Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 73 de 94

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Nostalgia sin ti

68 LILIA Presente

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LILIA

Presente

 

Adelyn ya está en la cocina, enfundada en una sudadera cereza y unas mallas marfil, cuando me dejo caer en mi silla. Coloca en un plato dos rebanadas de pan de molde recién salidas de la tostadora y me las ofrece.

—No puedo desayunar contigo, cariño. —Se bebe el café recostada en la encimera—. Tengo clase de yoga.

Es cierto, pero también lo es que se ha apuntado por mi culpa. Le causo estrés, desde que volví está más irascible, ha cambiado de maquillaje debido a unas erupciones en las mejillas y dedica las tardes a buscar balnearios por internet. Me detesta hasta tal punto que no soporta estar en la misma estancia que yo. «Todo eso de la terapia no es más que una pérdida de tiempo», reitera entre suspiros. Para ella, admitir tus defectos equivale a debilidad. Lo que necesito es una pierna nueva para volver a saltar, girar y acumular medallas.

—Genial —murmuro con desgana.

—Que pases una buena mañana —me desea al salir por la puerta.

—Igualmente.

Cuando me quedo sola, aparto el plato con el índice para que el olor a pan no me incite a devorar la tostada cual animal hambriento. Intento aplicar los consejos de mi nutricionista y me hago la promesa mental de que no subiré a pesarme más tarde. «Es solo comida», pienso. Energía, vitalidad, un trámite preciso para moverte, razonar y no pasar todo el día con un humor de perros.

—¿Cuántas comidas al día puedes hacer sin sentirte culpable? — demandó la nutricionista hace un par de semanas.

—Tres. Un desayuno ligero y un plato de algo hervido a mediodía y para cenar —contesté yo.

—Bien. Subiremos a cuatro, sin trampas. Y quiero que dejes de anotar calorías.

—Eso va a ser… un problema —admití cabizbaja.

—Lilia, poco a poco. Cualquier extremo es malo, avanzaremos progresivamente.

Tras quitarle los bordes y dividir una rebanada por la mitad, le doy un mordisco diminuto a una de las esquinas. Mastico con parsimonia mientras Violet entra en la cocina. Juraría que me observa como si fuera un espectáculo. Se sirve un zumo de naranja y prepara un bocadillo con mantequilla de cacahuete que se termina antes de que yo haya ingerido un tercio de la media tostada.

—No tengo hambre —le rebato a su mirada inquisitiva.

—Tienes que comer —insiste mi hermana.

—Te he dicho que no tengo hambre.

—Te he oído. Y no me lo creo. Así que no me pienso levantar de esta silla hasta que te acabes las dos rebanadas.

—Media.

—Dos.

—Una.

—No es negociable —masculla.

—Llegarás tarde a clase.

—Me gusta pasar tiempo contigo. —Esboza una sonrisa y apoya los codos sobre la mesa—. ¿Cómo puedo ayudarte?

—No obligándome a comer.

—Ya lo sé, voy a distraerte —propone con entusiasmo—. ¿Hablamos de Troye?

—No, gracias.

—Está saliendo con una chica…

—¿Qué chica? —Le doy un bocado enorme al pan para disimular mi repentino interés.

Violet se hace de rogar antes de responder.

—Ninguna, tonta. —Se burla con una mueca—. Está solterísimo, aunque por elección propia.

—Ah, ¿sí? —Mastico despacio, apenas noto cómo la miga se deshace en mi boca.

—Digamos que no pasa desapercibido y se gana buenas propinas en el Adler’s Place. Trabaja allí cada semana.

Menciona su horario, las veces en las que coincidieron en el cine de verano y una tarde de tormenta en la que ella volvía de la universidad y se ofreció a acercarle en coche hasta casa para que no se le mojasen los lienzos que sobresalían de su mochila.

—¿Lo ves? No era tan difícil —ríe Violet treinta minutos después, señalando mi plato vacío—. El truco está en no prestar demasiada atención a lo que no te gusta y centrarte en lo realmente interesante, como hacía yo con las correcciones de Gianna.

De mi garganta nace una carcajada que llena la cocina y doy gracias por tener la hermana más paciente del universo.

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