Nostalgia sin ti
33 LILIA Pasado
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LILIA
Pasado
Mi último entrenamiento en el Didier resultó agridulce, casi artificial. Padres y compañeros me halagaban pese a haber pasado toda la tarde con la cabeza en otra parte, lanzando largo, fuera de música o resoplando sin motivo alguno. La debilidad mental provocada por las dudas afectaba a mi cuerpo sin que pudiera hallar la estabilidad.
Esa última semana en Kinsale se me había hecho cuesta arriba por la montaña rusa de emociones que atravesaba. Júbilo. Excitación. Perplejidad. Aprensión ante lo desconocido. Orgullo. Pero no alcanzaba la satisfacción de controlar cada una de las piezas y estar segura al cien por cien de que iba a emprender el camino preparada. Supongo que nunca lo estás y lo que diferencia a los vencedores de los demás no es la pasta de la que están hechos ni las adversidades que han superado, sino el coraje que tuvieron para dar ese primer paso sin disponer de certezas ni garantías.
En casa no se hablaba de nada que no orbitase en torno a la gimnasia, Troye evadía mis mensajes con vagos «Estoy trabajando», y las videollamadas de Sawyer y Stella analizando mi competencia en Laurden eran una constante. Quería que todo fuera perfecto, recuperar el tiempo perdido en verano y sumar unas semanas más junto a Gianna para llegar en plena forma a Dublín. Y resolver los problemas con mi novio, gritarle que luchar por mi sueño no era abandonarle, y entender por qué tiraba la toalla antes de constatar cómo funcionaba nuestra relación con la distancia como tercera en discordia. Mi lista de tareas pendientes aumentaba y, por consiguiente, acudir a la fiesta de despedida que los miembros del Didier habían preparado para mí al concluir el entreno me apetecía tanto como tragar arena.
—¿Le damos un toque de humor a esa cara de rancia que llevas puesta? —me aconsejó Sawyer tirando de las comisuras de mis labios para obligarme a sonreír.
—Préstame la tuya —contesté, analizando la camiseta rosa con el hashtag #YoEscuchéRoncarALilia que llevaba puesta y que él mismo había diseñado.
Me arrastró hacia la marabunta de personas que esperaba a que saliera del vestuario para felicitarme, y fingí una sonrisa hasta que me salió la de verdad.
Fue más fácil de lo que pensaba porque percibí la sinceridad en cada enhorabuena; lo bueno que le ocurría a uno, le ocurría también al resto. El Didier era una familia que remaba en la misma dirección, sin envidias ni disputas internas por ser la figura más conocida del polideportivo, un ambiente sano en el que alcanzar tus objetivos, madurar con las enseñanzas del deporte y crear vínculos afectivos junto a esos compañeros que no eliges y terminan siendo hermanos. Por desgracia, en torneos amistosos con otros clubes y competiciones federadas se me había caído la venda: las familias enemistadas y las entrenadoras con favoritismos a menudo afectaban al estado anímico de jóvenes que se distraían de sus objetivos por culpa de agentes externos a la rítmica. Supongo que advertir las sombras me hacía valorar aún más ese equipo humano liderado por Gianna.
Nos sentamos frente al tapiz y disfrutamos de una exhibición que abrieron las más pequeñas, niñas de goma que no conocían los nervios ni las lesiones, para seguir con una improvisación emotiva de mi hermana. Stella y Sawyer escenificaron una coreografía infantil que reconocí al instante, la dichosa gala de Navidad que me inventé años atrás y que me hizo reír hasta que me dolió el vientre. Después llegó el turno de mi entrenadora, que me regaló una versión de mi ejercicio de aro con la canción Can’t Stop Loving You interpretada por Taylor Swift.
Una vez que lloramos lo inimaginable y que cada gimnasta del Didier hubo rendido su particular homenaje a los momentos que pasamos juntos en ese pabellón, bailamos hasta quedarnos sin aliento, bebimos Coca-Cola y comimos un trozo del pastel de chocolate blanco que llevaba mi nombre.
