Nostalgia sin ti
82 LILIA Pasado
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LILIA
Pasado
No hay mucho peso que puedas bajar si entrenas ocho horas diarias y tu dieta se compone de verduras hervidas y carne a la plancha. Sin salsas, bebidas gaseosas, pan ni dulces. Guardaba la manzana del postre para comérmela esas tardes en las que Golkova no venía a vernos entrenar o la subía a la habitación para tomar una mitad por la noche y la otra en el desayuno.
A sabiendas de que mi cita con la báscula era siempre a las doce, dejé de beber agua hasta pasada esa hora, un pequeño truco que había oído a las gimnastas del Este en los vestuarios de eventos internacionales. Una vez que Golkova lo descubrió y optó por arrastrarme al despacho de la nutricionista por sorpresa —en mitad de la clase de ballet, en mi tiempo de descanso o entrada la tarde—, desterré la cantimplora al fondo del armario y no volví a llevarla conmigo para ahorrarme la tentación.
En enero no solo había perdido cuatro kilos, sino las fuerzas, el carisma que me diferenciaba de otras compañeras y mi carácter sobre el tapiz.
Bethany modificó la estrategia para esa temporada. Nos decantamos por un calentamiento específico más intenso y redujimos las repeticiones de enteros para no empeorar mis dolores. Entrenaba con trajes de sauna que favorecían la sudoración. Cada tarde, al concluir la sesión de sala, pasaba por los fisios y trataba de relajarme repasando los ejercicios con los ojos cerrados antes de ir a dormir.
Sin embargo, aquel martes las piernas me temblaban en exceso después de los fouettés y ni el hielo ni los masajes me aliviaron. Me quité las rodilleras y los calentadores para desenrollar la venda que cubría rodilla, tobillo y pie. No tenía buena pinta; la piel se había oscurecido y apenas notaba un hormigueo al pasar las yemas por encima.
Me asusté y quise quejarme, pero sabía que Golkova ignoraría mi llanto y lo achacaría todo a mi falta de espíritu competitivo, por lo que cogí aire para serenarme, coloqué las vendas en su sitio y me levanté del practicable con intención de seguir.
Las náuseas se arremolinaron en mi tripa y mi visión se volvió borrosa, impidiendo que coordinase los movimientos. Antes de dar un paso, caí de bruces contra la moqueta y solté un aullido grave, visceral.
Hecha un ovillo, lloré fuerte, tanto que alguien pausó la música de la sala y varias personas acudieron al tapiz en el que me encontraba.
—Dejadla respirar —pidió Bethany—. Necesita espacio.
—Necesito morfina —imploré con las mejillas empapadas, retorciéndome de dolor—. Por favor…
Avisaron a Golkova y al equipo médico de la residencia. Me ofrecieron unas muletas y volví a sollozar mientras trataban —en balde— de que apoyase la planta del pie.
—No puedo andar. ¿Qué me pasa? —demandé con pavor.
El semblante serio de la seleccionadora y los cuchicheos asustados de las chicas fueron lo último que percibí antes de desvanecerme entre los brazos de Bethany.
Golkova llamó a una ambulancia y me llevaron a Urgencias para hacerme un escáner, radiografías y análisis de sangre. Al pisar un tapiz me sentía al volante, confiada en que las repeticiones me aproximaban a la perfección, segura de que el sacrificio valdría la pena. En cambio, en la cama del hospital, a la espera de lo desconocido, me convertí en fragilidad.
Los resultados llegaron a la mañana siguiente de la mano de dos traumatólogos y una enfermera que me acarició el brazo de las vías y permitió que apretase su mano mientras escuchaba lo peor que alguien podría decirme: «Estás destrozada por dentro, retírate ahora que todavía puedes caminar».
Golkova se centró en los tecnicismos, debatió largo y tendido las opciones de tratamientos, se acercó a examinar las placas y enmudeció cuando los doctores la acusaron de haber fracturado la pierna de una adolescente en tres puntos distintos.
—Dé gracias si la chica recupera toda la movilidad.
—¿Cómo? —Noté la acidez trepando por mi esófago.
—Lilia, es imprescindible que ceses tu actividad deportiva para que las lesiones se curen sin secuelas graves —dictaminó el residente.
