Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 28 de 94

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Nostalgia sin ti

25 LILIA Presente

25

LILIA

Presente

 

El veintiocho de febrero, el salón de casa se llena de globos plateados para celebrar el cumpleaños de Violet.

Con el móvil preparado y un «¡Feliz día, cariño!», mamá graba cómo la protagonista baja las escaleras aún en pijama y da un traspié al chocar con la discreta montaña de regalos que aguarda en el vestíbulo. La planta baja huele a bizcocho recién horneado y, al entrar en la cocina, descubrimos una tarta de merengue y chocolate hecha por papá.

—¿Soplamos juntas? Te cedo mi deseo —me propone bajito mi hermana mientras Adelyn enciende las velas.

Asiento y sonrío cuando nuestros alientos hacen tiritar las llamas hasta convertirlas en humo.

Violet desenvuelve los regalos en el sofá antes de responder a las felicitaciones de Jasmine y de su grupo de amigos de la universidad, que la citan esta tarde en el centro comercial para merendar gofres y ver alguna peli de la cartelera. «¿Te apuntas?», me invita mi hermana por cortesía. Miento, le digo que he quedado con Sawyer y Stella para hacer un FaceTime, pero subo a mi habitación y mato las horas tumbada en la cama, con la mirada perdida y la desazón arraigada en el pecho.

Atrás quedaron los cumpleaños que Violet festejó en casa desde que me marché a la selección, esos que solo vi mediante fotografías. Instalaban una mesa circular inmensa y sillas en el jardín, decorado con guirnaldas, preparaban sándwiches de jamón york y queso, llenaban cuencos con patatas fritas y las canciones más animadas de Spotify amenizaban la tarde al aire libre. A juzgar por los stories de Instagram en los que los asistentes bailaban con vasos de plástico en la mano y se manchaban la nariz o el pelo con los restos del pastel, a nadie le importaban las bajas temperaturas del invierno en Kinsale siempre que los abrigos y las risas estuvieran presentes.

Papá se marcha al trabajo y mamá sale a hacer unos recados que le llevarán hasta pasadas las tres, así que me salto la comida y permanezco ahí, atascada, vagando por recuerdos que ni siquiera son míos, hasta que me avisan para cenar.

Por la noche, cuando escucho a Violet subir los peldaños de la escalera con cuidado para no despertar a mis padres, abro mi puerta despacio, tratando de no hacer ruido, y la llamo con susurros.

—¿No puedes dormir? —pregunta al entrar en mi dormitorio.

Enciendo la lamparita y me siento sobre las sábanas desordenadas.

—No paro de pensar.

—En qué. —Mi hermana se acerca y ocupa una esquina de la cama.

—En lo rápido que ha ido todo… En la lesión. Puedo andar y la medicación me ayuda con el dolor. ¿Y si se equivocaron con mi diagnóstico? ¿Y si solo necesitaba descansar unas semanas y estoy lista para volver a Dublín? —Lo expreso con tanta seguridad que mi tono se eleva y me veo obligada a hacer una pausa para cerciorarme de que mi hermana es la única que va a oír esta conversación.

—Lilia, los informes pintaban bastante mal.

—Ya, pero ni tú ni yo tenemos la menor idea de medicina.

—¿Qué quieres hacer? ¿Pedir una segunda opinión?

—No pierdo nada. Por favor, acompáñame.

Lo hace. El lunes siguiente, con el pretexto de asistir a más clases de la universidad junto a Violet, me deslizo en el asiento del copiloto y cruzo los dedos para que esta pesadilla acabe.

«Que haya sido un error», ruego de camino al hospital. Prometo no enfadarme por el mal trago que una negligencia médica me haya podido causar, y me reitero que mi vuelta a Laurden irá bien. Cuanto más alto me colocan los obstáculos, mayor es el impulso que cojo para sortearlos.

No obstante, ni utilizar el deseo de cumpleaños de mi hermana me devuelve la utopía de pisar un tapiz en un futuro próximo. Los traumatólogos de Dublín hicieron bien su trabajo y el especialista que lleva a cabo mi revisión en Cork coincide punto por punto en la valoración que me apartó del deporte.

—Lilia, dime qué hago para consolarte —implora Violet al verme sollozar casi sin aire en el parking del hospital.

—No… Nada… Yo… —balbuceo, incapaz de formular una oración completa.

Al llegar a casa, me doy una ducha para templar la ansiedad. Alzo la cabeza dejando que la lluvia de agua ahogue mis lágrimas y froto con insistencia cada centímetro de piel, tratando de eliminar los vestigios de mi guerra interna. Anhelo seguir siendo gimnasta, una máquina perfecta y diseñada para alcanzar la excelencia, pero solo soy humana.

Envuelta con el albornoz, me coloco frente al espejo y paso el dorso de la mano por el cristal empañado para examinar a la chica que muestra mi reflejo. Trata de contener la aflicción, pero sus facciones la traicionan. En sus pestañas quedan restos del llanto, y el rubor de sus mejillas y los ojos hinchados lo evidencian. Está rota por elección propia, tras haber confiado en que unas horas manteniendo la esperanza en un milagro que no iba a suceder le devolviesen las ganas de comerse el universo cada mañana. Pero no es así, nada ha cambiado, y enfrentarse a una realidad que no puedes alterar resulta insoportable.

Deslizo la tela de las mangas hasta que mis hombros quedan al descubierto y recorro las clavículas pronunciadas y la redondez de mis pechos. El albornoz cae al suelo, revelando una cintura que recordaba más estrecha, esa tripa flácida que antes era una tabla de abdominales, las caderas amplias con muslos sin tensión ni músculos.

Al instante decido que detesto mi nueva figura.

No es que no me acepte o haya gastado todo el amor que tenía adorando la gimnasia. No. Es que, sencillamente, ahora soy una persona distinta. Una desconocida. Y nadie posee la capacidad de albergar sentimientos por una imagen superficial que no le provoca apego alguno.

Me subo a la báscula que Adelyn guarda en el cajón bajo el armario de las toallas y suspiro cuando el peso no se detiene en la cifra que debería, la que solía marcar en Laurden. Con una agilidad vertiginosa, mi cerebro cuenta lo que comí anoche, estima las calorías de cada plato y las suma hasta llegar a la conclusión de que he sobrepasado el promedio permitido.

«La gente admira y respeta a la Lilia gimnasta, a la deportista de élite. Si no puedes ser ella y estás demasiado estropeada para competir, al menos deberías tener la decencia de conservar su físico», me recrimina una voz mental. Y la creo, porque necesito que alguien, aunque no sea yo, me acepte y me considere suficiente.

Desde ese momento, rescato la libreta que empleaba en Dublín para anotar el trabajo diario y la uso a modo de control sobre cada pieza de fruta, vaso de agua y trozo de carne o pescado que ingiero. Compro diuréticos en la farmacia. Intento quemar grasa haciendo flexiones en mi habitación. Y me peso cada mañana, antes de desayunar, descalza y completamente desnuda, y permito que la peligrosa espiral de la obsesión me arrastre: anoto los kilos, prometo bajarlos a toda costa, lloro si no lo consigo. Pero no desisto, al fin he hallado un objetivo en el que centrarme, algo que puede devolverme un pedacito de la muchacha que fui.

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