Nostalgia sin ti
24 LILIA Pasado
24
LILIA
Pasado
El sonido metálico de la puerta del Didier al abrirse me dio la bienvenida y mi corazón aleteó con nostalgia. Ese día mi pecho albergaba esperanzas y sueños, un cuento sin moraleja que me demostró lo cruel que puede ser un segundo frente a años de esfuerzo y disciplina.
Recordé que la última vez que había pisado aquel polideportivo fue a finales de mayo, al salir del entrenamiento cuando en el cielo ya titilaban las estrellas, sin darme una ducha para llegar cuanto antes a casa. Había metido la cinta dentro del enrollador ya en el coche, arropada por las notas desafinadas de mi hermana, al volante, sin vaticinar que sería «la última vez».
Ahora esperaba que no lo fuera.
Con sigilo, di unos pasos pequeños, dudosa de si aquel avance implicaba retroceder a la hecatombe de la que había pasado el verano huyendo. Ya no había sudor en mi frente o una mochila con aparatos y ropa de recambio a mi espalda, pero el aroma de la sala seguía siendo el mismo: el de los anhelos de una niña que se apuntaba a una extraescolar imitando a Violet y correteaba por cada esquina tras Sawyer y Stella.
Podrían pasar décadas y el Didier continuaría erizándome la piel con emociones.
Eran las tres de la tarde y el pabellón estaba aún vacío. Gianna se hallaba descalza en el centro de la pista, desenrollando el tapiz antes de que las gimnastas llegasen, vestida con el chándal púrpura del club y la melena recogida en una coleta. Alzó la vista hacia el punto en el que me encontraba y el aguamarina de su mirada se aclaró.
—Lils, ven a ayudarme —exclamó, agitando una mano.
—Hola —dije a media voz.
Sin responder, Gianna me envolvió entre sus brazos y yo recosté la mejilla en el hueco de su hombro como había hecho en el pasado, durante esos instantes en los que el abatimiento me gobernaba. La tensión de las cervicales se aflojó y el nudo que me atenazaba al coger aire fue evaporándose.
Nos sentamos en el tapiz y rememoramos esa niñez no tan lejana en la que Gianna era solo una ayudante que jugaba con los alevines mientras nos ayudaba a estirar.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Hecha un lío. Por el camino venía convencida de volver a entrenar y al llegar aquí… —Palpé la textura del tapiz con la punta de los dedos—. Estoy asustada.
—Me gustaría ayudarte.
—Y a mí que lo hicieras, pero no se me ocurre cómo.
—Cuéntamelo, ¿qué te preocupa?
—No haber cumplido las expectativas —gimoteé, cubriéndome la cara.
—Lilia, por favor, no llores.
Empleó mi nombre completo, no el apelativo cariñoso con el que me había presentado Adelyn al inscribirme en el club. Y fue esa distancia intencionada la que me invitó a reaccionar; no había acudido al Didier a estallar en un llanto incontenible, sino a recomponerme.
Elevé el mentón y, entre sollozos, enfoqué el rostro de Gianna para hablar.
—Los meses de preparación para el Nacional fueron duros, aunque los aguanté bien sugestionándome con la idea de que merecía la beca. Creía que, si me mantenía positiva, el resultado sería favorable. Soñaba cada noche con marcharme a Dublín a entrenar, Gianna. —Me sequé las lágrimas que anidaban en mis pestañas—. Me había mentalizado para irme de casa, dar el cien por cien a diario en la selección, pelear por estrenarme en alguna competición internacional, demostrar que no importa de dónde vengas si te levantas cada mañana comprometida con tu sueño.
—Todavía puedes luchar, este no es el final.
—¿Y si volver no me conduce a ninguna parte? —Sorbí por la nariz y me sequé las mejillas con las palmas.
—Comprendo tus miedos, aunque yo nunca aspirase a entrar en la selección —me explicó con semblante abstraído—. Pasaba desapercibida, me quedaba como reserva en los conjuntos, reciclaban músicas de temporadas anteriores para mis ejercicios de individual y nadie me prometió jamás que llegaría lejos. Tampoco lo necesitaba. Era consciente de que no poseía las cualidades innatas de otras compañeras. Pero fui feliz viendo a mis amigas por las tardes y destrozándome el cuello al pegar los cristales de mis maillots para abaratar costes… Viví cada torneo escolar como si fueran unas Olimpiadas. Esa libertad que tenía me permitió amar este deporte sin reservas. Ha sido mágico encontrar a alguien con un talento como el tuyo, Lils. Y sé que destacar conlleva la responsabilidad de mantenerte en lo alto, de no defraudar. Tu familia, el resto de padres y el club esperan cosas de ti, objetivos que tú misma te has marcado, pero que, de repente, te dan vértigo. Quiero que sepas que estoy aquí y te apoyaré, sigas en activo u optes por la retirada.
—Después del Nacional me sentí horrible. —Tragué saliva—. Os he decepcionado, Gianna, he tirado por tierra una oportunidad y…
—No has tirado nada por tierra. Fallaste y tienes que sacar un aprendizaje de ello. Dedicamos muchas horas a preparar esa competición, pero no fue en balde. Ambas hemos crecido ante cada obstáculo, y tenemos la mala suerte de que nuestro deporte requiera de mucho esfuerzo diario y solo un minuto y medio para mostrar el trabajo. Es mucha presión.
—En mi cabeza, he fracasado —arrastré las palabras.
—Te equivocas. Fracasar es dejar que otros elijan el camino que recorres, no disfrutar de lo que te llena.
—Pero ¿cuál es el sentido de que siga entrenando si he tocado techo?
—¿Eso crees, que no vas a progresar solo porque hayan elegido a otras chicas antes que a ti? A veces las federaciones no solo buscan talento y técnica; también una tipología concreta, musicalidad, proyección, una mente fría que temple los nervios en cualquier situación, expresión o manejos dependiendo de las exigencias del código. Y aunque opino que tú tienes muchas de esas características, no ha podido ser. No en esta ocasión. Pero habrá más.
—¿De verdad lo piensas?
—Sí, Lils. Tendrían que estar ciegos para no ver la luz que irradias.
—No sé, ¿y si he perdido la motivación? ¿Y si vuelvo a entrenar y ya no es como antes?
—No lo será porque has cambiado, los golpes te hacen madurar e imagino que tu madre no te lo estará poniendo fácil —susurró con tono afable—. Pero debes tener presente que el objetivo final no puede ser un resultado. Las notas y las convocatorias nacionales no pueden afectar a tu trabajo, solo así conseguirás sentirte satisfecha. Y confía en mí, mereces que tu trabajo sea gratificante y no dependa de factores externos para que te valga la pena el sacrificio que haces. Las ganas de una medalla te conducirán a la frustración si no alcanzas tus metas, pero las ganas de superarte…, esas solo te harán fuerte, mejor.
—Siempre sabes qué decir, Gianna. Ojalá hubiera hablado antes contigo.
—Comprendo que necesitases tu espacio para procesarlo, y no vas a perderme. —Sostuvo mis manos entre las suyas—. Quiero que vuelvas a entrenar porque es tu cosa favorita del mundo, porque se te dibuja una sonrisa sincera en la cara y te brillan los ojos como si la rítmica fuera tu sinónimo de ser feliz. Sin expectativas, sin que otros decidan por ti. Si el Didier sigue siendo tu segunda casa, sus puertas están abiertas.
Me contagié de su sonrisa y asentí. Así fue como volví a calzarme las punteras.
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