—Pertenezco a la selección nacional, quiero ir a los Juegos Olímpicos…
—Las gimnastas están hechas de una pasta diferente a la de los pacientes de este hospital, señores —opinó Golkova—. Se recuperará. Solo ha sido una bajada de azúcar.
—Tiene anemia, falta de hierro, las defensas por los suelos… — puntualizó la enfermera con desdén.
—Si sigue a este ritmo —auguró el médico más mayor—, en dos semanas volverá a Urgencias. Y entonces no podremos salvarle la pierna.
—No ocurrirá nada —prometí cegada por mi pasión—. Estaré bien.
—El deporte de élite no es una opción para ti —zanjó él.
Acababa de cumplir diecinueve años, pero vivía presa en un cuerpo anciano y deteriorado.
Cerré los puños, arrugando las sábanas entre los dedos cuando las emociones me atizaron. Todas eran feas, horribles, arraigadas en lo más profundo de mí, y me pregunté dónde estaba la niña que alguna vez fui, la que no fantaseaba con medallas, sino con las tardes en el Didier junto a Gianna, Violet, Stella y Sawyer, después del colegio.
Lloré sin tregua ni consuelo. Porque nadie me había advertido que una parte de mí iba a morir el día en que dejase la gimnasia. Porque quería seguir siendo experta en algo. Porque no contemplaba alejarme del éxito para retroceder hacia la casilla de inicio desde la que comenzar un juego en el que era principiante.
Mis latidos se dispararon y vociferé que anhelaba continuar y no me lo permitían. Pataleé, recurrí a los insultos y traté de arrancarme las agujas del suero y la medicación. Me sedaron, mi alrededor se tornó difuso y perdí la conciencia.
«Ojalá no despierte nunca», fue mi último pensamiento.
Me dieron el alta una semana después y sonreí al oír que Golkova le indicaba al taxista que nos llevase a Laurden. Me encontraba mucho mejor y con los analgésicos podía caminar tolerando las chispas de dolor. Era una buena señal.
Seguí a la seleccionadora hasta un despacho administrativo, donde tomamos asiento separadas por una mesa circular en el centro de la cual había una carpeta con papeles.
—Aquí tienes los informes hospitalarios de Urgencias y tu historia clínica con los médicos de la selección desde que llegaste al Centro de Alto Rendimiento. —Me aproximó los folios—. Lo he consultado con otro equipo de especialistas y todos coinciden en el diagnóstico. No es seguro que continúes practicando gimnasia. Me temo que no podemos hacer más por ti.
—¿Qué?
—Lilia, estas cosas suceden con frecuencia en la élite.
—No voy a tirar la toalla. Quiero seguir.
—No está en tu mano tomar esa decisión.
—Hace unos meses me gritabas que me sobrepusiera a las molestias, que los campeones se hacen a base de golpes. Lidiaré con ello, no protestaré.
—La situación ha cambiado, nos enfrentamos a un trauma más grave de lo que pensábamos. Nadie de Laurden te pondrá en peligro para conseguir medallas. —Se levantó del sillón de piel y avanzó hacia la puerta—. Recoge tus cosas, reservaré un billete de avión para ti.
—Daria…
—Has sido una gimnasta maravillosa, Lilia, pero es hora de dar paso a las próximas generaciones.
Abrió la puerta para que saliera y, pese a nuestras asperezas, deseé abrazarla, suplicarle que me concediera una última oportunidad. Empecé a hacerlo, pero no sirvió de nada. Al darme la vuelta, la seleccionadora se había marchado.
Subí a mi habitación con el corazón reducido a fragmentos minúsculos e hice las maletas mientras pensaba en que no había podido despedirme en el tapiz lanzando un beso a las gradas, en que nadie vería mis coreografías nuevas, en que otra gimnasta más joven y más sana heredaría los maillots que no llegué a estrenar… Laurden no volvería a ser mi hogar.
En mitad de un ataque de ansiedad, cogí el teléfono y llamé a mi hermana.
—Lilia, ¿qué tal te encuentras hoy?
—Dejo la selección —susurré con la voz rota.
—¿Sigues en el hospital?
—Me han dado el alta. La lesión del Europeo… es peor de lo que parecía. Me mandan a casa.
—Espera, ¿no hay tratamiento? ¿Cuánto tiempo vas a estar en Kinsale?