—Vas a conseguir lo que te propongas, Lils. —Gianna me abrazó.
—Gracias a ti por cada cosa que me has enseñado.
—Y a ti por ser una esponja que no quiere dejar de aprender.
Stella fue la siguiente en besuquearme la cara y enlazar sus dedos con los míos.
—Puede que no seas consciente, Lils, pero te has convertido en el ejemplo de muchas gimnastas. Aunque para mí lo hayas sido siempre.
—Os odio —se quejó Sawyer—. Ni una lágrima más o saldremos fatal en las fotos.
—Saw, este día se merece toda la intensidad que podamos darle — replicó mi amiga.
—Vale, pues sin filtros —anunció él—. Eres la mejor gimnasta del mundo, vas a llegar a unos Juegos y ojalá puedas colarme en la villa olímpica para conocer a algún nadador cachas.
—Trato hecho.
Jamás olvidaré esa tarde en la que estaba ansiosa por empezar una nueva etapa, pero, a su vez, sabía que siempre habría un club que consideraría mi hogar. Y, con un millón de interrogantes revoloteando a mi alrededor, no podía hacer otra cosa que quedarme con lo bueno y esperar a que el futuro me sorprendiera.
El trayecto de vuelta junto a Violet me pareció muy corto. Mi hermana aparcó unas calles antes de llegar a casa y me propuso una alternativa para prolongar la jornada.
—¿Nos escapamos a la playa o te apetece más una partida en la bolera? O sesión de cine. Es sábado, podemos hacer lo que te apetezca y convencer a mamá de que la fiesta en el Didier se ha alargado.
—¿Sabes qué? Creo que prefiero algo sencillo, como coger una pizza y tumbarnos en el sofá con cualquier serie o concurso de la tele.
—Genial, vamos a por esa pizza.
No me di cuenta de que, al igual que a mí, a ella también le costaba despedirse, y esa noche lo haría de dos de las cosas que más amaba. Comenzó con un «Llevo meses dándole vueltas a un asunto», susurrando, depositando el cartón con las sobras de pizza en el suelo, y cobró fuerza al expresar ese inesperado «Voy a dejar la gimnasia». Me giré para mirarla a los ojos por encima del cojín en el que reposaba la barbilla. De todo lo que pude decirle, se me ocurrió seleccionar la única pregunta errónea en esa situación.
—¿Por qué?
Violet no tardó en responder, lo tenía más que asumido.
—Para mí nunca ha habido grandes planes en el horizonte, Lilia. Me duelen las rodillas, la espalda, los pies… Estoy cansada y me apetece estudiar, salir más a menudo con Jasmine, hacer amigos nuevos y no tener la gimnasia en la mente las veinticuatro horas. Los meses que paso sin entrenar vuelan. Y me gustaba compartir esta experiencia contigo, pero no encontraría una motivación para las horas al volante si no es con mi hermana pequeña de copiloto. —Mi labio inferior tembló compungido. Demasiados cambios, demasiadas puertas cerrándose. Violet se percató de ello y aportó un toque de humor—. Lilia, tú y yo somos el yin y el yang. Tú eres luz y yo, oscuridad; tú, buena suerte y yo, cada catástrofe elevada a la máxima potencia. Seamos realistas, me moriría en un gimnasio sin ti. Sufriría una contusión en la cabeza con las mazas, o me entraría un ataque de pánico antes de competir y ¡zas!, parada cardíaca.
—Estás loca. —Reí—. Mamá se llevará un disgusto cuando se lo digas.
—Ya, pero tú vas a hacerlo muy bien en Dublín para que tus éxitos valgan por las dos.
—Cuenta con ello —prometí, chocando su mano.
—Te quiero mucho, Lilia.
—Y yo a ti, Violet.
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