Nostalgia sin ti
73 TROYE Presente
73
TROYE
Presente
Una semana después de nuestro breve encuentro en el faro, recibo una nota de audio de Lilia citándome en el muro que antaño teñimos con espray.
Sin mayor dilación, al salir de la clase de pintura me monto en la furgoneta del Adler’s Place y conduzco rumbo a la azotea, parándome para ajustar el espejo retrovisor y así arreglarme el remolino rebelde del flequillo. «Te he metido condones en la guantera», me comunica Declan mediante un mensaje de WhatsApp. Le envío emojis de peces aleatorios y me olfateo por encima de la cazadora, lamentando no haber pasado por casa para ponerme una camiseta limpia y empapada en colonia.
Al saltar la valla, me percato de que la escalera de incendios está decorada con pósits de color turquesa, escritos por Lilia. Emocionado y jodidamente nervioso, me agacho y los rescato para leerlos de cerca.
«Cuanto más fuerte crees que eres, más cuesta pedir ayuda».
«Y yo, durante mucho tiempo, he jugado a ser invencible».
«He querido ser fuerte, perfecta, inquebrantable… Una heroína a la que se le han truncado los sueños».
«Supongo que te suena eso de intentar cumplir las expectativas de otros hasta que anulas tu propia personalidad y te quedas vacío».
«La gimnasia me hacía sentir viva y, en algún momento, se lo entregué todo sin ser consciente de lo que hacía».
«Cuesta pedir ayuda».
«Pero allá va».
«Ayúdame, Troye».
«Por favor».
Río ante su tentativa de suavizar un imperativo que suena tanto a ella, a la versión que conocí en este sitio.
—¿Qué hacemos aquí? —inquiero al subir a la azotea. Lilia viste un abrigo de mezclilla y unos pantalones elásticos negros, lleva el pelo suelto y está arrodillada ante el boceto de su silueta. La tonalidad del espray ha palidecido con el paso del tiempo, pero su salto sigue acaparando la atención del lugar.
—No lo sé —reconoce—. Hace años me dijiste observando este muro que iba a quedarme aquí. Si quiero encontrarme, creo que este es un buen punto de partida.
Camino hasta ella y me siento a su derecha con las piernas flexionadas, recostando la espalda en el muro. Coloco la mochila entre los dos para mantener las distancias y dejo que sea Lilia la que hable.
—Gracias por venir, Troye.
—¿A que no resulta tan horrible regresar al pasado?
—Depende —matiza prudente—. Tener recuerdos es…
—Una jodida suerte —la corto antes de que diga un disparate. Porque yo, que no tuve memorias significativas a las que aferrarme antes de Kinsale, estoy demasiado familiarizado con ese escalofrío que hiela al respirar. De pequeño, no echaba de menos aprender las tablas de multiplicar junto a un padre al que no llegué a conocer o que la voz de mi madre me arropase con un cuento antes de dormir. Ni me lamentaba por no tener veranos en la playa, vacaciones en zonas cálidas o hacer cola para comprar un cubo enorme de palomitas y ver una comedia con mi familia. No añoraba nada porque nunca lo había tenido y a veces, aunque duela, es mejor conservar el recuerdo de algo que convivir con el deseo de aquello que no llega a cumplirse.
—Lo siento —se disculpa—. Sé que lo dices por…
—Mi infancia. No soy de cristal, Lilia, podemos hablar de lo que sea. De mí o de ti. De hecho, aunque no lo recuerdes, ya lo hicimos. Y se nos daba bien.
—Directo al grano.
—¿No es por eso por lo que has venido?
—No me apetece hablar, salir, probar cosas o empezar de nuevo. Solo quiero regresar al principio, reescribir mi historia y recuperar las ilusiones que me han quitado. Porque lo han hecho, me han robado lo que más disfrutaba haciendo, mi combustible, mi corazón. Sin eso, deambulo sin rumbo, no avanzo, resto días en lugar de sumarlos. Como tú hace tiempo.
—Y quieres saber cómo cambié.
—No, Troye, porque tu solución de salir por ahí, quedar con amigos que ya no me conocen o construir una vida distinta no me atrae. Yo tenía un sueño y se ha evaporado, es normal que sea infeliz, ¿por qué nadie lo entiende?
—Puede que tengas amnesia selectiva, pero también quisiste cosas antes que la gimnasia. O paralelamente. Adorar algo no te impide repartir ese amor entre varias pasiones. —Suspiro antes de aclararme la garganta—. Lilia, has sido una gimnasta increíble, lo seguirías siendo, pero eres muchas otras cosas más. Indulgente, tenaz, creativa… Está bien que apliques a tu día a día las enseñanzas que te dio el deporte, pero no hagas de ellas una carga. Enamórate de la persona que eres hoy y no mires atrás.
—¿Vas a darme consejos, Troye? ¿Precisamente tú vas a decirme cómo debo afrontar las cosas? —me reta.