—Mucho. Es definitivo, Golkova lo hará oficial en unas horas.
—Joder… Lilia, cuánto lo siento.
Me deshice en lágrimas con mi hermana al otro lado de la línea.
—Sé positiva —quiso animarme ella—. Buscaremos un tratamiento y todo irá bien. No te frustres.
—Claro que lo hago, Violet. Los deportistas llegamos a la élite en buenas condiciones y queremos retirarnos de la misma manera. En un buen pico de forma, sobre el cajón más alto del podio, sanos. —Tragué saliva e intenté detener la tormenta; mi aflicción se derramaba mojándome los pómulos—. Quería elegir el momento adecuado, y la lesión me ha retirado. Mi cuento de hadas no acababa así.
—No me hables como si no te comprendiera. Yo también estuve contigo en el Didier, ¿lo recuerdas? Antes de que fallases en el Nacional, antes de que te negases a entrenar cuando no te convocaron para la selección, antes de que te llamasen de Laurden…
—Perdóname, Violet… Estoy nerviosa y…
—Eh, saldremos adelante.
—¿Puedes venir a recogerme al aeropuerto? Llegaré mañana al mediodía.
—Allí estaré, enana.
—Un último favor… Ven sola, sin mamá.
—¿Vas a contárselo tú o se lo digo cuando cuelgue?
—Ahora la llamo —resoplé, pero mi pesadilla no se desvaneció.
Es curioso cómo algunas pérdidas arrastran el recuerdo de otras y, cuanto más desorientados nos sentimos, más truculentas son las trampas mentales que urde nuestro cerebro. Al día siguiente, en el autobús rumbo al aeropuerto, me quebré en tantos pedazos que no me esforcé por recomponerme.
Mi cabeza albergó cada crítica que los aficionados me habían dedicado en foros y redes sociales, cada imprecisión en competiciones, cada victoria que sabía a lejanía. Y el corazón me dolió más que la pierna. Entendí que existe cierta angustia que no desaparecería ni con el paso del tiempo, una carga con la que se aprende a convivir y que solo consigues camuflar unos segundos, arropándola con la chispa de aquello que te causó felicidad.
Me percaté de lo que había perdido.
Oportunidades.
Instantes.
Personas.
Y el impulso ganó la partida.
Sin ser plenamente consciente de mis actos, entré en Gmail y activé la cuenta que solía usar para comunicarme con Troye. Vi varios mensajes sin abrir en la bandeja de entrada, pero no me detuve a leer correos de años atrás. Me centré en lo que precisaba decirle, así que escribí su contacto y redacté varios párrafos desordenados.
DE: Lilia
PARA: Troye
ASUNTO: El final
Sé que solía enviarte mensajes de audio y tú eras el de los correos, pero no me creo capaz de pronunciar esto en voz alta, Troye.
Mi carrera ha terminado. Vuelvo a Kinsale del peor modo posible: con los sueños rotos, el cuerpo destrozado y sin nadie esperándome en casa. Cork ya no es mi casa, al igual que tú ya no eres el chico de las pancartas que me quería un millón de veces. Y, aun así, te escribo. Por inercia, porque mi egoísmo ha hecho que me quede sola o porque pensar en ti me recuerda a esa época en que las cosas resultaban mucho más sencillas. Y realmente necesito algo así ahora, la simplicidad de montarme en una bicicleta, refugiarme en un faro y dormir recostada en tu hombro.
Perdóname por haberte apartado, por sacarte a la fuerza de mi vida y elegir en nombre de los dos. Perdóname, yo quizá no pueda hacerlo. Lo he fastidiado todo y me siento responsable por ello, tanto que no consigo respirar sin que me escuezan la garganta y el pecho.
No sé si sigo queriéndote, ¿es posible después de tanto tiempo? ¿Es posible si ni siquiera me quiero a mí misma? Lo que sí puedo asegurarte es que te echo de menos; no dejé de hacerlo entre viajes de avión, entrenamientos, victorias artificiales que escondían lágrimas y la irritación que arrastro desde que me di cuenta de que la perfección es un espejismo. Como los Juegos Olímpicos.
Ojalá pudiera regresar al pasado y cambiarlo.
Lilia
Lo releí varias veces con el corazón en un puño, pero no pulsé la tecla de enviar.
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