Nostalgia sin ti
85 TROYE Presente
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TROYE
Presente
—¿Qué haces todavía aquí? —Declan entra en la cocina del restaurante como un torbellino, se anuda el delantal y le echa un vistazo a los hojaldres con pimiento y atún que van dorándose en el horno.
Son las tres y media pasadas y sigo llenando bandejas con canapés, he perdido la cuenta de cuántas van ya.
—Eso me pregunto yo, flacucho —farfullo con desidia—. Le prometí a tu madre que doblaría del 9 al 12.
A principios de julio tiene lugar la Semana de las Artes en Kinsale, un compendio de actividades relacionadas con la literatura, la música, el teatro y el cine donde, como cada año, el Adler’s Place participa a modo de patrocinador ofreciendo aperitivos y refrigerios a los asistentes. En consecuencia, el trabajo se multiplica y cuatro manos son insuficientes para cargar la furgoneta con bebidas, bocadillos y las cajas de pastelitos de merengue coronados con una chocolatina con el número de la edición del festival.
—Troye, no puedes trabajar tanto —dictamina Declan, muy serio—. No es justo.
—¿Que tú te pases las mañanas de verano con Dallas desgastando los muelles de la cama mientras yo hago tartaletas de manzana? No, no es justo.
—Lo siento, tío, aunque esa falta de sexo que te tiene de un humor de perros sea culpa de tu escasa iniciativa.
—No termines ese razonamiento sin sentido, por favor —le ruego, colocando una blonda nueva sobre la bandeja plateada en la que irán las quiches de queso y jamón.
—Mira, has quedado unas mil tardes con Lilia en estos meses. Habéis ido a un concierto, al cine, a un baile de mimos…
—¡Era un espectáculo que mezclaba danza contemporánea y mímica! —corrijo entre risas.
—Eso mismo. Y a cada cafetería del pueblo; a la biblioteca a leer juntos, lo cual me parece rarísimo; al faro, al muro y a la playa. —Cuenta con los dedos por si se ha dejado alguna cita relevante—. Ah, y a esa feria de atracciones de no sé dónde. ¿Sabes qué hacen las parejas en la ficción? Se besan en los conciertos, se meten mano antes de que comience la peli y se lían a lo grande en la noria. ¿Tan mal te he instruido en las artes amatorias?
—No te ofendas, pero ver series en la tablet no implica instruir en nada. —Abro el horno y, con la ayuda de una manopla, saco los hojaldres—. Además, las relaciones son de dos. Lilia se está recuperando y respeto eso por encima de cualquier otra pretensión personal y egoísta.
—No malinterpretes mis palabras. Me refería a progresar, declararte con un acto físico o cantándole sonetos como un trovador… Tú la quieres.
—Mi concepto de querer a alguien no se basa en meterle la lengua hasta la campanilla.
—Troye el romántico ha vuelto. Espera —me pide, escabulléndose al comedor. Regresa cinco minutos después con expresión triunfal—. Mi madre te da la tarde libre.
—¿Por qué?
—No te necesitamos.
—Declan, ¿qué le has dicho?
—Lo que tú no te atreves a decir, con algún toque de ficción para añadirle dramatismo y conseguir que te diese fiesta.
—Sé más concreto, por favor.
—Algo así como que estás saliendo con una chica de Dublín que viene de camino.
—¿Y se lo ha creído?
—Ha intuido que se trata de Lilia. Pero ¿acaso importa? Eres libre. — Coge un paño y empieza a golpearme con él en el pecho—. Vete de aquí, joder.
—Pienso preguntarle a Jacqueline antes de salir.
—Pásalo bien, intruso.
En efecto, gracias al descaro de Declan, consigo disponer de una tarde de fiesta y, sin clases de pintura en julio, puedo destinar el resto de la jornada a estar con Lilia. Nada de horas sueltas o fragmentos de la madrugada.
Tras pasar por casa para darme una ducha y sustituir el uniforme por una camiseta de algodón color calabaza y unos vaqueros, le envío un mensaje a Lilia. Su «Estoy con mi hermana en una charla aburridísima sobre la iglesia de Saint Multose» me invita a encontrarme con ella en el número 9 de The Glen.
Violet se ha marchado cuando esquivo el tumulto y capto su atención mediante un silbido. Ella gira la cabeza en varias direcciones hasta dar con mis brazos en alto, meciéndose por encima de la congregación de familias que acompaña a los pequeños de la casa en talleres de dibujos, manualidades con barro y lecturas conjuntas de Harry Potter.
—Menuda locura, ¿eh? —me saluda en mitad del bullicio, dándome un beso en la mejilla.
