Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 21 de 94

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Nostalgia sin ti

18 TROYE Pasado

18

TROYE

Pasado

 

El 28 de julio, los Adler al completo me recibieron en la cocina. «Menuda puntería han tenido eligiendo la fecha para ponerme de patitas en la calle», pensé. Entonces Dustin rompió mis esquemas.

—Toma. —Me entregó un paquete rectangular.

Rasgué el papel ocre hasta que el logotipo de una marca de tecnología me alertó de su contenido. Un móvil. Ni el último modelo ni el más caro del mercado, pero se me antojó un regalo increíble. Quizá por eso no quise aceptarlo.

—¿Para qué me dais un teléfono?

—Pasas mucho tiempo fuera de casa, nos gustaría que te pudieras comunicar si te ocurre algo.

—Además, hoy es tu cumpleaños —añadió Jacqueline.

—No lo necesito.

Aquel era un préstamo desorbitado. Hacían tantas cosas por mí que no creía estar a la altura. «Se arrepentirán tarde o temprano, se desharán de mí y volveré a ser una brújula sin norte en el maldito sistema», añadí en mi fuero interno.

—En septiembre empezarás las clases en el instituto —prosiguió Jacqueline—, todos los chicos de tu edad llevan uno. Declan lo utiliza con frecuencia para que le acerquemos trabajos o libros. Y no es que te estemos pidiendo que nos uses como recaderos, pero saber que estarás bien nos aporta tranquilidad.

Declan puso los ojos en blanco y subió el volumen de la televisión.

—No lo quiero, de verdad.

—Nosotros sí, Troye —recalcó Dustin.

—Es demasiado.

—¿Preferirías otra cosa?

—Una tablet —resopló Declan—, o el portátil que no vais a regalarme nunca porque decís que no me lo merezco. ¿Qué ha hecho él para ganarse las cosas? Aparte de ser un sin techo.

—Hijo, sé más respetuoso —intervino su madre.

—Lo soy dejándole dormir en mi habitación —masculló Declan antes de salir de la cocina blasfemando.

—Somos una familia y tú, Troye, formas parte de ella —sentenció Jacqueline.

—Entrará en razón y se disculpará, no es un mal chico —aseguró Dustin.

Yo asentí y les di las gracias por el teléfono. Esa tarde hubo pastel de merengue, galletitas saladas, Coca-Cola y palomitas de mantequilla. Después de soplar las velas, nos acomodamos en el sofá para iniciar el tradicional maratón audiovisual con el que los Adler celebraban los cumpleaños. Para equilibrar la balanza, dejé que Declan eligiera las películas y me limité a disfrutar de aquella estampa inaudita, la de personas que se preocupaban por mí y estaban dispuestas a brindarme estabilidad emocional sin esperar nada a cambio.

Pasadas las nueve, cuando los Adler creían que dormía plácidamente, salí a hurtadillas y me encontré con Lilia unas calles más arriba. Y sonreí durante todo el camino, agarrado a su cintura, porque íbamos al mismo sitio. O eso creía entonces. Cada hora en el faro nos añadía un capítulo al manuscrito de canciones que bailábamos balanceándonos desde el suelo, barritas de chocolate que desmenuzábamos hablando de cualquier tontería y dibujos que le colaba en el bolsillo del vaquero al final de la noche. Nuestras citas oscilaban entre tres y cuatro por semana, y el riesgo de que los Adler me pillasen subiendo las escaleras a las cinco de la madrugada era un mal menor que no me preocupaba, había memorizado una lista completa de excusas para justificar mis ausencias.

Cualquier cosa por conocer a Lilia, lo más cercano a una amiga que tenía.

Me gustaba, no solo físicamente, sino por su manera de actuar. Alegre, pese a estar atravesando su época más oscura. Metódica y perfeccionista, herencia del deporte, rigiéndose por alarmas y calendarios que programaban cada minuto del día con el afán de exprimirlo al máximo, entrenar, recuperarse y abrazar la almohada con la sensación de haber hecho el trabajo, aunque aquel verano se aficionase a las contradicciones. La más frecuente, cerciorar que no volvería a pisar un tapiz mientras sus ojos me gritaban lo opuesto. Lilia, que alardeaba de su estilo de vida saludable, añadía calorías vacías a su dieta y se acostaba a las tantas.

