Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 48 de 94

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Nostalgia sin ti

44 LILIA Presente

44

 

LILIA

Presente

 

El perfume floral de Eva se apodera de mi dormitorio al abrir su cajita morada y sacar de ella una de sus cartas. «Recuerda tu sueño de niña», reza en el sobre.

Afuera, un viento gélido azota las ramas de los árboles y juega a balancear toldos y carteles de las tiendas a su antojo. El cielo, vestido de gris, descarga sobre el pueblo. Ya hace una hora que mi padre se fue al trabajo y Adelyn insiste en acompañar a Violet a la universidad por miedo a que la escasa visibilidad provoque un accidente. «Tienes buenos reflejos, pero no reaccionas rápido», ha afirmado durante el desayuno.

Saco el folio manuscrito de Eva como si librase una batalla épica contra mi propio temporal y me pierdo entre sus párrafos.

Querida Lilia:

Cuando creas que te encuentras en el mismo lugar que

ayer y la sensación de no avanzar se convierta en asfixia, recuerda cuál era tu sueño de niña. ¿Ganar medallas, ir a unos Juegos Olímpicos o dibujar tu nombre en el firmamento de los campeones?

Ninguna de las anteriores, ¿estoy en lo cierto? Tú y yo no

pedíamos nada extraordinario, solo practicar gimnasia.

Me encantaría poder decirle a mi yo de la infancia que me

dediqué a lo que siempre quise. Que lo disfruté, a veces fue duro, pensé en tirar la toalla, pero continué luchando. Y fui la persona más feliz del universo pese a sentirme incomprendida, a ratos estancada en una antítesis. Por

contra, lo logré. Aunque fuera durante un lapso de tiempo limitado. Al fin y al cabo, todo es fugaz, efímero, un pestañeo y ya ha pasado.

Lo conseguimos, Lilia. Deberíamos tenerlo presente;

viajamos, competimos, entrenamos e hicimos del deporte nuestra profesión. Hemos recorrido un abismo. Tú y yo formamos parte de algo grande cuando la gimnasia nos abrazó, y la memoria que eriza la piel no se queda anclada en el ayer.

Te quiere,

Eva

Mi ventana está repleta de gotas cuando alzo la vista de las palabras de mi amiga. La tormenta no cesa y las nubes se deshilachan en jirones de agua que causan el efecto de una falsa neblina.

—Recuerda tu sueño de niña —susurro, releyendo el enunciado del sobre.

Ojalá pudiera…

Entonces un impulso primario me incita a rescatar el móvil de la mesita de noche. Coaccionada por la curiosidad, entro en YouTube y escribo Lilia Girard en el buscador para visionar alguno de mis ejercicios. ¿Qué puede haber de malo en rememorar mis inicios?

Descarto las publicaciones más recientes y me centro en aquellas composiciones creadas por Gianna, esas en las que mi peinado era una trenza enroscada con horquillas, mis maillots llevaban más lentejuelas que cristales y los aparatos parecían exageradamente grandes en proporción con el tamaño de mi cuerpo.

La diferencia entre trabajar en el equipo nacional y hacerlo con Gianna era que mi primera entrenadora me conocía a la perfección y escondía mis limitaciones. En Laurden había especialistas en crear montajes complicadísimos, con momentos estelares y finales que dejaban al espectador con el corazón en un puño. No obstante, el hecho de no haber crecido allí dificultaba el proceso. Apenas me conocían y a menudo me pedían que improvisara para anotar cada dificultad que podía realizar y probaban distintos cortes musicales hasta dar con el estilo que más les agradaba, aunque no fuera con el que más cómoda me sentía.

Gianna les sacaba ventaja en eso; lo advierto antes de decantarme por uno de los ejercicios del Didier. Sus coreografías disimulaban mis carencias y acentuaban mi expresividad mediante músicas que me iban como anillo al dedo. Cada movimiento fluía, tenía sentido y significado. Sin embargo, al examinar la miniatura del segundo vídeo, algo se me revuelve en el estómago y doy marcha atrás, arrepentida, aunque mis dedos torpes tienen voluntad propia y pinchan sobre una competición en directo que sale recomendada.

Entro por error, porque no quiero verlo y sé que me destrozará. Pero es demasiado tarde, no consigo salir de la aplicación y el livestream se reproduce ante mis ojos como si fuese la escena de una película que yo debía protagonizar, hasta que me percaté de que puedes poner empeño en cada acción de tu vida, pero no siempre serás su director. Habrá detalles que se escapen: una caída, una lesión, ese tratamiento que no seguiste al pie de la letra porque el asistir a un torneo para que los jueces no se olvidasen de ti pesaba más que la paciencia para solventar cada problema a su debido tiempo.

No reacciono al instante y, durante los segundos en los que el vídeo está en marcha sin que mis manos atinen a apagarlo, siento que alguien desliza un cuchillo afilado por mi piel y vierte sal en cada corte. No estoy preparada para observar a otra gente hacer lo que yo más deseo y no puedo. Por eso lloro en silencio, aparto la mirada de la pantalla y me trago el nudo de angustia trenzado en mi garganta. Esas chicas siguen cumpliendo sus sueños —el mío—, pero yo solo puedo anhelarlo con todas mis fuerzas y destrozarme en el transcurso de un sendero que desemboca en precipicio.

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