Se ha recogido el pelo en una trenza que le cae por el lateral izquierdo de la cara, y viste una blusa frambuesa de tirantes y pantalones cortos deshilachados.
—He tardado treinta minutos en cruzar cuatro calles —farfullo—. ¿Adónde te apetece ir? —Me ofrece la revista del festival donde se detalla cada evento del domingo: actuaciones de cantautores locales en el Trident Hotel, una clase magistral de escritura creativa en Prim’s Bookshop, conferencias con activistas medioambientales que proponen un estilo de vida sostenible, venta de piezas de punto confeccionadas por el Cork Textile Network y recitales clásicos de cuerda—. ¿Karaoke, yoga o competición de máscaras?
—Ninguna —contesta Lilia con una sonrisa maliciosa—. Violet me ha contado que hay algunos cuadros tuyos en la exposición de lienzos.
—Sí, bueno, aunque también hay muchas otras opciones interesantes.
—No seas modesto, el Instagram de Kinsale decía algo así como «Troye Barlow, joven promesa de la pintura, expondrá tres de sus obras en las ventanas del Bastion». Esa es una ubicación privilegiada.
—Me da igual exponer en un sitio con estrellas Michelin o guardar mis cuadernos en una mochila.
—Ya, pero no voy a privarme de ver tu arte expuesto, así que sígueme.
Nos lanzamos a la aventura desde Guardwell hasta Main Street y observamos la exposición saboreando una tarrina de helado de limón. El aire arrastra las notas de una actuación de Pier Road y Lilia avanza a un ritmo pausado, atesorando cada detalle de una tradición que no ha presenciado desde que se marchó a Laurden.
Para proteger las obras y facilitar el tránsito de los viandantes, los escaparates de los comercios se convierten en una galería improvisada que acoge desde láminas hasta cerámicas o esculturas. Los espectadores más curiosos tiñen los cristales con sus huellas dactilares, apreciando las creaciones sin riesgo a estropearlas. La temática general se centra en los edificios emblemáticos de Cork, a excepción de mis pinturas, que reproducen lugares comunes como el instituto en el que estudié, la cancha que desgasté junto a mis amigos y un retrato realista, mi composición más especial.
—Dustin —murmura Lilia con pesar.
—Desde que murió… —Lucho contra el nudo en la garganta—. Cada año le dedico un óleo.
—Lo siento mucho. —Se detiene para mirarme a los ojos—. Debería haber estado ahí.
—Lo sé, y habrías sido un salvavidas al que sujetarme, pero lo comprendo. Hoy sí. Te enfrentabas a tus propios demonios.
Cada persona es, además de sus inseguridades, sus deseos y lo que hace para cumplirlos, las batallas que libra a diario. Por eso, porque hay tragedias que permanecen sepultadas por temor a que darles voz les otorgue un mayor poder, juzgar en la distancia resulta absurdo, quizá incluso peligroso.
—Gracias por entenderlo —musita Lilia.
Después de la exposición, nos apartamos de la marabunta para ojear más alternativas en la revista de Kinsale. Descartamos el recital de poesía y nos unimos a la procesión que recorre el centro halagando la exhibición de fotografías náuticas de la Escuela Maximilien. Tras saludar al señor Randy desde la acera de enfrente y charlar brevemente con Elijah, que choca contra nosotros por ir mirando el móvil —«Busco a mi match de Tinder», confiesa, enseñándonos la foto de perfil de un rubio con barba y aspecto desaliñado—, compruebo la hora en mi teléfono. Son las nueve y media, el momento de hacer que el pasado viaje al presente para Lilia.
—¿Te apuntas a un trayecto en coche? —propongo—. Jacqueline me ha prestado las llaves, hoy iban a usar la furgoneta.
—¿No podemos ir en bici?
—Está demasiado lejos.
—Troye…
—Vale, pero yo voy delante esta vez —afirmo.
—¿Por qué?
—Porque la siguiente actividad de la noche es una sorpresa. —Saco un pañuelo del bolsillo y se lo ofrezco.
Echamos una carrera hasta su casa con la luna llena sirviéndonos de estrella polar en el cielo, sacamos la bicicleta del garaje y una pieza del ayer vuelve a encajar en el presente.
—Lilia, ¿puedo pedirte que te tapes los ojos con el pañuelo para mantener el misterio o vas a mandarme a la mierda?
—Eso significa que sé adónde vamos —cavila triunfal, y se coloca la tela sobre los párpados sin rechistar.
—No seas ansiosa. —Me acomodo con los pies sobre los pedales.
