Nostalgia sin ti
60 LILIA Pasado
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LILIA
Pasado
Sospechábamos que aquel Mundial sería una cita especial, sin precedentes, pero ni Eva ni yo auguramos su magnitud.
Competir en tu casa es una sensación inigualable, y Belfast nos acogió vistiendo las paradas de autobús con pósteres de la selección, emitiendo anuncios promocionales del evento en prime time y alojándonos en la suite más selecta del Royal Walfrad Hotel. De la noche a la mañana nos convertimos en las estrellas del país, unas heroínas que disfrazaban la exigencia y la presión mediática con entereza y coraje.
De entre las jóvenes promesas y las veteranas que realizarían exhibiciones en la gala de clausura, Eva y yo despuntábamos como las protagonistas indiscutibles. La rubia era el rostro visible del equipo, la gimnasta que había conseguido un oro y tres platas en las finales por aparatos del Europeo de Barcelona. Yo pretendía redimirme disputando la final individual de las veinticuatro mejores, y para ello había trabajado optimizando las horas, compaginando las sesiones en el tapiz con ayuda del psicólogo de Laurden.
La cercanía del evento propició que mi familia y Troye viajasen en coche desde Kinsale para verme en directo, aunque no podría hablar con ellos hasta concluir mi participación en Belfast. «No te distraigas, el objetivo es ser regular y no bajar la guardia», me había advertido Bethany. Pronto deduje que sería una tarea ardua.
—Este público está más eufórico que el de los Juegos —remarcó Eva después de que en el entrenamiento de esa tarde nos hubieran hecho la ola, colmado de regalos y forrado las barandillas con carteles de ánimo.
—No sé cómo escucharemos la música.
—Ni lo pienses, Lilia. Focalízate en lo positivo.
—Para ti es fácil, reina de oro. Yo soy una endeble.
—Llevo repitiéndotelo desde que llegaste a Laurden, las emociones son tu punto fuerte.
En esa ocasión sí competiría con los cuatro aparatos, por lo que debía concentrarme al máximo para que los muros mentales que me aislaban del exterior no se desmoronasen durante la semana en la que se prolongaría la cita. Era preciso que me despojase de las dudas, los recelos y juicios de valor para entrar al tapiz pisando fuerte, con mentalidad optimista, convencida de que el destello de excelencia que perseguía constantemente en Dublín me abrigaría también en Belfast.
El lunes salí al practicable con el afán de clasificarme para la final individual de las veinticuatro mejores. Realicé un aro impecable, completando cinco giros en penché limpios y personificando ese tango pasional e hipnótico. El martes, tras la rotación de pelota, ocupaba el vigésimo segundo puesto y las redes ardían alabando el dramatismo que Golkova le había añadido a El lago de los cisnes, el cual dejó sin aliento a los presentes con un cambio de blanco a negro de mi falda en el momento más álgido de la música.
Mi debut en el Mundial fue un sueño en el que el calor de los asistentes anestesió las molestias de la rodilla y el insomnio producido por la ansiedad, y adormeció esa espalda que no soportaba las constantes torsiones a las que la sometía.
Me clasifiqué con la octava nota para la final de aro del martes por la tarde, donde superé mi puntuación con una décima y acabé en un meritorio séptimo puesto. Eva, que bordó cada elemento y se creció ante la presencia de sus padres, brillaría en todas las finales y se colaría en el top cinco de la élite internacional, ese grupo de privilegiadas con mejor cómputo general que optaría al podio el viernes. El orden de salida me impidió ver sus ejercicios, pero no me privó de correr a abrazarla y susurrarle nuestro «juntas siempre» antes de que el speaker anunciase su nombre.
El rugido de los espectadores me arropaba desde que salía al tapiz hasta que esperaba mi nota en el kiss&cry. Yo, en agradecimiento, le dedicaba una reverencia a la masa verde, blanca y naranja que ondeaba en las gradas, aunque mis besos se los llevase un chico de ojos celestes que agitaba una pancarta pintada con óleos en la que se escenificaba mi pose final de cinta.
Al concluir la segunda jornada, el deseo fue más fuerte que la voluntad y me salté las estrictas órdenes de Golkova de no hablar con nadie hasta que la competición terminase. Quedé con mi familia y con Troye en un pasillo desierto de la última planta del hotel.
—Eres una pasada. —Violet me dio un abrazo—. Gianna te manda saludos, pone tus vídeos en el Didier como ejemplo. ¿Te lo puedes creer?
—Estamos muy orgullosos de ti, pequeña —me felicitó papá.
—Cariño, nos enamoras —opinó mi madre—. Las notas de Eva son un chiste, tú deberías ser la primera gimnasta… Llenas el tapiz con carácter y arriesgas más, los jueces están ciegos.