Risueña. A ratos ingenua. Espontánea. Me ganaba atreviéndose a hacer equilibrios con una botella de agua sobre la suela de su zapatilla, manteniendo la pierna estirada en alto por encima de la cabeza como había hecho en el inicio de su ejercicio de pelota esa temporada. No tenía reparos en ser los coros desafinados durante mi adorada A Change of Heart. O en recostar la mejilla contra mi torso mientras mi mano bocetaba el cielo en el cuaderno y su perfume de coco me desconcentraba. Qué mal lo pasaba cuando mis ojos se anclaban accidentalmente en su boca y Lilia se mordía el labio inferior sin desviar la vista, ganándome el pulso.

—Va siendo hora de que formalicemos esta amistad —propuse, subiendo los últimos peldaños del faro—. Voy a darte mi número de teléfono.

—Así que has caído en las redes, ¿eh? Otro adolescente más dispuesto a dormir y comer pegado a una pantalla.

—No por elección propia, ha sido cortesía de los Adler.

—Genial. —Memorizó su número en mi agenda de contactos y se hizo una perdida para guardar el mío antes de devolvérmelo—. Aunque mi regalo palidece frente a un Samsung.

Pensé que habría olvidado la fecha y que aquella desastrosa ronda relámpago de preguntas de antaño caería en el olvido, pero no lo hizo. Lilia me entregó un bulto de tela mal envuelto con papel de periódico y se disculpó reconociendo que no se le daban nada bien las manualidades.

—Felicidades, Troye.

—Gracias.

Era un estuche turquesa repleto de lápices y rotuladores de distintas tonalidades, con punta de grosor diverso.

—Para que añadas colores a la belleza que perciben tus ojos. —Sonrió al recitarlo y quise abrazarla, pero no me atreví.

—Creo que es uno de los regalos más bonitos que me han hecho — confesé emocionado—. Bueno, no lo creo. Lo es. Tú y los Adler sois geniales.

—Vaya, te has puesto sentimental.

—Haz una foto para inmortalizarlo. Me permito un minuto de debilidad cada año bisiesto.

Se lo tomó al pie de la letra y yo reí cuando nos encuadró con su móvil para hacernos un selfi que semanas más tarde usaría a modo de salvapantallas.

—¿Algún deseo de cumpleaños más que se te ocurra? —Me mandó la imagen por WhatsApp y yo solo la contemplé a ella. Lucía una amplia sonrisa, llevaba el pelo recogido en una coleta alta y sobre sus hombros se advertían los nudos de los tirantes del vestido camisero salmón.

—Que dure —le pedí al destino muy bajito.

—¿Nuestra reciente e inaugurada amistad? ¿Acaso lo dudas? No sé tú, pero yo no he ido a muchos cumpleaños. Entrenaba cada tarde. Jugar en el parque, quedar en casa de mis compañeros del colegio para hacer trabajos en grupo o echar a suertes la película de la cartelera que tocaba esa semana no formaban parte de la ecuación. Deberías sentirte afortunado, solo asisto a los cumpleaños de mi hermana Violet.

—Me siento afortunado —confirmé—. No está en mi naturaleza dar algo por sentado… Voy a celebrar este cumpleaños como si fuera el último.

—¿Y si lo celebras como si fuera el primero de muchos que vendrán? —Lilia le dio la vuelta a mi visión pesimista.

—Demasiado utópico para mí.

—Troye, no eres el chico más accesible del planeta. No me malinterpretes, me encanta estar aquí contigo y sé que escondes un corazón enorme debajo de tu armadura, pero cuesta llegar hasta ti. Quizá te sientas solo porque es lo que deseas, apartar a quienes te rodean para que nadie pueda herirte. —Se detuvo, pisándose las puntas de las Converse—. Te entendería mejor si me explicaras de dónde viene esa manía tuya de ser un derrotista de campeonato.

—Resulta difícil abrir la puerta cuando las personas son temporales. Llegan, les haces un hueco, sacuden tu mundo y te abandonan. —Agité la cabeza hacia los lados, espantando mis temores—. Perdona, no era mi intención ponerme en plan depresivo sentimental. Esto —señalé a mi alrededor— es una fiesta, aunque no lo parezca. Será mejor que te enseñe la artillería pesada.

—Voy a seguirte la corriente porque es tu día, pero en cuanto nos pongamos hasta arriba de glucosa, continuamos con tu terapia.

—Si nadie se duerme —puntualicé con un mohín burlón.

—No te escaquearás.

—Mandona.

Estaba pletórico y las ganas de celebración se leían en mi cara. Nada me apetecía más que recibir los diecisiete a su lado. Hurgué dentro de la mochila hasta dar con un paquete de galletas Cadbury que Jacqueline ya había abierto, dos Snickers y una lata de Nestea.

—Yo también he traído comida. —Lilia sacó una fiambrera del bolso—. Es una crostata de Nutella, la he hecho con mi padre.

