Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 82 de 94

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Nostalgia sin ti

77 LILIA Presente

77

LILIA

Presente

 

—Alegra esa cara —comenta Troye sin apartar la vista de la carretera—. Vamos a un concierto, no al fin del mundo.

El viento que se cuela por las ventanillas bajadas me revuelve la melena y sonrío cuando Troye tararea fragmentos de canciones pop de la radio que no le pegan en absoluto. Está relajado, con las manos en el volante y la misma expresión divertida que grabé en mi memoria la noche en la que se le ocurrió bañarse en un estanque. Lleva puesta una camiseta negra de manga larga con el logotipo de The 1975 en blanco y, a juzgar por el aroma a menta y cítricos que emana al hacer el más mínimo movimiento, juraría que se ha echado colonia incluso en los calcetines. Yo, en honor a Henderson, me he decantado por un vestido de flores color vainilla y he cogido prestadas las Converse pistacho de mi hermana, la cual ha insistido en que guardase chicles de hierbabuena en el bolso por si al final de la cita había beso. «No lo habrá y esto no es una cita, solo una salida de dos amigos», he contestado tajante.

Troye y yo nos hemos visto con mayor frecuencia en las últimas semanas. En una tetería recién inaugurada en Kinsale, durante mis paseos matinales coincidiendo con su hora de entrar a trabajar y alguna velada perdida en la que visitamos ese muro en el que las palabras se transforman en suspiros y no necesitamos más para sentirnos en casa.

—Galway está en el fin del mundo —replico.

—Solo a tres horas. —Cambia de carril para adelantar a un turismo—. A dos y media si desgasto el acelerador.

—Es mucho.

Un cielo azul adornado por nubes de algodón ilumina el trayecto, y yo le dedico un puchero al paisaje de árboles difuminados que dejamos atrás.

—Cuando veas a Healy en directo, pararás de poner morritos —declara Troye. El sol de mayo acentúa las pecas que bañan su rostro.

—No pongo morritos, solo digo que podríamos haber esperado a que vinieran a Kinsale.

—Lo miré —apoya un brazo en la ventanilla—, y solo van a Galway.

No confiesa que también tocarán en Dublín, pero que, por razones evidentes, no se le antojó la mejor opción a la hora de comprar las entradas por internet y organizar un viaje en furgoneta.

Subo la música y estiro las piernas de manera que mis pies quedan apoyados sobre la guantera, algo que a Troye no parece importarle. No me molesto en disimular la carcajada que se me escapa al escucharle entonar un «far away» desafinado sobre Starlight, de Muse, a lo que responde con un maratón de singles silbados varios tonos por encima de la versión original y repletos de gallos intencionados.

Llegamos a Galway antes de lo previsto, así que nos da tiempo a aparcar a unas calles de la sala donde tendrá lugar el concierto e inmortalizamos nuestra excitación con fotografías mal encuadradas.

—Me muero de hambre —anuncia Troye, olfateando las salchichas de un puesto ambulante cercano—, ¿prefieres una cena sofisticada o te vale con un antro nada glamuroso en el que sirvan los mejores bocadillos de la zona?

—Me da igual.

—Lilia, elige —me presiona, enarcando una ceja—. ¿Hamburguesa grasienta con queso fundido y beicon o un plato de diseño con dos tallarines salpicados por una miserable gota de pesto?

—Hamburguesa pequeña y agua —dictamino, a estas alturas hemos hablado largo y tendido de mis límites, de aquello con lo que me siento cómoda o no comiendo. Y Troye lo acepta sin tratar de acelerar mi recuperación, él entiende que hay procesos que requieren de más empeño que velocidad.

—Hecho, pero compartimos patatas.

Enfilamos la calle hasta un local de aspecto dudoso, con paredes negras y taburetes altísimos. Pese a que el camarero tarda en anotar nuestro pedido, la hamburguesa de ternera es la mejor que he probado en mucho tiempo y no me opongo cuando Troye la abre para echarle kétchup y una pizca de mostaza.

