Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 93 de 94

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Nostalgia sin ti

88 LILIA Presente

88

 

LILIA

Presente

 

Las pinceladas rosáceas del atardecer se desplazan con lentitud por el cielo mientras los labios del chico de ojos celestes vagan por mi cuello. Olemos a cloro tras la tarde de risas en el jardín de los Rhodes, junto a Declan. Es un viernes cualquiera de finales de julio, pero a mí me sabe especial. A júbilo, a pecho desbocado y a una nueva oportunidad de ser feliz.

La boca de Troye asciende para delinear mi mandíbula y se me escapa un suspiro que va directo a su boca cuando tira con suavidad de mi labio inferior.

—Me pasaría la vida haciendo esto —murmura en mi oído, acelerando mi pulso y causando que se me olvide respirar.

—Se hace tarde —puntualizo con poca convicción.

La respuesta de Troye es poner Driftwood, de Travis, en su móvil.

—No te vayas tan pronto. —Roza la punta de su nariz con la mía.

Me coge de la mano y me invita a sentarme con él en su porche. Acurrucados entre flores, volvemos a besarnos, paramos para rescatar alguna anécdota de las horas anteriores —en las que hemos jugado a balón prisionero en la piscina y compartido pizza—, y sucumbimos a la tentación de unir nuestras bocas por enésima vez hasta que Jacqueline llega con bolsas del supermercado.

—Espera, te ayudamos. —Me pongo en pie al discernir el interior del maletero con varias bolsas más. Troye me imita.

—Gracias, chicos —replica ella antes de darnos un beso en la mejilla a cada uno—. ¿Dónde está Declan? Como lo pille usando el salón a modo de motel, le requiso las llaves de la moto a esa jovencita. —Deja la compra en la alfombra de la entrada y abre la puerta—. ¡Declan! ¡Dallas! ¡Más os vale llevar la ropa puesta, no quiero pillar a nadie saliendo por la ventana como la semana pasada! —advierte Jacqueline, y atraviesa el umbral cubriéndose los ojos con el antebrazo.

Troye y yo estallamos en carcajadas, pese a que una parte de mí piensa en Arlet y en esa conversación que hemos mantenido antes de despedirnos.

—Aparecerá alguien —le he dicho mientras intercambiábamos teléfonos.

—¿Tan evidente resulta que sigo coladita por ese idiota de pantalones anchos y una sonrisa que detiene el mundo? Casi no lo he mirado…

—No por la manera en la que lo miras, sino por cómo apartas la vista de él, como si fueran a pillarte haciendo algo muy malo.

—Tiene novia. —Arlet se ha encogido de hombros con resignación—. Y, aunque estuviera soltero, lo nuestro no funcionaría. Solo espero que algún día, cuando vuelva de vacaciones y coincidamos, mi corazón no se vuelva loco.

—Pasarás página. Yo encontré a Troye y he vuelto a hacerlo años más tarde.

—Eso no me consuela, ¿es que nadie supera su primer amor?

—La gimnasia fue mi primer amor. Arlet, date tiempo. El cosquilleo no llega a disiparse, pero se vuelve soportable.

Cargamos dos bolsas cada uno y el palique superficial de Troye me ancla al presente. Rechazo su propuesta de cenar en familia y alego que va siendo hora de que se enfrente él solo a la peculiar dinámica de que Declan esconda a Dallas por el mobiliario de la casa mientras Jacqueline hace de perro policía con un plato de lasaña en la mano.

—Suerte con el numerito de hoy —me despido.

Cojo la bicicleta y Troye esboza una mueca que me provoca un ataque de risa incontrolable.

—¿Te acompaño? —pregunta con una sonrisa ladeada que augura más besos.

—Mejor que no. Quiero volver a casa a una hora decente y, si vienes conmigo, haremos alguna parada improvisada.

—Me gusta improvisar. —Me da un pico rápido en los labios—. Y a ti también.

—Esta noche no —me mantengo firme.

Recorro las calles de Kinsale con el viento templado acariciándome la cara y meciendo la coleta húmeda que descansa en mis hombros. Pedaleo rápido, casi con urgencia, a sabiendas de lo que me aguarda en casa, y no me entretengo en meter la bicicleta en el garaje o en ordenar el discurso que late en mi interior. Me froto las palmas sudorosas contra el vestido playero y entro en la cocina para hablar con Adelyn.

—Cariño, ¿por qué no te das una ducha antes de cenar? —recomienda, añadiendo fideos a una olla de agua caliente.

Se ha puesto el delantal encima del mono étnico y su cabellera está recogida en un moño alto. Me aproximo a la ventana y la abro para sofocar el vaho condensado en la estancia.

—¿Podemos sentarnos? —sugiero—. Tengo algo que decirte.

Adelyn examina mi rostro en busca de una pista para resolver el enigma. Tras varios segundos en los que parece no descifrar el misterio, asiente y se acomoda en una silla a mi lado.

—He tomado una decisión, y esta vez es por mí —anuncio firme—. Quiero ser entrenadora en el Didier o, por lo menos, probarlo una temporada, ver si sirvo para ello.

