Nostalgia sin ti

Ester Isel · Capítulo 83 de 94

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Nostalgia sin ti

78 TROYE Presente

78

 

TROYE

Presente

 

Ya ha oscurecido cuando salimos del concierto y una brisa cálida anida en mis poros antes de que Lilia tire de mi brazo, instándome a modificar el rumbo que han tomado mis pasos.

—El coche está por allí. —Señala en dirección opuesta, hacia una plaza que no recuerdo haber cruzado antes.

—No puedes dejar de ser tozuda ni siquiera cuando sabes que no llevas la razón —objeto en un tono más alto del habitual, debido a que en mis oídos sigue vibrando el eco de la música.

—Sé —enfatiza con el mentón elevado— que la llevo. Por mucho que le duela a tu ego, te has perdido.

—Lo único que me va a doler será la mandíbula de repetirte lo equivocada que estás en las tres horas de trayecto que nos esperan. Cuatro si te sigo la corriente.

Lilia desvela al firmamento con una carcajada irónica.

—No puedes conducir en este estado —me reprende.

—¿En qué estado?

—Caminas en zigzag.

—Eso es mentira. —Y si no lo es, no se debe al alcohol—. No acostumbro a beber demasiado, pero te aseguro que un vaso de cerveza no me sube nada.

Aun así, tras veinte minutos dando tumbos, nos metemos en la furgoneta y permanecemos allí un rato charlando, fingiendo que es el alcohol, y no las ganas que tenemos de que la noche no acabe, lo que nos retiene en Galway.

—El concierto ha sido una pasada. —Lilia sonríe de oreja a oreja. Tiene la cara brillante por el sudor y algunos mechones pegados a la frente. Está despeinada, alegre y más viva que nunca—. La cabeza me da vueltas de felicidad.

Se contenta con tan poco… Y yo no puedo dejar de buscarla, de memorizarla con los ojos y permitir que mis pupilas resbalen por cada milímetro de su rostro de un modo adictivo. No obstante, cuando mi mirada se ancla en su boca, sé que prefiero escucharla hablar antes que sellar sus labios con los míos. Por eso, mi réplica es…

—Y a mí. Un millón de vueltas —murmuro.

Mis cuatro últimas palabras agitan el pecho de Lilia. Inquieta, se gira hacia la ventanilla para escrutar el exterior, pero su reflejo proyectado en el cristal se lo impide. No distingue los edificios y los árboles, tampoco las farolas que bordean la acera ni cada individuo que sigue celebrando la noche de sábado. Conecto el móvil al salpicadero y canto bajito Inside Your Mind hasta colarme en su mente y dibujarle una sonrisa burlona que cuestiona mi habilidad entonando. Me declaro vencedor cuando Lilia se suma a reproducir la discografía de The 1975 con la voz rasgada. Bailamos sentados, me crezco con un solo de batería contra el volante y ella agita la melena en todas direcciones. La escena más genuina de la velada es ser testigo de su desinhibición. Hasta que, de repente, el ayer nos alcanza.

—¿Alguna vez te has arrepentido de que terminásemos? —Su interrogante me pilla con la guardia baja.

Suspiro mientras la acidez de la ruptura me pellizca las entrañas. No quiero volver allí, a ese final apoteósico que hizo algo peor que demoler un faro: lo dejó desierto. A tientas, recorro mis tatuajes como si fueran de relieve y pudiera peregrinar por ese mapa de coordenadas para otorgarle una respuesta justa a Lilia.

—¿Por qué preguntas eso?

—No lo sé. —Enmudece y clava los ojos en sus rodillas. Después niega y rectifica—: No era yo. O era más yo que nunca, pero una versión mezquina que solo valoraba aquello que la ayudaba a rozar la perfección.

—Me arrepiento de cómo terminamos, Lilia, pero no creo que ese fuera nuestro momento. Éramos dos críos, una muy centrada y otro muy perdido. Ambos extremos son igual de malos.

—No sirve de mucho, pero lo siento. Por cómo te traté.

—Yo también lo siento. —Clavo la mirada en los limpiaparabrisas—. Te escribí muchos e-mails y te llamé, y te juro que por aquel entonces me parecía que estaba haciendo todo lo posible por salvar la relación. Me equivocaba. Pude haber hecho más, subirme a un avión, por ejemplo, o llevarte la contraria para que reaccionases mucho antes, cuando aún me escuchabas. —Si pudiera regresar a mi último verano junto a ella en Kinsale, hablaría claro, aunque eso supusiera nuestra ruptura. Quizá sería mejor arriesgarse antes que permitir que se rompiera persiguiendo esquirlas en un mar de depredadores—. Una parte de mí siempre pensó que no te merecía, Lilia. Tú estabas encima de un pedestal, con medallas al cuello, los medios ensalzando tus logros y unos Juegos Olímpicos aguardándote a la vuelta de la esquina. Y yo solo era un chico que buscaba un hogar, sin talento ni vocación.

—Tenías la pintura —se apiada de mí—. Todavía la tienes.

—Nada es comparable a lo que hacías tú.

—¿Te ha hecho emocionarte? ¿Has sentido un cosquilleo en el estómago al dibujar o has perdido la noción del tiempo con un lápiz entre los dedos? Sé que sí, Troye, estuve allí. —Frunce el ceño—. No vuelvas a decir que no tienes talento.

—No tanto como tú.

—El talento no se mide por las personas a las que llegas, sino por las sensaciones que le despiertas a alguien haciendo lo que más disfrutas. ¿Quieres que te cuente un secreto? Me enamoré de ti cuando me vi a través de tus ojos, plasmada en un folio. En aquella época estaba tan obsesionada con formar parte de la selección nacional que obvié muchos detalles por el camino. A mí misma, para empezar. Mientras yo era incapaz de oír a la adolescente y no a la gimnasta profesional, tú lo hacías. Me veías en lo cotidiano, y siempre me pintabas con el pelo suelto, ropa de calle y una sonrisa sincera, nada de la coraza con la que me cubría al pisar el tapiz. — Sus dedos trepan por mi muñeca hasta trenzarse con los míos y una ráfaga agradable viaja por mis extremidades—. Supongo que por eso discutí contigo tras el Mundial de Belfast, tú me recordabas la parte humana, la que podía desmoronarse y fallar. Troye, yo no estaba preparada para ser de carne y hueso. Quería metales dorados, hacer historia y batir récords.

—Yo no era suficiente para ti y tú no eras suficiente para el deporte. Estábamos condenados.

—Ocurrimos en el momento equivocado —coincide con una expresión triste.

—¿Existe uno idóneo?

—Existe desear que algo suceda con todas tus fuerzas —afirma, contemplando su mano y la mía entrelazadas—. Y no dejar de desearlo ocurra lo que ocurra.

Asiento en silencio.

A veces nuestra fe ciega en algo nos empuja a entregarnos pese al ridículo porcentaje de éxito que ampara nuestras acciones. Y, a veces, al echar la vista atrás y analizar fríamente lo acontecido, lo más inteligente es elegir no tratarnos con dureza ni recriminarnos lo estúpidos, inmaduros o románticos que fuimos. Sustituir la palabra fracaso por equivocación supone un acto de benevolencia difícil de llevar a cabo, pero indispensable para perdonarnos y avanzar.

Ajena a mis cavilaciones, navegando en su propia tormenta, Lilia recuesta su mejilla en el hueco de mi hombro y permanece ahí hasta que las estrellas palidecen entre las pinceladas de la madrugada.

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