litera para probar los enlaces de la competición que había recopilado la tarde anterior. Solía ser así, las televisiones europeas no podían permitirse los desorbitados derechos de la FIG y la comunidad de aficionados difundía portales a través de los cuales visionar los eventos.

Para ese Grand Prix nos tocó hacer una inmersión en la cultura ucraniana y detestar a las comentaristas que no respetaban la norma más sagrada de una retransmisión: guardar silencio durante los ejercicios y compartir anécdotas o fallos en las repeticiones.

—Joder, tío, nos van a convalidar la carrera de Ingeniería Informática por esto —presumió Declan, leyendo sobre proxys para usar una IP de otro país y que la web cargase.

—Si no nos meten antes en la cárcel.

La imagen se congeló, lo cual era un avance. Refresqué la página y voilà, en ella apareció una gimnasta japonesa abrazada a su entrenadora. Examiné el orden de salida que me había enviado Lilia y conté las participantes que faltaban hasta que compitiese ella. Quince, entre las cuales intercalaron publicidad y un reportaje de niñas bailando con coronas de flores. Pero, como era de esperar, la calma no duró demasiado. Dos minutos después, la imagen se congeló de nuevo.

—Espera, hay una cuenta de Twitter que ha publicado un enlace para el que no se necesita ninguna extensión —informó Declan, rastreando el hashtag de la competición en redes sociales—. Hay un chico que está haciendo un livestream en Instagram. Las gimnastas parecen hormiguitas, pero es mejor que vivir sin saber qué pasará en el próximo segundo.

—¿Y lo dices ahora? ¿Después de habernos tragado anuncios de barbacoas ucranianas y un baile regional?

—Eh, no me confundas con el enemigo que capa las emisiones para que no puedas ver a tu novia. ¿Quieres una tila? Te noto tenso.

Ese era el gran drama al que se enfrentaban los apasionados de la rítmica, el patinaje o cualquier deporte minoritario cuya emisión no resultase rentable. Había que armarse de grandes dosis de paciencia, una buena conexión a internet y rezarle a algún dios para que la competición no se cortase mientras actuaba nuestra gimnasta preferida. No obstante, merecía la pena. Mi pecho se hinchaba de orgullo con Lilia y correspondía a los besos que me tiraba sentada en el kiss&cry. Y leía los comentarios de los fans en Facebook y Twitter, visionaba sus ejercicios en YouTube para mandárselos con los momentos que más me habían impactado, grababa en mi retina cada elemento de sus coreografías para dibujarlos más tarde y se los fotografiaba junto a la bandera de Irlanda, a modo de pancarta.

Y así con cada competición, una y otra vez.

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