El viaje no resulta tan accidentado como había vaticinado y las horas examinando la ruta en Google Maps me sirven para que pueda concentrarme en el abrazo de las manos de Lilia enroscadas a mi cintura, su mejilla apoyada en mi hombro y una risa tímida tiritando contra mi espalda cuando el aire le acaricia la piel.
—Espera, con cuidado —informo al frenar frente a nuestro destino—. Déjame que te ayude.
Le quito el pañuelo a Lilia antes de recostar el manillar de la bicicleta en la fachada del Didier.
—¿Qué hacemos aquí? —Ella parpadea hasta acostumbrarse al fulgor tenue de las farolas.
—Vamos a entrar. —Me aproximo hacia la puerta.
—Suerte con tu propósito, yo me quedo esperándote aquí —se planta.
—¿No te apetece pisar un tapiz?
—Puede. —El anhelo enciende su rostro—. Pero no me apetece colarme, que suene la alarma y la policía nos meta en el calabozo.
—Por suerte, me he anticipado a ese hándicap.
Saco las llaves del pabellón del bolsillo y pruebo hasta que, al tercer intento, una de ellas encaja en la cerradura y las puertas del polideportivo se abren para nosotros con un chasquido que nos sobresalta.
—Esta noche no vamos a enfrentarnos a los recuerdos ni a lamentarnos por no poder modificar el pasado. Esta velada es la oportunidad de volver a coger aire en un lugar que te dio tanto y ahora solo te susurra lo que no puedes tener.
El crepitar de nuestras zapatillas se amplifica con eco debido a la quietud nocturna. Con cautela, notando el pulso acelerado debido a la percepción de estar allanando una propiedad privada, empleamos la linterna del móvil para alumbrarnos hasta llegar a las gradas y bajar las escaleras que dan acceso a la zona de los atletas. El espacio entre las canastas que delimitan la pista está cubierto por un inmenso tapiz de gimnasia. Lilia entrelaza su mano con la mía mientras lo atravesamos y me aprieta con fuerza, pidiéndome en silencio que sea su sujeción si el pánico la visita.
—¿Puedes encender la luz? Me da mal rollo estar a oscuras — refunfuño.
—Claro —contesta ella, y añade entre dientes—: Como si esperase otro panorama a las once.
Los fluorescentes bañan el pabellón y las pancartas pintadas a mano que decoran las paredes, los cristales y los metros de espejo quedan al descubierto. Lilia es la protagonista de cada una de ellas, enfundada en un maillot distinto, con la pierna cogida atrás y la pelota entre el muslo y la espalda, saludando a las gradas, sonriéndole a un peluche en el kiss&cry, rozando las alturas en cinco saltos diferentes, con el relevé bien arriba en un giro, en su inicio de aro, en su pose final de mazas… Réplicas de fotografías que hallé en internet, realicé yo mismo en directo o mediante capturas de pantalla a través del ordenador. Imágenes que conforman su carrera deportiva desde que era una cría. Instantes trazados con acuarela sobre cartulinas blancas. Mi forma de decirle que las situaciones amargas quizá empañen los puntos álgidos, pero no los eliminan.
Lilia las sigue con la mirada y una risita nerviosa emerge de sus labios para extinguirse más tarde al girarse hacia mí.
—Troye, ¿cómo lo has hecho? —Traga saliva para controlar la exaltación—. ¿Cómo has conseguido las llaves? Y ¿cuándo has colgado todo esto sin que te vieran?
—Sawyer es buen cómplice cuando se trata de ayudar a una vieja amiga.
—Es… —enmudece eligiendo un adjetivo— increíble. No, tú eres increíble.
—Solo he seleccionado pedacitos de tu pasado que merece la pena tener presentes. —Me aparto para que deambule a su voluntad y acaricie las pancartas—. Tu objetivo no era ganar, sino emocionar. Los recuerdos de Dublín han ensuciado los anteriores, esas memorias que creaste junto a tus amigos y tu hermana en este polideportivo. Te vi entrenar aquí, y apartar la vista de ti resultaba jodidamente imposible, no por los elementos complicadísimos que hacías, sino por la felicidad que transmitías. Supongo que la sonrisa que te provocaba la rítmica significaba lo enamorada que estabas de ella. Aquí puedes volver a amarla, Lilia. No de una manera competitiva, pero siempre lograrás regresar a los tapices para ti. Sustituye el sufrimiento por la sensación de volar que te brindaba el deporte. Transforma los golpes que te han dado en el impulso para iniciar una nueva etapa en la que tú tienes las riendas.
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