—Nunca te fíes de las puntuaciones de Google —sugiere Troye, piropeando la carne en su punto—, este sitio solo tiene una estrella y es increíble.

—¿Habías venido aquí antes?

—Con Declan —asiente antes de narrarme algunas de sus escapadas en furgoneta. Me centro en sus palabras para ir digiriendo despacio la comida —. Pero nada es comparable a Kinsale —resume.

—Porque es tu casa. —No se imagina lo feliz que me hace que sea así.

—Volverá a ser también tu casa, Lilia.

El comedor va llenándose y nos envuelve el sonido de conversaciones de otros comensales, el siseo de los bistecs que se hacen a la plancha y el tintineo de la bandeja con vasos que traslada el camarero hasta la cocina. En la mesa de la derecha, varios muchachos de nuestra edad empapan el lugar de risotadas y opto por contagiarme de su jovialidad.

—Te gusta, ¿eh? —pregunta Troye al observarme rebañar una esquina de queso derretido que se ha pegado al plato.

Se remanga la camiseta hasta los codos y le da un sorbo a su Coca-Cola. Mi atención se centra en los tatuajes de sus brazos.

—¿Qué tienes ahí? —Intrigada, le agarro la muñeca para examinar los dibujos que cubren su piel—. Son…

El apellido Adler en el antebrazo, números romanos, el título de una serie. Niebla. Las iniciales «D» y «J». Un «intruso» en letra manuscrita. Una canasta. Notas musicales. El faro y una margarita. La cifra un millón junto a la silueta de una gimnasta.

—Mis recuerdos —replica ante la evidencia.

Me llevo la copa a los labios y asimilo el valor de los trazos de tinta que se ha grabado para siempre.

—¿El chico que cargaba con el pasado a sus espaldas decidió tatuárselo en los brazos? —susurro, aún afectada.

—No quiero avergonzarme de dónde vengo; los recuerdos, incluso los más oscuros, nos enseñan algo. Pero no soy el ayer, soy el aquí y el ahora; cada decisión que tomo con libertad y no porque solo exista una dirección posible.

Permanezco callada varios minutos, reflexionando.

—¿Qué ocurre? —inquiere Troye con pliegues en la frente.

—Estaba pensando en eso que has dicho… Me gusta.

—Qué parte.

—La de no ser tu pasado.

—Es algo que me repetiste hace años, Lilia.

—Y sigue siendo un consejo que no me consigo aplicar —admito—. Me gustaría salir de este limbo, ¿sabes? Hacer cosas y volver a sentirme útil.

—¿Qué te lo impide?

—Mi bloqueo. En terapia no logro visualizar el futuro… Y no me extraña, me mantengo en el presente a duras penas.

—Eh, no te preocupes por eso. Esta noche no. Hoy es tu día libre de problemas y maneras de solucionarlos. Solo eres una chica que va a un concierto con un chico indiscutiblemente atractivo.

—Discrepo. —Le dedico un mohín.

—Vaya, creo que alguien quiere volver a Kinsale haciendo autostop.

—¿Es una amenaza?

—Más bien una declaración de intenciones.

Troye ameniza la sobremesa con más bromas que me invitan a saborear ese pasado al que ninguno puede regresar. Una parte de mí lo haría, se perdería en cualquier pretérito imperfecto para regodearse en una época sencilla en la que no había cuestas, sino bajadas con el viento a favor. Sin embargo, hay otra parte, la que está rescatando enseñanzas de lo vivido, que prefiere enfrentarse a lo que venga a partir de aquí.

Tan importante como aprender a volar es practicar el aterrizaje. Yo arañé el firmamento con los dedos, es el momento de guardar a buen recaudo las estrellas que le arranqué al cielo y controlar mi deseo de vislumbrar los astros.

El reloj marca las nueve cuando pagamos la cuenta y ponemos rumbo al concierto.

—Es aquí. —Troye señala la entrada con puertas de aluminio, custodiadas por dos encargados de seguridad de la estatura de jugadores de baloncesto.

