Nostalgia sin ti
3 TROYE Pasado
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TROYE
Pasado
Recuerdo con una exactitud apabullante lo que sentí al detenerme frente al hogar de los Adler, tres años atrás.
Blanco, cada centímetro de aquella casa irradiaba un blanco impoluto que me animaba a retroceder por el camino de piedra del jardín hasta alejarme del número 4 de Butchers Row. Yo era un lienzo en el que los colores se mezclaban hasta que ninguno de ellos se reconocía más allá de un borrón gris, me incomodaba la perfección y, por alguna extraña razón, aquella estructura de dos alturas y líneas rectas adornada con enredaderas con flores me sacaba de mis casillas.
—Las cosas que asustan son las que merecen la pena —susurré, haciéndome el valiente.
Subí los escalones de madera del porche y me quedé plantado en la entrada sin atreverme a llamar, calibrando cuánto duraría aquella tentativa de irrumpir en una familia ajena y obligarme a pertenecer a ella.
Conté los minutos con suspiros y me sequé las palmas de las manos contra la tela del vaquero. Estaba nervioso, lo admito, empezar de nuevo se me antojaba un hecho improbable cuando ya has puesto el cronómetro a cero en tantas ocasiones. Supongo que los recelos se leían en mi semblante; pliegues en el entrecejo, mandíbula apretada, hombros curvados hacia delante y músculos contraídos en una barrera invisible de tensión. Vestía, literalmente, una coraza de reticencia y cautela.
Me recosté en la barandilla y presioné un interruptor sin darme cuenta. El farolillo que colgaba del techo se encendió y alumbró la alfombrilla de bienvenida con un fulgor tenue y apenas perceptible bajo la claridad del atardecer. Alertados por la tímida luz exterior o la magnitud de mis recelos, los habitantes de aquella vivienda idílica acudieron a mi encuentro con una estampida de pasos. En cuestión de segundos, Jacqueline asomó por la puerta luciendo una sonrisa que le rellenó los carrillos.
No sé si fue la sinceridad que destilaba aquel gesto, si me agradó que oliera a dulce o si lo que me conmovió fue descubrir que había pasado media mañana cocinando empanada casera, pavo relleno y una tarta de manzana. O si fue el color de su mirada, de un azul mar similar al mío, lo que me convenció para darle una oportunidad a aquella idea descabellada. Esa mujer no era mi madre, pero quise creer la mentira. Si lograba caerles bien a los Adler, tendría un lugar en el universo al que denominar casa, refugio, felicidad.
—Bienvenido. —Me envolvió en un abrazo.
Permanecí inmóvil, con los brazos pegados a los costados, rígido y contrariado. No estaba habituado al contacto físico, así que me sorprendió la oleada cálida que nació en mi estómago. ¿Cómo era posible que aquella mujer minúscula, de melena castaña y expresión amable se colase bajo mi piel para sacudirme el corazón? ¿Quién le había dado el poder de despertar emociones que creía exánimes? ¿Por qué no lograba alzar con ella los muros protectores que construía frente al resto? Supongo que mi subconsciente estaba al corriente: Jacqueline no me haría daño o, al menos, no a propósito. Mi instinto, la brújula que jamás me fallaba respecto a las personas, acertó con ella desde esa primera vez en la que nos observamos muertos de miedo, temiendo estar haciéndolo todo mal.
—Te ayudo, chico —se ofreció su esposo, Dustin, que rescató mi maleta del suelo tras darme una palmadita amistosa en la espalda.
Estudié sus facciones redondeadas, la punta de su nariz elevada como un girasol apuntando al cielo, la oscuridad de sus ojos en contraste con la barba entrecana, y el único adjetivo que acudió a mi mente para definirle fue entrañable.
—Vamos, ven al salón —me animó Jacqueline—. Declan te está esperando.
No era cierto: el único hijo de los Adler no apartó la vista de la televisión cuando entré en la estancia. Ni siquiera modificó su postura relajada de piernas abiertas y brazos estirados sobre el regazo del sofá. Dustin frunció el ceño sin atreverse a abrir la boca, y su esposa se disculpó para ir a preparar un café que no llegamos a tomar.
Firme entre esas cuatro paredes, todavía hoy dudo acerca de las sensaciones que me avasallaron. Me sentí analizado, ignorado, rechazado, fuera de contexto. Y, pese a ello, me esforcé por actuar como lo haría un invitado que pretende adular a los anfitriones.
—Hola —musité, tratando de captar su atención.
Declan emitió un gruñido y subió el volumen de los anuncios. La publicidad de perfumes, productos de limpieza y seguros de coches resonó en mi cabeza. Asumiendo mi derrota, arrastré los pies durante el tour improvisado que Dustin me hizo por la planta baja. Señaló mi silla en la mesa de la cocina, me indicó dónde estaba el baño y ascendimos por la escalera de caracol hasta el segundo piso, en el que se hallaban los dormitorios y otro aseo.
Me instalé en el cuarto que compartiría con Declan. O, más bien, invadí su espacio. Pelotas de baloncesto, pósteres de pilotos de Fórmula 1, estanterías colmadas con figuritas de acción, DVD de Star Wars, animes… No había nada allí que me representase, aunque tampoco tenía muy claro qué objeto material reflejaba quién era. Un pequeño lápiz cuando fantaseaba con pinceles, un cuaderno de hojas arrugadas a falta de lienzos.
Guardé la ropa en los cajones que habían vaciado para mí y me desplomé en la litera superior al intuir que las sábanas revueltas de la de abajo no se debían a la dejadez de no hacer la cama, sino a una declaración de intenciones en toda regla. Declan podía cederme unos metros, pero cada cosa que contemplaba había sido suya antes de que yo aterrizase en su rutina. Y, lo más importante, lo seguiría siendo una vez que me marchara de ella.
Sin embargo, nada de aquello me turbó o me pareció de mal gusto. A mis dieciséis años era un experto en despedidas. Lo había sido sin tener conciencia de ello, criándome en un orfanato en el que quise a cada compañero como a un hermano, yendo de familia en familia sin encontrar el hogar que se ajustase a mis necesidades.
Algunos me consideraban demasiado mayor, otros tenían hijos que no encajaban con mi carácter y temían que mis traumas se contagiaran a sus retoños. Otros trataban de moldearme hasta encarnar la imagen del heredero pródigo que nunca tuvieron, o me tildaban de bromista, despreocupado, de risa fácil, parco en palabras, introvertido, ingenioso, dócil… Cambié, me convertí en un material dúctil para contentar a desconocidos, tratando de ser actor hasta que mis cualidades guionizadas gustasen y no devolvieran al juguete roto a su jaula de cristal. Para mi asombro, nada funcionó y al final no quedó más que un chico perdido que no recordaba lo sincero, intrínseco y real de sí mismo.
—Ojalá poder ser yo. Ojalá las circunstancias fueran distintas. — Suspiré al recostarme sobre la almohada, y maldije a la nada al comprobar que era suave, mullida y jodidamente cómoda.
«No te acostumbres, Troye, ni siquiera a esta sensación de paz al bajar los párpados. Todo es provisional, efímero, accidental».
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