Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 91 de 94

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Nostalgia sin ti

86 LILIA Presente

86

LILIA

Presente

 

—Eh, no fuerces la rodilla —ruega Troye cuando me descalzo y me abro en espagat en una esquina del practicable—. No fuerces nada en general, tómatelo con calma.

—Voy con cuidado, de verdad. —Sonrío y añado un «Gracias, Troye» que me sale de las entrañas.

—No es nada.

—Lo es todo —enfatizo—. Que hayas hecho esto por mí, que todavía sigas a mi lado, dispuesto a ayudarme después de lo que ocurrió… Soy afortunada por tener a una persona que entiende mi caos y lo acepta.

Cojo un rodillo de espuma para masajear los músculos de las piernas y estiro unos minutos más usando unas gomas elásticas. Río ante los comentarios de Troye, que compara mi flexibilidad a la de un animal invertebrado.

—Estoy lista —anuncio, poniéndome en pie con determinación.

Puede que te duela el cuerpo y se te parta el alma pisando un tapiz tras la retirada, pero nadie te robará nunca las sensaciones que te pertenecen. El cosquilleo en la punta de los dedos, ese latido frenético que martillea en tu interior, el vello erizado, las mariposas despegando en la tripa y ganas de reír y llorar por igual.

Y sabes que esto es para ti, solo para ti. Sin correcciones ni notas porque las emociones que nacen de una pasión no se retocan ni se puntúan, simplemente se sienten.

Permanezco frente a la línea roja del tapiz, inmóvil, con un nudo atascado en la garganta, como si acabase de ver sobre la moqueta los pasos que no llegué a dar. Los que podrían haberme conducido hacia nuevos triunfos. Los que podrían haber sido firmes, seguros, un itinerario de éxitos en vez de lesiones y lágrimas.

En este preciso instante comprendo que el pasado no me desgarró, sino que hilvanó retales para que, con el transcurso del tiempo, pudiera aceptar a la chica en la que me he convertido. Y aunque haya sido a base de caídas y cicatrices, me quiero por conducirme hasta aquí. A rastras. A duras penas. Contra el viento. Al borde del abismo. Pese a desear rendirme.

Por eso estoy orgullosa de Lilia Girard. Me quiero.

Tomo aire y piso la moqueta por primera vez en meses. Noto la aspereza en la planta de los pies y bajo los párpados para impregnarme de las percepciones con las que te familiarizas año tras año. Cada centímetro de tapiz que recorro es un recuerdo. Olor a laca para fijar el moño. El centelleo de los Swarovski del maillot. Los aplausos del público. El efecto efervescente de escuchar las primeras notas del corte de tu ejercicio. Un minuto y medio de movimientos, exhalaciones, corrección y libertad. El viaje más bonito que jamás haré. Ser gimnasta.

La fantasía deja de existir en mi mente y el agarrotamiento de mis extremidades mengua, como si cada músculo estuviera desengrasándose para funcionar por enésima vez. Le pido a Troye que busque en YouTube Smile, de Chaplin, para improvisar, y él coloca su móvil con el volumen al máximo en una esquina del practicable. Sin aparatos, como un alevín, expreso con el cuerpo y doto de significado a cada gesto hasta palpitar según la cadencia de las notas que danzan en el aire.

Sus ojos celestes siguen mi trayectoria, pero los ignoro. Continúo ajena, resguardada en mi burbuja, desplazándome de un lado a otro, permitiéndome dar forma a la rítmica. Y lo disfruto. Recupero parte de mi ADN. Logro levitar.

La música se extingue y me percato de que llenar los pulmones de oxígeno se me antoja fácil. No hay aflicción. El vaivén de mi pecho solo me susurra que he sobrevivido. Atrás quedaron las pesadillas; mi cabeza y mis pies se encuentran en el mismo lugar, congelados en un mar de resiliencia.

Le regalo una sonrisa a Troye y él me la devuelve secándose las lágrimas que se derraman por su rostro. El universo queda suspendido a nuestro alrededor. Pienso en que ya no somos unos adolescentes asustados. En que hemos crecido a marchas forzadas. Pienso en que, en ocasiones, confundimos debilidad con abatimiento. Pienso tantas cosas… que me resulta inevitable permitir que un impulso derribe el castillo de naipes construido por la razón.

Sin ser consciente de ello, he avanzado hacia el chico de mirada del color del firmamento. Me pongo de puntillas y acomodo mis manos en los hombros de Troye hasta que su aliento y el mío se confunden. No permito que el vuelco que serpentea por mi vientre me paralice, las experiencias más gratificantes son aquellas que requieren de coraje y yo anhelo ser valiente. Cierro los ojos, rozo sus labios con dulzura y me derrito ante su respuesta, comedida pero firme. Él inclina la cara ligeramente hacia la derecha hasta que encajamos en el ángulo ideal y, aunque me sujeta por las caderas, un vértigo placentero similar a volar se apodera de mí.

Con la respiración entrecortada, nos separamos unos centímetros y los dedos de Troye se deslizan entre los mechones que se desprenden de mi cabello trenzado.

—¿Estás segura de esto? —musita, descansando su frente en el nacimiento de mi pelo—. ¿De nosotros?

—Estoy segura de que me ves humana, frágil e imperfecta y, aun así, me aportas estabilidad. Estoy segura de que me ayudarás a mantener el equilibrio y de que yo seré tus alas.

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