Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 41 de 94

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Nostalgia sin ti

37 LILIA Pasado

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LILIA

Pasado

 

No sentía mi cuerpo de cintura para abajo. Sabía que el parón de ese verano me obligaría a esforzarme el doble para recuperar la forma física, pero no que los primeros quince días en Laurden se me antojarían una pesadilla.

Hundí la cabeza entre los cojines de la cama y me permití reposar unos minutos antes de encender el móvil y escribirle un texto empalagoso a Troye. Lo echaba de menos, a él y las pecas de su nariz, sus ojos celestes, la suavidad de sus labios y la paz que me transmitían sus palabras.

«¿Puedo llamarte?», me pidió. «No estoy sola», le recordé.

Eva y yo todavía no teníamos la confianza suficiente como para pedirle que se encerrase en el lavabo mientras mi novio y yo manteníamos una conversación de besugos. Además, los tabiques eran de papel. Entre aquellas paredes color crema había cabida para un baño, un armario compartido, dos camas individuales y el escritorio bajo la ventana que daba a un patio interior.

Excepto por el lado izquierdo que Eva había customizado en sus años allí, el aspecto que lucía la estancia era el de una habitación de hotel. El corcho con imágenes de los Ilinykh y las acreditaciones de eventos a los que mi compañera había asistido la temporada anterior y que colgaban del cabezal de su cama eran los únicos elementos personales de aquellos metros.

«El faro te echa de menos», tecleó Troye, ilustrándolo con una fotografía suya en nuestro sitio secreto. Mi corazón pegó un brinco al fantasear con una velada más, cómo habría sido caminar hacia el instituto cogidos de la mano o escaparnos durante el recreo para besarnos. Cerré los ojos y deseé estar allí, entre sus brazos. Enterré aquel anhelo y le envié un selfi con orejitas mientras Eva salía de la ducha y se desenredaba el cabello mojado.

—¿Y esa sonrisa?

—No es nada —disimulé.

—¿Un chico?

—Troye. Llevamos poco saliendo.

—Debe de ser agradable tener a alguien fuera de este mundo de locura.

—La distancia es un fastidio.

—Seguro que va a verte a alguna competición —comentó, y la imagen de Troye sentado en las gradas me calentó por dentro.

Entonces un interrogante hormigueó en la punta de mi lengua.

—Eva, ¿cómo es ir a unos Juegos?

—Raro, adrenalina en estado puro. Intenso y a la vez un suspiro — relató con la mirada perdida—. El año olímpico te vuelves visible. Los medios se interesan por tus progresos, surgen patrocinadores y el público olvida que la gimnasia es un deporte minoritario. Resulta extraño prepararse durante toda la vida para algo que apenas dura una semana.

—¿Estabas nerviosa?

—No más que en otros torneos, a base de rodaje durante la temporada te acostumbras a competir. —Eva se sentó en el borde de mi cama—. Si lo analizas con frialdad, no van a pedirte nada para lo que no te hayas preparado.

—Pero la presión es más fuerte —recalqué.

—Tanto que se me acelera el pulso si lo pienso. —Se llevó una mano al pecho y bajó los párpados para sumirse en ese pasado reciente—. No escuchaba los gritos del público, solo tenía ojos para los aparatos. Guardo grabada la imagen de mis padres al finalizar los ejercicios de la clasificación. Ondeaban una bandera con mi nombre y saltaban abrazados. —Se pasó los dedos por la muñeca, donde los aros olímpicos yacían tatuados para siempre en su piel—. Ese fue mi momento, el que me marcó, el que recuerdo cuando me preguntan por los Juegos. Ver a mi familia orgullosa tras el esfuerzo económico y personal que hicieron para estar allí.

Me explicó que, con tan solo siete años, entrenaba en Moscú varios meses gracias a los contactos de su familia paterna en la capital rusa. Precisamente en uno de esos viajes al Este coincidió con Golkova, la cual se quedó prendada de su carácter. «Nunca le teme a nada, es una luchadora de nacimiento», había dicho la seleccionadora en numerosas entrevistas.

Gracias a los ejercicios que coreógrafas relevantes diseñaban para ella, Eva comenzó a despuntar en los Nacionales y fue convocada para varias concentraciones en Dublín hasta que la admitieron de manera permanente a los once. Nadie dudó que su destino serían los Juegos Olímpicos. Me contó lo bien que se lo pasó en ese primer Grand Prix en el que participó siendo júnior: «Estaba calmada, más que Bethany y Golkova; antes de salir al tapiz les prometí que iría bien. Se miraron entre ellas sin comprender lo que estaba pasando».

Hablamos de lo que había supuesto para ella la plata en unas Olimpiadas, de cómo los reportajes posteriores se centraban en el hecho de haber perdido el oro y no en haber ganado un metal. «El morbo vende más que el orgullo», me aseguró con amargura.

—En mi club te adoran, Eva. Celebramos la entrega de medallas como si fuera nuestra victoria. Porque lo fue, ganaste tú y ganó Irlanda contigo.

—Algunos lo ven así, otros se quedaron con ganas de más. —Se encogió de hombros—. Lo cierto es que nadie llegará a comprender lo que sucedió en esa final individual, solo Golkova y yo. El aro salió genial y la pelota no me preocupaba en exceso. Hasta que rodó en una recogida antes de que pudiera atraparla, y fui consciente de que llevar más dificultad que el resto no iba a servirme de mucho con un error tan evidente.

—Te vi por televisión, estabas hundida…

—Sí, lo estaba. Me tapé la cara con las manos para llorar y le pregunté a Golkova si era posible una remontada. Ella hizo cálculos y me dijo que mi competición por el oro había acabado, así que solo tenía quince minutos para cambiarme el maillot, secarme las lágrimas y terminar de verdad con unas mazas y una cinta brillantes.

—Lo conseguiste, Eva. Estuviste increíble, serena y pausada, marcando cada acento de la música.

—Gracias. Creo que fueron los aparatos que más disfruté. Cuando no tienes nada que perder, resulta fácil estar presente y dar el máximo. Con esos ejercicios me di cuenta de que debía continuar, no podía retirarme sin experimentar más instantes como aquellos.

—Pensaba que lo que te motivaba para aguantar otro ciclo era conseguir el oro.

—Lo hago porque amo la gimnasia. Al echar la vista atrás, no me recreo en lo que salió mal, sino en cada adversidad que superé. Cumplí mi sueño, aunque de un modo distinto al que había imaginado. Pero supongo que esa niña sin miedo que debutó en un Grand Prix no se creía capaz de llegar a unos Juegos. Ella, más que preocuparse por los resultados, ya estaba satisfecha formando parte del evento más importante para un deportista.

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