No precisamos de globos, música alta o un grupo de gente bailando con vasos de plástico en la mano y conversaciones salidas de películas americanas de adolescentes. En una esquina, nuestra esquina con vistas al mar, hundimos los dedos en el chocolate de su tarta, nos turnamos para beber de la misma lata y estrené los colores de Lilia dibujándola. Ella intentó tocarse la barbilla con la punta de la lengua, muerta de risa cada vez que le repetía que el resto de su cuerpo podía ser de goma, pero que su lengua estaba hecha de hormigón.

—Comienza tu terapia, Troye —sentenció al acabarse la última galleta.

—¿Así, sin más?

—Sin morfina ni remordimientos.

—¿Por dónde empiezo?

—¿Cómo celebraste tu anterior cumpleaños?

Un interrogante inofensivo que podía contestar salpicándome lo justo al bordear el charco o empapándome por completo.

—No lo celebré. —Me decanté por mostrar la tragedia que todos cargamos a la espalda—. Pero recuerdo que cené lasaña de espinacas y rebañé el plato. No me mires así. Crecí con lo justo, soy fácil de impresionar.

—¿Qué pasó? —preguntó ella. Al instante se arrepintió y rectificó—: Perdona, no tienes que contármelo.

—Quieres saberlo.

—Solo si quieres compartirlo conmigo.

—Todo. Lo bueno y lo malo —prometí con determinación. La amistad es eso, permitir que vean las partes feas para que decidan si huir o quedarse a tu lado—. No sé nada de mi padre, supongo que ni mi madre sabía quién era. Ella… me tuvo muy joven. Le quitaron mi custodia por fumar marihuana durante el embarazo.

—Troye… —Alargó un brazo hasta que nuestras manos se tocaron y entrelacé mis dedos con los suyos. Las caricias de su pulgar me distrajeron de las náuseas.

—Es lo único que sé. Crecí en un orfanato, nadie quería adoptarme por miedo a que tuviera secuelas por las drogas. Los médicos me hacían revisiones, pero las familias eran escépticas. Hasta que cumplí los diez y fui demasiado mayor para que las parejas que buscaban un bebé se fijaran en mí.

—Debió de ser horrible.

—Si te soy sincero, no era muy consciente. Lo que más me dolía era despedirme del resto de chicos. Las situaciones extremas crean un vínculo muy fuerte.

—¿En cuántas casas de acogida has estado?

—Ocho. Nueve si cuentas una en la que duré horas.

—¿Cómo lo soportabas?

—Pintar me calmaba, me ayudaba a guardar momentos, personas, conservar pedacitos que, de otra manera, serían efímeros. —Estiré las piernas y solté una bocanada de aire que sirvió para tranquilizarme—. A los doce me eligieron. Mi primera familia de acogida, estaba pletórico. Hasta que la realidad me despertó de repente. No encajé, los hijos del matrimonio me odiaban, en tres semanas volví al centro de menores. Probé con varias familias más; unas esperaban que fuera el chico responsable y estudioso que jamás había sido, otros me veían como a la obra de arte que restaurar antes de exhibir en una galería. Me revelé, no quise ser el proyecto de nadie. No vislumbraba un futuro muy esperanzador para mí…

—Y llegaron los Adler —adivinó Lilia.

—Y me dieron un escondite secreto, una ventana desde la que abstraerme con el sonido de las olas y la posibilidad de observar las estrellas junto a mi única amiga.

—Nada de lo que ocurra en este faro saldrá de él, te lo juro. —Reinó el silencio hasta que Lilia se sentó de rodillas y formuló la pregunta que más me intimidó esa noche—. ¿En qué estás pensando, Troye?

—Creo que podrías averiguarlo mirándome a los ojos.

—Vale. Déjame echar un vistazo. —Puso una mano en mi mandíbula para inclinarme hacia ella y tener una panorámica mejor. Sus pupilas brillaban, casi me vi reflejado en ellas—. Tienes hambre, podemos compartir otro trozo de crostata.

—Qué más —pedí para que no se alejara.

—Te alegras de haberme contado las partes feas de tu pasado.

—Me alegro. —Se me escapó una sonrisa ladeada.

—Y pretendes ponerme nerviosa con este jueguecito, pero no va a funcionar.

—¿Por qué no? —Mi voz ronca nos sorprendió a ambos.

Se aproximó muy despacio, su aliento hormigueó en mi piel. Bajó los párpados y yo la imité; segundos después, depositó un beso en mi mejilla.

—Pensamos lo mismo, Troye —murmuró en mi oído, y me estremecí.

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