Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 52 de 94

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Nostalgia sin ti

48 LILIA Pasado

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LILIA

Pasado

 

Era domingo, nuestro día libre, y los rayos matinales del sol se colaban en la estancia a través de la ventana. Estábamos sentadas en su cama, rodeadas de cintas adhesivas que cortábamos con cuidado para decorar los aparatos. Eva cubría sus mazas negras con forro blanco y celeste, añadiendo finas tiras que conformaban copos de nieve. Nunca antes se había esmerado tanto en adornarlas, pero el nuevo ejercicio inspirado en El Invierno de Vivaldi que Golkova le había montado, donde dinamismo y explosividad resaltaban su virtuosismo corporal y de manejos, lo merecía.

En mitad del caos de cintas adhesivas, mi teléfono comenzó a vibrar.

—¿Qué tal, Sawyer? —respondí a la videollamada.

—¿Te pillo en buen momento?

—Sí, claro. Estábamos forrando aparatos. —Enfoqué a la rubia para que se saludasen.

—No me lo puedo creer… —Los ojos de Sawyer se abrieron mucho y la imagen se volvió borrosa debido al temblor de su mano—. Eva, eres Eva… Joder, hola, Eva. Stella flipará cuando se lo cuente.

—Es más fan de ti que yo —le susurré para justificar el comportamiento de mi amigo—. ¿Cómo van las cosas por el Didier?

—Genial. ¿Y por Laurden?

—Estamos agotadas, probando novedades para sorprender en las siguientes competiciones —explicó Eva.

—Cuando acabe de decorar las mazas, te mando foto con un adelanto —le prometí.

—Sí, por favor. Instagram se entera antes de las primicias que yo. Por cierto, ¿qué tal con Troye? Eva, ¿te ha hablado de su chico?

—Algo —admitió ella—, pero Lilia suele ser bastante discreta cuando charlan por teléfono.

—¿Podemos centrarnos en la gimnasia? —rogué con un resoplido, pero mi tentativa hizo aguas.

La conversación se dilató quince minutos más con anécdotas sobre mi romance en el faro y varios tartamudeos de Sawyer, que ese día era un fan tembloroso cada vez que Eva pronunciaba su nombre. La historia de amor de verano que mi amigo contó fue suficiente para despertar la curiosidad de mi compañera de entrenamientos.

—¿Cómo es estar enamorada? —me preguntó—. De alguien, y no de un deporte.

—Pues… —rumié, vistiendo mi aro de plateado glitter—. Se parece al subidón que experimentas durante los últimos segundos del ejercicio, cuando todo está saliendo bien y adviertes las expresiones del público y tu corazón late a mil revoluciones por minuto. Sientes un vuelco al estar cerca de esa persona, como si vivieras en una montaña rusa. Pero no solo es explosión, también aporta paz al descubrir que alguien más vela por tus sueños y te espera, porque entiende que hay objetivos con fecha de caducidad y a vosotros os espera un «para siempre».

—¿Para siempre?

—Suena ingenuo, pero, si opinase distinto, no soportaría los kilómetros que nos separan.

 

Viajé. Viajé mucho gracias a la gimnasia, pero la distancia, de un modo retorcido, nos aproximó. Pensaba en Troye, en que su ausencia sonaba más alto que su presencia, en que jamás necesitó alzar la voz para hacerse notar y en que se había ganado un lugar privilegiado en mi rutina.

Mis semanas no se paralizaron ni me sentí perdida o incompleta y, sin embargo, ahí fue cuando me percaté de lo importante que sería —y ya era— él para mí. Al hacer las maletas y echar a volar. Porque no me asfixiaba ni me arrastraba a un remolino de tribulaciones que reducían mi mundo a algo ínfimo y oscuro sin él. No me hacía sentir minúscula o disparatada. Me aceptaba sin juicios. Su recuerdo simplemente llenaba instantes. Al apagar el despertador, calculaba la diferencia horaria del continente en el que me encontraba. Imaginaba su sonrisa ganándole el pulso al ceño fruncido mientras escuchaba la lista de reproducción que creé en Spotify con sus recomendaciones. Leía los mensajes de ánimo que me enviaba con su voz y me estremecía…

Y eso es querer. No anularte por un eclipse que te hará desaparecer, sino hallar rescoldos para que otra persona los llene con su luz.

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