—Eva es impresionante, mamá, y trabaja durísimo. Se merece cada cosa buena que le suceda —objeté.
—Pero tú…
—Yo también me esfuerzo, y eso no le resta mérito a Eva —zanjé la cuestión.
—Me muero de hambre, ¿y si vamos a por algo a la cafetería? — propuso Violet en una tentativa poco disimulada de darnos privacidad a Troye y a mí.
—Hay tortitas de arroz en la maleta —contestó mi madre.
—Te acompaño, hija. —Mi padre apoyó la propuesta de Violet—. Adelyn, los chicos quieren estar solos.
El primer «Te quiero» salió de los labios de Troye cuando mi familia doblaba la esquina. Mi «Y yo a ti» quedó ahogado por la urgencia de sus besos.
—Te echo de menos, Lilia. Llevo tanto echándote de menos que no recuerdo lo que es estar juntos. No me creo que seas real.
—Lo soy —reí. Su boca se perdió en la mía hasta que la alarma del móvil nos interrumpió—. Tengo que irme, Troye.
—Suerte mañana —musitó con los labios hinchados, casi sin aliento—, aunque no la necesites.
—Gracias. Hay una sorpresa que te gustará. —Le guiñé un ojo y desaparecí sin desvelar el enigma.
El miércoles sumé la nota de mazas a la clasificación general y, pese a ser discreta y quedar como primera reserva en esa final, no perdí la esperanza de remontar en el all around con la cinta. Solo estrené un maillot en ese Mundial, mi favorito, el celeste con margaritas que me hacían pensar en el color de los ojos de Troye y en sus besos. Fue con el último ejercicio, al son de ese vals dulce que me otorgaría el pase a la final de las veinticuatro mejores gimnastas.
Y en un minuto y medio, lo torcí todo.
Me situé en el centro del tapiz, cubriéndome los ojos con el antebrazo. El tumulto de la grada vibraba en mi interior. Primer giro con la pierna flexionada, rodamientos de la varilla por el brazo, dorsal, coger aire para expresar durante los pasos de danza, cuidando la amplitud y los hombros para que la cinta no se me pegase al cuerpo, lanzamiento en paloma ayudándome del empeine para elevar la tela, un riesgo, la secuencia de jeté en tournant… Estaba realizando la mejor cinta de la temporada, hasta que detecté un nudo en la cola y me detuve para deshacerlo. Mis dedos temblaban, la escena se difuminó y solo oí un «ohhh» que se me clavó en el alma. No erizaba el vello con mis maestrías ni congelaba el tiempo con mi elegancia. Solo causaba pena. Bloqueada ante el inesperado fallo, lancé el aparato fuera de la línea roja y cogí el de reemplazo.
Luché los saltos.
Mantuve la sonrisa.
La pierna a noventa grados en el attitude.
Aunque mis ilusiones se fragmentaban.
Esperé sola la nota, bañada por el cariño de niñas con la bandera de Irlanda en sus mejillas, la mirada acuosa y la garganta desgarrada de tanto corear mi apellido. Ni Bethany ni Golkova se acercaron a mí cuando fui al vestuario a ponerme el chándal sobre el maillot. Sus gestos de indiferencia me dolieron, pero los comprendí; yo no había hecho un buen trabajo y Eva sí, así que ella era la merecedora de abrazos, besos y consejos para afrontar los siguientes días.
Para mí, todo había acabado.
—Lilia —me llamó Troye desde una esquina tras colarse en la zona reservada para atletas y delegaciones.
El azul de sus ojos resaltaba con la camiseta de algodón del mismo color, pero, lejos de hundirme en ellos, quise esquivarlos. Me recordaban a la tela que escondía bajo mi sudadera, a la humillación que habían atestiguado los aficionados en el polideportivo o desde las televisiones de sus casas. Troye, por el contrario, parecía estar preso en una realidad paralela. Llevaba la pancarta en las manos y lucía una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola —respondí con desgana, me apetecía estar sola.
—Felicidades, has hecho una competición increíble.
Mi corazón se aceleró.
—He fallado —mascullé.
—Solo un pequeño error, pero tus ejercicios son una pasada. ¿Has oído cómo gritaban tus padres y Violet? Nos has puesto en pie, ha sido tan emocionante…
—¿Solo un pequeño error? He fastidiado el ejercicio entero, he perdido el pase a la final individual por ese nudo.
—Lo has solucionado rápido y has seguido como si nada.
—Me he desplazado, he interrumpido el ritmo de la coreografía, he cogido la cinta de reemplazo y he terminado tres segundos tarde, ¿sabes lo que eso penaliza?