Sin prisa, nos dirigimos hacia el final de la cola y esperamos a que retiren la cinta roja para darnos paso al recinto.

Avanzamos con lentitud hasta el interior de la sala; es inmensa, con las paredes oscuras, la escalera de caracol que da acceso a la zona vip de la planta superior y una barra en la que sirven vasos generosos y venden merchandising. Troye pide una cerveza y yo me conformo con una botella de agua mineral fría, aunque le doy un sorbo a su bebida.

No queda ni un centímetro de suelo a la vista, nos repartimos por el espacio y los flashes de los teléfonos se suman a la decoración minimalista de ráfagas deslumbrantes de tonos escarlata y cian. Los fans más entregados dan palmas al borde del escenario y corean el nombre del grupo hasta que la neblina artificial colma cada metro. La banda se materializa entre vítores cuando proyectan la carátula del último disco, Notes On A Conditional Form, y la excitación y el olor a alcohol palpitan en el aire.

Los aplausos no se hacen de rogar con los primeros acordes de Give Yourself A Try, canción en la que Matty Healy baila entusiasmado y agita el pelo sin contención durante el estribillo. El tatuaje de su pecho emerge a través de los cuatro botones desabrochados de la camisa, se aproxima a cada extremo para guiñar un ojo con descaro y volver al centro para colocar ambas manos sobre el micrófono y cantar con ímpetu. En Chocolate se queda sin aire, desafina y pide participación a las primeras filas para que los asistentes coreen algunos versos mientras él le da un trago a una botella de agua que esconde tras la batería.

Nadie se queja por los fallos en la letra o las notas más cortas que en la versión de estudio, el show en directo supera las expectativas por las emociones que transmite. El virtuosismo de la eléctrica de Adam Hann encandila tanto como el ritmo vertiginoso que marca George Daniel desde un discreto segundo plano, o la potencia del bajo de Ross MacDonald, el cual se refugia bajo una capucha.

Durante TOOTIMETOOTIMETOOTIME, el vocalista se agacha para interactuar con el público e incluso se hace un selfi con dos chicos que manifiestan su satisfacción saltando. Be My Mistake pone el toque intimista y Matty pide silencio para hacer una breve introducción, se cuelga una guitarra acústica e improvisa el inicio hasta dar con el tono, sujetando un cigarrillo encendido entre los labios.

—Esta canción es para quienes luchan mientras descubren lo que quieren, cometen errores en el camino y alejan a personas —recita, despertando los aullidos de aquellos que han perdido la cuenta de cuántas consumiciones chispean por sus venas—. Va dedicada a los jóvenes que aprenden algo nuevo de sí mismos y se sienten culpables en la batalla por admitir lo que realmente anhelan.

Ajusta las clavijas del instrumento, musita «Voy a ponerme en evidencia con esto», y baja el pie de micro hasta una altura intermedia entre su boca y la de la guitarra. Un suave «Be my mistake, then turn out the light» ahoga el más leve sonido de la pista y nos invita a ese pedacito de melancolía con la sala iluminada por pantallas de móviles. Troye me rodea la cintura con sus brazos y yo reclino el peso de mi cuerpo en su torso; mi respiración se acelera cada vez que susurra parte de las letras y su aliento roza mi oreja. Sin meditarlo, me giro para depositar un beso en su mejilla y me pierdo en el centelleo de sus pupilas mientras se muerde el labio inferior con una mueca indescifrable.

El espectáculo no cesa y nos balanceamos al son de Change of Heart, Love It If We Made It, Robbers, It’s Not Living (If It’s Not With You) y Sex. El grupo al completo finaliza el concierto con teclados en el escenario para elevar los ánimos mediante Somebody Else. El último sorbo que le doy a la cerveza de Troye se añade a la euforia volátil que transmite el evento. A escasos centímetros de su boca, le canto con descaro «I hate to think about you with somebody else». Él delinea mis labios con la mirada y yo pienso en margaritas.

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