Nostalgia sin ti
50 LILIA Pasado
50
LILIA
Pasado
Abril se tiñó de rosa y morado debido a la decoración de la Copa del Mundo de Pesaro, la competición que más disfruté esa temporada.
La delegación de Irlanda se hospedó en un hotel con vistas a la playa, y me bastó con intercambiar una mirada de soslayo con Eva para prometernos que no nos marcharíamos de Italia sin que las olas acariciasen nuestros pies.
En aquel viaje sumé primeras veces a las que ya había experimentado meses antes, como la extraña sensación de que alguien anuncie tu nombre por megafonía y los espectadores vitoreen, que los flashes de la zona mixta de prensa te persigan o que la fotografía de tu acreditación se proyecte en la inmensa pantalla del pabellón mientras ejecutas tus ejercicios. No me importó que los fans me tendieran sus cámaras para que los retratase junto a Eva y no me pidieran que grabase mis iniciales en sus banderas o pósteres del evento. Mi pulso acelerado no perseguía la fama, sino un sueño a largo plazo: la clasificación olímpica que le da oxígeno a cualquier atleta para entregarse a algo más grande que sí mismo. Para algunos, acababa de materializarme en un escenario reservado a los privilegiados; para quienes me conocían, en cambio, la ilusión bombeaba frenética con la finalidad de renovar esas energías que creía agotadas antes de formar parte de la selección.
La grada se deshacía en aplausos para el equipo italiano, pero se encontraba semivacía cuando el grupo C, en el que competía yo, salió al tapiz. Esa ausencia de público fue mi gran aliada para mantener la mente fría y conservar intacta mi burbuja de concentración hasta la posición final de mis rutinas. Mis expresiones faciales reforzaron la narrativa que mis movimientos contaban. Terminé cada giro sin flaquear. Y disfruté.
Tras las rotaciones de aro y pelota, Golkova me citó en el pasillo del hotel para hablar conmigo.
—Pasa. —Abrió la puerta de la habitación que compartía con Bethany, la cual se marchó para que la seleccionadora y yo pudiésemos charlar con calma.
—¿He hecho algo mal? —musité.
—¿Hay algo que quieras confesar? —Me sostuvo la mirada.
Tragué saliva y negué antes de contestar.
—No, Daria.
—Ya veo.
Me invitó a sentarme en el sillón frente al pequeño escritorio de la estancia y me dio la espalda para abrir su armario. De él sacó una percha con un maillot de encaje lila de manga larga, con el cuello y la cintura repletos de pedrería cosida a mano.
—Has competido muy centrada hoy, estoy orgullosa de ti —afirmó antes de tenderme el diseño para que palpase la tela—. Deberías ir a entrenar con él si quieres estrenarlo mañana.
—¿Es para mí? —demandé con los ojos vidriosos; mis manos bailaban de emoción.
—Solo si me prometes que te clasificarás para la final de mazas.
—Lo intentaré.
—Nada de intentarlo —rectificó, sujetando aún la percha—. Mañana harás tu mejor entrenamiento, así esas personas que dudaban de tus cualidades para estar en la selección se morirán de envidia al buscarte en YouTube y descubrir que luchas por los primeros puestos.
Su alegato sugestionó mi faceta agonística y no pude más que asentir.
—Está bien. Lo haré.
—¿Harás el qué? —Enarcó una ceja.
—Me clasificaré para la final de mazas.
Mi cerebro no retuvo la réplica de Golkova, pero memorizó cada milímetro de la curva que dibujaron sus labios al escuchar mi promesa.
Esa tarde, pese a haber competido hasta el mediodía, regresé al pabellón para entrenar con el maillot nuevo y así asegurarme de que estaba cómoda y nada interfería en la coreografía que debía ejecutar. Presa de los nervios, apenas dormí dos horas esa noche y me costó mantener la concentración durante el calentamiento de la segunda jornada. Contra todo pronóstico, dominé la situación y clavé el ejercicio. El 23.900, la tercera nota más alta de esa jornada, me valió el pase para la final del domingo, y cada bocanada de aire notando el pellizco de la presión en mis entrañas mereció la pena.
Daria volvió a sonreír. Por mí.
Tras las finales, con el moño y el maquillaje aún puesto, Eva y yo tuvimos permiso para mimetizarnos entre el público y gozar de los conjuntos. Festejamos sus tres bronces y mi octavo puesto en mazas realizando una gala a dúo en la ceremonia de clausura. Me serví dos trozos de tarta en el banquete que celebró la organización y, como una auténtica fan, pedí autógrafos a gimnastas internacionales que llevaba años admirando. Bailé con Eva hasta que me dolieron los pies y, al día siguiente, nos escapamos del hotel de madrugada para remojarnos en la playa antes de que Bethany y Golkova se presentasen en nuestra habitación para cargar las maletas al autobús, rumbo al aeropuerto.
—Ven, vamos a hacernos una foto. —Saqué el móvil del bolsillo y nos enfoqué con el amanecer de fondo.
Eva hurgó en su chaqueta de la selección hasta dar con los bombones que el servicio del hotel había colocado sobre las almohadas y que ella había escondido con éxito antes de que la seleccionadora los requisase.
—¿Sabes que recordaremos esto durante el resto de nuestra vida? —Le sonrió al objetivo.
La brisa marina invitaba a bailar a su melena suelta y el azul del agua se reflejaba en sus ojos. No le pregunté si se refería a aquella cita deportiva en concreto o si hablaba en general. Tampoco hizo falta. Hoy sé que cada segundo que la gimnasia me dio o yo le di a ella se quedó conmigo para siempre, bajo la piel. Aunque en ocasiones intuyo que el cóctel de emociones y enseñanzas que me brindó el deporte le restó intensidad a la etapa que llegaría después, la real.
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