Negó. Por supuesto que no, él no sabía nada de mi mundo. Y aquella tarde tampoco de mí.
—Lilia, habrá más Mundiales. Te has abierto camino, la FIG ha subido una entrevista tuya a internet y te ha etiquetado en varios stories. Los fans te adoran, hay un grupo de crías esperándote a la salida para hacerse fotos contigo. Tu hermana ha llorado de emoción y tus padres han grabado todos tus ejercicios, seguro que los estarán viendo por enésima vez en la habitación del hotel. Y yo… Yo he cruzado los dedos por ti y no he respirado durante cada minuto y medio. Incluso he deseado que alguna de tus rivales la liase lo justo para que tus notas fueran más altas. —Rio—. Te queremos incondicionalmente. Un fallo no anula lo que despiertas en nosotros.
—No lo entiendes, ya fallé en el Europeo. ¡No podía permitirme más errores! —chillé, despojándome de la frustración.
—Escucha, Lilia, tienes que tranquilizarte. —Me puso las manos en los hombros y yo me zafé de su contacto.
—¿Tranquilizarme? —Lloriqueé—. La he cagado, he avergonzado al equipo.
—Estás exagerando, la gente es consciente de lo que te esfuerzas, comprenden que los fallos son humanos.
—Yo no soy humana, soy gimnasta. Solo debía hacer una cosa bien, mostrar el trabajo diario, y lo he ensuciado todo.
—Lilia, vamos a cenar, tus padres nos esperan en el hotel.
Pero la inquietud que palpitaba en mí era superior y solo conocía una manera de sosegarla. Quedándome en el pabellón, repitiendo el ejercicio hasta que saliera perfecto y ya no me sintiera mal.
—Tengo que entrenar —rebatí con sequedad.
—¿Ahora? —Troye me miró, pero en esa ocasión no vio a la chica del faro o a la chica de sus pancartas. Vio al monstruo de la ambición, al temor a no clasificarme para unos Juegos, el «cada elección que tome será en beneficio de mi carrera».
—Ahora —confirmé.
—Lilia, has tenido una preparación muy bestia para este Mundial y has acudido a cada competición en verano. Mereces un descanso, tu rodilla se lo merece.
Una de las cosas que antes me había atraído de Troye —que no formase parte del ámbito de la gimnasia— se me antojó un defecto ineludible.
—No lo entiendes, cada fallo es una cerilla que prende, y si no la extingo entrenando, ardo. Tengo que solucionar lo que he hecho hoy en el tapiz.
Hablaba como una adicta, ebria de las enseñanzas extremas de Golkova, maniática del control. Él lo advirtió, yo no.
—Estás obsesionada —cuchicheó, y solo bastaron esas dos palabras para que las llamas se propagasen por mis entrañas. Troye no merecía tenerme a su lado, mi tiempo valía oro y no podía desperdiciarlo con alguien que desprestigiase así mis sueños, que los degradase a trastorno y demencia—. Ven, cenar con nosotros te ayudará a desconectar.
Pero ni había un nosotros ni anhelaba superar lo sucedido ese día. El único modo de resarcirme era la perfección. Ya no lo necesitaba; ni a él ni a Stella, Sawyer o Violet. Solo a una versión mejor de mí misma.
—Esto no funciona —solté—. La distancia, que cada uno tenga visiones distintas…
—¿Qué quieres decir con visiones distintas?
—Yo estoy dispuesta a sacrificarme por algo en lo que creo, pero tú… ¿Qué planes tienes? ¿Qué te gusta? ¿Qué vas a hacer el año que viene? Vives anclado en el pasado, no compartimos la misma filosofía.
—¿La de anularnos para conseguir un objetivo? ¿La de renegar de quienes somos y permitir que nos moldeen porque de otra forma no nos aceptarían? No, Lilia, no comparto nada de eso.
El silencio nos envolvió, pero ya no era esa ausencia de sonido en calma que nos unía años atrás. Era ruido, un grito desgarrador que clamaba que no merecía la pena caer en una red de reproches.
—¿No vas a contestar? —insistió con el semblante crispado.
—Prefiero callar, Troye. Soltar una retahíla de verdades solo nos hará más daño.
—Intercambiar opiniones nos servirá para solucionarlo —arremetió, arrugando la pancarta hasta que no reconocí mi silueta sobre el papel.
—No hay nada que solucionar —atajé—. Hemos terminado. Lo hicimos cuando me marché de Kinsale.
—¿Hemos terminado? —preguntó, incrédulo.
—La gimnasia y tú sois polos opuestos. Si tengo que elegir, siempre será a ella, mi primer amor.
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