Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 71 de 94

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Nostalgia sin ti

66 TROYE Pasado

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TROYE

Pasado

 

Cada tarde, al salir del instituto, acudía a la escuela de pintura, donde transformaba mis tribulaciones en bocetos. Por recomendación de la directora, que me trataba con especial cariño por ser el alumno más joven, alternaba clases de pintura al óleo, acuarela, carboncillo e ilustración para poder mezclar técnicas y obtener composiciones más ricas.

—Llegarás donde te propongas —vaticinaba ella, acomodándose tras el escritorio de recepción.

—Con volcar lo que me despierta algo tengo suficiente —respondía yo.

Cuando hube experimentado los distintos elementos técnicos, me atreví a jugar con los soportes y temáticas, adentrándome en la naturaleza muerta a través de los bodegones para retratar paisajes y figuras humanas o saltar del realismo al abstracto.

Le regalé un cómic a Declan por su cumpleaños, y los Adler se enamoraron de cuatro cuadros puntillistas inspirados en el mar, los cuales colocaron en su dormitorio. Me percaté de que, además de evadirme, mi creatividad servía para conectar con los que me rodeaban.

Dispuesto a explorar diferentes modalidades y a salir de mi zona de confort, me adentré en el universo del grafiti customizando el skate de Elijah con espray. «Si te lo cargas, lo cubrimos con pintura negra y vuelves a comenzar de cero», dijo, y eso me tranquilizó. Quise plasmar su personalidad y dibujé una mirada verde intenso emergiendo de un gorro oscuro, su seña identificativa.

Arlet me lo puso más fácil; me prestó varias camisetas de temporadas anteriores y me dio total libertad para cortarlas, esbozar lo que se me ocurriese o pisotearlas y simular que las huellas de mis zapatos eran una crítica al capitalismo. Cerré los ojos e imaginé un color para ella. Amarillo azufre. Verde jade. Escarlata, rubí, púrpura. Naranja, caqui. Azul eléctrico. Blanco. Hasta que lo supe: Arlet no era un arcoíris ordenado, sino una explosión anárquica e inesperada que te empapa con optimismo y ese tipo de sabiduría que no se aprende en los colegios, ese que se basa en tu propia intuición. Sumergí las telas en botes de pintura para teñirlas de manera irregular, casi por accidente, y obtuve un mosaico caótico que le encantó.

Después pensé en mí. ¿Cómo podría definirme?

El interrogante me persiguió durante varias semanas antes de que la evidencia se manifestase de un modo orgánico, como si hubiera estado junto a mí desde el principio. Dos elementos, lápiz y papel, mi vía de escape cuando carecía de vínculos afectivos, aceptación y raíces. Así, imaginando, había viajado con cada trazo.

En algún momento me di cuenta de que los dibujos de mis cuadernos eran más que figuras e instantes que debía replicar por si más tarde los perdía. Los sentía muy dentro, arañándome para que me mantuviera hambriento de atesorar tonalidades, perspectivas y claroscuros, así que decidí ser lienzo y grabármelos en la piel. A todos ellos.

Empecé ideando un esquema con el apellido Adler en el antebrazo, aunque jamás renuncié al Barlow de mi partida de nacimiento. Y fui añadiendo detalles a su alrededor, desde la muñeca hasta los hombros. La fecha de mi llegada a Kinsale en números romanos. Un faro y una margarita. El título de la primera serie que vi junto a Declan. Una niebla espesa que representaba mis inicios, cada sitio en el que estuve y que no me hizo ser quien soy, cada extraño al que deseé denominar «hogar» y no encarnó más que humo. Las iniciales «D» y «J». El apodo «intruso». Una canasta. Notas musicales de R&B saliéndose del pentagrama. La cifra un millón. La silueta de una gimnasta saltando con el pelo al viento.

Piezas de un puzle que para mí lo significaba todo. Mi mapa de coordenadas hacia la felicidad.

—Vas a ser el Michael Scofield de Cork —rio Arlet la tarde en la que me acompañaron a que me grabasen para la posteridad las líneas a lápiz.

—Yo me tatuaría la cara si tuviera tu talento —cercioró Elijah—. Vas a ser una obra de arte viva.

—Cuando quieras te diseño algo. —Le guiñé un ojo.

—No te entiendo, tío, ¿por qué vas a tatuarte también la silueta de una gimnasta? —preguntó Declan tras ojear las láminas de cada ilustración.

—Porque soy el presente, pero también ese pasado del que vengo. Y ella formó parte de él.

—Te pasas de masoquista.

—Yo diría que está madurando —objetó Arlet—. Escucha mis consejos y no parece tan estresado. Os lo juro, cuando nos lo presentaste, Declan, creí que se le pondría el pelo blanco. O peor aún, que se le caería… ¿Habéis visto a alguien con alopecia antes de los veinte?

—Mira, sis, esa llave va dedicada a ti —se mofó Elijah, señalando un folio—. Para que aprendas a cerrar la boca.

Al entrar al estudio, el dueño nos invitó a pasar a la sala de la derecha. Me tumbé en la camilla mientras el chico preparaba el material y ponía música. Declan se disculpó escenificando una llamada ficticia y salió de la sala cuando el tatuador empuñó la aguja. Yo contuve la risa y anuncié que estaba preparado para comenzar, en paz con el presente. Y solo pensé en el ahora cuando la tinta acarició mi piel.

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