Hay llamadas que rompen tus esquemas, sumando una pieza inesperada al rompecabezas del presente. La de Golkova, tiempo atrás, fue una de ellas, pero también la de Sawyer hace unos días, proponiéndome regresar a mi hogar para transmitir mi legado a la siguiente generación.

—Por supuesto que sirves, cariño, eres una campeona. —Su sonrisa, enfatizada por el pintalabios borgoña, se me antoja implacable.

—Las medallas no definen a una buena entrenadora —contradigo—. Gianna lo es, la mejor, y jamás se ha centrado en el palmarés de sus gimnastas ni nos ha comparado con nadie.

Una buena entrenadora no ve en ti metales, sino crecimiento y superación. Debe saber cuánto puede tensar la cuerda antes de romperla y apoyarte incondicionalmente, aunque las cosas se tuerzan. En especial cuando el universo se desmorona. Una buena entrenadora es exigente, pero no estricta, desempeña el papel de amiga, confidente y segunda madre, te ayuda a vendarte las lesiones, a apretar los dientes antes de salir a competir y te tatúa bajo la piel valores como el esfuerzo, la constancia o el compañerismo. Entrenar no es explotarte hasta que tu cuerpo deja de funcionar; es visualizar sueños para alguien con potencial y proporcionarle las herramientas adecuadas para que los haga realidad.

—Lilia, no tengas miedo —me anima mi madre—. Vas a ser una mentora estupenda.

—No quiero repetir los errores que cometieron conmigo —aclaro—. Mi medida de tiempo eran enteros, lanzamientos, chistes en el vestuario, nervios burbujeando en mi vientre la noche antes de la competición. Y ahora son solo días. Al principio vacíos, como mis latidos, sin culpables ni alicientes, solo bombeos… Necesito más. Y si descubro que soy una entrenadora pésima, demasiado dura o un témpano de hielo que no siente nada en absoluto al enseñar a las niñas, entonces buscaré otra cosa.

—Lo harás bien. Eres buena y justa, las gimnastas te adorarán.

—Y los gimnastas. Sawyer me ha comentado que hay más chicos que se animan a practicar rítmica desde que él trabaja en el Didier.

—Es estupendo que nuestro deporte sea inclusivo. La rítmica masculina puede ofrecer un estilo acrobático y especial. Ojalá la Federación Internacional tome nota y permita que la rítmica se enriquezca sin importar el sexo.

Río con amargura debido a su «nuestro deporte», y mi madre me dedica una mirada de reprobación.

—Siempre he odiado que usases el plural.

—Estoy orgullosa de ti, hija. No voy a apropiarme de tus logros, pero me gusta creer que he contribuido en algo a que hayas tenido a tu alcance lo necesario para entrenar y competir sin preocupaciones. —Me acaricia los pómulos y me coloca con suavidad un mechón suelto detrás de la oreja—. Has rebasado mis expectativas con creces. En mis años en activo, jamás llegué a imaginarme viajando por el mundo ni representando a Irlanda.

—Nunca me contaste que hacías gimnasia.

—¿Para qué, Lilia? No quería que tu hermana o tú pensarais que iba a pasaros lo mismo que a mí. Deseaba que pudierais soñar sin límite. La rítmica es una cerilla que se consume rápido, pero deja huella para toda la vida.

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué te retiraste?

—Tus abuelos y yo vivimos tiempos complicados. Nuestra economía no era boyante y las mensualidades, los trayectos, los aparatos y cada maillot costaban una fortuna. No podíamos permitirnos demasiado, así que, después de tres temporadas, colgué las punteras.

—¿Qué edad tenías?

—Diez, y se me partió el corazón. Empecé a los siete con mis amigas del colegio. Recuerdo que pasábamos los recreos dibujando espirales con una cinta no homologada que una de ellas compró. —Su mirada se ilumina como si estuviera junto al resto de chicas, persiguiendo la tela de una cinta que danza con el aire—. De ahí pasamos a las tardes en la Escuela Deportiva Gallagher, un gimnasio minúsculo, contiguo al colegio. —Sus comisuras se curvan en una sonrisa taciturna y entierra el atisbo de emoción que se enreda en su garganta para proseguir—. Yo elegí seguir vinculada a la rítmica tanto como podía. Grababa las competiciones televisadas en cintas VHS, empapelaba las paredes de mi habitación con pósteres de gimnastas de la URSS e iba a aplaudir a mis amigas a exhibiciones y torneos en Cork. Me llevé alguna que otra decepción al constatar que ya no me consideraban parte del grupo tras mi retirada, pero decidí quedarme con lo bueno y me prometí que mi historia de amor con la rítmica no iba a acabar de aquel modo tan horrible. Volvería, y lo hice, con Violet y contigo.

—¿Fuiste feliz?

—Muchísimo —admite con la voz trémula. Esa es la primera vez que sus ojos, idénticos a los míos, me contemplan de igual forma en la que yo lo hago. Sin estrategias, sombras ni otra pretensión que la de ser sincera con su misma sangre—. Lamento que esa emoción me haya cegado a la hora de exigirte que terminases algo que yo no pude. Perdóname, cariño, perdóname por respirar un sueño a través de ti —ruega antes de abrazarme.

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