—Sí, Lilia, yo. —Tomo aire y lo suelto despacio, con suavidad, ordenando el discurso que hace cola en mi lengua antes de salir disparado como un dardo letal—. ¿Quieres saber lo que me hace infeliz? Que gente que cree conocerme me juzgue sin tener ni idea de lo que me llena. No me molesta que el despertador suene a las seis y media para ir a trabajar o llegar tarde a casa porque me he entretenido esbozando algo en la escuela de pintura. Hubo una temporada en la que no soportaba quedarme en la cama sin pensar en nada porque a mi mente acudían más cosas negativas que positivas. No veía lo que me ofrecían, sino lo que podía perder. Mi nuevo hogar, amistades que me mantenían a flote, a ti. Desperdicié tanto por no valorar el presente que una parte de mí se niega a cometer los mismos errores. —Me inflo el pecho de coraje—. Aunque te parezca que no he conseguido nada y siga en el sitio en el que me dejaste, no necesito recorrer mundo o escuchar a alguien corear mi nombre. Mi único fracaso es cerrar los ojos y recordar cómo conseguí que volvieras a sonreír, abrirlos y saber que ya no soy capaz de proporcionarte la felicidad de la que te han privado. Hay una diferencia abismal entre nosotros. Yo deseo cosas que no me corresponden, pero lucho por ellas, trato de modificar lo que está en mi mano y no me conformo. Tú, Lilia, eras un océano, y ahora no veo más que la presa contenida tras una tempestad que amenazaba con arrasarlo todo. Te has caído, sí, pero ¿acaso intentas cambiar las circunstancias? ¿Te levantas con un plan para que el día siguiente sea distinto, o solo esperas que el destino haga el esfuerzo por ti?
—No eres justo —cuchichea entre dientes.
—Lo soy, y lo sabes. Acomodarse, tanto en lo bueno como en lo malo, es asesinar sueños.
Si necesita viento soplando a su favor, lo seré. Si necesita una patada en el estómago, me convertiré en fuerza. Lo que haga falta para que reaccione.
—Las cosas mejoran cuando hacemos algo, lo que sea, para cambiarlas. Creía que ya lo sabías —expongo con amargura—. Madurar es más que combatir los golpes; es afrontar la situación con entereza, construir los cimientos de tu presente en ruinas y no esconderse en el pasado, sino aprender de los errores y evitar repetirlos. Madurar es caminar cuando quieres correr.
El rostro de Lilia se ilumina bajo el manto estrellado que se despliega sobre nuestras cabezas. Discierno dos lágrimas humedeciendo sus mejillas antes de que el labio inferior le tiemble y yo reprima el impulso de delinearlo con los dedos.
Esta noche le permito ver una parte de mí que escondía, la inconformista y torturada a causa de los planes que no salieron bien. Ella, a modo de trueque, me otorga unos minutos de sinceridad. Llorando, de la misma manera en la que nos conocimos, baja la barrera y me da acceso a la chica asustada que no solía pasear sin su protección de hierro. Vuelve a ser valiente y honesta, musita un «Ojalá pudiera salir de esta», y yo le cercioro lo equivocada que está.
—No tienes que salir, solo deja que alguien o algo que te apasione entre ahí —señalo su sien con el índice— o te acaricie el corazón. Tengo infinidad de razones por las que gritarle al mundo, pero decido ser feliz, Lilia, y espero que tú llegues a ese punto en el que respondas a la adversidad con una sonrisa.
Saco un Twix de la mochila y le ofrezco la mitad. Lilia lo huele, pero no se atreve a lamer el caramelo con la lengua.
—Iba a retirarme… de forma diferente. Cuando hubiera alcanzado mis objetivos o no tuviera ilusión —confiesa la joven que solo deseaba despedirse de su profesión con mariposas en el estómago, y no hecha añicos. Ya no veo a Lilia la gimnasta competitiva y cegada por la perfección. La muchacha que me acompaña no vive por el reconocimiento ni ansía que la recuerden poderosa e imbatible—. A veces creo que la vida son instantes. Muy pocos y muy intensos. Y si no sabes aprovecharlos, si no les sacas el máximo partido cuando están sucediendo, te pierdes oportunidades maravillosas. Yo lo hice, dejé lo que más quería y ahora no sé continuar. Es como si se hubieran llevado la pieza central de mi rompecabezas.
Yo, al contrario que Lilia, opino que en la vida no solo se trata de estar preparado, sino de encontrarte en el lugar y el momento precisos para que algo suceda. Como que a tu madre le quiten tu custodia, vagues de familia en familia y tus esperanzas sobrevivan hasta que los Adler te ofrezcan una oportunidad que le otorgará sentido a cada rasguño.
—¿Qué hay de las casualidades? —pregunto—. De que tú y yo huyéramos al mismo sitio y hayamos acabado aquí, en Kinsale, por enésima vez.
—Soy una ferviente defensora de la relación causa y efecto, aunque el destino o la probabilidad tuvieron algo que ver en que coincidiéramos. — Nuestras miradas se cruzan y advierto un ápice de complicidad, los rescoldos de aquello que fuimos—. ¿Puedo sentir nostalgia de algo que nunca sucedió, pero soñé durante tantos años?
—Puedes —contesto.
—¿No es de locos?
—Sí. De esos locos valientes que viven de deseos.
Lo medita y sonríe.
—Se hace tarde… —comenta sin hacer ademán de ponerse en pie.
—¿Tienes algo que hacer mañana?
—Violet me ha contado que trabajas en el restaurante.
—Así que has hablado de mí con tu hermana. —Enarco una ceja y la miro fijamente hasta que se ruboriza.
—Imbécil. —Adorna ese antiguo apelativo con su risa. Se abraza las rodillas y casi oigo su cerebro pensar—. He contactado con varios especialistas para tratar temas más serios, como la alimentación o esas náuseas que siento al no hallarme en ninguna parte. Pero me gustaría que tú me ayudaras a volver a hacer cosas normales.
—¿Incluye eso parques, estanques y citas nocturnas? —le resto importancia bañando mi réplica con picardía.
—Nada romántico.
—Jamás se me ocurriría.
—Solo somos amigos. Viejos amigos.
—Como amigos.
—En ese caso, puede ser.
OceanofPDF.com