Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 84 de 94

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Nostalgia sin ti

79 LILIA Pasado

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LILIA

Pasado

 

Eva cambió. Después de los dos días de vacaciones con los que la habían premiado por Navidad, mi amiga se comportaba diferente, y siguió haciéndolo hasta principios de enero.

No era la primera en presentarse a las clases de ballet ni la última en abandonar la sala, no buscaba vestidos de alta costura para bocetar sus maillots de la próxima temporada y había dejado de anotar el plan de trabajo diario en su libreta de entrenamientos. Así que no me sorprendió que depositase sobre mi cama una cajita morada con sus cartas —mis cartas —, las que comenzó a escribir a mi llegada a Laurden.

—¿Por qué me las das? —inquirí confusa al salir de la ducha.

—Vas a necesitarlas, Lilia, porque si me echas de menos una milésima de lo que voy a hacerlo yo… —Se detuvo para secarse el rabillo de los ojos. Expulsó una bocanada y me dedicó una sonrisa, la más triste que le vi—. Hay una para cada momento. Para cuando falles, para cuando no recuerdes quién eres o por qué empezaste…

—No pienso abrirlas, sé que volverás y me las dirás de palabra. —Me acerqué a ella, exigiéndole con la mirada que me diese la razón.

—Lilia, no voy a volver.

—No digas eso.

—Me ha costado asumirlo, pero en breve anunciaré públicamente mi retirada. Eres la primera a la que se lo cuento.

—Eva…

La abracé muy fuerte, como si pretendiera retenerla a mi lado para siempre, como si al soltarla no fuese a volver a verla.

—¿Es por la cadera? —pregunté con el rostro hundido en su pelo suelto.

Eva había resistido con un cartílago roto durante meses, y a lo largo de su carrera se sobrepuso a problemas en dos vértebras, una luxación de hombro y dolores crónicos en ambos pies.

—Estoy agotada. He perdido la ilusión. Lo que antes me parecía un sueño se ha transformado en rutina, en una obligación que no me llena. Quiero pasar por quirófano y sentirme sana, pero las lesiones no tienen nada que ver con mi decisión. Cuelgo las punteras por falta de motivación; he participado en Europeos, Mundiales, Juegos Olímpicos… He saboreado la adrenalina y ahora me apetece una dosis de calma. Quedarme en la cama hasta las nueve, acostarme tarde con un maratón de series, ponerme tacones, ir a clase y no solo enviar trabajos por e-mail…

—¿Hace mucho que planeas retirarte?

—Se me pasó por la mente a finales de mayo. En el Europeo de Barcelona noté algo distinto. Estaba allí, recibiendo la felicitación de fans y periodistas, pero envidiaba a las niñas de la grada. Tan inocentes y ajenas a los sacrificios que requiere este deporte. Así éramos nosotras, Lilia, ingenuas, entregadas a un sueño. Pero cuando lo vives desde dentro, desgasta. Los metales pierden su brillo y viajar de tapiz en tapiz desorienta. Estos días de vacaciones me han abierto los ojos. Hay un mundo ahí fuera esperándome.

Nos sentamos en el borde de mi cama, con las manos unidas.

—A Golkova le dará un ataque de histeria cuando le digas que te marchas.

—Lo sé, pero le dejo una digna sucesora. —Recosté la cabeza en su hombro y Eva me regaló un último consejo. El más valioso, el que no supe aplicar—: No permitas que te haga pequeña. Es una gran seleccionadora, pero Lilia Girard es una gimnasta excelente. Trabaja con inteligencia, aplica las correcciones que te hagan y confía en ti. Llegarás donde te propongas, el límite lo pones tú.

—Ojalá siguieras un poco más para retirarnos a la vez —lamenté.

—Quiero que estés feliz por mí, porque es lo que deseo. Experimentar algo diferente, descubrir quién soy fuera de esta residencia. Esto no es un adiós definitivo, volveremos a encontrarnos y estaremos…

—Juntas.

—Juntas siempre.

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