Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 72 de 94

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Nostalgia sin ti

67 LILIA Presente

67

 

LILIA

Presente

 

«A veces volver al lugar en el que empezó todo no significa retroceder».

Las palabras de Troye se repiten en mi cabeza y deseo que sean ciertas, que estar en Kinsale no me esté destrozando. Pero ya no sé discernir lo que es real de lo que no lo es.

Me encierro en mi habitación para recordar el pasado. No hablo con nadie, apenas salgo para hacer una compra rápida o tratar de correr hasta que la pierna se queja… Y solo me apetece llorar, pensar en lo que he perdido, lo que no como y lo que jamás seré. Pero nunca hallo una respuesta coherente al interrogante que más miedo me da: ¿en quién me convertiré si continúo así, a la deriva?

Algunos días creo que no hay un futuro aguardándome. Que estoy demasiado cansada, rota y perdida para seguir adelante.

No me siento bien con mi cuerpo.

No me siento bien en casa, junto a mi familia.

No me siento bien sin una meta que alcanzar.

No me siento bien aislada, viviendo a través de un cristal que me separa del resto del mundo.

Y de entre todas las dudas que me asaltan, solo tengo la convicción de que no puedo continuar de esta forma. Si no pido ayuda, jamás volveré a estar en paz conmigo misma.

«¿Cuándo fuiste feliz por última vez?», me pregunto. Cuando leí mi nombre en la lista de seleccionadas para representar a Irlanda en el Mundial. En Dublín, junto a Eva. Guardándome los aplausos del público al finalizar mis ejercicios. Pisando un tapiz, ya fuera entrenando o compitiendo. Al llegar a Laurden. Cuando Golkova me llamó para ofrecerme una plaza en el equipo nacional. Comiendo pizza con Violet antes de marcharme de Kinsale. Besando a Troye en el faro. Escapándome por las noches para eludir mi compromiso con la rítmica. Soñando en el Didier junto Gianna, Sawyer y Stella…

Siempre, cada instante, tuvo a la gimnasia como testigo. Quizá por eso no encuentro un modo de avanzar sin ella. Quizá por eso haya llegado el momento de pedir ayuda a profesionales.

Con voz trémula, expongo la situación a mi familia y esa semana buscamos referencias de nutricionistas y psicólogos.

Lloro mucho y, tras creer que lo peor era pronunciar mis temores en alto, me percato de que lo difícil comienza ahora. Mi hermana me vigila día y noche para asegurarse de que como, pero, lejos de provocarme gratificación, cada bocado me hace sentir culpable, débil, a años luz de esa perfección esbelta que nos inculca el deporte.

«No quieres estar enferma», me susurro en un intento desesperado por recuperar la cordura. Y los especialistas lo reafirman en cada sesión. Y Violet en esas horas muertas en las que me acompaña en el sofá cogiendo mi mano, sin decir nada. Y mis padres a su manera, asimilando en la distancia que no son verdugos en mi descenso hacia la oscuridad.

Seguir adelante es la única opción. Mirarte al espejo y sustituir tu visión distorsionada por la realidad supone el acto más valiente que existe.

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